MUSICA Y NOTICIAS DEL MUNDO DE LA SALSA
16 oct. 2018 0 comentarios

Tito Puente Jr. recuerda la entrañable amistad de su padre con Celia Cruz



Fuente: El Nuevo Herald, USA. Por: Luis Sánchez

Tito Puente Jr. recuerda como si fuera hoy cuando Celia Cruz iba a su casa en el Barrio Latino en Nueva York a visitar a su padre y era como si llegara un familiar querido.

Entonces, el hijo del legendario Rey de los Timbales era un niño y sentía el cariño y la sencillez de una de las cantantes más importantes en la historia de la música latina.

Dese hace 20 años, Tito Jr. vive en el sur de la Florida y su misión es difundir el legado de su padre, su música, su estilo y su imagen.

Y esa herencia se encuentra íntimamente ligada a la música afrocubana y, especialmente, a Celia, la Reina de la Salsa, con quien Tito Puente formó un tándem memorable.

“Mi padre tenía un ego descomunal y no aceptaba la menor sombra”, recuerda Tito Jr. “Con Tito Rodríguez, quien también mostraba un ego enorme, sostenían una enconada rivalidad de machos alpha, los dos eran boricuas, líderes de orquesta, se disputaban el favor del público y cada vez que subían juntos al escenario era como si chocaran dos cables de alta tensión”.

Con Celia, en cambio, era todo lo contrario, según confiesa Tito Jr.

“Había mucha armonía entre ambos, mi padre se sentía cómodo con ella y solía decir: ‘Yo soy el Rey y Celia es la Reina’”, confesó Tito Jr. “Los roles estaban clarísimos en esa amistad. La generosidad de Celia, lo mismo que de su esposo Pedro Knight, hacían fácil la relación con mi padre, y a ello se sumaba que yo y mis hermanos la sentíamos como una tía”.

Para tener una idea de la real dimensión de Tito Puente habría que mencionar que luego de su muerte, el 31 de mayo del 2000, el periódico The New York Times escribió que el músico de origen puertorriqueño nacido en la Gran Manzana en 1923 se había convertido en un símbolo de la ciudad tanto como el Empire State Building, la Estatua de la Libertad y los Yankees.


Durante sus más de 60 años de vida artística, Tito Puente grabó más de 150 discos y ganó cinco Premios Grammy; tocaba los timbales, el vibráfono, la marimba, el bongó, la tumba y el bajo; compuso canciones que traspasaron las fronteras, como “Oye como va”, que en la interpretación de Carlos Santana se convirtió en un himno de los jóvenes en la década de los años 70. Su vida se reflejó en películas como The Mambo Kings y Calle 54 y fue invitado especial en grandes programas de televisión como Sesame Street y The Simpsons.

“Mi papá era un genio: compositor, arreglista, interprete, productor y showman”, comentó Tito Jr. “Cuando me convertí en un adolescente aproveché mis vacaciones escolares para acompañarlo en sus giras. Ibamos a Japón, Holanda, Francia y muchos otros países. Yo cargaba los timbales y la vida se desarrollaba a toda velocidad. ‘No tengo tiempo para enseñarte a tocar los timbales’, solía decirme. ‘Mira y aprende’, agregaba”.

Tito Jr. cuenta que su padre había aprendido a tocar en la calle viendo y escuchando a los muchachos del barrio y en cierta forma quería trasladar a su hijo ese aprendizaje autodidacta, esa libertad para escoger su propio destino sin influencias que predeterminaran el sentimiento musical.

En su autobiografía Celia, mi vida, la “Guarachera de Cuba” reveló que una noche poco antes de salir al escenario en el teatro Gran Rex en Buenos Aires se enteró de la muerte de su gran amigo, y le rindió tributo no solo como su compañero en los escenarios sino por su invalorable aporte para la difusión de la música afrocubana.

Apenas regresó a Nueva York, Celia enrumbó a su departamento y empezó a revisar los mensajes que le habían dejado.

“Quedé impactada al escuchar que Tito me había dejado un mensaje, sobre todo porque Tito no era el tipo de persona que dejaba mensajes”, recordó Celia. “Oí su voz diciéndome: ‘Hasta luego, mi negra’. Fue terrible porque me di cuenta de que me había llamado justo antes de morir. Esas son las últimas palabras que tengo de él. Hasta el día de hoy mantengo esa grabación guardada en mi caja fuerte”.

Celia murió el 16 de julio del 2003.
15 oct. 2018 0 comentarios

El Arte de Bebo de Cuba


La semana que pasó conmemoramos el centenario del nacimiento de Bebo Valdés, pianista fundamental en la historia de la música cubana.

A manera de homenaje, presentamos el texto de Rafael Escalona, publicado en la revista AM PM, que está dedicado al legendario Bebo


El arte de Bebo de Cuba
Fuente: Revisata AM PM. Por: Rafa G. Escalona

Este texto apareció originalmente publicado en la revista OnCuba. A propósito del centenario del natalicio de Bebo Valdés (y el cumpleaños 77 de su hijo Chucho), decidimos rescatarlo y que funcionara como homenaje de nuestra publicación a ese gigante redimido de la música cubana.

Esto es un boceto, un atisbo que apenas permite sospechar al hombre que fue Bebo Valdés. Para que este texto adquiriera cabal dimensión, serían necesarias un par de voces que aquí faltan, sería necesario acudir al Quivicán natal, a la Suecia (segunda patria), a todos esos parajes y personas en los que dejó huella. No fue posible, pero  -parafraseando a Ana Prieto a propósito de Borges- entre los recuerdos, las veracidades y el eco, el único testimonio es su música. Aun así, surge terca e imperiosa la necesidad de un texto como este.

“La vida de Bebo es una película. Aprendió a tocar el piano en una mesa con las teclas dibujadas. Hablar con él era conocer a Cachao, el guaguancó, a Bill Evans, a Rachmaninov y el jazz. Ahora mismo estoy viendo una foto de él abrazado a Sarah Vaughan y a Nat King Cole. Bebo es la música cubana del siglo XX”. Javier Limón

Bebo Valdés era un hombre extraño. Gigante del jazz afrocubano en la era en que se forjaban los caminos del género, la primera imagen suya que evocan sus conocidos es sin embargo la de un tipo sencillísimo, un caballero de la vieja escuela. Resulta así que es uno de los pocos casos de la historia del arte en el que la maestría cede paso a la personalidad no por sus excesos –Hemingway– ni por su originalidad –Woody Allen– sino por ser, simplemente, un hombre de bien.

Un hombre de bien que sin embargo no pudo renunciar a la libertad de tocar el piano sin cortapisas. Un hombre de bien que se afincó en una tierra nórdica y distante, en la que permaneció treinta años rumiando silenciosamente su arte, en la tranquilidad de los salones. Unos salones que nunca supieron que tenían una leyenda viva. Un hombre de bien que lo largó todo con tal de que lo dejaran tocar en paz.

La historia de Bebo Valdés, que es inseparable a la de la música cubana, empezó hace muchísimo tiempo, con unos europeos lujuriosos y unos esclavos africanos mezclados hasta el infinito, con un piano que fue violado dulcemente por un tambor frenético e intraducible. A esa fusión permanentemente inconclusa llegó en los años 30 Dionisio Ramón Emilio (Bebo) Valdés Amaro con la intención de divertirse, sin saber que llegaría a estampar su nombre en la tarja de los padres fundadores.

Era la época de La Habana nocturna, aquel gigantesco garito en el que los turistas acompañaban el alcohol, los juegos de azar y las drogas con la banda sonora de los impetuosos músicos cubanos. Bebo por entonces andaba incursionando en el jazz, absorbiendo todo lo que podía de sus admirados Art Tatum y Bill Evans, pero se nutría también “de la rutina de la calle, el boogie-boogie, el danzón, la rumba”, como dijo alguna vez.

Siendo un adolescente, Caballón –como también lo llamaban por su alta estatura– se enrola con su amigo de la infancia Israel López Cachao en la creación de una orquesta en la que el genial bajista cocinaba el futuro mambo. Mientras continúa sus estudios, se va abriendo paso como pianista en formaciones como la de Wilfredo García Curbelo y Julio Cueva. En esta combinación de academia y universidad de la calle va germinando una manera única de tocar, un estilo que permite a cualquier melómano distinguir los arreglos e interpretaciones de Bebo Valdés.

El año 1947 o 1948 –este dato como muchos otros de su vida, es bastante impreciso– significa el primer viaje de Bebo tras sus raíces africanas. Visita Haití; allí siente su alma católica resonar con esos rituales en los que no cree, pero le conectan con un pasado vibrante, tan suyo como las composiciones de Saumell y tan contagioso como el guaguancó del reparto Santa Amalia, pero aún más antiguo, un arcano de indescifrable atractivo. Un santero que conoció le revela premonitoriamente que ese viaje a los orígenes tendrá otros destinos y que algún día visitará Salvador de Bahía, ese pedazo de África insertado en tierra americana, en el que la religión yoruba vive ajena al paso del tiempo.

El aliento de los orishas parece impulsar a Caballón. Es contratado en el Club Tropicana, la meca del jazz en Cuba por entonces y trabaja como pianista y arreglista de Rita Montaner y la Orquesta de Armando Romeu. Diez años trabajará en Tropicana, y en ese período –la llamada década de oro de la música cubana– no habrá fenómeno musical que le sea ajeno.

Desde finales del 40, el inquieto baterista Guillermo Barreto –vecino, amigo y compañero de banda de Bebo– organizaba los domingos por la tarde o en las madrugadas tras finalizar el show de Tropicana, unas sesiones de improvisación en las que músicos del patio y extranjeros daban rienda suelta a su creatividad mezclando jazz con ritmos afrocubanos. Las descargas podían durar indefinidamente; un tema, a veces apenas un riff, bastaba para que una avalancha de músicos e instrumentos se sucedieran sin fin, llegando a empatar no pocas veces el día, la tarde y la noche. A las descargas, además de habituales como Peruchín, el Negro Vivar, Walfredo de los Reyes, Israel López Cachao, el Niño Rivera y Tata Güines se sumaban unos maravillados Roy Haynes, Kenny Drew, Sarah Vaughan y Richard Davis, quienes, a su paso por Tropicana, fueron subyugados por el estilo y la capacidad interpretativa de los músicos cubanos y sus ritmos.

Las descargas se hicieron costumbre en los predios de Tropicana (y fueron asimiladas por toda una serie de géneros y estilos como lo fue el filin), pero el escaso interés y la falta de visión de las disqueras no las habían tomado en cuenta. Hasta una noche de finales de 1952.

Mientras Bebo descansaba en un cabaret de La Habana junto a otros miembros de la Orquesta de Tropicana, Irving Price, dueño de una tienda de discos en la calle Galiano, le dice que Norman Granz –mítico productor norteamericano, fundador de monumentos del jazz como Jazz at the Philarmonic y el legendario sello Verve– está en La Habana, sorprendido con el hecho de que los músicos cubanos toquen jazz. Hacen las coordinaciones pertinentes y en el estudio de Panart, entre los rones y cervezas de rigor, Bebo y un grupo de músicos de Tropicana grabaron el disco Cubano!, en el que tocaron varios temas de jazz clásico, pasados por el filtro cubano, y una colosal improvisación a partir de un riff tocado por Caballón, que tomaría el nombre de Con poco coco, un clásico de las descargas del jazz afrocubano de todos los tiempos. A este disco y a estos músicos les tocó el privilegio de entrar a la historia de la música como la primera grabación de una descarga cubana.

De esta época dorada data también su orquesta Sabor de Cuba, una jazzband en toda regla, con veinte músicos, entre los que se encontraban un cantante llamado Beny Moré y un joven pianista de dieciséis años, que por su elevada estatura y habilidad para manejarse en el piano con unos dedos afiladísimos no cabía la menor duda de su procedencia: comenzaba la carrera del otro Valdés, Chucho.

Cuenta Leonardo Acosta en su imprescindible Un siglo de jazz en Cuba:

“En el año 1952 el pianista, compositor y arreglista Bebo Valdés inició lo que pudo ser una revolución musical semejante a la que llevaron a cabo Machito y Mario Bauzá en Nueva York o Dámaso Pérez Prado en México. Sin embargo, lo que hubiera sido la revolución del ritmo batanga ha quedado solo como una interesante curiosidad histórica y un grato recuerdo para los que la vivieron. (…) Bebo parecía el hombre indicado para hacer una nueva fusión entre el jazz y lo afrocubano, superando la creciente comercialización del mambo y las limitaciones del chachachá.”

En los estudios de RHC Cadena Azul, el 8 de junio de 1952, Bebo da a conocer el ritmo batanga, que pretendía convertirse en el rival del mambo. La tarde del debut, Bebo se acercó al micrófono y explicó que batanga proviene de las voces africanas batá y tanga. El estilo difería en lo fundamental del mambo en que contaba con una sección de trombones y una trompa –“para llenar el vacío entre los planos agudo y grave que creaban las orquestaciones de Dámaso”, dijo Bebo– y su gran aporte fueron las nuevas combinaciones rítmicas introducidas en la percusión cubana, al introducir por primera vez en una orquesta un tambor batá, un instrumento que había permanecido apartado de los escenarios producto al racismo habitual en Cuba, en la que era considerado una cosa de negros brujos.

La orquesta del batanga, que causó furor entre el público en su debut, se presentó durante los tres domingos siguientes pero, en palabras de Bebo, “la batanga murió de muerte natural”. Los patrocinadores y las empresas disqueras prefirieron apostar por lo seguro y no se le hizo promoción al nuevo ritmo, que no podía competir en el gusto de los bailadores con la simplicidad sonora y bailable chachachá.


Tras el triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959, Bebo –incapaz de acoplarse a la nueva Cuba que estaba surgiendo, en la que pasó del desenfreno de las noches de cabaret y descargas propias de los 50 a tener que rendir cuenta de su repertorio– toma la decisión de salirse del juego. Una tarde de 1960 llegó al estudio para grabar un material que estaba recopilando con la intención de llevárselo a México. Un individuo de camisa roja se le acercó y se identificó como miliciano.

– Vamos para la plaza, van a dar un discurso– le dijo.
– Lo siento, tengo una sesión ahora– le respondió Caballón.
– No hay sesión de grabación, todo está suspendido.
– No voy a ninguna tribuna, lo veré por televisión en casa.
– Usted debe ir, camarada.
– No soy su camarada, soy un amigo o un enemigo o nada.
– Escuche, usted está en el camino equivocado, si no entra a la guagua estará en problemas– le dijo mientras señalaba un vehículo que estaba parqueado junto a dos camiones, listo para ir a la plaza.

Bebo no subió a la guagua. Poco después, tras coordinar con su amigo y mánager Roger Frederick Reiter, saldría del país junto al cantante Rolando Laserie rumbo a una gira inexistente en México. Atrás quedaron su esposa Pilar Valdés y cinco hijos. Fue una decisión difícil, desgarradora, pero los escrúpulos fueron superados por la presión de no “sentirme libre para tocar la música que me diera la gana”, declaró en una ocasión.

Tras un periplo que lo llevó por México, Estados Unidos y España (donde trabaja con el cantante chileno Lucho Gatica), Bebo se une a los Lecuona Cuban Boys. Junto a esta orquesta desanda Europa; tocan en Inglaterra, Francia, Holanda, Alemania, Finlandia. Llegan a la fría Suecia el 17 de abril de 1963. Allí le dan asilo político, el destino perfecto para aquel negro de estilo parsimonioso y refinado. Bebo nació en Cuba, podría decirse, para escribir una parte de la historia del jazz latino; su verdadera biografía de hombre terrenal, en cambio, lo esperaba en Estocolmo.

En Suecia conocerá lo que es el frío absoluto. Durante seis meses trabajará en un club del Círculo Polar Ártico, y combatirá el hielo a golpe de improvisaciones interminables; aquí se muere de frío, pero encuentra la tranquilidad suficiente para tocar su música.

Los Lecuona Cuban Boys son contratados por Ove Hahn, el jefe artístico del parque de atracciones Gröna Lund, para que tocaran en el restaurante Tyrol. Aquel montón de apuestos latinos atrajo a muchas chicas que se quedaban mirando a los músicos, entre los que resaltaba un gigante caribeño de seis pies cuatro pulgadas que posaba sus manos inmensas sobre las teclas del piano con una ternura increíble.

Allí lo descubrió una bellísima jovencita de 18 años, que se aficionó a aquel cuarentón que interpretaba temas del repertorio clásico y muy de vez en cuando otras cosas raras que no entendía, pero que le hablaban de un lugar en el trópico en el que la noche no paraba, en donde el baile y la música reptaban por todas partes.

Rose-Marie Pehrsonse se empeñó en que ese cubano sería su hombre, y que le tocaría en las noches de los próximos cuarenta y cinco años las variaciones de los standars de jazz que tanto la trastornaban. Y Bebo, siempre galante, la complacería; mucho tiempo después, deslizó su nombre en varias composiciones, para acercarla a la magia de las noches habaneras que Rose-Marie no pudo conocer.

Bebo Valdés y el cantante peruano, radicado en Europa, Alberto Cortez


En los próximos treinta años Bebo Valdés será apenas un recuerdo en la mente de sus contemporáneos, una leyenda que solo conocerán los fanáticos del jazz y quienes vivieron la Cuba intensa de casinos y cabarets. Son años grises como el invierno nórdico, en los que tiene que tocar sin descanso versiones de los Beatles, los hits del mundo pop y el jazz norteamericano en hoteles y cruceros. Toca el piano en unas clases de ballet. A veces piensa meterse a taxista, pero una vez más la decisión de hacer lo que le gusta prevalece.

A pesar del silencio mediático, siempre tiene junto al piano y en los cuartos una libreta en la que anotar las melodías que acuden a su cabeza. Si no las anota, se van irremisiblemente; pueden venir otras, pero esas melodías – como los amores de los boleros que tanto le gustan-, no vuelven más.

En el año 1994, Paquito D’Rivera, movido por quién sabe qué orisha y apremiado por compromisos disqueros que no podía cumplir, llama a Caballón.

– Bebo, por lo que existió entre tú y mi padre, ayúdame con esto porque sé que tú puedes hacerlo y rápido.
– Estoy fuera de eso Paquito, hace un bulto de años que no compongo nada. Tal vez si me das más tiempo…– le respondió Valdés.
– Pero, ¿tienes ideas?
– Sí, ideas tengo unas cuantas.
– Pues ponte que eso me sirve.

Bebo se puso a revisar su material y en una maratón de 36 horas montó varias piezas con sus arreglos para nueve instrumentos. Aunque inicialmente el disco era para Paquito, este decidió que era hora de que Bebo cabalgara de nuevo. En un estudio de Alemania, en solo tres días, D’Rivera produce Bebo rides again, una compilación de temas clásicos del repertorio cubano y composiciones del propio Bebo. No ha perdido el tiempo en estos años Bebo Valdés; las consolas recogen la sabiduría de unas manos prodigiosas, una lección pacientemente añejada. A los 76 años, Bebo tiene mejor sabor que nunca.


Fernando Trueba no es solo un cineasta español reconocido, sino también un fanático confeso del latin jazz desde que en los ochenta cayera en sus manos el disco Blowin de Paquito D’ Rivera. La pasión de Trueba por el género lo llevó a darle forma a una vieja ambición: ver la historia de la música que tanto ama plasmada en un filme. Y es imposible repasar el latin jazz sin contar con Bebo Valdés.

Trueba planea una reunión de gigantes a través de la película Calle 54, antes de que fuera demasiado tarde –providencial intuición la suya, unos meses después de filmada la película falleció el contrabajista Israel López Cachao–. Filme sobre la música, el cine es un mero vehículo para la expresión de un arte poderoso otro.

La película permitió a Bebo rememorar los viejos tiempos de las descargas de Tropicana; después de décadas tocó otra vez con sus viejos compañeros y conoció a varios de los mejores continuadores del jazz afrocubano.

A partir de Calle 54 –y de la mano de Fernando Trueba y Nat Chediak–, la carrera de Bebo Valdés renace como si se tratara de una joven estrella pop. Graba El sabor de Cuba con sus socios de toda la vida, Israel López Cachao y Patato Valdés, disco con el que gana el primero de los nueve Grammy que obtuvo en los años siguientes.

La versión de Lágrimas negras que interpretan Bebo y Cachao en Calle 54 llegó al cantaor flamenco Diego El Cigala, y a través de una paella organizada por Trueba, el músico cubano y el español se conocieron. El proyecto surgió ahí mismo con una premisa básica: despegarse de sus respectivos orígenes. Bebo le dijo a El Cigala: “tú no seas gitano, que yo no voy a ser un negro de Cuba”. El resultado fue el álbum Lágrimas negras, una relectura inolvidable de grandes clásicos de la música popular latina.



Poco después se convierte en el guía protagonista del filme El milagro de Candeal (otra vez Fernando Trueba), en donde, entre otras muchas cosas, viaja a las favelas de Salvador de Bahia para reencontrarse con sus orígenes africanos. En tierra brasileña evoca una lejana y casi olvidada conversación con un santero haitiano. La profecía tardó seis décadas en cumplirse, pero cuando sucede, Bebo comprende un poco más los caminos ocultos de la santería. Es demasiado viejo para empezar a creer en los orishas, pero no puede evitar dedicarles un pensamiento respetuoso.

Creador de la música y fuente de inspiración a la vez de la película animada Chico y Rita –nominada al Oscar en 2012–, Bebo es retratado poéticamente en un hermoso filme que homenajea, una vez más, el trabajo de aquellos músicos que gestaron el encuentro del jazz y los ritmos cubanos.

A los 87 Bebo Valdés pisa por primera vez el legendario club Vanguard Village. Los habituales del lugar, para quienes el pianista es, si acaso, una remota referencia de los tiempos del bop, y sí estaban acostumbrados en cambio a las ejecuciones de su hijo Chucho con su estilo ágil, quedan sumidos en un ambiente de dulce gracia, envueltos en la familiaridad de las notas despedidas por los dedos afilados del octogenario, que regala un concierto contenido, sin estridencias, una actuación perfecta de viejo intérprete, un recuerdo de los tiempos en los que el jazz no era el deseo trivial de sobresalir.

Cuenta Ben Ratliff: “mientras Chucho –para quien el club es un espacio familiar– toca con fiereza, rápidamente, diríase que poseído; Bebo tocaba con gentileza, como si estuviera en una sala llena de amigos.”

En el 2011 es nombrado junto con Chucho Doctor Honoris Causa del Berklee College of Music de Boston, justo colofón de su renovada carrera y de su contribución imprescindible al jazz.

“Esto es un sorpresa. No esperaba estos reconocimientos a esta altura”, suele decir cada vez que le otorgan un nuevo premio, que recibe con el mismo gesto sencillo con que agradecía los escasos aplausos en los salones suecos en los que trabajó anónimamente por décadas.

Ilustración: Joshep Ros


Más de una vez se ha dicho el chiste malo de que el mayor legado de Bebo Valdés es ser el padre de Chucho. Dejando al margen la pesadez de la broma, sería absolutamente ingenuo desechar la importancia que tiene para el mundo del jazz Chucho Valdés, quien probablemente no sería el mismo si su padre fuera otro. Una ecuación más exacta –menos cómica pero más real, más poética– debería decir que porque hay un Bebo, hay un Chucho Valdés.

La relación entre padre e hijo ha sido poco analizada, como de hecho ha sido poco analizada la vida de la mayoría de los artistas cubanos vivos. De ahí que tengamos que sospechar, conjeturar, llenar los espacios a partir de los hechos notorios. Así podemos pensar en un distanciamiento abrupto a partir del año1960, en que Bebo abandona definitivamente el país. Durante muchas décadas, padre e hijo se reencontrarán en festivales de jazz, clubs, como dos viejos conocidos que se calibran de encuentro en encuentro. En esos años Chucho se hizo un gigante del jazz y Bebo rumiaba paciente y anónimamente su saber, a la par que enamoraba para siempre a una muchacha de 18 años.

Después de un tenso encuentro en 1978 en el Carnegie Hall, a donde Bebo fue a escuchar a Paquito D’ Rivera en Irakere y terminó topándose con Chucho, comenzó el deshielo de la relación padre hijo, quienes estuvieron 18 años sin hablar siquiera. Poco a poco fueron restableciendo lazos que difícilmente fueran lo mismo, pero eran preferibles a la separación total.

En noviembre de 2005, a petición de Chucho, Bebo y su esposa se trasladan para Benalmádena, Málaga. Quizás ve esto como la última oportunidad de tener un tiempo más a su padre, ese padre que se le fue demasiado lejos demasiado tiempo. Poco se sabe de lo que sucede en los altos de la colina de Benalmádena, pero es dable suponer que este reencuentro no sirve de reconciliación; ambos ahora son un par de viejos, empatados en esa franja homogénea que es la tercera edad. Bebo, enfermo de Alzheimer desde hace un tiempo, no debe facilitar mucho las cosas.

En el verano de 2012 muere Rose-Marie Pehrson. Aunque no hayan terminado de atar los cabos de la relación padre-hijo, Bebo –hombre caballeroso y de costumbres– no tiene el más mínimo interés en dejar sola a su esposa tanto tiempo. En febrero sus hijos suecos lo llevan de regreso a Estocolmo (en contra de la voluntad de Chucho); el Alzheimer ha degenerado prácticamente por completo su sistema.

En la madrugada del 21 de marzo de 2013, un Bebo Valdés muy debilitado por la neumonía sueña que está en un parque de Estocolmo y que una joven de cabellos oscuros lo mira extasiada. Ese mismo día fallece. El pianista se ha acomodado en los brazos de Rose-Marie, de vuelta otra vez a los fríos prados de Estocolmo, lejos nuevamente de Chucho, separados padre e hijo esta vez hasta el reencuentro definitivo en el círculo del infierno de los jazzistas, un club en el que la descarga no acaba nunca.
14 oct. 2018 0 comentarios

Monseñor Romero, el "Padre Antonio" de Rubén Blades, ha sido canonizado



El reconocido compositor y cantante panameño, Rubén Blades, reaccionó este domingo ante la canonización de monseñor Óscar Arnulfo Romero, a quien dedicó una de sus creaciones musicales, titulada: El padre Antonio y su monaguillo Andrés, lanzada en 1984, a cuatro años de su asesinato.

“Matarán a la gente pero jamás podrán matar a las Ideas, o a la Justicia. ¡Óscar Arnulfo Romero vive!”, escribió Blades en su cuenta de twitter, al tiempo que subió la popular canción dedicada al obispo mártir.



La canción escrita por el artista panameño parafrasea la entrega de monseñor Romero a la predicación del Evangelio para alcanzar la salvación y cómo también condena la violencia y pide justicia, mientras se pronuncia por buscar la solución a los problemas que aquejan a la humanidad, por lo cual fue asesinado mientras oficiaba una misa.

Monseñor Romero, se ha convertido en el salvadoreño más universal, desde antes y luego de su canonización, realizada este domingo por el papa Francisco, junto a otros seis beatos de la Iglesia Católica, en una ceremonia especial llevada a cabo a partir de las 2:00 de la madrugada (hora de El Salvador) en la Basílica y Plaza de San Pedro, en El Vaticano, a la que asistieron más de 3,000 compatriotas, entre ellos el presidente Salvador Sánchez Cerén.


Fuente: El País, España. Por: Jacobo García

Ni siquiera le dio tiempo al Papa Francisco a terminar de pronunciar los nombres de los siete canonizados cuando la plaza de la catedral de San Salvador estalló de alegría al escuchar su nombre completo: Óscar Arnulfo Romero. Miles de personas han pasado la noche de este sábado a la intemperie mirando las pantallas conectadas con Roma para dar la bienvenida con cohetes, abrazos, lágrimas y música al primer santo salvadoreño. El primer Santo al que pudieron ver y tocar. El primer Santo como ellos.

"Es emocionante. Hemos esperado esto durante años", dice Marisa Rauda, con una foto del religioso entre las manos. Como ella, casi todos los salvadoreños mayores de 40 años, recuerdan lo que estaban haciendo aquella tarde de 1980 cuando se conoció su muerte. La canonización de Monseñor Romero se convirtió también en un poderoso acto político de reivindicación del obispo, asesinado por sicarios vinculados al ejército, y de la Iglesia que escogió la opción de preferencias por los pobres. Un complicado camino que ha pagado con sangre. Solo El Salvador tiene un museo de los mártires para recordar la larga lista de religiosos asesinados, entre ellos Rutilio Grande, Ellacuría o Romero.


La madrugada de este domingo, las calles del centro de la capital salvadoreña sucias y bulliciosas durante el día y desiertas durante la noche, fueron una fiesta donde el principal estimulante fueron las frases más conocidas de sus homilías. “La causa de todo nuestro dolor es la oligarquía” o “que mi sangre sea semilla de libertad”, se leía en dos enormes pancartas colgadas en las paredes del Palacio Nacional, o escritas en camisetas y llaveros que se vendían por pocos dólares a los fieles.

"Quiero iniciar la ceremonia dándoles las gracias a ustedes, pueblo salvadoreño, porque son quienes han mantenido vivo a Romero todo este tiempo”, comenzó diciendo el padre José María Tojeira durante una ceremonia previa en la Catedral. Tojeira recordó que Romero, que originalmente era un religioso conservador cercano al Opus Dei, “criticó a los ricos y poderosos por su desprecio al ser humano y a las organizaciones populares por imponerse al individuo”, dijo desde el púlpito. Sus palabras provocaron un estallido de aplausos de manos color café que continuaron cuando reprochó al actual Gobierno el fin de “la mano dura” contra las pandillas, salarios dignos o la privatización del agua.

Durante la misa recordó también que en el acta de beatificación, el Vaticano calificó a Romero de "padre de los pobres": “Porque exigió justicia para los campesinos, apoyó sus reivindicaciones y los defendió del odio y la violencia de los poderosos”, dijo el padre jesuita. Un mensaje dirigido a las famosas 14 familias que denunció el poeta Roque Dalton, también asesinado, y que han controlado tradicionalmente el poder.

La canonización del Santo de América se vivió también como una fiesta en Honduras, Guatemala o Nicaragua y en las zonas rurales de El Salvador, donde los fieles se reunieron con sus párrocos para seguir la misa o escuchar en viejos casetes sus homilías más célebres.

La imagen de su rostro hace tiempo que aparece en camisetas, muros y paredes de barrios populares o es invocada por los migrantes que van a Estados Unidos. Al orgullo nacional se une la sensación de justicia entre miles de pobres y campesinos que crecieron escuchándolo en el transistor en los convulsos años previos al estallido de la guerra civil (1980-1992). Ellos ya lo habían convertido en San Romero de América, pero disfrutaron con la confirmación de la Iglesia de Roma.

“No es un santo de estampita. No es la clásica figura de oración para beatas”, señala el periodista Roberto Valencia, autor del libro Hablan de Monseñor Romero. “Él fue un religioso incómodo, pero habrá sectores que intentarán edulcorar su figura. Antes, entre simpatizantes de la derecha, era fácil escuchar que Romero era el obispo guerrillero o que se merecía su muerte, pero ahora hay más pudor,” explica. Para el sacerdote Rogelio Ponseele “no es solo una canonización, es la reivindicación de una Iglesia y de un hombre que fue odiado, ignorado y despreciado y que ahora es santo”, dice el religioso belga, de 75 años, vinculado a la guerrilla durante la Guerra Civil.

Pero a pesar del entusiasmo colectivo su asesinato sigue sin resolverse. El mayor Roberto d’Aubuisson, fallecido por un cáncer en 1992 y fundador del partido ARENA (derecha) que gobernó el país durante 20 años, es señalado por multitud de informes oficiales, investigaciones y testimonios como el autor intelectual del asesinato. Sin embargo, también en eso Romero se identifica con su pueblo. En el país más violento del mundo, su asesinato, como el 98% de los crímenes que se cometen en el país, sigue sin aclararse y el expediente duerme cubierto de polvo en un juzgado de la capital.

Muy cerca de la pequeña iglesia donde Romero fue asesinado el 24 de marzo estaba su casa. Un lugar modesto dentro de un hospital, convertido en museo y lugar de peregrinaje donde se guardan sus cosas: la sotana ensangrentada, cartas, las lentes…Junto a la cama, sobre una sencilla mesa de noche, hay una única foto. Se trata de una imagen del Papa Pablo VI. A pesar de que Juan Pablo II era Papa desde hacía casi dos años cuando Romero fue asesinado, el religioso mantuvo junto a él la foto del pontífice que más lo escuchó y comprendió. Este domingo volvieron a estar unidos y fueron canonizados de forma simultánea a miles de kilómetros de ahí.
10 oct. 2018 0 comentarios

Próximo estreno en Lima de "Maestra Vida, El Musical"



Maestra Vida, el músico-drama del panameño Rubén Blades, llega por primera vez al público peruano en género de Teatro Musical. La puesta en escena tendrá lugar en el Auditorio del Colegio La Salle (Av. Arica 601-Breña) desde el 18 al 28 de Octubre próximos y será dirigida por Emilio Montero, con quien pudimos conversar al respecto

El Salsero (ES): Hola Emilio ¿cómo nació la idea de llevar Maestra Vida al teatro musical? ¿Por qué elegiste esta historia?

Emilio Montero (EM): Maestra Vida la ví hace muchísimos años, te estoy hablando alrededor de treinta años atrás, cuando vivía en Venezuela. Era muy niño, la vi en un montaje amateur en un colegio y quedé impactado porque además mi padre tenía el disco (lo ponía tantas veces que yo me sabía todos los diálogos) y yo ya tenía la inclinación teatral.

Pasaron los años y, por avatares del destino, terminé haciendo dirección de arte para algunos proyectos de teatro, hasta que me tocó serlo para Maestra Vida en un montaje profesional para el cual volqué toda mi creatividad plástica pero siempre con la intención de: “yo quiero hacer mi propia versión”. Eso quedó siempre en mi cabeza: tener el momento idóneo para hacerlo con el elenco idóneo y bajo las condiciones de producción idóneas. Eso se dio y desde hace año y medio vengo trabajando en la preproducción, en conversar con los mánagers de Blades por el tema de los derechos y autorizaciones pertinentes, en reunir a mi elenco completo y en tener todas las necesidades de producción cubiertas.

ES: ¿Entendería que eres un fanático de la Salsa o puntualmente solo te gusta este disco?

EM: No me atrevería a decir que soy un salsero absoluto, no tengo una “salsoteca” ni soy un didáctico de la salsa. Soy salsero porque me gusta la salsa como cualquier persona y además recuerda que me he criado en el Caribe, en Venezuela específicamente, así que tengo esto bastante vibrante en mi cuerpo. Respeto obviamente a los salseros, sobre todo a los mayores, a los que han bebido de los orígenes, de los primeros “ecos de los tambores”. Para mi es gente absolutamente respetable porque tiene el “sistema métrico de la salsa” en su cuerpo, al hablar, en su caminar y te das cuenta su pasión particular.  A ellos los respeto mucho, así como también ser diferenciar a los “salseros febriles” que son del momento y a la nueva generación que, sin usar la palabra desvirtuado, han cambiado un poco la esencia prima de la salsa.



ES: ¿Cuál es tu opinión de Rubén Blades?

EM: Blades es un maestro y poeta de la Salsa. Cuando yo escuchaba Maestra Vida, me lo imaginaba como un joven que quería decir cosas, que quería contar lo que estaba viviendo en su época y en su momento. No lo conozco personalmente pero he visto su bio-pic “Yo No Me Llamo Rubén Blades” que me ha dejado mucho más clara su obra y sobre todo un mensaje: “mira lo que está pasando, que estás haciendo tú para cambiar las cosas y vive la vida, que sólo hay una”

ES: Se entiende que Maestra Vida habla de una familia en un barrio latino del siglo pasado. En tu adaptación ¿se respeta aquella época o se ha adaptado algo al siglo 21?

EM: Mi versión es muy respetuosa del texto original, aunque hemos añadido un par de escenas para la mejor comprensión del público. Tengo tres canales de comunicación, el primero es el de Quique Quiñones, quien cuenta la historia desde su punto de vista. El segundo canal es el que ve el público en las escenas representadas y el tercer canal de comunicación es el mío, que da el mensaje lineal y el corte transversal del mensaje al público. No solo es una representación literal del disco, es una revisión de lo que está pasando actualmente y eso estará apoyado por un sistema audiovisual con pantallas donde vamos a hacer referencia no solamente de aquella época sino también de ahora, sin olvidar obviamente el lado político-social del autor. Ese será mi aporte como director



ES: ¿Algo más que quisieras agregar sobre el próximo estreno de Maestra Vida?

EM: Desde ya, quiero agradecer a todo el elenco, a las empresas y personas que han confiado en mí. Tengo un elenco bastante heterogéneo pero considero que son los actores ideales encabezados por Ebelin Ortiz, Ernesto Pimentel, Cielo Torres, un nuevo talento llamado Gabriel Gil. Asímismo están Manuel Rodríguez, Alphi Pagano, Daniela Martínez, André Núñez, Juan Carlos Gómez, yo mismo que soy parte del elenco, la orquesta Mayela y El Swing de los Cueros que pondrán el toque de salsa dura y el elenco de baile de la Escuela Arthur Murray. También estará el Taller Danao, que es mi taller de jóvenes valores que están empezando, a quienes estamos formando en canto, baile y actuación. También quiero agradecer el apoyo del Colegio La Salle, porque por primera vez abre sus puertas a un espectáculo comercial y a la Municipalidad de Breña que nos está auspiciando. Agradecer a todos ellos por su aporte, por su apoyo y sobre todo por creer en el proyecto y darle tanto valor y tanto sentido a la Salsa.

ES: ¡Gracias Emilio y éxito con la obra!



Maestra Vida. El musical , Diez únicas funciones y se estrenará del 18 al 28 de Octubre de jueves a sábado 8:00 pm y domingos doble función 4:00pm y 8:00pm en el Auditorio del Colegio La Salle  Av. Arica 601. Breña.
Cuenta el local con parqueo vigilancia y seguridad.
3 oct. 2018 0 comentarios

Sammy Marrero no se rendirá



Fuente: Noticel.com Por: Omar Marrero

El cantante Sammy Marrero sigue recibiendo golpes legales por continuar cantando las canciones que lo hicieron famoso, pero no se rendirá y hará como dice su canción “si me caigo, me levanto”.

Aunque la representación legal que lo estaba ayudando a él -y a los integrantes de su orquesta- en su pleito contra la familia Leavitt desistió de continuar con el caso por falta de pago, la directiva de la orquesta ya está en busca de nuevos abogados que conozcan del tema de derechos de autor y que estén en disposición de ayudar al veterano cantante.

Además, Marrero anunció que su orquesta se presentará el sábado 3 de noviembre en el salón ILA, presentación con la que espera recaudar fondos para continuar costeando su defensa.

“Tenemos hasta el 19 de octubre porque la última solicitud que hicimos al tribunal fue una prórroga de 30 días para contratar los nuevos abogados”, dijo a NotiCel el trompetista Armando López, administrador de la orquesta de Sammy Marrero.

“Ya hemos hablado con algunos, pero nos falta cuadrar los costos porque son altísimos y eso nos está matando. No tenemos capital para enfrentar al bufete de ellos”, agregó López.

Indicó que la jueza Carmen Consuelo Vargas no ha tomado una determinación sobre la moción que presentó la parte demandante para que se dictara sentencia sin que los demandados tengan su nueva representación legal.

López dijo que la presentación del 3 de noviembre posiblemente sea la última vez que Marrero pueda interpretar canciones mundialmente famosas como “Payaso”, “La cuna blanca” y “Jíbaro soy”, entre otras, porque la licencia de ejecución que tienen con la empresa ASCAP vence el 31 de diciembre.

“Tocamos en el velorio de Raphy y lo sepultamos. Ahora es posible que el 3 de noviembre también sepultemos su legado, que son sus canciones”, lamentó el trompetista.

NotiCel supo que para la presentación de noviembre podrían participar cantantes como Andy Montañez, entre otros músicos y cantantes que desean ayudar a Marrero.


La demanda de la familia Leavitt busca que Marrero y los músicos de su orquesta -los antiguos músicos de La Selecta- dejen de interpretar la música compuesta por el fenecido pianista y director musical a menos que paguen una cantidad de dinero considerada exhorbitante por los demandados.

Sin embargo, López recalcó que la orquesta tiene una licencia de ejecución con ASCAP por la que pagan trimestralmente -y ASCAP le paga a la familia Leavitt-, por lo que entienden que no están obligados a pagar nada adicional a lo que ya pagan por los derechos de autor de las canciones de Leavitt.

Hace dos semanas, los demandantes -la viuda y los dos hijos de Leavitt- enmendaron la demanda para incluir a las esposas de los músicos.

“Ni Sammy ni nosotros nos rendiremos. Haremos como dice la canción ‘si nos caemos, nos levantamos’. Esto lo estamos haciendo por Sammy porque es la única manera de que él lleve sustento a su familia”, dijo, por su parte, el director musical de la orquesta, Edgard Nevárez.

"Y que nadie tenga miedo en contratarnos porque hasta el 31 de diciembre podemos tocar las canciones de Raphy. Luego tocaremos otras", aclaró Nevárez.

La Selecta debutó en 1971 con el disco “Payaso” y desde entonces se convirtió en una de las favoritas del público salsero. En un principio, la orquesta interpretaba exclusivamente las composiciones de Leavitt aunque con los años el director amplió su repertorio con otras composiciones.

El particular timbre de voz de Marrero y las letras románticas y de contenido social que presentaba La Selecta lograron que canciones como “Payaso”, “La cuna blanca”, “Mi barrio”, “Jíbaro soy”, “Herido”, “Soldado”, “El buen pastor”, “El solitario” y otros se convirtieran en clásicos del género salsero.

Marrero aseguró que él y los demás miembros de la orquesta necesitan trabajar para llevar el sustento a sus hogares. Dijo que se estableció la cuenta 046-443738 del Banco Popular a nombre de SMYSO, INC., y el número 787-469-5040 de ATH Móvil para recibir ayuda económica.
1 oct. 2018 0 comentarios

Jerry González (1949-2018)


Jerry Gonzalez (foto cortesía de Nicky Marrero)


La Historia del nombre de la Fort Apache Band
Decía Jerry González que aquella banda fue la continuación de un grupo formado por Steve Berríos y cuyo nombre inicial era HDC (Hand Drum Control). Jerry decidió cambiar el nombre a raíz de su participación en una marcha que los activistas latinos Richie Pérez y Evelina Antonetti organizaron en contra de la película “Fort Apache, The Bronx” que en 1981 protagonizara Paul Newman. La idea era mostrar que no todo era malo y que algo realmente bueno podía venir del Bronx. ¡Y vaya que fue bueno!



Eddie Palmieri en Central Park
He vuelto a ver en Youtube el video de Eddie Palmieri en blanco y negro. Ahí está Quintana y Charlie Palmieri. Ahí están Andy al bajo y Jerry en la tumbadora, descargando en “Muñeca”. El audio y video no serán de gran calidad, pero son un documento que transmite la efervescencia de los 70s




La mano secreta de Jerry
Escuchen el disco On Broadway de Tito Puente y apreciarán el toque especial de Jerry González en la conga. No era el toque clásico, había una “mano secreta”, un golpe adicional que Jerry daba llenando el espacio con justeza y sabor. Vean al “Octo-Puente” y confirmarán lo que les digo





Calle 54
Jerry González está en la película y disco doble de Calle 54, la realización del español Fernando Trueba. Su hermano Andy participa en más de una secuencia del film, en la cual su grupo The Fort Apache Band interpreta “Earth Dance”. No solo eso. Jerry es el encargado de “la coda” del documental presentando a los músicos protagonistas muy a su estilo.




Andy González
Acabo de colgar el teléfono. Me atreví a llamar a Andy González, el hermano de Jerry, para darle mis condolencias. Lo había entrevistado hace más de dos años cuando salió el CD Entre Colegas y hoy solo le expresé mi sentimiento y admiración por la obra de ambos y su aporte a la música latina. Lo escuché triste pero tranquilo. Dios permita que lo tengamos por muchos años más en mejor condición de salud



El obituario publicado por el New York Times

Fuente: New York Times. Por: Neil Genzlinger

Jerry González, trompetista y percusionista que fue una figura central en el jazz latino, especialmente con su Fort Apache Band que formó hace casi 40 años con su hermano el bajista Andy González, murió hoy lunes en Madrid. Tenía 69 años.

La causa fue la inhalación de humo que sufrió durante un incendio en su casa, dijo su hermana, Eileen González-Altomari.

Un producto de la ciudad de Nueva York, González se trasladó a España en 2000. Había tocado para estrellas como el trompetista Dizzy Gillespie y el pianista Eddie Palmieri, pero su mayor habilidad fue entrelazar estilos musicales e influencias de Cuba, Puerto Rico, África y otros para crear su propia música.

Sus exploraciones fueron muy lejos. Su álbum de 1989 con Fort Apache, "Rumba Para Monk", mezcló las composiciones de Thelonious Monk con el sabor afrocubano. Su álbum "Ya Yo Me Curé" (1979) incluye un riff de jazz sobre el tema de "I Love Lucy". En España comenzó a tocar mucho flamenco, al frente de una banda llamada Los Pirates del Flamenco.

En resumen, fue un innovador que, junto con su hermano Andy, el baterista Steve Berrios y otros músicos, fusionaron diferentes variedades de música en nuevos sonidos.

Según Todd Barkan, presentador de jazz quien produjo varios de los álbumes de González, "ellos combinaron como nadie el jazz y la música latina de una manera orgánica y progresiva; realmente señalaron el camino".


Gerald Antonio González nació el 5 de junio de 1949, en Manhattan, en una familia de origen puertorriqueño y creció en el Bronx. Su padre, Geraldo, era un vocalista que tenía su propia banda en los años 50 y 60. Su madre, Julia (Toyos) González, fue ama de casa y también trabajó como secretaria en la Universidad de Nueva York y, por un tiempo, para la F.B.I.

Su hermana Eileen dijo que su padre llenaba la casa de música cuando sus hijos eran pequeños. "Él fue quien compró a Jerry y Andy sus primeros instrumentos", dijo en una entrevista telefónica.

Jerry González recordó esas influencias tempranas en una entrevista de 1991 con The Boston Globe.

"Escuchábamos de todo: Machito, Tito Rodríguez, Cortijo y su Combo, Tito Puente", dijo. "Entonces, cuando empecé", agregó, "ni siquiera pensé en lo que iba a hacer. Era el jazz latino. Eso es lo que estaba en mi cabeza ".

Comenzó a tocar la trompeta en la escuela secundaria. Su hermana dijo que las congas llegaron a su repertorio por accidente: se rompió una pierna y no pudo ir a la escuela por un tiempo, así que comenzó a salir con músicos de la calle y aprendió de ellos.

Asistió a la Escuela Superior de Música y Arte en Manhattan, una experiencia que lo ayudó a transformarse de un simple chico que podía tocar muy bien en alguien con una comprensión real de las formas musicales.

"Me abrió la cabeza a la música clásica", dijo. "No sabía nada de Bach, Mozart, Beethoven, Stravinsky. Yo era un músico callejero. Sabía que existían, pero nunca los había estudiado ”.

Después de graduarse en 1967, Jerry asistió al New York College of Music pero pronto empezó a trabajar profesionalmente. Se unió a la banda de Dizzy Gillespie a los 21 años y se quedó en ella durante un año. Luego pasó un tiempo con Eddie Palmieri.


"Para tocar con Palmieri, tenías que conocer de música cubana", dijo a The Globe. "Esa banda para mí fue como ir a la escuela".

Más tarde tocaría con Tito Puente, el gran percusionista y director de jazz latino, así como con el pianista McCoy Tyner, el bajista Jaco Pastorius y otros. Su musicalidad le dio una versatilidad inusual.

"Como instrumentista fue un artista raro que tocaba con la misma destreza conga, trompeta y fugelhorn" afirmó Raul Fernández, profesor emérito de la Universidad de California quien presentó la exposición "Jazz Latino: La Combinación Perfecta" en el instituto Smithsonian el año 2002. "Se movía fácilmente entre las melodías de jazz con su trompeta y tocar de manera excelente las congas".

Joe Conzo Sr., biógrafo de Tito Puente, dijo: “Para tocar con Tito tenías que ser bueno, entonces Jerry era bueno. Tito no elegía a cualquiera como conguero o trompetista. Y Tito le dejó tocar los dos"

Pero Jerry y su hermano también estaban labrando su propio camino musical. En el sótano de su casa en el Bronx, a mediados de la década de 1970, músicos veteranos y jóvenes descargaban e incluso grabaron dos álbumes como el Grupo Folklórico y Experimental Nuevayorquino. Jerry González también tocaría congas en el Conjunto Libre.

Alrededor de 1980 Jerry formó la Fort Apache Band que ha variado su formación a lo largo de los años, pero ha mantenido su esencia vanguardista.

"Mientras que gran parte de los grupos de jazz latino presentan a un músico de jazz como solista en medio de una sección de ritmo latino, la Fort Apache Band ha llevado la flexibilidad del jazz al ritmo latino", dijo The New York Times en un artículo sobre la banda en 1995. "Una melodía puede comenzar con el swing del baterista Art Blakey para luego pasar a un guaguancó cubano y regresar al swing".

González decía: "esta es la música de Nueva York. Tocamos música influenciada por todo lo que hemos pasado. Tocamos a Mongo Santamaria, John Coltrane y James Brown al mismo tiempo ".

El primer matrimonio de Jerry González, con Betty Luciano, terminó en divorcio. Además de su hermana, su hermano Andy y otro hermano, Arthur, le sobreviven su segunda esposa, Andrea Zapata-Girau (con quien se casó hace cinco años), su hija Julia, tres hijos de su primer matrimonio Agueybana Zemi, Xiomara González y Marisol González; y varios nietos.
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Muere en España el gran Jerry González



Ha muerto esta madrugada, en España, Jerry González, el gran trompetista y percusionista new-yorrican que a fines de los 80s marcó una página importante en la historia del jazz latino con su grupo Fort Apache Band

No solo eso, Jerry junto a su hermano Andy, fue parte del original e inmenso Conjunto Libre de Manny Oquendo, amén de ser parte de otros grupos importantes de la música latina. Ya en nsu última etapa experimentó con la música flamenca y el jazz. SIn duda fue uno de los más inquietos protagonistas de nuestra música

A continuación, un detalle de la triste noticia con que empieza el mes de Octubre

Fuente: El Mundo, España. Por: Luis Fernando Durán

El trompetista de jazz latino Jerry González ha fallecido en Madrid a los 69 años de edad tras un incendio en su casa, en el barrio de Lavapiés. El fuego se declaró a medianoche en su vivienda, en la planta baja de un inmueble de cuatro alturas situado en el número 34 de la calle Jesús y María. Varios agentes de la Policía Nacional, que fueron los primeros en llegar al lugar de los hechos, rescataron al músico, que presentaba una parada cardiaca. Los sanitarios del Samur-Protección Civil continuaron con las labores de reanimación que le practicaban los agentes y lo trasladaron poco después en estado muy grave al Hospital Clínico San Carlos de la capital, donde ha fallecido a las pocas horas.

La Sociedad General de Autores de España (SGAE) ha lamentado el fallecimiento a través de su cuenta en la red social Twitter. En el mensaje, recuerda al neoyorquino como "uno de los pioneros del Latin Jazz y fundador del mítico grupo Fort Apache Band". Asimismo, señala la asociación que "a lo largo de su carrera ha colaborado con The Beach Boys, El Cigala, Andrés Calamaro o Enrique Morente".

El músico era un icono desde principios de este siglo en el circuito de jazz de Madrid. Llegó a España tras el éxito de la película Calle 54, de Fernando Trueba, que le valió para disfrutar de una segunda juventud artística. Pudo ahondar en la relación del jazz latino con el flamenco en numerosas colaboraciones y proyectos, grabando con Paco de Lucía, Enrique Morente, Jorge Pardo, El Cigala, Niño Josele o Martirio.

Gerald Jerry González formó parte importante de la rica tradición musical de los nuyorican, la comunidad portorriqueña de Nueva York. Nacido en la ciudad estadounidense en 1949, su padre era cantante y la música vertebró su infancia y adolescencia, con una formación académica en música hasta el grado universitario.

Fue un infatigable explorador de la música latina y en concreto de la afrocubana desde sus primeros pasos artísticos, antes de la mayoría de edad. En los años 70 formó parte del grupo de un coloso, Eddie Palmieri, y a finales de la década creó una agrupación tremenda, Fort Apache Band, con la que exploró brillantemente las posibilidades latinas del jazz. Como instrumentista fue un grandísimo improvisador, aunque una larga adicción a las drogas provocara cierta irregularidad en sus actuaciones. La larguísima lista de sus colaboraciones es un paseo por la historia de la música de las últimas cinco décadas: Chet Baker, Dizzy Gillespie, George Benson, Jaco Pastorius, McCoy Tyner, Tito Puente, Archie Shepp, Israel López Cachao, Paquito D'Rivera, Woody Shaw, Tony Williams, Ray Barretto, Larry Young, The Beach Boys, Freddie Hubbard.


Fuente: El País, España

El trompetista y percusionista neoyorquino Jerry González, uno de los exponentes mundiales del latin jazz, ha fallecido hoy en Madrid a los 69 años, según han informado fuentes de la SGAE. González ha fallecido en el hospital Clínico, donde ingresó la pasada madrugada en estado grave por inhalación de humo por un incendio ocurrido en su casa de Madrid, en el barrio de Lavapiés, según fuentes sanitarias. El fuego se había originado sobre las 12.00 de la noche en la planta baja del edificio.

Nacido en Manhattan en 1949, pero con raíces puertorriqueñas, González comenzó a tocar profesionalmente en su ciudad en la década de los sesenta del siglo pasado y en 2016 cumplió sus 50 años en el mundo de la música con un ciclo de conciertos en Madrid.

El fallecido se asentó en España tras participar en el documental de Fernando Trueba Calle 54, del año 2000, y, desde entonces, ha trabajado en la fusión del flamenco y el jazz latino con proyectos como Jerry González y los Piratas del Flamenco y colaboraciones con músicos como Paco de Lucía o Diego El Cigala.
“Me crie en un área de bosque al norte del Bronx. Los críos nos subíamos a los árboles y nos fabricábamos lianas para tirarnos por los desniveles, como Tarzán”, contaba González a este diario en 2016. Y explicaba lo que, en aquel contexto, significó para él la música: “Donde yo nací, la honra se ganaba con los puños. Lo importante era que supieran que no ibas a aguantar mierda de nadie. A mí, la música me sacó de la calle”.

Entre discos de Louis Armstrong y de Charlie Parker, su padre, vocalista en varias bandas, le regaló su primera trompeta cuando aún era muy pequeño. Y su primera conga cayó en sus manos, por accidente, a los 14 años.

Casi adolescente, empezó a tocar en Nueva York con leyendas del jazz como Dizzy Gillespie, Chet Baker, Freddie Hubbard, Mongo Santamaría o Eddie Palmieri, y creció junto a la generación de músicos del Bronx de los sesenta de la que nació el afro-latin jazz.

González llegó a Madrid para promocionar Calle 54  hace 18 años y se quedó, enamorado del flamenco. Cuentan que el guitarrista Niño Josele le dijo una vez: “Oye, Jerry, que yo quiero tocar jazz”. Y que él contestó: “Pero si tú ya tocas jazz, solo que no lo sabes”.

30 sept. 2018 0 comentarios

Septeto Acarey: el son de la nueva escuela


Septeto Acarey en pleno. De izq. a der: Luis Cuenca, Ángel Torres, Junior Caro, Reynier Pérez, Alberto Terrazos, Amauri Suárez y Kenyo Herrera


Fuente: Domingo de La República. Por: Renzo Gómez

Ensayan en un nido, solo suenan en una radio, y los confunden con extranjeros. Pero tocaron en el estadio Azteca, están gestando su tercer disco y acaban de ser nominados al Grammy Latino. El Septeto Acarey y una vieja contienda que están ganando con un son renovado, temas inéditos, y una gran cuota de fe.

Un hombre robusto y semicano muestra su DNI, con los ojos vidriosos. Más que un desborde, su emoción es una precipitación contenida.

Es la mañana del jueves 20 de septiembre, y desde su auto, Reynier Pérez, bajista cubano de la santera Guanabacoa, le anuncia a sus seguidores que su Septeto Acarey acaba de ser nominado a mejor canción tropical en la edición más reciente de los Grammy Latino.

El soplido más leve podría derramar su alegría. Una alegría en shock, incapaz de liberarse y con ansias de desquite.

Todavía hoy, a casi cuatro años de haber fundado en Lima esta agrupación de son cubano, le preguntan en redes sociales: ¿cuándo organizará una gira por el Perú?

Por eso, desde ese balconazo digital que es el streaming, Reynier, nacionalizado desde el 2007, insiste, con DNI en mano, que es uno más de nosotros, y que este galardón también nos pertenece.

Sones a la Virgen

Música de casinos, cruceros, restaurantes turísticos o, simplemente, de viejitos. Así cataloga la actualidad, sorda por el trap decadente y el reggaeton más bobo, al son cubano, vientre de la música popular bailable, que alumbró a fines del siglo XIX en las montañas orientales de la isla.

En un mercado como el peruano, donde la salsa dura y la timba se disputan los archipiélagos que les deja la cumbia, nuestro género por excelencia, y donde, además el talento nacional se ha entregado -y entrega- con resignación al cover, fundar una orquesta de son con temas propios era un acto demencial, principista y estoico.

El 14 de octubre de 2014, luego de renunciar a Mayimbe y distanciarse de su director Bárbaro Fines -hasta entonces su íntimo amigo y padrino del menor de sus dos hijos-, Reynier Pérez inició su camino de púas.

Al cabo de dos meses, la familia de su esposa y ahora mánager, Carolina Acosta, le hizo un pedido como devotos de la Virgen de Guadalupe: que Acarey tocara, en su día, el 12 de diciembre, coronando una procesión que la pasea en andas todos los años, en San Miguel.

Frente a su estatua de yeso y vestido de blanco, Reynier lanzó sus plegarias. Una en especial: que el 2015 lo cogiera con trabajo. Que su apuesta, por lo menos, le diera para lo esencial. A él y a su tropa de músicos (por esa época, los hermanos Muchaypiña, el tresero Oswaldo 'Mita' Barreto, y el vocalista Carlos Supo).

Pero el 2015 fue lánguido e inmisericorde. Produjeron dos temas y un videoclip (una versión de Eres mi sueño, un merengue de Fonseca), pero no tuvieron tocadas. Ni una sola.

Las manos de Reynier buscaron el sustento no en las cuerdas de su bajo sino en el timón de su auto. Hizo taxi.

“Vaya, me sentí mal. Me dije: coño, estoy haciendo algo que no tiene futuro”, dijo el músico autodidacta, criado en Santa Cruz del Norte, entre La Habana y Matanzas.

Llegó diciembre, y Acarey volvió a dedicarle sus sones a la Virgen.

Pero el 2016 no fue muy distinto: muchos ensayos y poquísimas fechas. Rondó el extravío. Y a Reynier no le quedó de otra que desprenderse de sus cosas: vendió un Daewoo, una coaster a la que apodaba 'La Fiera', y remató incluso uno de sus bajos.

El bautizo del septeto se puso a prueba. Aunque por su resonancia africana se asemeje a un término de la mitología Yoruba, Acarey es un acrónimo de su familia: Ca de Carolina, su esposa; Rey de sus dos hijos: Reyniero (9) y Reynaldo (5); y la A, como una licencia gramatical en aras del querer: A de amor.

En diciembre de 2016, la Virgen de Guadalupe se manifestó a través de YouTube, premiando esa firmeza: Eres mi sueño, su solitario videoclip, había conseguido 100 mil visitas, y un centenar de halagos. La mayoría, oh, sorpresa, desde México, donde la Virgen se apareció hasta en cinco ocasiones.

Y es allí, en el DF, donde han sido bendecidos. Su tema se convirtió en hit, y en octubre de 2017 fueron invitados a un festival de música regional, organizado por La Ke Buena, radio de Televisa.

Sus bocas caen desvencijadas cada vez que recuerdan aquel concierto en el estadio Azteca frente a cien mil almas.

Pero habría una bendición más: Jorge Luis Piloto, afamado compositor cubano, afincado en Miami, cuyas canciones han sido interpretadas por Celia Cruz, Olga Tañón, Mariah Carey, Christina Aguilera, y tantos más le comunicó a Reynier que le cedería temas inéditos para su segundo disco.

Acarey levantaba vuelo.

Doble riesgo

Un son hembrita, sin la potente sonoridad de los septetos tradicionales de Santiago de Cuba, pero romántico y moderno.

Esta definición es una cortesía de un entendido de la música antillana tras escuchar las melodías de Acarey.

Son dos las razones, explican: acercar al público juvenil, embelesado por los géneros urbanos y lo segundo, pues es el aporte peruano a las raíces campesinas de la isla. El componente metafísico de la peruanidad, así como existe su par, la tan mentada cubanía.

Sea como fuere, el mix llamó la atención del sonero boricua Gilberto Santa Rosa. Piloto, su íntimo amigo, quien le compuso Perdóname, himno compasivo de la traición, le planteó grabar Enamórate bailando, una invocación galante desde el parqué.


Piloto fue claro con Reynier: “Corres un doble riesgo: no vas contar con Santa Rosa para cantarla en vivo, y si es un hit el público pensará que es un cover de Acarey”.

El director ni lo dudó. Al punto que retiró el tema que inicialmente iba a bautizar al segundo disco (El son es mi identidad), y le puso, sin más, Enamórate bailando.

El 4 de mayo, la mañana anterior a su concierto por su 40 aniversario de carrera artística, Gilberto Santa Rosa se juntó con los muchachos en un estudio miraflorino.

Junior Caro no sabía a qué hora pedirle el selfie. El exvocalista de Camagüey es quien ha recibido el encargo de defender el tema en cada concierto. Y vaya que su timbre posee las condiciones.

Al igual que Alberto Terrazos, la otra voz principal, muy solvente gracias a una enorme experiencia a cuestas, ganada en varias orquestas y tarimas.

El resto del equipo no se queda atrás: hay tres músicos de escuela: los percusionistas Kenyo Herrera y Ángel Torres. Este último amazonense de la provincia Rodríguez de Mendoza. Y el tresero Amauri Suárez, la última incorporación del septeto.

El ADN del son es, indudablemente, el tres cubano, una guitarra con doble cuerda, armónica y rítmica que cumple una función muy similar al piano en los montunos. “Le dicen el piano de los pobres”, ilustra Amauri, instrumentista formado en Argentina, con inclinaciones al jazz.

De los fundadores, además de Reynier, se mantiene Luis Cuenca, trompetista chalaco que integrara la mejor época de Mayimbe. Sin el respaldo de los trombones ni de otra trompeta, debido al formato, es el único viento, y por ello debe sonar como si tuviera el ímpetu de cuatro pulmones.

“Ya nos sentimos ganadores”, dicen en coro.

En su categoría a mejor canción tropical del 2018 compiten contra tres hits del sello Sony: Cásate conmigo (Silvestre Dangond & Nicky Jam), Quiero Tiempo (Víctor Manuelle & Juan Luis Guerra) y Simples corazones (Fonseca). Y, por fortuna, contra otro peruano, el timbalero Tony Succar en la voz de Jean Rodríguez del sello Unity Entertainment.

Mientras tanto, hasta la gala del 15 de noviembre en Las Vegas, el septeto ensaya en casa de Reynier, en San Miguel, en lo que fue un nido de inicial. Aun hoy, apenas suenan en una radio. Pero por suerte ayer sábado tuvieron una maratón de cuatro presentaciones. Como patentó Ignacio Piñeiro: “el son es lo más sublime para el alma divertir, se debiera de morir quien por bueno no lo estime”.

Ténganlo claro.