14 ago. 2017

Los pasos de Chucho


Fuente: Granma, Cuba. Por: Pedro de la Hoz

El reino de Chucho Valdés se extiende hasta el infinito. Delante de su vista, o sea, de su manera de entender y comunicar la música, el horizonte se aleja en la medida que el creador devora distancias. Para confirmarlo, bastaron apenas ochenta minutos en una noche de sábado, a base de piano, sin otra compañía, en el vasto escenario de la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.

No tenía el protagonista que insistir en que él toma los temas, suyos o de otros, como pretextos para la improvisación. El jazz es eso, pura invención; cada interpretación resulta un momento irrepetible, lo cual no significa que todo se deje a la espontaneidad o al azar.

En una ocasión, el maestro expuso sus criterios sobre el asunto: «Generalmente dentro de una improvisación se oyen los clichés que un músico tiene premeditados. Ahora eso no quiere decir que todo lo que él hace sea premeditado, sino que tiene algunos patrones a partir de los cuales él empieza a crear. Y son identificables además». Y a continuación definió su filosofía: «A veces estoy haciendo cosas y me empiezo a asustar porque me vienen ideas que nunca se me habían ocurrido. Y entonces empiezo a meterme en campos desconocidos. Es ahí cuando mejor me siento; cuando siento que están viniendo las ideas».

Bajo ese principio transcurrió su concierto habanero en solitario. Un principio que ha ido perfeccionando desde los días en que creció bajo el influjo de su padre, el gran Bebo –¡cómo permanecer impasible ante la versión de Con poco coco!–, pero no a la sombra; en todo caso empinándose en el ejemplo. ¿Lección que no olvida? La de la profesora Zenaida Romeu, cuando, ante el veloz desplazamiento del discípulo sobre el teclado, le dijo: «Eres hábil, ahora debes hacer música».

Con música comenzó la noche, sin artificios, como quien va al origen de lo que el jazz representa como símbolo de libertad espiritual. Con música culminó, la de las esencias, pues en esta Isla es imposible no pulsar el son en cada esquina.


Al interpretar In walked Bud (1947), de Thelonious Monk, Chucho reverenció a un referente ineludible del lenguaje jazzístico del piano, que a su vez había hecho honor, como su nombre indica, a un colega inspirador, Bud Powell, en el que Monk, por cierto, apela a unos acordes progresivos procedentes de la canción Blue Skies, de Irving Berlin.

Por Miguel Matamoros y Lágrimas negras, compartida a viva voz por el público, y un son de su cosecha, acompasado por palmadas rítmicas del auditorio, vino la evidencia del linaje de un pianista que cuenta entre sus tantísimos méritos haber sido fiel a una célula rítmica que está en su código genético.

En lo que fue de uno a otro confín, Chucho fue recorriendo estaciones de muy diversa naturaleza, pero con su huella identitaria personal. Da lo mismo que sea la inefable Bésame mucho, de Consuelo Velázquez, o la Rhapsody in blue, de George Gershwin, o la novedad de la pieza central de la banda sonora de Esteban, la laureada película de Jonás Cosculluela, el intérprete sorprende con sus arpegios prodigiosas, la independencia de ambas manos, los acentos rítmicos sorprendentes y un sentido de la construcción dinámica que denota ingenio y buen gusto.

Bienvenidas las citas: el final de Caridad Amaro con aires de Rachmaninov, las fugas de Bach que se asoman en recodos inesperados y el Chopin revisitado del Preludio en Mi. Y sobre todo, el insólito despliegue a lo largo de The giant steps, del inmenso John Coltrane.

Nada faltó. O sí: Mambo influenciado. Hubiera sido la joya de la corona. Pero no se puede pedir más.

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