29 mar. 2010

Oscar Arnulfo Romero

Fuente: El Comercio, Perú. Por: Miguel Ángel Cárdenas

El pasado miércoles, Mauricio Funes, presidente de El Salvador, pidió perdón en nombre del Estado por la muerte del sacerdote de los pobres, a manos de un comando de ultraderecha

La canción que le dedicó el salsero Rubén Blades lo retrata de espíritu entero: “El padre no funcionaba en el Vaticano, entre papeles y sueños de aire acondicionado y se fue a un pueblito en medio de la nada a dar su sermón, cada semana pa” los que busquen la salvación”.

Blades hacía que sonemos las campanas por monseñor Óscar Arnulfo Romero , el emblemático arzobispo impulsor de la justicia social, quien recibió el pasado miércoles, luego de 30 años de ser asesinado, el desagravio de un Estado que nunca castigó a sus victimarios.




El presidente de El Salvador, Mauricio Funes, reconoció la responsabilidad histórica de haber dejado impune lo que sucedió aquel 24 de marzo de 1980, cuando Romero oficiaba una misa y fue baleado por un paramilitar de los comandos ultraderechistas que profundizarían una guerra civil que dejó 75.000 muertos.

Su supuesta herejía fue luchar por los sin voz de los pueblos más remotos del misérrimo país en una época en que, como aquí, aquellos se encontraban entre dos tormentos: el militar y el subversivo.

Y, sobre todo, por pronunciar muchos de los discursos religiosos más íntegros de la historia (hay una emocionante película con Raúl Juliá que lo retrata): “Soldado: una ley inmoral nadie tiene que cumplirla… En nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: ¡cese la represión!”.

EL MILAGRO DEL COMPROMISO
Hace cuatro años visité el mausoleo de monseñor Romero en la cripta subterránea de la catedral de San Salvador. Aquí yacen sus restos debajo de una estatua que lo representa recostado, con una esfera roja en el pecho, que simula la bala que le traspasó el corazón.

Hasta esta alegre catacumba llegan masas marginales y pedigüeñas equivalentes en cantidad a las que siguen a cualquier santo latinoamericano. Pero estas tenían una calidad distinta

Lo descubrí cuando me sumergí en el grupo y me acerqué a una anciana, que ante la efigie de “Monsé” (así le dicen de cariño) le pedía que su nieto salga de las drogas y escape de su “mara” (pandilla). Y luego la escuché indiscretamente cuando ponía las manos en su escultura: “Y te prometo que toda mi vida voy a seguir tu ejemplo y ayudar a los más débiles”.

Me pareció hermoso y pensé que era su bondad individual. Pero siete metros más allá, recostado a una columna, vi a un señor esmirriado, con una camisa rosada sin cuello, que suplicaba que le cayeran del cielo unos centavos terrenos para poder comer; y finalizaba: “Recuerda que cuando puedo nunca me olvido del dolor de mi prójimo”. Ya no podía ser coincidencia cuando en la esquina opuesta un muchacho de 21 años —al lado de su pareja de 14 y de su bebe con TBC— imploraba por su pequeño y porque “nunca ni yo ni mi familia dejemos de ser sensibles con los demás”.

Era tan súbitamente bello: el mensaje de solidaridad del mártir abolió cualquier límite entre religión y lucha social por un mundo mejor.

Minutos más tarde advertí que también se producía aquí otro fenómeno original: en los costados del que debe ser el sótano de la iglesia más popular del mundo había artistas subterráneos: pintores concentrados que retrataban a don Arnulfo como un superhéroe de cómic, trovadores “hipposos” a lo Manu Chao y hasta músicos punks con un “Monsé” tatuado en sus puños en alto.

En el fondo, aparecían cantantes de hip hop que improvisaban sonsonetes líricos por las “hojas de romero de Romero”; junto a anarquistas cristianas que cantaban salmos, mientras sus polos negros rezaban: “Ni Estado ni hombre macho”. Era esta una “romería underground”, atractivamente juvenil, libertaria, “rebeldosa”...

TESTIGOS DE SU MUERTE
En la capilla del Hospital Divina Providencia —donde balearon a Romero— conocí a la carmelita Luz Cueva, quien estaba próxima a los 90 años, y en aquel turbulento tiempo era la madre superiora de este hospital dedicado a los enfermos abandonados con cáncer.

“Nunca olvidaré ese lunes a las 6:40 p.m. Monseñor estaba al final de la liturgia y de pronto escuché un ruido como de cohetecillo y lo vi desplomarse”. La madre Luz vio al francotirador que disparó el proyectil de calibre 22 desde la puerta de esta pequeña capilla —temblamos los dos cuando caminamos y nos paramos en el oprobioso lugar de donde disparó el asesino— y se subió en un Volkswagen rojo. “Me fui corriendo a auxiliarlo, le salía sangre por la boca y los oídos, y corrí a llamar una ambulancia, pero fue tarde”.

A pocos metros de esta capilla se encontraba el cuarto diminuto donde vivía con discreción monseñor Romero. Todavía se podía ver el traje sangrado que vestía cuando lo mataron (salvado de la gente que cortó pedazos como reliquias), su máquina de escribir y su biblioteca con libros de Hans Kung, “La ciudad y los perros” de Vargas Llosa y los cuentos de Charles Perrault.

Aquí sus fieles todavía conservan las cintas de sus homilías, con sus conciencias haciendo vigilia: “La opción preferencial por el pobre es evangelio puro”. ..“una religión de misa dominical, pero de semanas injustas no agrada al Señor”... “un cristiano que defiende posiciones injustas, ya no es cristiano”... “el profeta tiene que ser molesto a la sociedad”.

EN PUNTOS
A fines de los años 70, el 75% de los salvadoreños lo escuchaba todos los domingos por la emisora YSAX- La Voz Panamericana, que transmitía sus misas. Sus palabras eran más escuchadas que los partidos de fútbol.

El peruano Gustavo Gutiérrez, fundador de la Teología de la Liberación, fue una de las 70 mil personas que fueron a su entierro el 30 de marzo de 1980 y se salvó de los francotiradores que provocaron una masacre: más de 40 muertos y miles de heridos.

Supo reconocer la justicia social como una buena nueva de Jesús
GUSTAVO GUTIÉRREZ. TEÓLOGO PERUANO

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