18 nov. 2018

Compay Segundo: Un brillante sale de la Tierra


El domingo 18 de noviembre Compay Segundo habría cumplido 101 años. A manera de homenaje, presentamos dos artículos publicados el año 1997, cuando el músico cubano iba a cumplir 90 años, en la Revista Salsa Cubana....



Fuente: Revista Salsa Cubana, 1997 Por: Alfredo Hidalgo-Gato

Resulta poco menos que imposible para quien conoce personalmente desde hace años a Compay Segundo, hablar de su larga trayectoria artística sin mencionar aspectos de la dimensión humana de este “patriarca del son" -utilizando ténninos con que se refirió a él, recientemente, la prensa española.

Me atrevo a asegurar que a Máximo Francisco Repilado Muñoz en casi ningún momento de sus (cercanos) noventa años de existencia -nació en Santiago de Cuba el 18 de noviembre de 1907- lo ha dejado de acompañar la sonrisa. A este atributo exclusivo del ser humano lo complementa una afabilidad y aún ternura que lo hace sentir a uno como si fuera de su familia, aunque lo hayamos acabado de conocer.

Desde los 14 años ya se le veía con un tres en las manos y, un poco más tarde, con una guitarra. A ejecutar dichos instrumentos lo enseñaron nada menos que Sindo Garay y Rafael Cueto, entre otros. Muy aplaudido en el famoso barrio santiaguero El Tivoli, integró el sexteto Los Seis Ases que integró cuando ya poseía cierta maestría.

Desempeñó un papel fundamental en su formación como músico integral y compositor el estudio del clarinete, instrumento que aprendió con Enrique Bueno, quien además de ser su profesor, era el director de la Banda Municipal de Santiago de Cuba, de la cual formaba parte como clarinetista y con la cual vino a La Habana en 1929- Posteriormente, Francisco contribuyó a llenar de música actividades de diversos tipos tales como serenatas, peñas y fiestas familiares, participando en grupos de diversos formatos, desde dúos y tríos hasta unas agrupaciones formadas por un número impreciso de integrantes, que como en su mayoría eran estudiantes que se reunían para ganar algún dinero y divertirse fueron denominadas estudiantinas.

Pero como todo músico de su generación, sabía que no era posible vivir sólo de la música y adquirió destreza también con otros instrumentos: la tijera de afiladas puntas y la chaveta, por lo que barberos y tabaqueros tuvieron la suerte de contarlo entre sus colegas.

En la década del treinta grabó varios discos con la RCA Víctor, integrando grupos formados para estos fines. Con el cuarteto Hatuey fue a México, y allí cada presentación fue un éxito. Precisamente con ese cuarteto participó en dos filmes: México Lindo y Tierra Brava. En 1935 integró el cuarteto Cubanacán, que dirigía Aníbal Carrillo.

Volvió a La Habana con Ñico Saquito, en un quinteto dirigido por éste que había sido bautizado como Los Cuban Stars. A partir de ahí fue que Francisco comenzó a utilizar un instrumento inventado por él, al que denominó armónico, que es una especie de guitarra de siete cuerdas con un timbre muy peculiar.

Otra vez como clarinetista, y en esa ocasión durante más de una década, se le escuchó en el Conjunto Matamoros. Esta agrupación dirigida por Miguel -con quien lo enlazaba una relación de compadrazgo- también contaba entre sus integrantes con Siro y Cueto, las otras dos individualidades del famoso trío, y en su última fase con Benny Moré.

A finales de la década del cuarenta se unió a Lorenzo Hierrezuelo y creó el dúo Los Compadres, con el que se ganó la preferencia del público rápidamente, por lo que las ventas de miles de discos en Cuba y el extranjero no se hicieron esperar. Ese dúo duró seis años -se desintegró en 1953- pero de él le quedó el nombre artístico por el que es conocido, ya que en la zona oriental del país se utiliza el término compay, como una de las formas de apocopar el vocablo compadre, amén de su afinada, agradable y bien timbrada voz de segundo.

Un poco después, para actuar en República Dominicana cuyo público reclamaba su presencia, formó el grupo Compay Segundo y sus Muchachos, y con ellos fue aclamado durante .todo el tiempo que estuvo trabajando en ese país. Ese encuentro con el pueblo dominicano fue propiciado por los fabricantes del Ron Brugal, y aún hay miembros de esa familia que recuerdan la feliz idea que tuvieron al patrocinar todo lo concerniente a ese viaje del que quedó constancia discográfica.

Durante algunos años estuvo alejado de la música profesional, tiempo en el que tijera y chaveta volvieron a desempeñar un papel fundamental en su vida, al que hay que añadir los tres años que estuvo en la República Popular China -a principios de la década del sesenta-, en una misión que le asignó el Estado Cubano.

Pero como nunca olvidó a su novia eterna, volvió a ella con la nueva constitución de Compay Segundo y sus Muchachos. A principios del decenio 1980-1990 se le vio trabajando con ellos en diversos lugares de la capital, y a finales de ese decenio viajó a Guadalupe y a Trinidad y Tobago.
Después fue invitado especial del Festival de Culturas Tradicionales Americanas auspiciado por el Instituto Smithsoniano de Washington, DC., para participar en él. Este viaje a Estados Unidos le proporcionó la posibilidad de reencontrarse con un viejo amigo, que también había sido invitado a ese evento, Marcelino Guerra, Rapindey (coautor de “Convergencia” y “A mi manera”, y autor, entre otras de “Pare cochero”). Es comprensible la agradabilísima sorpresa para ambos, después de cuarenta años sin verse. En esa ocasión actuó además en Miami.

Desde hace unos años, Francia y España se han convertido en sus plazas fuertes, ya que cada una de sus presentaciones con sus muchachos tiene el éxito asegurado. En uno de los recesos, de vuelta a la Patria, coincidió con Pablo Milanés, quien lo había invitado, desde un tiempo antes, a grabar el volumen III de su disco Años. Allí se le escucha desplegar su musicalísimo torrente en dúos con Pablo que son verdaderamente para recordar.

Un momento singular en la vida artística del Compay fue su encuentro con el guitarrista estadounidense Ry Cooder -compositor de la música del filme Cross Roads-. Este músico, inmerso fundamentalmente en la cultura musical del blues y harto ya de la tímbrica electrónica, se hallaba en la búsqueda de música autóctona en diferentes regiones del mundo; en 1996, encontrándose en Japón, escuchó casualmente algo de Compay Segundo que lo hechizó hasta el punto que vino inmediatamente a buscarlo para proponerle grabar juntos, a lo que nuestro caballero accedió.

Un último dato de Compay Segundo: como compositor acumula más de 100 temas entre los que se destacan el conocido son “Macusa” -resultado de un romance de adolescencia- y especialmente la bella y casi desconocida canción, “Amor gigante”, dedicado en sus años de juventud a Ana Labrada, compañera de su vida por más de cuarenta años y madre de tres de sus hijos.


Un Brillante Sale de la Tierra. Por: Manuel González Bello

En París, una niña le exige a sus padres que le compren un sombrero y un tabaco como el de Compay Segundo. En España paseó en el automóvil de los reyes y durmió en el Palacio de la Magdalena, construido por Alfonso XIII. Una tarde viajaba por Madrid en un taxi y una patrulla de la policía le corrió detrás hasta alcanzarlo; el chofer preguntó qué violación había cometido y los agentes respondieron: ninguna, pero con usted va Compay Segundo y queremos su autógrafo.

Ha cantado en los últimos tres años para miles de personas en Inglaterra, Suiza, España, Francia e Italia. En cambio, meses atrás invité a Eunice al club Olokú, en Calzada y E, con la promesa de que vería a un gran músico, y cuando entramos al club y lo vio me dijo con una sorpresa que me asombró: Ah, ¡ese es Compay Segundo! Fue una noche patética: mi amiga británica y yo éramos el único público. Pero actuó con su cuarteto con el mismo entusiasmo y la misma entrega que si estuviera ante 80 000 personas en Gran Canaria.

En los aeroplanos -tal es la denominación del sonero- los pasajeros lo reconocen al verlo. Fui a una biblioteca en La Habana a pedir información sobre él y la persona que me atendió me dijo: ¿Y quién es él? El mismísimo Tomás Inés Barceló, fotógrafo bien enterado de la vida cultural cubana, me interrogó asombrado: ¿Y ese hombre vive todavía?

Decir que nadie es profeta en su tierra, en el caso de Francisco Repilado, Compay Segundo, sería una comodidad insultante. Y explicar las causas de que durante años uno de los músicos más importantes de Cuba haya permanecido en el olvido significaría un análisis ya estéril. Lo importante es que su caso sirva de ejemplo para quienes se ocupan de comercializar la música y reconocer los muchos valores individuales de esta Isla.

“Mis saludos y respetos”, dice como bienvenida en su casa de la calle Salud, sin quitarse su sombrero, tan fiel compañero como la guitarra, el tres o el armónico, instrumento que él mismo creó. Ahora es sentarse ahí junto a él como un amigo de toda la vida mientras alguien de visita lo acompaña con su guitarra y canto.

Entre sones y guarachas leo un periódico. Actuó en el Festival Mundial de Música y Danza, patrocinado por Peter Gabriel. Un especialista reseña en la versión española del espectáculo:
“Inmediatamente después comenzó la actuación de Compay Segundo, a quien se había visto interpretar “Guantanamera” como invitado de Mistisay. Con él empezaron a contonearse las caderas de los asistentes a la playa Las Canteras, que ya andaban por 50 000, según fuentes policiales, aunque a lo largo de la noche llegaron a pasar de 80 000.”

Compay Segundo no deja de cantar, interrumpe canciones a la mitad, hace un comentario. Lo conocen más en el extranjero que en Cuba, le digo. “Hay un brillante siete varas debajo de la tierra, quien lo saca lo descubre. Eso me ha pasado a mí”. Pero el viejo sabio hace su reflexión general:
“Quien está al frente de una empresa debe andar con mucho cuidado y ver qué pasa en su país, analizar las cosas y la gente. Si tienes una disquera y te guías por una pasión, estás abandonando el comercio y viene otro y descubre a los músicos y tú... te quedas con la pasión, que tal vez no sea la mejor orquesta.”

En el diálogo con Compay Segundo no puede existir una lógica establecida. Hay que convertirse, con él, en sonero: improvisar todo el tiempo, hacer variantes de temas. Bonachón, lleno de experiencias, picaro, inteligente, amante de los refranes y de los cuentos, conocedor de los más importantes músicos populares de este siglo con quienes compartió en escenarios y grupos. Su vida plena de 90 años le ha permitido también conocer malos gestos, traiciones e indecencias humanas.

¿Y por qué se separó de... ? ¿Por qué desapareció tal conjunto? De eso mejor no tomes nota, me dice sin rencores pero sin olvidar.

¿Tiene muchos sombreros? “No, porque los regalo; uno de ellos se lo regalé a Ry Cooder, el guitarrista norteamericano que tocó con los Rolling Stones."

El año pasado Ry Cooder vino a La Habana. Quiso grabar con los mejores y llamó a Francisco Repilado. De ahí salió el disco y proyecto Buenavista Social Club, título tomado de un danzón compuesto en el año 40 por Orestes López.

Salvador, el bajista del cuarteto e hijo de Francisco, advierte que no he tomado café. Me lo trae. Abajo no dejan de llamar a la puerta. Hay ajetreo en la calle. Vendedores de maní. Un negro joven que hoy se hizo Elegguá. Unos niños que inventan sus juegos. Obreros que demuelen una vivienda. Comenta Ry: “Compay Segundo es un hombre único por todo lo que sabe, por su increíble carisma, por su encanto.... Cuando canta y toca su armónico se produce un efecto nada frecuente.”

¿Armónico? Le preguntas, y en lugar de responderte con palabras lo hace sonar, y entonces parecen desaparecer todos los ruidos y voces de la calle. ¿Qué magia tienen este hombre y ese instrumento? Si lo miras crees que es una guitarra, pero si lo escuchas es otra cosa.

Un hermano se apareció con un tres y todos los varones de la casa aprendieron a tocarlo. Luego trajo una guitarra y “todos le caímos arriba al instrumento”. Así aprendió. Al lado de su casa allá en Santiago vivía una muchacha que tocaba violín. Repilado la acompañaba, para el asombro de ella. La muchacha le dijo que le enseñaría solfeo. Después compró un clarinete y se fue a ver al maestro Enrique Bueno, director de la Banda Municipal, quien le enseñó a ejecutarlo y lo incorporó a la agrupación de 50 profesores. El muchacho tenía 14 años cuando aprendió música.

“Acompañaba a los grandes treseros, como Yayo Corales, que era lo bárbaro. 'Toqué en estudiantinas, en la de Narciso, en la de Ventura El Sordo, y con mi hermano tenía la estudiantina Los Seis Ases, en el Tivolí.” Y se iba a los montes, a las bachatas, a comer “macho”, a escuchar y tocar son en su forma más primitiva. ¿Y el armónico?

“El son, como decía Miguel (Matamoros), es cortico y sabrosón. Ha recibido transformaciones. Yo me acuerdo que antes se hacía (hacer sonar el armónico para demostrar la simpleza) y así se pasaba la gente la noche. Después el son se amplió, se fundió con el bolero y surge el bolero-son, como “Lágrimas Negras”. Eso que se toca ahora y le dicen salsa es el son tradicional con trombones, trompetas., otro ropaje” (Y hace sonar el armónico como si fuera salsa).

De un sobre extrae cartas que le ha escrito una niña en España. Con alegría habla y dice quién me lo iba a decir a mí, cuando cuenta de la Scala de Milán, de los Pirineos, de los grandes escenarios en que ha tocado, de los estudios de la BBC de Londres. Lo comparan con Edith Piaff, con Louis Amstrong. Orgulloso de la mucha gente que lo quiere. ¿Y el armónico?

“Lo creé por el año 24 (deja de hablar y sigue tocando). Tocaba tres y guitarra, pero me decía que entre esos dos instrumentos se requería otro similar que armonizara mejor. Porque el tres es un poco seco e invierte mucho el sonido, lo que tenía que ser natural lo daba agudo y lo que tenía que ser agudo lo daba natural; y con el aparatico mío no se invierte nada. Es una guitarra porque la afinación es similar; pero está en octava. Tiene seis cuerdas igual, pero la del centro va repetida, porque con esa es con la que se trabaja (hace una demostración). El armónico abre otras posibilidades de armonización y sonoridad.”

Llevaba seis años en la Banda Municipal, Una mañana se le acercó Ñico Saquito y le dijo: “Oye, me voy para La Habana, trae al armónico para que nos acompañes”. Transcurría el año 34. “El quinteto los Cuban Stars lo integrábamos Ñico, Enrique Puyita, Ramón Dilú, yo y un quinto que era el representante. Tocábamos “Compay Gallo ” y otras guarachas.

”Aquí estuvimos dos meses, no más, y las familias en Santiago empezaron a hacer reclamos. Ñico me dijo que me quedara, que esa guitarrita mía gustaba mucho.”

Y sin que se le pregunte, dice: “Cada músico compone de acuerdo con su modo de ser. ¿Por qué Ñico hacía guarachas? Porque era guarachero, chistoso, con un caminado muy suyo. Por cierto, sobre su nombre hay historias falsas: realmente le decían Saquito porque siempre andaba con un saquito debajo del brazo”.

En ese momento lo llamó Evelio Machín (hermano de Antonio) para formar el cuarteto Hatuey, que lo integraban además Lorenzo Hierrezuelo y Marcelino Guerra. (Esos tipos juntos, ¿cómo sonarían? De maravilla, pienso). Se fueron a México y allá participaron en dos películas: Tierra Brava y México Lindo.

Al regreso, Compay Segundo se incorpora al conjunto de Miguel Matamoros, clarinete en mano. “Le hacía el segundo al trompetista Pepé, guantanamero. Allí conocí a Benny Moré. Miguel lo escuchó y lo trajo. Miguel grababa discos y se reservaba, siempre buscaba a alguien que cantara en vivo para cuidarse la voz.

Benny enseguida nos impactó por su alegría. Era muy entusiasta como músico, por eso fue grande. Benny venía de ’fletear' con su música por los bares de La Habana, con mal aspecto físico. Cueto le dijo a Miguel que daba pena cantar con ese muchacho, y Miguel le compró ropa, le arregló la dentadura.

’’Con Miguel aprendí mucho en doce años. De música y de moral. Si terminaba de tocar y le iban a pagar decía que no, sin desespero por el dinero, para que no fueran a pensar que estaba ‘fleteando’.”
Sin abandonar el conjunto, en 1949 creó el dúo Los Compadres. La historia verdadera, hasta donde quiere contarla, es así:
“En La Habana Vieja estaba la estación de Rumbao. Un día estaba pelando a Lorenzo y le digo: está bueno para coger una hora ahí con Rumbao. Se lo propusimos y aceptó, pero sin pagarnos. Como a los cuatro meses nos dijo que ese día había recibido 60 cartas de oyentes, que iba a tener que pagamos o nos íbamos a ir con otro. En eso nos llama Sergio Berrera, un hombre de Manzanillo que tenía aquí la fábrica Valenciaga, de perfumes, desodorantes, jabones. Se me ocurrió tocarle un son manzanillero y cantarle: Y si tu novio te deja/ porque tu amor no le halaga/ conquístalo nuevamente/ con perfumes Valenciaga. Allí mismo nos empezó a pagar y nos compró guitarras nuevas.”

El dúo Los Compadres fue una etapa importante en la vida de Repilado. Pero hay historias que tienen sus silencios.

¿De quiénes aprendió usted?
“De muchos, la lista es larga. Te encuentras ahora a uno y le vas a enseñar algo y te dice que no, que no le hace falta. Equivocados, como si eso quitara mérito. Aprendí de los treseros en los montes, de Pepe Bandera, un gran guitarrista y compositor; de Rafael Cueto antes de que ingresara al trío Matamoros, cuando era serenatero como todos nosotros; de Ramón Dilú, que hacía muy bien la segunda; de Juan de Dios que también era tremendo segundo; de Sindo Garay, de Ñico. La lista es grande, siempre estoy aprendiendo.”

Cuatro discos ha grabado en los últimos tres años Compay Segundo, 'todos en Europa. Ahora está terminando uno de flamenco y son con el sello Dro-East-West, filial española de la Warner.

“Es un disco de homenaje a los grandes. A Abelardo Barroso, por ejemplo. Quise que cada instrumento se tocara con autenticidad, que todo fuera como el original, que si había un rallado en la guitarra, se hiciera como lo hacían los originales. Y si iba a hacer algo de los septetos de la playa de Marianao, que fuera tocado y cantado igual, como lo hacían ya casi al amanecer, borrachos y con sueño. Si iba un laúd, busqué a un laudista de verdad. Un número lo grabé con Pancho Amat en el tres, yo le digo: arriba, Pancho, y ahí entra él. En el disco está Raimundo Amador, que es uno de los más grandes guitarristas del flamenco, y canta Martirio, una mujer bárbara.”

A los ojos de Francisco Repilado viene un brillo de muchacho travieso. Y cuenta: “Yo no sabía que había hecho flamenco. Un día estoy tocando en España y dice la gente: Eso es flamenco”. Toma el armónico, lo deja y da palmadas, sigue tocando y canta: Mamita es un molino de liento/y su hermana mucho más/ y a todo el mundo le da/palabra de casamiento. “Eeeecha, eso es flamenco, compay. En el disco lo canta Martirio y yo le hago la segunda”.

No hay asomo de petulancia en este santiaguero, pero tampoco falsa modestia: “To monto bien los números, pero bien bien”. Advierte que el artista debe respetar en el escenario y fuera del escenario, comportarse como es debido donde quiera que esté. Si le presentan a un matrimonio, habla con el hombre y no con la mujer. Filosofía de hombre que ha vivido.

Vuelvo al principio de la conversación, del brillante sacado de la tierra, y por obligación tengo que mencionarle a Pablo Milanés.

“Esos muchachos de la Trova, Pablito, Silvio Rodríguez y Noel Nicola, dieron una tónica a la música cubana con sus canciones, sentados en una explanada y el público ahí sentado. Vale mucho que Pablo en un disco suyo haya incluido tres canciones mías: ‘Chan Chan, Huellas del pasado' y 'Macusa'."

Y llegó la hora de Macusa. ¿Quién fue esa mujer? Compay Segundo no tiene que hacer esfuerzos para contar, es conversación de amigos. “Eeeecha, Macusa. Ahora debe tener 87 u 88 años. Fue mi primera novia. Desde chiquita la conocía, y vivía frente a mi casa en la calle Santa Rosa. A los veintipico de años le dije: vamos a darle seriedad a esto, voy a pedir tu mano. Para escondérmela la mandaron para Cueto con su abuela. Nos escribíamos. Fui hasta allá y hablé con la abuela, le expliqué; pero me dijo que no. Le dije a Macusa: nos vamos para La Habana. Me respondió que no, que su abuela... Le dije: me traicionaste, y me fui. Después la conocí otra vez, pero de otra manera, ¡eeeecha!. Se casó y tuvo hijos. Todavía voy a Santiago y le llevo dinero y regalos. La canción la hice mucho después, en el 56.” Hace sonar el armónico y su amigo lo acompaña con guitarra. Como yo te quise a ti, nadie te querrá/ me traicionaste. Macusa. qué triste me quedé.

Datos que no deben quedar fuera en esta entrevista: “El artista puede ser bohemio, Sindo era bohemio; pero respetuoso, tengo cinco hijos y voy a tener otro más... eeecha”. Jorge Pettinaud lleva 17 años cerca de Repilado. Le dije que el texto se titularía “Compay Segundo de nadie”, una idea de evidente ingenio del director de la Revista, y me dijo: “Mejor es: Compay Segundo de todos, porque le hace la segunda a cualquiera y eso es muy difícil en música”. Es un hombre agradecido. En 1994 fue a Sevilla a un festival de flamenco y son, ahí fue donde desenterraron el brillante. El 18 de noviembre es día grande: el sonero llega a 90 años y sigue cantando: “Yo nunca pienso que me tengo que morir.”

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