30 ago. 2020 0 comentarios

Eloy Jaúregui presenta segunda edición de su libro Pa' bravo yo

 

Fuente: La Mula. Por: Enrique Sánchez Hernani

Hace muy poco el terrible Covid-19 quiso agarrarlo fuera de paso, lejos de las pistas de baile salseras donde le saca curvas a sus parejas, con harta sed y sin ninguna chela a la mano. Pero no pudo. Eloy Jáuregui, cronista de prosapia, gente brava, vencedor en todas las canchitas de barrio y dueño de una cultura musical que ya quisiera músico alguno, peleó, se repuso y sanó, con los guantes de box bien puestos. Es uno de los sobrevivientes de esta terrible pandemia que enluta al mundo. 

Ni bien se sanó, Eloy volvió a lo suyo: escribir. Retomó un proyecto que había dejado pendiente y entregó la nueva versión de un libro suyo, corregido, aumentado y con un dossier gráfico, a la imprenta: Pa bravo yo (Mesa Redonda Editorial-Librería), donde narra la existencia, música y hazañas de las grandes orquestas de salsa borinqueñas, nuyorricans, cubanas y varias peruanas que han alborotado Lima, con ese estilo cunda y sabrosón tan suyo, que es como bailarse una rumba con una dama color capulí de La Victoria.

Las decenas de crónicas que rebasan el libro están narradas desde la experiencia del autor, quien lo ha visto todo en este enjundioso asunto. Junto al dato puntual de los avatares de las bandas salseras, figuran los apuntes biográficos del cronista, ganados vereda a vereda en las calles limeñas. No por nada la primera chapa que tuvo en el barrio fue “Guaracha”, tal como hasta hoy le llaman sus amigos más antiguos. Guaracha, por si el culto público no lo sabe, es ese ritmo contagioso inventado en Cuba, con el cual se puede bailar y echar fuego. Ahí na má.


UNA INFANCIA BIEN BAILADA

Eloy Jáuregui tuvo una vida prodigiosa, que nació y se alimentó en el altar de la música caliente, o sea la salsa. Como él lo confiesa siempre, nació en Surquillo, en un edificio de la avenida Primavera, a metros del famoso y bien ranqueado jirón Dante. Guarda allí. Y como todos saben, Surquillo está en Lima, y Lima en el Perú. Pero el niño Eloy no lo sabía; él siempre pensó que era cubano. Ocurre que había nacido cercado por la música de La Perla del Caribe. El vecino del piso de arriba era fanático de la Sonora Matancera, los del frente oían a Celina y Reutilio, y el del costado vivía colgado del Bárbaro del Ritmo, Benny Moré.

Todos los días, y especialmente los fines de semana, cada vecino competía por subirle el volumen a su repertorio, manteniendo en precoz zozobra las emociones del pequeño Eloy. Cuando en 1959 triunfó la Revolución Cubana, su padre, don Néstor, leal hombre de izquierda, armó una fiesta de casi un mes con sus amigos, celebrando a los barbudos de Fidel. El niño Eloy, entonces, pensó que ese era su presidente. Pero en el Nido se enteró que su país no se llamaba Cuba sino Perú y que su presidente, más bien, era un calvito llamado Manuel Prado Ugarteche. Llanto total. Felizmente, la música del barrio siguió siendo cubana.

Este primer romance sandunguero con los sones, los guaguancós y las guarachas, lo hizo infiel un amigo de su hermana mayor, un cadete del Ejército que se fue a estudiar a Panamá. De allá trajo de regalo un manojo de discos con un ritmo pegajoso llamado boogaloo, que triunfaba en Nueva York y Puerto Rico, y los de un pianista llamado Charlie Palmieri. El casi púber Eloy rompió su galanteo con la Sonora Matancera y se pasó con zapatos y todo a lo que se conoce como el preludio de la salsa.

El cadete, que iba y volvía de Panamá, trajo más discos, que hasta entonces se tocaban de vez en cuando porque la familia Jáuregui solo alquilaba unos viejos equipos de música que entonces eran la sensación: los Pick Up, que venían con discos que también se alquilaban, por kilos, con esa música que entonces se llamaba caribeña. Hasta que don Néstor pudo comprar un flamante invento tecnológico: la radiola; este era un presuntuoso mueble de madera que venía con radio, tocadiscos y un cajón para guardar los acetatos.

La adquisición provocó que el vecindario trajese sus discos a la casa para sentir cómo se oían en el moderno aparato. Era glorioso, recuerda Eloy. Para poner orden, optaron por hacer tocadas solo los fines de semana, que por el entusiasmo que ponían los melómanos surquillanos en darle a la perilla del volumen, eran interrumpidos por la policía, convocados por los vecinos envidiosos que oían una música de menores decibeles, o sea ni fu ni fa.


BORINQUEN QUERIDO

Ya en el colegio, y a paso apambichao, el jovencito Jáuregui le halló un mejor destino a sus propinas que solo hacer lo mismo que el común de los muchachos del barrio, coleccionar comics, que entonces se llamaban “chistes”. Juntando peseta a peseta, y sol a sol, se hizo caserito de la tienda Disco Centro del Jirón de La Unión, dentro de las Galerías Boza, y comenzó su etapa de coleccionista de discos de salsa. Luego conoció a un amigo que le presentó a uno de los mandamases del sello musical Infopesa, que lo inició en el culto a Ray Barretto, el duro de las congas y un innovador de la música latina. Pero tampoco dejaba a la Sonora Matancera ni a la música cubana.

Poco a poco, mientras le crecía el bigote, preguntando por aquí y por allá, se hizo un conocedor de la sabrosura. Estaba explorando las armonías de El Gran Combo cuando le cayó el fin del colegio y casi el fin del mundo: en 1971 reventó la Fania All Stars con su célebre concierto en el club Cheetah de Nueva York, que inmediatamente se hizo disco y parió para el mundo a una de las bandas salseras más grandes del planeta. A Eloy casi se le para el miocardio y se le electrocutan los zapatos. Se declaró salsero para toda la vida y por la radio completó su erudición oyendo las primicias que Jorge Eduardo Bancayán traía a su programa Hit Parade Latino. Abran paso.

Ya fuera del colegio, Eloy era un muchacho del barrunto, devoto de patear chapitas, poner apodos y hacer fintas en los tonos de las chicas del barrio. Pero como su pasión por el merecumbé y la música brava pedía más, en 1973 se lanzó a los epicentros de la salsa local: se hizo un habitué de los salsódromos, que entonces les abrían las orejas y los pies a los rumberos limeños. Incursionó en el mítico local de Los Mundalistas, a la espalda del Hospital 2 de Mayo, en la avenida Grau, que regentaba el “Chito” La Torre, feroz ex defensa de la selección peruana de México 70. Allí conoció en vivo y en directo a J.E. Bancayán, que le presentó a dos de los más bravos que en este mundo han sido: los coleccionistas chalacos Lucho Rospigliosi y Carlitos Loza, que iban por esos pagos a oír al Combo de Loza. La banda, joya del primer puerto, era dirigida por Carlos Nunura y tenía un joven abogado de Miraflores que solía tocar el cencerro: Luís Delgado Aparicio, más tarde conocido como el Doctor Saravá, por sus jocundos programas salseros en la radio local.


UN VERANO EN EL CALLAO

Ya en busca de su diploma de magister, Eloy pasó a los barrios pendencieros del Callao, a seguir con su formación pachanguera. Paseó por el local del Combo de Loza en la avenida 2 de mayo, barrio de guapos, por El Sabroso de la avenida República de Panamá, por la Peña Martínez de la avenida Sáenz Peña y por bares con rockola como el Puerto Rico de la avenida Colón, a la espalda del mercado modelo del Callao. Pero tampoco dejaba su Surquillo querido. Allí frecuentaba el bar César de la esquina de los jirones Dante y Carmen, donde era íntimo del dueño César Paulino López, que tenía dos pisos y dos rockolas llenas de música caliente. Este caballero, cada vez que renovaba las torres de discos de 45 rpm de sus aparatos, le regalaba los anteriores a Eloy. Cientos de discos fueron a parar a su departamento de Surquillo, donde se armó un equipo de música con partes de distintas marcas, para mejorar el sonido. Allí la música sonaba como la palabra de dios.

Surquillo le completó su formación. Iba frecuentemente al salsódromo Todos vuelven de la calle San Carlos, donde los domingos, a partir de las 10 de la noche tocaba la orquesta La Fragua, del maestro Carlos Orozco, y donde recalaban todos los marginales del barrio, en dicharachera y pacífica armonía. También se hizo amigo de un emblemático músico del barrio, el tumbador Raúl Urbano “Koyac”, que además tenía un billar, pues él mismo fue campeón latinoamericano a tres bandas, y que en la azotea de su casa armaba tremendas sandungas salseras.

No contento con este empacho musical, el hoy cronista se dedicó a frecuentar todos los salsódromos de los años 70 y 80, donde desparramaban su sapiencia rumbera las más empinadas orquestas de Lima, como el Durísimo del jirón Washington en Lima, el Huaco de la avenida Francisco Pizarro del Rímac, el Bertolotto de San Miguel, el Jíbaro de la avenida La Paz en La Perla, los Latin Brothers de Lince, la Furia Chalaca de la a venida La Marina, la Máquina del Sabor de Santa Catalina, los Manglares de Tumbes del centro de Lima y cuanto huarique salsero hubo en Lima. Asu, hasta da sed. De tanto frecuentar el Callao fue padrino de la orquesta El Combo de Loza y les consiguió un contrato para tocar en el penal de Lurigancho, porque se lo pidió un amigo, bravo entre bravos, que veraneaba tras las rejas. Una joya este Eloy.

Jáuregui dice que la única vez que estuvo a punto de abandonar la salsa fue cuando entró a estudiar a la Universidad de San Marcos y a la Bausate y Mesa. Se cansó de aplanar chapitas en las calles y se dedicó al estudio. Hasta que un domingo le dio ganas de comerse un cebiche y se fue al mercado modelo del Callao. Estaba dando vueltas cuando escuchó que le gritaban su nombre. Era Carlitos Loza, que se había dedicado a la venta ambulatoria de cebiche en un triciclo, amparado por una inmensa banderola rosada que decía: “Gracias Dios mío por hacerme hincha del Sport Boys”. Los amigos se volvieron a juntar y Eloy recayó en el hábito de la música brava para nunca más salir de allí. ¡Ecuajey! Agárrenlo, que se soltó con fuerza

29 ago. 2020 0 comentarios

El centenario de Charlie Parker


Fuente: Agencia EFE. Por: Helen Cook 

Charlie Parker vivió solo 34 años, pero su enorme talento con el saxofón y sus aceleradas composiciones le ganaron el apodo de Bird (Pájaro), y le llevaron a ser una de las grandes figuras del jazz a nivel mundial y uno de responsables del bebop, cuyos acordes aún suenan con fuerza 100 años después de su nacimiento. Parker era conocido como un revolucionario del saxo que tocaba con asombrosa destreza, con la que logró crear un nuevo lenguaje musical que cambió el jazz en el siglo XX y que continúa influyendo en el del siglo XXI: el bebop.

Su ejército de seguidores aseguran, sin embargo, que ese concepto se queda corto para definir la volatilidad rítmica, la complejidad melódica, la innovación armónica y la proeza instrumental que Bird comprimía en sus solos.«Parker era uno de los genios más grandes que bendijo este planeta en cualquier campo. Fue uno de los grandes improvisadores, creando un idioma que llamamos bebop y creando algo que es tan especial que trasciende la música», señal en las redes sociales el músico Jon Baptiste, uno de los músicos de jazz más populares de la actualidad en EE.UU.

 Mientras, el guitarrista de The Doors, Robby Krieger, quiso rendir homenaje en Twitter a Parker tocando con su guitarra el Ornithology, una de las míticas composiciones del saxofonista.El mundo del jazz celebra sus cien años (se cumplen hoy) con una programación enfocada en su legado musical, como la emisora WRTI, que será una de las muchas que se dedicará, durante una semana, a emitir sus canciones y grabaciones como solista y con distintos grupos, además de sus distintas colaboraciones.En Nueva York, el Birdland Jazz Club, uno de los locales más populares de los años 50, también se lanzó a celebrar a esta estrella de la música con distintos conciertos virtuales que le rinden tributo durante tres semanas, empezando con el italiano Pasquale Grasso, a quien se unirán luego en un trío el legendario batería Kenny Washington y el bajista Ari Rolando. Y es que ahí, en este club, que a mitad del siglo XX tenía capacidad para unas 500 personas, tocó Parker con asiduidad.

Además, el Museo Americano del Jazz, en Kansas, celebra a una de sus figuras más destacadas con una extensa exposición hasta finales de año, mientras que el legendario Lincoln Center de Nueva York ha organizado una serie de conciertos virtuales que se prolongarán durante diez días.Parker, nacido en esa misma ciudad de Misuri, el 29 de agosto de 1920, dejó la educación secundaria después de poco más de un año de estudios para iniciar su carrera como músico a finales de 1935, cuando empezó a practicar con esmero con un saxo que le habían comprado sus padres.

Parker relató que en sus inicios ensayó hasta 15 horas al día, durante 3 o 4 años, y que después, en 1939, con solo 18 años, se trasladó a la ciudad de Nueva York en busca de una oportunidad.McShann y GillespieFue en la Gran Manzana donde él dijo que halló su estilo personal, tras lo que comenzó a tocar solos con la banda de Jay McShann, con quien recorrió EE.UU. entre 1940 y 1942, momento en que su apodo de la infancia Yardbird se quedó en Bird. Su amistad con el trompetista Dizzy Gillespie dio en largas sesiones de improvisación en las que dominaba un jazz vanguardista, lo que finalmente desembocó en el bebop.

En 1944 formó con Gillespie, Earl Hines y Billy Eckstine el primer grupo profesional de bebop de la historia, una música que provocó numerosos ataques pero también fervientes seguidores. Para entonces, Bird ya había pasado varios años consumiendo drogas y se había convertido en un adicto al alcohol y la heroína, lo que le llevó a ser ingresado en un psiquiátrico en 1946.Tras seis meses encerrado, Parker formó un quinteto, que incluía al trompetista Miles Davis y al batería Max Roach, y tocó en las principales ciudades americanas. En 1947 actuó en el Carnegie Hall de Nueva York, y grabó con la banda de Machito, el músico que definió el jazz afro-cubano.


Con el tiempo, y tras grabar algunas de sus obras más destacadas, como Koko, Relaxin’ at Camarillo, Ornithology o Parker’s Mood, se convirtió en una referencia para los jóvenes saxofonistas, pero a inicios de los 50 sus excesos le pasaron factura. Bird se convirtió en un músico poco fiable que frecuentemente no cumplía con sus compromisos y no pagaba a sus músicos, lo que le llevó incluso a ser despedido del Birdland Jazz Club.La muerte de una hija a los dos años y el divorcio de su cuarta mujer empeoraron la situación. Finalmente, murió de un ataque al corazón en marzo de 1955.

28 ago. 2020 0 comentarios

Richie Viera comenta sobre la situación de Sammy Marrero

 


A continuación, un editorial de Richie Viera sobre la situación del juicio transigido de Sammy Marrero con el Estate de Raphy Leavitt:








27 ago. 2020 0 comentarios

Sammy Marrero tendrá que pagar en acuerdo con herederos de Leavitt

 


Fuente: Noticel, Puerto Rico. Por: Omar Marrero

La demanda que hace más de cuatro años interpuso la familia del fenecido músico Raphy Leavitt contra el cantante Sammy Marrero fue transigida esta semana, confirmó la representación legal del cantante.

Contra Marrero, sus músicos y sus esposas pesaba una demanda por violación de derechos de autor que presentó hace más de cuatro años la viuda del recordado fundador y director de la orquesta La Selecta por supuestamente interpretar sin permiso canciones de Leavitt que la orquesta (y Marrero como su cantante) hicieron famosas mundialmente.

“Se acordó entre los músicos pagarle a la Sucesión (de Raphy Leavitt) $50,000. Aquí nadie pierde y nadie gana. La abogada de la Sucesión ( del bufete Ferraiuoli LLC) fue a un programa de radio y dijo que había ganado el caso. Eso es falso. Una demanda de más de un millón de dólares incluyendo costas de abogado, transigirse por sólo $50,000... eso no es ganar el caso”, manifestó el licenciado Peter John Porrata, abogado de Marrero.

La culminación del caso tiene como consecuencia directa que Marrero no podrá interpretar, por ahora, las composiciones de Leavitt que se convirtieron en clásicos del género salsero a nivel mundial en su voz.

Canciones como ‘La cuna blanca’, ‘Jíbaro soy’, ‘Amor y paz’, ‘Difícil de olvidar’ y ‘El Buen Pastor’, entre otras, no podrán ser interpretadas por Marrero en Puerto Rico ni Estados Unidos, aunque sí en el resto del mundo.

“En Puerto Rico y Estados Unidos, por ahora, porque si ellos (la Sucesión de Raphy Leavitt) ponen las canciones nuevamente en ASCAP, cualquiera puede pagar la licencia de ejecución y puede cantarlas”, explicó Porrata.

¿Que fué lo que pasó?

Todo comenzó en el año 2015 cuando Leavitt falleció inesperadamente tras una operación de cadera. Varios meses después, la viuda y sus hijos decidieron desintegrar la orquesta La Selecta sin consultar con los músicos, quienes entonces se reagruparon bajo el nombre de Sammy Marrero y su Orquesta y continuaron interpretando los viejos éxitos de La Selecta.

La viuda y sus hijos establecieron una cantidad de dinero como requisito para obtener su permiso, pero Sammy y sus músicos indicaron que ya ellos tenían el permiso de ejecución porque pagaban directamente a la American Society of Composers, Authors and Publishers (ASCAP), empresa licenciadora de derechos de autor que tenía el catálogo de Leavitt.

En diciembre del 2018, la familia Leavitt retiró de ASCAP la música de Leavitt, por lo que desde el 1 de enero de 2019 la orquesta de Marrero -ni ninguna otra orquesta- no ha podido interpretar los éxitos que el público identifica con la voz del veterano cantante.


Otras determinaciones

De acuerdo con el documento del acuerdo, se establece un interdicto permanente que prohíbe a los músicos tocar o de alguna otra forma manejar las canciones sin autorización escrita previa de los demandantes; no se condenará a ninguna parte a pagar los abogados de la otra; y si los demandantes obtienen una sentencia posterior contra SMYSO, Inc. (el ente corporativo), eso no tendrá el efecto de aumentar la cantidad que los músicos tienen que pagar.

Antes del acuerdo final, el pasado 4 de agosto de 2020 el juez federal Raúl Arias Marxuach había emitido una decisión que declaró: a) inadmisibles unos videos de YouTube que los demandantes querían presentar. b) denegó la solicitud de los demandantes para que a los demandados se les permitiera presentar ciertas defensas en el juicio y c) se le negó a los demandantes su solicitud de evitar el testimonio de Edgard Nevárez (director musical de la orquesta de Sammy Marrero) como perito.

La demanda originalmente no fue exclusiva contra los músicos de la orquesta, sino también contra el municipio de Utuado, el Centro Cultural de Corozal y dos promotores (por contratar a la orquesta), que salieron del pleito en diferentes momentos luego de llegar a diferentes acuerdos.

17 ago. 2020 0 comentarios

Oscar "Pitin" Sánchez (1949 - 2020)

 

Ha muerto Oscar Alejandro Sánchez Noriega, uno de los músicos más representativos de la salsa peruana. Nació el 3 de junio de 1949 en el Callao. Fue trompetista y arreglista que, tras haber integrado varias agrupaciones, formó su propia orquesta en la segunda mitad de la década del 70.

Se convirtió en la estrella salsera de la disquera Infopesa de Alberto Maraví, con quien gestó el concepto de Los Virtuosos de la Salsa (nombre inspirado del grupo Los Virtuosos de Cuco Valoy) y del Combo Palacio, que llegó a presentarse en la Feria de Cali de 1980.

Grabó discos como El Capo de la Salsa y El Super Fiestón (1979) que incluyó su popular versión de "Guantaranure", tema compuesto por el colombiano Lizandro Mesa. La fórmula de combinar la salsa con la cumbia fue bienvenida por el público peruano.

Si Aníbal López tuvo su "Pancho Malandro", Sánchez (conocido popularmente como "Pitín") grabó "Roberto Revólver", éxito de la salsa peruana de los 80.

Otro hit internacional en su carrera fue la formación de La Sensual 990, concepto que tuvo como cantantes a Antonio Cartagena y a Willy Rivera.

Descanse en Paz "Pitín" Sánchez!

6 ago. 2020 0 comentarios

Reseña del libro ¡Qué cosa tan linda!


¡Qué cosa tan linda! Una introducción al estudio de la salsa en el Perú es el más reciente trabajo, a cuatro manos, de Jesús Cosamalón y José Carlos Rojas.

La obra desarrolla brevemente la evolución de la música cubana desde inicios del siglo XX, destacando como hito importante en su devenir, el relieve que lo afrocubano como punto de identidad social tomó desde la década del 20, cuando aparecen tríos, sextetos y septetos (sexteto más trompeta) que destacan en la interpretación del son.

Especial cuidado se tiene en relatar la llegada de la habanera a Perú, que fue luego reemplazada por la conga y la rumba, que compartieron la preferencia de nuestro público junto al tango, el foxtrot y el charleston. Por las páginas del libro desfilan Los Negros Cubanos, Grenet, Romeu, Matamoros, Lecuona, Portabales y sus andanzas limeñas durante la primera mitad del siglo XX. La música afroantillana fue siempre bien acogida por los peruanos.

Los autores proponen un método para estudiar la salsa, considerando cinco ejes: lo sonoro, la lírica, lo material, lo visual y la performance. Aunque es principalmente bailable, tiene también un correlato social que la define y la proyecta en distintas épocas. Los cambios que experimenta en los 80 son consecuencia de los nuevos tiempos y de un público con inquietudes diferentes a los salseros de los 60 y 70. La salsa es música popular que se alimenta de ida y vuelta con sus consumidores.

Cosamalón y Rojas destacan también que existe una salsa peruana y que los grupos tropicales y salseros nacionales han tenido (sobre todo de los 60 a los 80) una vasta producción que ha sido olvidada. Aunque no es fácil, tal vez pudo intentarse incluir una discografía básica de estos grupos.

Muchos salseros foráneos que visitaron Perú aparecen también en la obra. Aunque quedaron fuera la primera vez en Lima de figuras prominentes como Tito Puente o El Gran Combo de Puerto Rico (ambas ocurridas en1980), el repaso contiene hechos importantes como El Gran Estelar de la Feria del Hogar y los primeros años del Chimpún Callao.

El nombre del libro (¡Qué cosa tan linda!) hace referencia a la canción que en 1978 grabó Oscar D’León y que se hizo popular en nuestro país por ser cortina musical del programa cómico Risas y Salsa (a propósito, en una reciente nota de El Comercio se dice que el gerente de producción de Canal 5 propuso que se llamara “Risas y sarsa” pero una errónea interpretación de Efraín Aguilar, productor del programa, hizo que el nombre sea cambiado).

Introducción al estudio de la salsa en el Perú es un título acertado, ya que la investigación llega hasta la década del 90 del siglo XX. Es un primer paso bien dado por Jesús y José Carlos. Esperamos que ellos mismos o alguien más se anime y continúe la reseña del camino que la salsa peruana ha tomado, especialmente en el último quinquenio que ha visto surgir a una nueva generación de artistas que, a su manera, han empezado a sonar dentro y fuera del país.

¡Que siga la rumba!