17 jul. 2017

Omara Portuondo y su noche limeña (VIDEO y CRONICA)


La diva cubana Omara Portuondo echa un pie en el escenario del Maria Angola en Lima Peru


Omara Portuondo interpreta el clásico "Lágrimas Negras" durante la noche cubana que nos presentó el sábado 15 en el Centro de Convenciones del María Angola de Miraflores en Lima-Peru



Crónica: La reina que arrulló Lima con su voz
Fuente: La República, Perú. Por: Renzo Bambarén

En una tarima a oscuras, la reina Omara camina lerdo sobre una alfombra de aplausos. Y aún ni siquiera ha cantado. Omara Portuondo, la cubana de 86 años a la que le quedan muchas sonrisas por vivir, apoya sus breves pasos en el brazo de Rolando Luna, su talentoso pianista. Toma asiento en una silla metálica y se queda al pie de (la) Luna. De pronto, su voz ilumina el auditorio con Noche Cubana. Las luces ya se habían encendido. Aquel bolero grabado en los 50’ fue suficiente para saber que el ‘filin’ sigue siendo el aire que se respira en los dominios de su reinado. Y que ya nos encontrábamos sometidos a la blandura de su voz.

Su alteza, Omara, había ingresado sin su habitual corona de seda. A cambio, llevaba sus cabellos lacios y azabaches peinados como si fueran un arreglo floral.  Vestía una túnica color ocre que, con sus brillos, resaltaba la cubanía hispana heredada de sus padres en su piel mulata. En sus orejas, dos radiantes pendientes resultaron más opacos que la dulzura de su sonrisa. Después de haber creado la atmósfera de las noches habaneras previas a la Revolución, Omara se baña en humildad y pide permiso.

- Hacía tiempo que no venía y pensamos volver. ¿Se puede?-, pregunta Omara. Esboza una risita modesta y nos mira como si su visita fuera una incomodidad, como si no fuera un lujo recibir a una leyenda viva de la música cubana que se sigue paseando por Europa y baja de otros reinos para pisar el María Angola, en Lima.

Omara no tiene nada que demostrar, pero lo hace. La soltura de su voz se pasea entre lo grave y lo agudo en el final de cada canción. Estira las vocales con fina potencia y alarga más que el mismo abecedario. Se pone a bailar. Como cuando empezó en el Tropicana. Se relaja tanto que hasta se apoya de espaldas sobre el piano de Luna y mueve el derrier a ritmo de son. Ella se ríe. El mar de cabecitas blancas que la observa se ríe más.


Comprobado. El amor de Omara está vigente. Su amor por la música y su alegría por haber nacido en esa isla del caribe que derrocha más talento que socialismo.

Detrás suyo, una orquesta de 4 cubanos. Rolando Luna, un eléctrico pianista que toca boleros; Rodney Barreto, un moreno de dreadlocks que hace hablar a la batería en escala de Richter; Angel Joya, un contrabajista que utiliza el dedo como si marcara clave morse en un telégrafo; y Andrés Coayo, que domina la conga, el bongó y que predice en sílabas lo que tocará en los timbales. Los verdaderos 4 de Cuba tuvieron un interludio de 15 minutos en el que explotaron al ritmo de Mozambique, ese ritmo cubano que fusiona el Mambo con la Conga y que tiene más pulso que los latidos de un cardiaco. Omara no se cansa de pedir aplausos y hasta improvisa coros para sus cuatro súbditos musicales. Ella no se cree la reina.

- Un aplauso para los muchachitos que son muy talentosos. ¿Verdad?- dice con modestia Portuondo, que ya se había paseado con holgura por el bolero, la bossa nova y el son.

Si venía de Cuba, Omara tenía que cantar aquella canción de Matamoros que es casi el himno nacional: Lágrimas Negras. Empezó con la candencia del Danzón cubano, terminó con los arpegios caribeños de Luna tocando un son montuno. “Si tú me quieres dejar/ y yo no quiero sufrir/Contigo me voy mi santo aunque me cueste morir”, coreaba el público. Y aunque no era lo suyo, Omara inspiraba como si fuera sonera. Inspiraba bien.

- Yo no tengo la culpita, ni tampoco la culpona, de que a mí me digan todos: Omara, ¡Qué sabrosona!-, pregonaba.


El deleite era inevitable. El auditorio aplaudiendo. Sin embargo, la prieta cubana tenía más ‘filin’ por repartir. No sin antes secarle el sudor a su pianista, humildad encarnada en Su Alteza, Omara.

Bésame Mucho. Quizás, Quizás, Quizás. Allí. Dos gardenias. Nosotros. El auditorio se volvió una reunión tan íntima en la que Omara solo complacía pedidos musicales. “Veinte años”, reclamaban.

- Todavía no he llegado a los 20. Yo solo tengo 19-, se ríe la ‘Novia del Filin’ y luego deleita.

Omara también arrulla. Y arrulla bien. La reina cubana interpretó Drume Negrita, una suerte de panalivio afrocubano en la que le advierte a su neguita que si no drume le traerá un Babalawo que le dará “Pau, pau, pau”. En ese entonces, uno recién se da cuenta que Omara tiene 86 y que podría arrullar a un auditorio, a un estadio o a una ciudad como si fueran sus nietos.

El clima cubano era tanto que muchos creyeron que tenían a Buena Vista Social Club al frente. Le pedían Chan Chan, Candela, El Cuarto de Tula, pero Omara fue sincera en su canto.

- ¡El Cuarto de Tula/ le cogió candela/ se quedó dormida y no apagó la vela! Ya. ¿Qué más sigue? No me la sé- y se mata de la risa. Esa es Omara. Una cantante que ríe, que deleita, que arrulla y que embelesa con su atmósfera de sentimiento cubano. Capaz de irse, y volver ante los gritos del público para complacer con más pedidos musicales. El auditorio terminó de pie y bailando son montuno.

Omara y sus músicos agradecen los aplausos y todo se torna oscuro. La reina se retira de la tarima dejando las almas complacidas, los corazones alegres y las sonrisas de regocijo tras 90 minutos de haber repartido sabrosa ternura cubana.

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