22 abr. 2010

La casta de los Hidalgo

Fuente: Claridad, Puerto Rico. Por: Irvin Garcia

En los ocho años que transcurrieron de 1980 a 1988 ejercí gran parte de mi práctica musical por las calles del Viejo San Juan. El saldo de esa experiencia, avasalladora en más de un sentido, resultó, por un lado, en ganancia de conocimientos sobre el sendero existencial, y por otro lado, en una deuda afectiva conmigo y con la multiplicidad de seres con los que tuve contacto. Esa deuda la considero ya salda, y la ganancia la he guardado desde entonces para compartirla. Parte de la ganancia, producto de esa “callejería” sanjuanera, lo fue conocer a José Hidalgo, “Mañengue”, un día de rumba en la Barriada La Perla del Viejo San Juan.

El sonido de los tambores de “Chino Timba”, “Tato Salsa”, junto a los relajados repiques y el pregón de “Mañengue” actuaban como imán auditivo para aquellos que, visualizando la muralla que divide la barriada del resto de la comunidad sanjuanera como un artefacto decorativo, caminábamos las calles de La Perla como caminábamos la calle Luna o la calle Sol. A los pocos minutos ya formaba parte del coro y del “corillo” llegó a mis manos un instrumento de percusión que validaba mi entrada a la rumba y el pregón callejero. Desde entonces me consideré alumno y amigo de José Hidalgo “Mañengue”, y créame, la amistad que se hace en el plano de la música es inquebrantable.

Para la fecha en que conocí a “Mañengue” ya éste era considerado una leyenda por sus ejecutorias con la Orquesta de Richie Ray y Bobby Cruz durante el boom de la salsa. El propio Richie Ray ha declarado que cuando “Mañengue” y Charlie Cotto (timbalero, también de La Perla) entraron a la banda la música adquirió una vitalidad distintiva del resto de las orquestas de salsa. Préstele sus oídos a cualquiera de los temas musicales grabados en la época de oro de esa orquesta y póngale atención a los juegos sonoros que hace “Mañengue” con los demás instrumentos, a la conversación y discurso que mantiene con su tumbao. Se dará cuenta que lo de este maestro era “otra cosa”. La filosofía y metodología de este maestro consistía en tocar, todos los patrones rítmicos que se hacían con dos o mas tumbadoras, con una sola timba. El reto consistía en producir los golpes que recorrieran el espectro sonoro de los cueros, desde los agudos, hasta los más graves, con una sola pieza de tambor. Luego tocar con dos o más timbas resultaba un “quitao”, un bombito al pitcher, o una “rolita por primera”, como solía decir.

La plena-himno de las Fiestas de la calle San Sebastián, Mañana por la mañana, llamó por primera vez mi atención en la voz aguda de “Mañengue”. Luego me explicó que esa plena tenía su origen en la práctica de enterrar los muertos de su comunidad con cantos a ritmo de tambores. Junto a “Chino Timba”, “Tato Salsa” y demás panas tamboreros ya habían enterrado a más de 200 muertos. Dígame usted si esto no es trabajo comunitario, la música al servicio de su comunidad. Todo comenzó cuando a su mamá le dio con organizar las Fiestas Cruz en el Viejo San Juan. Al joven “Mañengue” le tocó formar parte del grupo que acompañaba los cánticos de las fiestas. Desde entonces no ha dejado de tocar ni de influenciar a más de una generación de percusionistas. Su más reciente grabación, bajo el sello Bajamar Records (Bajamar es la playa que esta detrás del Capitolio donde “Mañengue” se ha retirado por años del mundanal ruido a componer canciones y a cocinar un sopón de caracoles para los que hemos aparecido por allí), contiene un registro de sus canciones, arregladas para una orquesta, la cual es obligada en la colección de todo musicofílico.

Al heredero de su maestría musical lo conocí una noche al aire libre que circulaba por la Plaza de Armas en 1974. El evento, organizado por el Taller de Música del Centro Nacional de las Artes, taller que tenía a mi cargo, presentaba a la Orquesta de Richie Ray y Bobby Cruz en un concierto titulado La Zafra. La actividad paralizó prácticamente el flujo vehicular hacia el Viejo San Juan. Al momento de estar todos los músicos frente a sus instrumentos, listos para dar comienzo, sólo una conga en un estante permanecía abandonada por su instrumentista.

“Mañengue” no acababa de llegar y la multitud impaciente reclamaba las primeras notas del concierto. Entonces se subió a la tarima este chamaquito, de diez u once años, que le dijo a Richie Ray: –Cuente cuatro maestro, que yo lo hago–. En lo que Richie marcaba el tempo de Sonido Bestial, el chamaquito se trepó en una silla, para alcanzar la altura de la conga en el estante, y arrancó a tocar cuando sonó la primera nota como si hubiera tocado con ellos toda la vida. Ese chamaquito era Giovanni Hidalgo Journet, hijo de José Hidalgo, “Mañengue”, y Cecilia Journet.
Giovanni creció entre timbas, timbales, bongoses y la música que poblaba el entorno sanjuanero de la segunda mitad de la década de 1960. A los tres años su juguete preferido era un pequeño barril en el cual practicaba lo que su papá y su abuelo Nando, percusionista también, le enseñaban. No es de extrañar que el hijo de este gato cazara también ratones. Lo que no imaginaban entonces, ni padres ni abuelos, es que iría a cazarlos alrededor del mundo, para convertirse en el mejor.

Su curriculum vitae comienza en la adolescencia tocando con las orquestas de Roberto Rohena, Mario Ortiz y Eddie Palmieri. Cuando arrancan los años en 1980 es miembro fundador, junto a Angel “Cachete” Maldonado y otros destacados músicos, del grupo Batacumbele. En 1989 lo vamos a encontrar junto al virtuoso trompetista norteamericano, Dizzie Gillespie, recorriendo el continente africano con un sexteto de jazz. Luego forma parte de la orquesta de virtuosos United Nations all Stars, dirigida por Gillespie y con la cual recorrió Australia, Europa, Estados Unidos y Canadá. Entonces forma su propio grupo musical, Puerto Rico All Star Jazz, con el que colaboran músicos boricuas que cultivan el género. Desde entonces ha grabado infinidad de discos, como solista y en colaboración con otros artistas, los cuales lo han ubicado como una de las figuras principales del jazz latino alrededor del planeta. Además fue maestro de percusión latina en Berkley School of Music de Boston. Tiene varios videos educativos y nunca se ha olvidado de su origen y su comunidad, cada vez que pisa suelo boricua pasa por su barrio a rumbear.

La sociedad puertorriqueña anterior a la ocupación norteamericana era clasificada por un sistema de castas. Los músicos pertenecíamos a la casta de los artesanos, los creadores de arte. Este sistema, a diferencia de hoy día, clasificaba a la gente por lo que hacía, no por lo que tenía, y pertenecer a la casta de artesanos otorgaba un prestigio especial. En otras palabras, usted podía ser un “pelao” y tener el prestigio de la clase artesanal. Los Hidalgo encajan perfectamente en este sistema de castas. Tres generaciones de músicos al servicio de su comunidad y constructores de cultura borincana, la Casta de los Hidalgo.

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