23 mar. 2013

Mucho y más sobre Bebo Valdés



Fuente: El País, España. Por: Mauricio Vicent

Ya se sabe que en la música cubana hay abundancia de genios y nombres imborrables. Sin duda, entre los que hay que escribir con mayúsculas esta el de Bebo Valdés, fallecido en Suecia a los 94 años de edad, después de pasar los últimos años de su vida residiendo en Benalmádena (Málaga) enfermo de Alzheimer.

Bebo fue protagonista de momentos de oro de la música cubana, además de ser precursor de las famosas descargas de jazz afrocubano y creador de un ritmo propio, la batanga, que arrasó en la isla en los años cincuenta. Era padre de otro pianista y compositor genial, Chucho Valdés, quien se traslado a Málaga a cuidarle en los últimos momentos de su vida. Hace aproximadamente dos semanas, los hijos de de su última esposa, la sueca Rose-Marie Perhson, que falleció el verano pasado, se llevaron a Bebo de Málaga a Estocolmo en contra de la voluntad de Chucho, pero esa es otra historia.

El verdadero nombre de Bebo era Ramón Emilio Valdés Amaro y nació el 9 de octubre de 1918 en Quivicán, un pequeño pueblo de guajiros y tierras rojas a 40 minutos de La Habana. Desde que nació Bebo llevaba la música en el ADN. Antes de salir de Quivicán fundó con un amigo de la infancia su primera banda, la Orquesta Valdés-Hernández, y desde entonces compaginó el piano con su vocación de arreglista y compositor.

En los años cuarenta, estando ya en la orquesta de Julio Cueva, compuso uno de sus primeros mambos, La rareza del siglo, en momentos en que la música popular cubana se modernizaba a toda velocidad.

A partir de 1948 y hasta 1957 trabajó en Tropicana, donde acompañó e hizo arreglos para la vedete Rita Montaner. Su orquesta, Sabor de Cuba, y la de Armando Romeu actuaban cada noche en el show del famoso cabaret y allí compartieron escenario con grandes artistas norteamericanos, incluido Nat King Cole, con quien llegó a grabar algún tema.

Por aquella época el jazz arrasaba en Estados Unidos y los músicos norteamericanos viajaban a la isla para descargar con sus colegas cubanos. Bebo participó en no pocas de aquellas legendarias jam session, que tenían como animador principal al percusionista Guillermo Barreto. En medio de aquel hervidero, el 8 de junio de 1952, con una banda de veinte músicos dio a conocer en los estudios de RHC Cadena Azul su nuevo ritmo, la batanga. Entre los tres cantantes que integraban aquella orquesta estaba el gran Benny Moré.

A finales de los cincuenta Bebo colaboró con Lucho Gatica, en México. En 1960, en medio de una gira decidió exiliarse en Estocolmo (Suecia), donde se caso con Perhson y rehízo su vida. Durante más tres décadas estuvo alejado de la música. Sólo amenizaba las veladas en el piano-bar de un hotel de la capital sueca cuando, en 1994, lo llamó Paquito D´Rivera y le invitó a grabar un nuevo disco, Bebo Rides Again, una colección de clásicos cubanos junto a temas originales de Valdés.


En el año 2000 fue el cineasta Fernando Trueba quien le redescubrió y le invitó a participar en su película ‘Calle 54’. Bebo se reencontró entonces en un escenario con su hijo Chucho y también con sus viejos amigos Israel López Cachao y Patato Valdés. Tras terminar el documental, Trueba grabó a los tres el disco ‘El arte del sabor’, que obtuvo el Grammy al Mejor Album Tropical Tradicional en 2001, primero de los nueve que obtuvo Bebo en los años siguientes gracias a su colaboración con el cineasta español.

Poco después triunfó nuevamente con Lágrimas negras, un álbum de temas cubanos con alma gitana realizado con el cantaor Diego el Cigala, con el cual obtiene otro Grammy y tres discos de platino en España. Con Trueba hizo ocho discos y se convirtió en el protagonista de su documental El milagro de Candeal, rodado en la favela del mismo nombre en Salvador de Bahía con Carlinhos Brown. También hizo la música y sirvió de inspiración para ‘Chico y Rita’, la película de animación dibujada por Javier Mariscal que fue nominada al Oscar en 2012.

Su último disco fue Bebo y Chucho Valdés, Juntos para siempre’, un homenaje en el que padre e hijo repasaron juntos el repertorio y los ritmos de la música cubana que siempre tocaron juntos y que Bebo interpretó como nadie.

Anoche, la muerte de Valdés fue recibida por Mariscal con dolor pero a la vez con el recuerdo azul de su alegría y sobre todo de su elegancia. “Bebo era la esencia de lo mejor de Cuba: todo en él era especial, su forma de tocar, su manera de caminar, su risa, su elegancia para todo”. El diseñador recordó las charlas y momentos musicales que pasaron juntos con Trueba durante la preparación de Chico y Rita y cómo, a través de los recuerdos de Bebo, él descubrió de nuevo Cuba. “Yo estaba enamorado de Cuba desde pequeño, y conocía el país y sus gentes, pero redescubrirla a través de los ojos y de la sensibilidad de Bebo fue algo especial”, afirma. “Bebo representaba la esencia de Cuba y de lo mejor de su música”.

El músico de Quivicán fue una de las inspiraciones del personaje protagonista de Chico y Rita, un pianista de la época de oro de la música cubana atrapado por el amor de una mulata y aquella Habana mágica. Mariscal, que piensa en imágenes, asegura que Bebo tocaba como “si de pequeño hubiera metido en una lavadora todas las partituras de Lecuona y de los mejores compositores de la música cubana”, atrapando fragmentos deshilachados y notas de cada uno e “incorporándolos a su espíritu”.

El contrabajista Javier Colina, que en 2007 ganó un Grammy con Valdés por Live in Vllage Vanguard, disco que grabaron a cuatro manos durante una semana en el mítico club de Nueva York, asegura que “aquella semana fue “la más feliz de su vida”. “Bebo no tenía igual”, aseguró. Chucho Valdés, que se mudo a Benalmádena a pasar junto a su padre los últimos años de su vida y se opuso a su reciente traslado a Suecia, se despidió de su padre como el “más grande” y con la felicidad de haber hecho antes de morir el disco Juntos para siempre.


CRONICAS DEL RECUERDO SOBRE BEBO VALDES

Bebo y Chucho Valdés en Enero 2013. Una de las últimas juntos de padre e hijo, genios del piano

Sobre una repisa encima del piano de Bebo Valdés (Quivicán, 1918) en la casa que el músico cubano tiene en Benalmádena (Málaga), un Premio Grammy muy especial destaca sobre los demás: es el que obtuvo con su hijo Chucho por el disco Juntos para siempre, un trabajo cargado de sentimiento y sabiduría producido en 2008 por su amigo Fernando Trueba, a quien Bebo sigue llamando cariñosamente "Jefe" cuando lo ve, pese a que desde hace algún tiempo su memoria de 94 años baila en una nube.

A pocos kilómetros del hogar de Bebo, en la casa donde Chucho se instaló hace un par de años para estar cerca de su padre, el mismo gramófono dorado de ese Grammy al mejor álbum de jazz latino ocupa un estante privilegiado del estudio, donde hay fotos de Chucho con Dizzy Gillespie, Michel Legrand, Santana, Tito Puente, Herbie Hancock, Chick Corea, Max Roach y una larga lista de artistas. Entre los dos Valdés suman 17 grammy —nueve Bebo y ocho su hijo—, el último de ellos logrado con Chucho's steps (2011), un disco de puro jazz afrocubano con homenajes al fundador del grupo Weather Report, Joe Zawinul, y a la familia Marsalis, además de a su hijo más pequeño, Juliancito, y su esposa, Lorena. Ambos viven ahora con él en Benalmádena, pero esa es otra historia.

Trueba está aquí para saludar a los Valdés en sus respectivos refugios malagueños y para escuchar el nuevo disco de Chucho, todavía en fase de mezcla, en el que explora influencias árabes, flamencas y hasta comanches, y que cuenta con la colaboración especial del saxofonista estadounidense Brandford Marsalis. El cineasta lleva una buena noticia: muy pronto se reeditarán en una sola caja los ocho discos que grabó con Bebo después de filmar Calle 54, empezando por El arte del sabor (2001), con Cachao y Patato Valdés, por el que ganó su primer premio de la academia de la música estadounidense, pasando por el éxito de Lágrimas negras (2003), con El Cigala, o el que grabó en el Village Vanguard con el contrabajista Javier Colina (2007), y por supuesto el doble Bebo de Cuba (2004) y el último de su carrera, Juntos para siempre.

“¡Joder…! Es que han sido ocho discos y cuatro películas con Bebo en diez años”, exclama el cineasta en el tren. “Y no sabes lo bien que nos lo hemos pasado juntos”, constata con placer y a la vez con cierto nervio.

El piano es un pie en la tierra para Bebo, le lleva de regreso a su vida

Trueba y Bebo no se ven desde el verano pasado, cuando murió la última esposa del pianista, Rose-Marie Perhson, con quien vivió 40 años en Estocolmo antes de instalarse juntos en Benalmádena. Desde hace algunos años Bebo dejó de actuar en público —“se me va la cabeza, puedo empezar tocando un mambo y acabar en un chachachá”, bromeaba él mismo—, pero ahora el alzhéimer ha avanzado y los momentos de lucidez son cada vez más fugaces.

Sin embargo, nada más abrirse la puerta y ver entrar a Chucho acompañado de su amigo, Bebo se ilumina: “¡Coñoooo, llegó el Jefe”. Como un muelle, abandona la partida de dominó y la taza de café sobre la mesa (como buen cubano, no podía estar haciendo otra cosa) y salta al piano: “¿Qué quieres que toque, Jefe?”. Trueba le responde: “Lo que tú prefieras, Bebo, lo que te apetezca”.

Empiezan a caer entonces El cumbanchero, Lágrimas negras y melodías de jazz como You belong to me, hasta desembocar, con ayuda de Chucho, en La comparsa, el fabuloso tema de Ernesto Lecuona, cubano como las palmas, que tocaron juntos en Calle 54. “Fue la historia de amor de la película”, recuerda el director de aquel encuentro tan especial en los estudios de Sony Music en Manhattan.

Lo de Bebo esta tarde también es increíble: lucha, bucea en sus recuerdos, vuelve, se va y retorna agarrado al ritmo hasta encontrar el camino de salida… En los rostros de Chucho y de Fernando hay alegría y también lágrimas contenidas; emoción nórdica en el de Rickard, hijo de Bebo y Rose-Marie, quien desde la muerte de su madre se ha instalado con él.

El piano es un poderoso pie en la tierra para Bebo. Lo conduce sin apenas darse cuenta a su pasado y de allí lo trae de regreso a sus seres queridos y a lo mejor de su vida a través de melodías de ayer y de siempre, el Son de la Loma, Sabor a mí, La gloria eres tú. Javier Colina, que lo visitó recientemente, cuenta que Bebo estuvo tocando dos horas para él sin parar un minuto, feliz.


La relación entre Chucho y Bebo es mágica: los dos nacieron en el mismo pueblito cubano de Quivicán el mismo día — un 9 de octubre—, uno en 1918 y el otro en 1941; y aunque sus vidas han estado siempre unidas por el piano y la música cubana, también han estado separadas demasiado tiempo por la política, pues Bebo se marchó de Cuba en 1960 y no quiso regresar más. Tuvieron que esperar casi dos décadas para el reencuentro, pero desde entonces padre e hijo se han visto en numerosas ocasiones y han trabajado juntos. Ahora Chucho se ha mudado definitivamente a Benalmádena para cuidarle.

“Aquí voy a grabar mis próximos discos”, asegura Chucho mientras muestra el estudio que acaba de construir en su casa, donde al entrar reciben dos grandes imágenes de la Caridad del Cobre y la Virgen de Regla, Ochún y Yemaya en la santería afrocubana. El pequeño estudio está equipado con la más moderna tecnología, y Valdés cuenta que acaba de ser inaugurado de un modo singular: “Cincuenta niños del colegio de Juliancito han pasado por aquí a grabar el himno de la escuela”.

Su último disco saldrá en primavera, distribuido por Armonía Mundi, aunque todavía no está la mezcla definitiva. En Abdel, de influencia oriental, el saxo soprano de Marsalis se convierte en un instrumento encantador de cobras; Afrocomanche es un viaje jazzístico a las raíces indígenas de EE UU en busca de un inquietante vínculo con el mundo afrocubano, que Valdés ha documentado con el Instituto Smithsonian de Washington.

La importancia que Chucho concede a la familia está presente en este álbum más que en ninguno: el tema Caridad Amaro, que lo interpretó a piano solo en Calle 54, esta dedicado a su abuela; Pilar es su madre, recientemente fallecida, y ya fue grabado como canción con Pablo Milanés, aunque ahora ambos temas adquieren una dimensión distinta. Y Bebo es la columna central del disco, un homenaje a su maestro en el que Chucho toca “al estilo” de los dos a la vez, más la fuerza de su quinteto detrás y la guinda del saxo de Marsalis. Si bien el propósito en adelante es trabajar en su estudio, este álbum fue grabado en La Habana en diciembre —se da la circunstancia de que Marsalis obtuvo licencia en EE UU para grabar en Cuba, pero no para actuar en público, por lo que no pudo presentarse en el Festival de Jazz de La Habana—.

De vuelta a casa de Bebo suenan otra vez las fichas de dominó. Oscurece. Sobre la mesa hay una taza de café (descafeinado) y en el equipo de sonido se escucha un danzón, pero interpretado moderno, al estilo de Frank Emilio.

Los Valdés se han refugiado en Benalmádena, donde todo el mundo los quiere. En las próximas semanas se pondrá el nombre de Bebo a una glorieta y recientemente la Diputación de Málaga declaró a Chucho “hijo adoptivo” de la provincia,

En el horizonte de Chucho hay viajes a Rusia y a Tokio —una fábrica de instrumentos japonesa acaba de sacar una línea de pianos Chucho Valdés— y también tiene previsto encontrarse con Lang Lang para tratar de una posible colaboración. Pero, dice, ya no se separará más de Bebo, que ahora ríe a carcajadas al lado de Trueba, su Jefe. Suena una rumba y Bebo regresa, querría seguir tocando el piano hasta el fin de los días.

Diego El Cigala, Bebo y Chucho Valdés


ENTREVISTA | BEBO VALDÉS
"Yo quiero tocar hasta que me muera"
Por: CARLOS GALILEA 5 OCT 2008

En el restaurante frente a su casa, al que Bebo Valdés acude a comer muchos días, cuelgan tres fotos suyas junto a varias de Camarón. Antonio, el propietario, le recibe como a un amigo. Hoy no tiene gazpacho -a Bebo le encanta- y le convence para probar el ajoblanco -Bebo admite que está bueno, pero añade bajando la voz que prefiere el gazpacho-. Y aunque el médico se lo tiene prohibido, pide un café; eso sí, descafeinado. En noviembre de 2005, él y su mujer, Rose Marie, se instalaron en Arroyo de la Miel, Benalmádena. "Fue por 44 años de casados. Le dije 'pide una cosa'. Quiso esto y, bueno, ya está", cuenta él. Que nadie se imagine una gran mansión: es un sencillo piso en la planta baja con un patio al lado de la piscina comunitaria.

Vive tranquilo. Quizá demasiado tranquilo. Porque a Bebo le sube la adrenalina cuando hay trabajo o cuando está rodeado de amigos. Por la mañana muy temprano, sobre las seis o las siete, sale al patio y se sienta a mirar la peña que se eleva sobre los edificios. "¿Qué voy a hacer yo? Mi mujer no se levanta antes de las diez", dice. Bebo parece echar de menos Suecia, adonde llegó en 1963 con los Lecuona Cuban Boys y donde pasó casi treinta años en el anonimato como pianista de hotel. "Me tocó los primeros años allá trabajar en el Círculo Polar Ártico. No sabes si es de día o de noche", cuenta. ¿Se siente un poco sueco? "Demasiado", apunta Rose Marie. "No es que me guste tanto el frío, pero conozco a los hijos, voy donde están las nietas", explica. Saca orgulloso sus fotografías de la cartera. Cuenta que Felicia va a cumplir 15 años, y Miranda, 13, y que son ya dos mujeres más altas que Rose Marie. También lleva encima un retrato de su mujer con 18 años.

Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro es un personaje popular y querido. Cinco chicos que están en otra mesa se acercan para hacerse una foto con él. Les atiende encantado. "El hombre tiene que ser agradecido. Y esto que tú ves aquí [señala la casa] es una cosa que me pagaron por el disco de Lágrimas negras", dice. Tiene carácter: algún promotor lo ha comprobado cuando Bebo, airado ante sus exigencias e imposiciones, le ha colgado el teléfono. Y le otorga más valor a la palabra dada que a un contrato.

Le preocupa estar perdiendo la memoria. "Aunque haya visto una noticia en televisión, se me olvida", dice riendo. A veces le cuesta encontrar un vocablo o se queda en blanco. Bebo de Cuba (RBA), la biografía escrita por Mats Lundahl, se publica este jueves, el día de su 90º cumpleaños (nació un 9 de octubre en Quivicán), y se sumará al premiado documental de Carlos Carcas Old man Bebo. También sale Juntos para siempre, el disco grabado a dos pianos -"en dos mañanas, sin ensayar apenas"- con su hijo Chucho (nacido también un 9 de octubre en Quivicán). Fernando Trueba escribe en la presentación de la biografía que, cuando fue a buscarle a Estocolmo para la película Calle 54, el extraordinario pianista, compositor y arreglista cubano vivía con una modesta pensión del Estado sueco, sin lamentarse de nada, sin nostalgia alguna y sin ningún rencor.

En 1994, recién jubilado, le llama Paquito D'Rivera desde Alemania para ir a grabar un disco. ¿Comienza entonces una nueva vida? Paquito tenía que grabar a finales de marzo. Me llama y me dice: "Tú y mi padre eran como hermanos". Le digo que sí. Y me dice: "Tengo un problema. Yo tenía que estar aquí con dos o tres arreglos, pero me pasé de tiempo y no tengo ni una nota escrita. ¿Qué tienes tú?". "Mira, Paco, yo no tengo arreglos, lo que tengo son ideas escritas, y eso no se puede montar ni en un día, ni en dos". Estaba tan desesperado que le dije: "Voy a ir y voy a hacer lo que yo pueda". Llegué por la tarde y me metí con él y la orquesta a ver qué había, ¡y no había nada! Por la noche y la mañana hice tres o cuatro arreglos, y así empezamos.

Paquito D'Rivera reclama que fue él quien le rescató del olvido... Bueno no hay que hacerle mucho caso. Paquito es muy celoso. Pero es buena gente, muy inteligente, y toca con cojones. Para mí el mejor clarinete que hay en el mundo hoy día es él. Benny Goodman tendría que fajarse con él. Además toca cualquier tipo de música. Y su madre, una cocinera del carajo, preparaba el mejor arroz con pollo que yo he comido nunca. Al final el director de la compañía le puso mi nombre al disco, Bebo rides again. Aunque a mí me daba igual.

Ocho discos y tres películas con Fernando Trueba. Y acaba de grabar música para 'Chico y Rita', su largometraje de animación con Mariscal. El número es mío. Un bolero que yo ya ni sabía que lo había escrito... Y cuando Fernando me lo enseña, me gustó. Le digo: "Coño, Fernando, es bonito". "¿Cómo que bonito?, si eso es tuyo". Tengo unos líos del carajo [se ríe]. Hay muchas cosas que las hice y no sé que las hice.

Con 'Lágrimas negras', cerca del millón de discos vendidos, ha ganado mucho dinero... A mí el dinero no me importa ni cojones. Nunca me ha importado. Yo quiero hacer mi trabajo, que me dé para comer y para ir aquí al lado, y ponerme un traje cuando yo quiera. Y aquí una casita o lo que sea. Pero ser esclavo, no. Yo tuve dos tíos, Rufino y Agustín, que fueron a la guerra con Maceo y cuando volvieron en 1898 nunca se habían puesto un par de zapatos ni se habían acostado en una cama. Dormían en el suelo. Eran esclavos y se fueron como cimarrones con un machete porque les echaban a los perros. Cuando vi que tumbaban caña todo el día, que no sabían ni leer ni escribir, y que los explotaban en la hacienda, yo le pedí a Dios una cosa: "Dame para dar y no me dejes pedir nunca jamás". Y todos los años mando dinero a Cuba. Lo he hecho toda mi vida. Yo no puedo dejar de ayudar a mi gente.

Dice que cuando triunfó la revolución le amenazaron con veinte años de cárcel. ¿Qué hizo? ¿Asesinar a alguien? Compré el terreno para la casa, lo marqué todo y puse los cimientos. Un día fui y me encontré allí a un tipo poniendo piedras y cosas, y le dije: "¡Eh!, ¿qué tú haces aquí?". "A mí me mandó fulano del Gobierno". Le digo que no puede ser porque eso es mío. Viene un policía y me dice: "Aquí nadie tiene nada, señor. Todo esto, y toda Cuba, es del Gobierno". Y cualquiera te lo decía. Luis Yáñez, que trabajó conmigo y era amigo mío, me apuntó con una ametralladora para que yo abriera una bolsa en la que llevaba un poco de pollo para mi hija Miriam. Todo era "patria o muerte, venceremos", y al que no le guste, que se vaya. Y cuando te ibas a ir, porque yo ya me quise ir en julio del año anterior, que él entró en enero, te pedían el pasaporte para ponerle la visa y no te lo devolvían. Me pude ir de milagro con un falso contrato de trabajo en México.


Se fue de Cuba el 26 de octubre de 1960 y no ha vuelto. Cuando Rolando Laserie y yo nos bajamos del avión en México, besamos la tierra y juramos que nunca íbamos a pisar nuestra tierra mientras existiera ese sistema. Un día llamé a mi mamá y me dice: "Quiero pedirte un favor y quiero que me digas que lo vas a cumplir. Yo te he cumplido siempre a ti, ahora cúmpleme tú a mí". Yo le dije: "Pídeme lo que quieras". Y dice: "Mientras este sistema esté en Cuba manejando el país no pongas un pie aquí. Si yo me muero, si se mueren tus hijos, tus nietos... ponte los pantalones como los tenía puestos tu padre".

Y le cumplió. Su madre, que le vio jugando con unas piedras con las que simulaba tocar el piano, fue la que más le apoyó para poder aprender. Eso es lo más grande del mundo, mamá, lo que más he querido yo en mi vida [se le humedecen los ojos]. Posiblemente sin ella no hubiera sido pianista. Era una costurera buenísima, y nosotros vendíamos churros y cualquier cosa por la calle para ayudar en casa. Cuando no había para comer me decía: "A ti que te gusta la calle...", y me daba un cuchillo sin punta para que fuese a coger caña o mangos. Y a veces íbamos a cazar pajaritos y comíamos con eso. Pero yo era feliz, y eso no me lo quita nadie, porque yo fui feliz del carajo. Por eso el dinero lo llevo mal. Yo creo que es la desgracia de la gente.

El hecho de trabajar en la Mil Diez, la emisora del Partido Socialista Popular, le valió ser tachado de comunista, ¿no? [Se ríe]. A todos los que trabajábamos allí. Había una plaza de arreglista y nos presentamos René Hernández, Pérez Prado y yo, que era el menos conocido. Pidieron que trajéramos un arreglo, y yo le había escrito uno a Celia [Cruz] que se llamaba Negra triste. El jurado me eligió a mí. Tenía que hacer tres arreglos a la semana y eran 60 pesos al mes. Para mí, un dineral.

¿Es cierto que por estar en la Mil Diez no pudo viajar en 1948 a Nueva York a tocar con Mario Bauzá y Chano Pozo? Verdad, no me daban el visado de trabajo...

Y paradójicamente abandonó Cuba por no gustarle lo que estaba ocurriendo... Es que yo nunca fui comunista.

Carlinhos Brown, Bebo y el cineasta español Fernando Trueba


Luego, ya en Suecia, desechó la idea de ir a Estados Unidos. Mi hermana me dijo: "Mira, Bebo, aquí estamos en guerra. Los negros tienen muchos problemas. En Nueva York y hasta en Boston el racismo es pasable, pero aquí en el Estado de Florida es terrible. Si tú te casas con esa mujer, de una manera u otra te van a joder. No quieren que Martin Luther King pueda subir". Obama, ese negrito que se postula en América, tiene derecho porque todos los hombres tienen derecho. Pero hubiese preferido a la mujer de Clinton, porque si a Kennedy lo mataron, ¿qué le van a hacer a éste? Los racistas son como los nazis.

¿En Cuba había racismo? En todos los lados hay racismo. De niño no sabía que existía porque, además, mis mejores amigos eran blancos. Me di cuenta cuando empecé a tocar de profesional. Me contrató para su orquesta Curbelo, que era blanco, y el representante le dijo que, habiendo tantos muchachos blancos y mulatos, para qué tenía que andar con el negro de mierda ése. Y Curbelo le dijo: "Ven acá, consígueme un pianista que toque como ése, que lea como ése y que haga arreglos como ése. Y que no fume, no tome y siempre esté a su hora. Óyelo bien, yo a ése no lo boto. Ahora bien, si quieres traerme un individuo de tu raza que sea la mitad que él, entonces lo voy a botar". Por poquito le cuesta el puesto.

Antes, en 1938, había estado en su primera orquesta profesional, la Happy Happy de Ulacia. Y tocaba en las academias de baile por un peso. Bueno, si ganabas eso te podías dar con la mano en el pecho [se ríe]. Tocabas toda la noche. Las mujeres, en un 90%, eran prostitutas, y había un tique para bailar dos piezas. El sindicato hizo una cosa bien hecha, ahí sí no se le puede negar, que fue que hubiera un mínimo de 3,60 al mes más un porcentaje. Porque si tocabas en un cabaré y hoy no ibas porque estabas enfermo, no te pagaban.

Con la orquesta del trompetista Julio Cueva tuvo su primer éxito, 'Rareza del siglo', que ha vuelto a grabar ahora con Chucho... Ese hombre estuvo en España peleando contra Franco. Acabó preso en Francia y lo mandaron para Cuba. Y al llegar al puerto, ¿sabes lo que hizo? En vez de tocar el himno cubano, tocó La Internacional. Y ahí se calló mucha gente en La Habana porque estaban los americanos.

Antes de recalar en Suecia pasó un tiempo en España. ¿Cómo le fue? Estuve aquí dos años con Lucho Gatica y con la cantante Monna Bell. Gané dinero y me trataron muy bien. Me trajo el gerente de Hispavox, no recuerdo el nombre, que era un hombre muy bueno. Laserie y yo debutamos con él en México. Hizo lo que nadie en el mundo ha hecho por mí: en el cuarto de hotel donde yo vivía me puso un piano [se emociona].

Al final no se quedó en España... Regresé para grabar un disco, pero hubo una huelga de músicos. Con Franco en el poder. En Madrid había lugares abiertos hasta las once o las doce. Y el de la Gran Vía, que era el mejor, hasta la una. A la una se acababa, y entonces, por donde está el aeropuerto, había uno abierto toda la noche. Yo fui un millón de veces. Y ahí había de todo. Y en la Gran Vía también había de todo [recalca la palabra]. Lo que pasa es que había que saber dónde estaba [se ríe].


En 1948 entró a trabajar en el cabaré Tropicana. ¿Quién le llamó? Rita Montaner. Rita y yo éramos uña y carne, igual que Bola de Nieve y Lecuona. Era una pianista del coño de su madre, además de cantante, bailarina y una mujer superculta. Una blanca grande de sociedad y una negra mala de solar, porque cogía un cuchillo y te caías atrás...

En Tropicana estuvo diez años. ¿Los mejores profesionalmente? Fue el verdadero camino de la vida mía. Entraba a las nueve todas las noches y empezábamos a tocar a las nueve y media o las diez. Luego descansábamos media hora, había otra orquesta, y volvíamos a tocar otra media hora. Así hasta las cuatro de la madrugada.

Allí conoció a Nat King Cole. Y tocó el piano en seis de los siete temas que el 'crooner' grabó en 1958 para su disco en español. Era una gran persona. Bebía vodka con jugo de naranja por la mañana. Me decía que me tomase un trago con él y nos metíamos una hora tocando. ¿Qué iba yo a hacer si tenía que tocar con él? Nunca necesitó una nota para cantar. A todos los cantantes tenía que darles la introducción para ellos coger el tono. A él, no, tenía oído absoluto. Había dos palabras que no podía decirlas [se ríe]. Una era cachito, que decía cachirou..., y de la otra ya no me acuerdo porque hace mucho tiempo.

Sus pianistas de jazz preferidos son Art Tatum y Bill Evans. Pero el pianista que más admira ¿sigue siendo Ernesto Lecuona? Ése es mi ídolo. Un pianista y un compositor divino. Ernesto Lecuona tiene una mano izquierda que ningún otro pianista en el mundo la tiene. Iba aún con pantalón corto y ya tocaba en el cine, porque entonces las películas eran mudas. Yo le conocí a él de verlo en la radio y de hacerle arreglos. Yo le decía siempre "maestro". Era maricón, pero no afeminado. Para mí, el mayor músico de Cuba.

Y Cachao estará ahora tocando el contrabajo y haciendo sus cuentos en el cielo... ¡Coño! Cachao era más que un hermano. Nació el 14 de septiembre de 1918 y yo el 9 de octubre. No llega al mes. ¿Tú sabes que era un bailarín de primera? Ganó en La Habana el premio Fred Astaire, pero se cayó un día jugando a la pelota y se le rompió la cadera. Y ya no podía bailar. Yo siempre me reía con él.

¿Alguna anécdota suya que recuerde? Hay millones, pero se me olvidan [se ríe]. Siempre estaba haciendo cuentos, ¿cuándo no? La última vez estábamos hablando de que a fulano hacía mucho tiempo que yo no le veía. "Yo lo vi", me dice, "salió para Honduras". Le pregunto en qué ciudad estaba y me dice: "Bebo, no comas mierda; está en Honduras, está bajo tierra". [se ríe]. Cuando Cachao estaba en Los Ángeles, todo el dinero que ganaba lo perdía en las máquinas. Ese vicio del juego ya le venía de La Habana. Era uno de los genios más grandes que conozco, aunque no se daba cuenta o no quería. Él lo que quería era tocar danzones y montunos. No música clásica, porque eso no le divertía.

Curioso que hasta 'Calle 54' nunca hubieran grabado juntos. Ni habíamos trabajado juntos en Cuba. Porque él se dedicó a la charanga y yo al jazz. Él creó el mambo y trabajaba en la Sinfónica. Y la dejó para estar con la orquesta de Arcaño, que tocaba lo que a él le gustaba.

Su gran creación, el ritmo batanga, en el año 1952, no trascendió. Dice que duró lo que un merengue a la puerta de un colegio. ¿Qué pasó? El problema es que el mambo estaba entonces en lo más alto, con Pérez Prado, y que el batanga no tuvo coreografía, no tenía baile. La orquesta era para decir "¡ay!" [estaban Benny Moré, Chocolate Armenteros, El Negro Vivar, Generoso Jiménez, Guillermo Barreto...].

La presentación del batanga el 8 de junio de 1952 en la Cadena Azul se grabó, y Chucho asegura que es una de las cosas más fantásticas que haya escuchado. La grabación la tenía guardada Guillermo Barreto, pero tras su muerte y la de su mujer, Merceditas Valdés, ha desaparecido... Yo no sé quién la tiene, pero ni me la prestan, ni me la dan. Ni los arreglos míos. Allí siempre tienen castigo para mí.

Cuando usted y Rose Marie Pehrson se casaron, usted tenía 44 años y ella 18. Pese a quejarse de la memoria, no olvida la fecha en que la conoció en Estocolmo... Sí, el 7 de abril de 1963. Yo tocaba con los Lecuona Cuban Boys en un restaurante del parque de atracciones. Era un concurso de belleza, y cuando pasó a mi lado le dije: "Yo creo que tú eres más linda que la que ganó" [se ríe]. Después ella me dijo que tocaba muy bonito y la invité a un refresco. Yo no era tan mujeriego como la gente cree; aunque de gira por el norte de Europa con los Lecuona, cualquier mujer a la que yo invitara se iba a la cama conmigo. Y óyelo bien, con las otras dos mujeres con las que tuve hijos, Pilar y Noemí, los hijos míos están reconocidos. Todos tienen mi nombre. Y nunca, estando yo ya fuera de Cuba, ellas dejaron de recibir dinero. Cuando no tenía, les mandaba una carta para decirles que se iba a demorar.

¿Piensa seguir tocando? Yo quiero tocar hasta que me muera. ¿Qué voy a hacer metido en mi casa? Me meto en casa por mi mujer; si no, me voy para la calle a caminar, a hacer lo que me dé la gana, pero la quiero cuidar porque no se siente bien. En los tiempos malos se portó muy bien. A veces yo estaba un día o dos sin comer. Le daba lo poquito que entraba y le decía que ya había comido con fulano. Ella estaba esperando un niño y yo no quería... ¿Quieres que te diga algo? A mí ella todavía me gusta.




ENTREVISTA:ALMUERZO CON... BEBO VALDÉS
"¡Que se vayan al carajo todos los dictadores!"
Por: CARLOS GALILEA 30 OCT 2007

En el hotel en el que se hospeda en Madrid, los empleados le tratan como a un familiar querido. Y en la calle una chica le dedica una gran sonrisa mientras dos hombres trajeados se paran a saludarle. "Bebo Valdés, a sus órdenes", les dice él. Antes de entrar en el restaurante se pone a charlar con un brasileño y con el encargado de una óptica. "Desde la primera vez que vine a España me tratan así. La sangre de gallego que llevo está bien hecha". Y aquí, con sus 89 años y una memoria que ya le trampea, da cuenta de unos callos, un plato que no se pierde ni en verano.

De Estocolmo a Benalmádena. Bebo Valdés ha cambiado los gélidos inviernos escandinavos por los suaves días de la Costa del Sol donde ha instalado su residencia. "Fue Rose Marie, mi mujer. Íbamos a cumplir 44 años de casados [Bebo se enamoró de una sueca de 18 años cuando él tenía 42] y mi luna de miel la pasé con ella en Madrid en diciembre de 1963. Ese invierno fue un poco duro, pero para ella era un verano y se enamoró de España", recuerda.

Acude puntual a la cita. En realidad, antes de la hora. Suele repetir que es mejor llegar un minuto antes que uno después. Y se lamenta de estar perdiendo la memoria. Acaba de cumplir 89 años.

Pero hay una fecha que no va a olvidar: el 26 de octubre de 1960. Es el día que se fue de Cuba. Le tuvieron que prestar una maleta que aún guarda. Está en el sótano de la casa que conserva en Suecia. "Habíamos salido de Batista, que era un dictador de derechas, y caímos en el de izquierdas, que también oprime al pueblo. ¡Que se vayan al carajo todos los dictadores!", exclama. "Le dije a mi padre que pensaba volver en enero y me contestó llorando 'nosotros no nos vemos más'. Me dolió en el alma. Toda mi vida he tenido ganas de regresar a Cuba, pero le juré a mamaíta, ella me lo pidió antes de morir, que nunca volvería mientras dure este sistema". Y al entrañable hombretón de 1,84 se le humedecen los ojos.

Bebo Valdés se había jubilado en Suecia -después de varios lustros en el anonimato como pianista de hoteles- cuando Fernando Trueba fue a buscarlo. Era diciembre de 1999. De la amistad entre ambos han nacido discos como Lágrimas negras, Bebo de Cuba o Bebo. Aunque Paquito D'Rivera anda reclamando que él fue quien le rescató del olvido en 1994. "Su padre y yo éramos como hermanos. Paquito, el mejor clarinetista que ha dado Cuba, es un alma de Dios, lo conozco desde niño, pero le entraron celos", explica. "Alguien me dijo una vez que cuando se nace, se nace a luchar y a sufrir, y que cuando se muere se descansa. El otro día Cachao me comentó que sólo quedamos cinco músicos de aquella generación. Y que vamos a formar la mejor orquesta. Dice que vamos a llegar al cielo y que hasta a Cristo le va a gustar", cuenta con una carcajada.

El documental de Carlos Carcas Old man Bebo, que ayer se presentó en Madrid, recoge ahora su singular historia. "Lloré al verme con 19 años y 115 kilos. Hay fotos que nunca había visto", afirma. Bebo Valdés ha superado una trombosis y problemas de vértebras con un diagnóstico muy desfavorable: "¡Chico!, aún disfruto tocando el piano".


Cuba deja de lado las diferencias y despide a Bebo

Las autoridades cubanas dejaron de lado las diferencias políticas que las enfrentaron por décadas con el pianista Bebo Valdés y lamentaron la pérdida de uno de los más grandes cultores de la música isleña.

"Luto en la música: Falleció Bebo Valdés", tituló el portal oficial Cubadebate el viernes tras confirmarse la noticia del deceso del también orquestador y compositor de 94 años.

Valdés murió el viernes en Suecia, donde vivió más de 40 años. Como toda su generación, sufrió el impacto de la revolución cubana que triunfó en 1959, y a diferencia de muchos que decidieron quedarse, salió de la isla hacia México a comienzo de los años 60. Jamás regresó a Cuba.

"No me gustaba el régimen... Por eso me fui y por eso no vuelvo", aseveró en una entrevista con la AP en el 2005.

En los años posteriores a su salida su nombre era impronunciable para la cultura cubana que rechazó políticamente a quienes se fueron, aunque en su caso la estigmatización del músico fue matizada por respeto a su hijo Chucho Valdés, otro genio del piano, internacionalmente reconocido y ganador de varios Grammy.

Chucho Valdés, a diferencia de su padre, jamás quiso emigrar.

Las redes sociales en Cuba se conmovieron con el deceso.

El bloguero Yohandry Fontana, cuyos comentarios suelen reflejar las posiciones oficiales, dio la noticia en Twitter y expresó sus "condolencias para sus familiares y amigos".

Su familia en la isla lamentó la pérdida.

"Todos estamos destrozados", dijo en entrevista telefónica a la AP la música Yosue Valdés Torres, nieta de Bebo.

En la comunidad artística la noticia cayó como una bomba.

"Se perdió un monumento a la música cubana, un ícono, el último de su generación...La generación de oro de la música cubana", dijo a la AP, el timbalero del proyecto Buena Vista Social Club, Amadito Valdés, quien no tenía parentesco con el fallecido músico.

El percusionista subrayó que no era hora de hablar de política, sino "de música".

"Bebo fue la avanzada de lo que se conoció como jazz latino", explicó Amadito. "Era un orquestador, compositor y pianista de alto rango".

La diva del Buena Vista Social Club Omara Portuondo también estuvo consternada.

"Con el corazón triste, doy adiós a un gran músico y amigo: Bebo Valdés. Mi cariño y respeto a toda la familia", escribió en un mensaje en Twiiter al que agregó un vínculo a una foto en blanco y negro de Valdés.

Por su parte, el trovador Pablo Milanés dijo a la AP: "Desde que yo era niño y cantaba como aficionado, Bebo tenía un programa en la radio cubana que ya estrenaba sus ritmos y que fue impresionante. Tenía un gran talento".

Mientras, el astro del flamenco Diego el Cigala, con quién Valdés grabó el multipremiado "Lágrimas Negras" de 2003, lamentó la muerte de su colega.

"Duelo para la música por Bebo Valdés, se nos fue el más grande...", escribió en Twitter el cantaor que junto a Valdés ganó, entre otros, un Latin Grammy, un Premio Ondas y certificación de triple platino en España por la producción. En el disco el piano de Valdés daba nueva vida a temas clásicos de la música latina como "Veinte años" e "Inolvidable".

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