4 jun. 2019

La dignidad por descender de grandes



Fuente: Granma, Cuba. Por: Guille Vilar

En las circunstancias históricas que estamos viviendo, enfrascados en una dura confrontación ideológica, matizada por agresivas medidas contra nuestro pueblo, como la aplicación del Título III de la Ley Helms-Burton, la cultura de la nación cubana constituye un valladar irreductible, imperecedero. Y con la venia de las diversas manifestaciones artísticas que nutren el imaginario espiritual de cada uno de nosotros, hagamos un aparte con la música popular bailable nuestra de cada día.

Seamos capaces de abandonar por un instante las diferencias estilísticas, epocales o de géneros que nos marcan individualmente y entonces podremos referirnos a la extraordinaria dimensión de tres entidades musicales que han aportado fundamentos consustanciales en la conformación de nuestra identidad.

En tal sentido, en este próximo verano, específicamente en el mes de agosto, se nos presentará una magnífica oportunidad de honrar a verdaderos titanes del patrimonio cultural como Benny Moré, Juan Formell y Adalberto Álvarez. Pero a la vez, es necesario que no se trate de acatar solo formalmente el compromiso con la celebración del centenario del Benny, el natalicio de Juan con el Festival de la Timba, o el aniversario de los 45 años de vida artística de Adalberto. Son momentos para reconocernos como dueños de una plenitud absoluta que, al interiorizar el inmenso legado de semejantes paradigmas en lo más profundo del cubano corazón, evocamos un gesto de amor a lo nuestro, de devoción por todo aquello que tenemos identificado como lo nuestro en la vida cotidiana.

Al Benny Moré tenemos que sacarlo de una vez y por todas del denigrante estanco de música del ayer, porque para nada se trata de un objeto museable ni mucho menos. Su música, como él se merece, hay que regarla profusamente por todas las emisoras de radio del país, además de en las redes sociales por la plena vigencia que la distingue.

De este modo incrementamos, todavía más, el sano orgullo en las jóvenes generaciones por ese insigne músico, idolatrado en todo el mundo, que siempre ha sido y será nuestro. Acerca del hermano Juan, no nos dejemos engañar por los fantasiosos vericuetos a que nos pueda conducir la música de moda. Juan Formell en Los Van Van logró colocar tan alto la vara, que nadie se atreve a discutirle el rango supremo de aceptación entre su gente, como también le sucede al imprescindible Adalberto Álvarez.

No puede ser de otro modo para quien, en su condición de maestro en la realeza de la música bailable, asume la enriquecedora herencia de traspasar de una generación a otra los secretos del añejo son, por medio del sabor inigualable de su música.

Por lo tanto, estas conmemoraciones hay que festejarlas con el máximo de satisfacción posible que reclama la condición de ser participantes directos de tan excelso privilegio. Con este ímpetu cargado de entusiasmo por nuestros músicos, también hacemos patria. Cuando el Apóstol sentencia que el que no sabe honrar a los grandes no es digno de descender de ellos, por supuesto que no se refiere a nosotros, ni tampoco se dirige a personas que como usted acaba de coincidir con el espíritu de esta sincera y sentida crónica.

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