29 abr. 2020

Pancho Amat, un joven de 70 años



Fuente: Granma, Cuba. Por: Pedro de la Hoz

Grandes treseros ha habido en Cuba, cada cual con su estilo. Pero donde ha llegado Pancho Amat no lo ha hecho casi nadie. Con él la ejecución del tres no solo ha alcanzado un grado insospechado de virtuosismo, sino también una plena libertad y apertura hacia universos sonoros nunca antes explorados por los intérpretes del instrumento. Todo ello sin perder ni un ápice de cubanía, ni de dejar de responder, en la mayoría de los casos, a los rasgos identitarios del complejo del son. Debido a esa cualidad es que a Pancho, con absoluta legitimidad, se le compara con los más creativos exponentes del jazz latino.

Con Pancho muchos de sus admiradores, aquí o allá, celebramos el pasado 22 de abril sus siete décadas de vida, comprometida con la música, puesto que desde que abrió los ojos –y los oídos- en Güira de Melena, por mucho que le regalaban juguetes que tenían que ver con la música, terminó colocando sus manos en un tres.

La carrera profesional despegó en 1971, cuando un grupo de jóvenes, entre los que se encontraba, viajó al Chile de la Unidad Popular. Del tres al charango, del son y el punto guajiro a cuecas, huaynos y zambas. De la Nueva Trova cubana, en estado de despegue, a la Nueva Canción Latinoamericana. Pancho fue puntal del grupo Manguaré, que asimiló y compartió faenas con Quilapayún y Víctor Jara.

Como tenía que ser, Manguaré nutrió cada vez más su repertorio de música cubana por el costado de una rejuvenecida tradición. Y Pancho con su tres contribuyó a que ese territorio recuperado emergiera con mayor distinción. Y que el tres acrecentara su jerarquía

Al explicar este proceso, afirma: «Cuando el son nació, el tres era protagonista, el único instrumento que daba sonido era el tres, todo lo demás era percusión. Pero cuando comenzó a trabajar con otros instrumentos con mayores posibilidades como el contrabajo, la guitarra, las trompetas y el piano, se fue acorralando el tres. Además, fue quedando en manos de treseros que eran iletrados. Entonces para qué tener un hombre que no me puede leer una partitura en un instrumento paupérrimo, si tengo un instrumento completo como el piano, con un hombre que además es arreglista y lee partituras. Se dio el caso que la gente no contrataba a los treseros y ellos se dieron cuenta de que no había espacio para ellos. Claro, existieron grandes treseros, como Isaac Oviedo, El Niño Rivera, Arsenio Rodríguez, Luis Lija en Puerto Rico, Neneíto de Marianao y Chito Latamblé. En mi tiempo al tres le venía bien un nuevo impulso».

Por  modestia no lo dice, pero para Pancho, el tres es mucho más que un instrumento. Él es de los que diferencia al músico que solo hace música, del que sabe qué hacer con la música. Pancho se cuenta entre estos últimos.

Al salir de Manguaré, colaboró con la orquesta de Adalberto Álvarez durante unos cuantos años, hasta que con el nuevo siglo encabezó su propio proyecto, El Cabildo del Son, sin que por ello dejara de acudir al llamado de destacados músicos cubanos y de otros países que deseaban ficharlo para sesiones de estudio, espectáculos y giras internacionales. De ahí que su nombre figure junto a Joaquín Sabina y María del Mar Bonet, Silvio Rodríguez y Frank Fernández, Oscar D’ León y Papo Lucca, Cesaria Évora y Dave Valentin, John Parsons y Andy Montañez; lo mismo un piquete que una sinfónica. Lo que se dice, un músico todoterreno y absolutamente convincente. Un músico imprescindible. 

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