23 nov. 2018

El Imperio de la Salsa de César Pagano



Fuente: El Tiempo, Colombia. Por: Francisco Celis

El libro empieza con un prólogo de Jeannete Riveros, en el que advierte: este no es un libro de entrevistas de farándula sino un libro de entrevistas culturales. César ‘Pagano’ Villegas, uno de los fundadores del Goce Pagano, está lanzando 'El imperio de la salsa', que contiene 34 entrevistas y una semblanza con los grandes del género, principalmente de la salsa neoyorquina y de Puerto Rico, y algunos cubanos, dado que a los artistas de la isla les dedicará un volumen aparte en el futuro.

¿Cómo se inició como escritor sobre música, qué lo llevó a escribir?

Esto está muy vinculado a las fiestas que hacíamos en mi apartamento cuando vivíamos en el barrio Acevedo Tejada, que era contiguo a la capilla donde oficiaba Camilo Torres, cuando en los años 70 empezó a llegar la salsa a Bogotá y yo descubrí esa música, una música novedosa que aportaba y era mejor hecha que el chucuchucu que oíamos acá.

¿Con qué música se crió y qué bailaba antes de la salsa?

Con Lucho Bermúdez y algo de la Billo’s; no me gustaba el son paisa de Los Hispanos y Los Graduados. Y para oír tenía predilección por el jazz, y algo de cantantes líricos. Pero cuando llega la salsa encuentro una música alegre, rica, novedosa…

Eso, ¿en qué años?

A mediados de los 70. Yo nací en el 41 y tenía como 34 años. Venía de la decepción del robo de las elecciones a la Anapo, cuando me encontré con esto, que plantea una música sabrosa y con un mensaje social y abracé la cultura además, que es mucho más amplia que afiliarse a un grupito, de esos de izquierda, que se mantenían peleando unos con otros.

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Pagano con Omara Portuondo, en una de sus 2.200 entrevistas.

Foto: Claudia Rubio / Archivo El Tiempo
¿En ese momento qué hacía?

Estaba en el Ministerio de Educación como docente, investigador, visitador de concentraciones de desarrollo rural que había creado Luis Carlos Galán. Pero me aficioné a la rumba y hacía fiestas en mi apartamento, y eso se fue creciendo, se volvieron famosas por mi colección de 200 discos de salsa que compraba en la calle 19.

Yo buscaba música buena que no fuera de consumo popular y de la radio, sino diferente. Por eso me voy aficionando a leer sobre eso y vi que no había mucho escrito. Entonces tuve que empezar a hacerlo, porque con la poca información de cuando no había internet nos tocaba era hacer análisis y pensar la música. Antes del Goce Pagano creo que saqué algo en El Espectador que se llama ‘La salsa ritmo y libertad’ y, en Alternativa, ‘La salsa, ese goce pagano’. Ese nombre nació cuando discutíamos con el periodista Hernando Corral los nombres para ese artículo, en la cocina de aquel apartamento. Él señaló: “Ese es el nombre”. Y todos estuvimos de acuerdo con que era muy buen nombre.

¿Hacía cuánto estaba en Bogotá?

Desde el 70. Venía de Armenia, porque me sacaron de la universidad. Yo nací en Medellín, pero viví en Palmira de los 3 a los 12 años, porque mi padre era agrónomo y trabajaba en la granja experimental allá, lo cual me permitió conocer la música negra del Pacífico, con los trabajadores de la caña. Porque lo que uno oía en Antioquia eran bambucos, rancheras y tangos.

En el 75 ya había pasado el auge de las primeras discotecas de salsa en Bogotá...
Sí, había las comerciales y muy caras, de estilo Estados Unidos, con la bola esa que da vueltas, y otros lugares más humildes, donde ponían muy buena música, aunque incómodos y baratos, que era a donde íbamos. La Montaña del Oso era una de esas tipo discoteca americana. Y Palladium, de Camilo Torres. Y las otras eran Mozambique, del futbolista Senén Mosquera, fallecido recientemente, y El Tunjo de Oro, de Sigifredo Farfán, que me enseñó mucho. Quedaba en la carrera 13A con 23, detrás de Telecom, a cuadra y media del Goce.

Pero nosotros nos alejamos de lo comercial. Lo comercial se volvió ‘sospechoso’
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¿Y La Jirafa Roja?

Era más de clase media, encorbatada, señoras emperifolladas... Un poquito más elegante. Y más caro y restrictivo. Pero nosotros nos alejamos de lo comercial. Lo comercial se volvió ‘sospechoso’. La radio ponía era Nelson y Felipe González, de Venezuela, una música poco elaborada, o Gran Combo ventiao, que no nos decía mucho. O Sonora Ponceña, que había tomado muchísimo de Pablo Milanés o de Adalberto Álvarez.

Alguna vez me habló de un sitio llamado El Bembé. ¿Qué era eso?

Una novia que tuve encontró un sitio que se llamaba El Bembé de la amistad y el sabor, y lo cerraron. Entonces nos llegó la oportunidad de oro y compramos, en 100.000 pesos del año 78, el local del Goce Pagano tres socios con Juan Guillermo Gaviria, filósofo, y Gustavo Bustamante, economista.

¿Lo impactó la reciente muerte de Gustavo?

Por supuesto. Estábamos alejados hacía años. Habíamos conversado últimamente, ya viendo su merma física, a ver si de pronto podíamos hacer algo en torno al local del Goce Pagano. Fuimos socios del 78 al 81. Él me compró y se quedó solo. Yo abrí otro Goce en la carrera 5.ª, luego en la avenida Caracas con calle 74. Por ahí desfilaron Celina González, Daniel Santos, Eddie Palmieri y, en una fiesta que organizó Enrique Santos para Felipe Santos, Dámaso Pérez Prado y Gabriel García Márquez. Casi se cae esa casa por el tumulto.

Ya sabemos cómo empezó a escribir. ¿En qué momento nace esa faceta de entrevistador? 

Por mi inclinación a la música, estudié algo de canto, me encantaba hablar con los artistas. Después veo que eso hay que grabarlo, que tiene que quedar. Cuando empiezo a escribir veo que necesito fuentes grabadas en las cuáles basarme. Y comencé a coleccionarlas. Conservo más de 2.200. Quizás uno de los primeros que entrevisté fue a Manuel Licea, Puntillita, que vino con el grupo Rumbavana. Cuco Valoy también fue de los primeros. Tata Guiness, que vino con el Tropicana.

¿Cómo fue entrevistar a Héctor Lavoe?

Era difícil encontrarlo sobrio y dispuesto. Era un hombre introvertido. Poco comunicativo. Relativamente callado. Pero cuando salía a la tarima se transformaba.

¿Y a Celia Cruz?

Muy bien. Una persona supremamente amable. Una persona de inteligencia natural muy desarrollada, con su alegría desbordada. Me advirtió desde el comienzo que no habláramos de política y hablamos. Hasta del feminismo hablamos.

¿A quién le gustó más entrevistar?

Con Charlie Palmieri aprendíamos mucho. Fue una entrevista colectiva, en la que estaban Berta Quintero, Alfonso Nieto y bastante gente rodeándonos. También Rubén Blades, que después nos desencantó porque ahora busca más su desarrollo personal que los ideales de América Latina.

¿Le gustó Johnny Pacheco?

Yo estaba muy prevenido con él. Sabía que le había ayudado a Jerry Masucci a explotar a los músicos y a hacer negocios turbios. Un hombre simpático, muy inteligente. Traté de confrontarlo, pero él es un hombre muy hábil.

¿Cómo consiguió a Tite Curet Alonso?

Por fortuna, gracias a una invitación de Cristóbal Díaz Ayala, que sugirió mi nombre para un encuentro de salsa en Curazao, donde nos enfrentamos los defensores de la salsa de contenido con la salsa romanticona y pornográfica que había en ese momento. Me aclaró muchas cosas que él conocía de primera mano, que están en el libro.

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