23 feb. 2010

Willie Colon: “En América, la salsa logró lo que la política no pudo: unirnos”


Fuente: Peru 21. Por: Gonzalo Pajares Cruzado

"La salsa se ha convertido en un vehículo para la reconciliación de toda América. Es una mezcla que representa lo latino y, por ello, podemos afirmar que es parte de nuestra identidad. La salsa es una cosa maravillosa porque ha logrado hacer lo que la política no pudo: unirnos, romper fronteras. Por eso, suena en todos lados –de Argentina a Estados Unidos, de Cuba a Inglaterra, de Perú a China– y los músicos que la tocamos, la divulgamos sin complejos”. El gran Willie Colón nos habla de los poderes 'identitarios’ de la salsa.

Es en una leyenda de la música. ¿Qué hace para mantenerse en tierra?
Es muy fácil: yo siempre ando buscando situaciones nuevas que me reten, que me desafíen. Además, yo nunca me creo todo lo que se dice o escribe sobre mí, ni lo bueno ni lo malo, porque el mundo es tan cambiante que hoy uno puede estar arriba y, mañana, abajo. Otro de mis secretos es que yo siempre estoy enfocado en mi música, en mi trabajo. Para ello, no debo perder el contacto con las personas, y me exijo estar cerca de los fans, porque, la verdad, uno solo es un ídolo si lo dice y siente la gente.

La salsa nació en la calle. ¿Sigue allí?
Hoy es muy difícil. Casi toda ha sido absorbida por las grandes transnacionales. El contacto con la esquina se ha perdido. Hoy, la música es parte de una industria que uniformiza, que 'fabrica’ los sonidos. Sin embargo, gracias a unos cuantos románticos, a gente de espíritu libre, todavía hay salsa auténtica y callejera. Obviamente, también pasa que uno se va haciendo viejo y, a mi edad por ejemplo, ya no se está, al menos como antes, en la calle.

¿Son buenos tiempos para la salsa?
No, no lo son. Y no solo porque se ha alejado un poco de la calle sino porque, debido a la revolución digital, las disqueras están tambaleando, yendo de tumbo en tumbo. La piratería es dañina para ellas y para el artista. Hoy, grabar un disco es muy fácil, pero hacer una gran promoción, una gran difusión es muy difícil. Usted me dirá que tenemos Internet, pero todavía no hemos aprendido a usarlo y a explotarlo adecuadamente. La gente se ha acostumbrado a la música gratuita y ya no quiere pagar por un disco…

Quizás haya que cambiar de chip y convencerse de que, de ahora en adelante, un músico deberá ganarse la vida con sus presentaciones…
Para que eso suceda hay que tocar todo el tiempo y, como decía El Gran Combo, en la música “no hay cama pa’ tanta gente” (risas).

¿Qué representa para usted y para la salsa Héctor Lavoe?
Lavoe es un Dios, un fenómeno. Vaya que él sí sabía comunicarse y ganarse la gente. Subía al escenario y, a los 15 minutos, tenía a la gente en el bolsillo. Tenía un carisma y una inteligencia especiales. Sin él no hubiera pasado todo lo demás. Yo agradezco su malicia.

¿Y Blades?
Era otro tipo de genio. Él es un profesional, que todo lo piensa, que todo lo planifica, que todo lo medita. Es un gato que siempre cae de pie.

¿Y usted?
Yo me he ganado la vida soplando el trombón y, al inicio de mi carrera, apoyando a mi hermano Héctor Lavoe. Yo me considero un arquitecto, un organizador; alguien con el talento necesario para identificar a buenos músicos, capaces de sorprenderme siempre.

¿Cómo hace para estar en contacto con los jóvenes?
Bueno, gracias a la labor que con ellos han hecho sus padres y sus abuelos (risas). Hemos visto concierto donde hay tres generaciones unidas por el gusto por nuestra música. No hay que olvidar que hoy la salsa es el folclore contemporáneo de América Latina, es nuestra música popular.

Su orquesta tiene pocos músicos jóvenes…
Es verdad. El menor de nosotros es Enio Gatti, un pianista huachano, peruano, que se hizo fan de nosotros escuchando Sin poderte hablar…

Hablando del Perú, ¿qué piensa de nuestros salseros?
El salsero peruano es muy apasionado. Es un gran conocedor del género y no se le puede engañar, es capaz de recitarte, una a una, las canciones de los discos más rebuscados. Yo, por eso, cuando voy a Lima, me preparo mucho, porque a los salseros peruanos no se les puede mentir (ríe).

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