29 abr. 2017

Un cubano en la vida de Ella Fitzgerald


Chick Webb, Mario Bauzá y Ella Fitzgerald


Fuente: La Jiribilla, Cuba. Por: Pedro de la Hoz

Él era seis años mayor que la muchacha, pero muy joven todavía. Al escucharla cantar, quedó impactado. Aquella voz fresca y diáfana reflejaba a la vez una sabiduría ancestral, herencia de cantos de dolor y júbilo, resistencia y esperanza.

Frente a frente, Mario Bauzá y Ella Fitzgerald. Estamos en Harlem, 1935. Mario viene de Cuba. Desde 1930 reside en Estados Unidos y cuatro años más tarde asume la dirección musical de la orquesta de Chick Webb, percusionista emblemático de la era del swing. El cubano, también primera trompeta de aquella formación, hará muchas cosas en lo adelante, la más importante de todas, forjar una de las ramas más vigorosas del jazz, llamado afrocubano o latino. La chica, negra como él, había debutado en 1934 en un concurso de jóvenes talentos en el teatro Apolo. Había nacido el 25 de abril de 1917 en Newport y arrastraba una infancia de pobreza y marginación.

En varias biografías de la cantante se dice que Benny Carter, exitoso saxofonista de la época, fue quien descubrió a Ella, cuando la verdad es que Bauzá convenció a Webb para que la fichara. Carter, en efecto, recordó con el tiempo cuánto le había estremecido el modo de cantar de la jovencita en el Apolo, pero testimonios fidedignos, no muy publicitados por cierto, de colegas de Bauzá —y él mismo, a regañadientes, puesto que no le gustaba robar primeros planos— dan fe de que el cubano habló con Webb para que la admitiera en la orquesta.

Hay que recordar, como lo hizo el musicólogo e historiador Leonardo Acosta, que Bauzá es el responsable de introducir en la escena musical norteamericana una década después a Chano Pozo; lo puso en contacto con Dizzy Gillespie y ya se sabe lo que sucedió: Manteca, el cubop y el providencial maridaje entre las congas y el saxofón.

Con Chick Webb, la Fitzgerald comenzó una rutilante carrera que abarcó las más diversas especies y estilos de la música popular norteamericana, y alcanzó elevadas temperaturas al empatarse artísticamente con Louis Armstrong, Duke Ellington y Count Basie.

Hace pocos días, a propósito del centenario de Ella, la colega chilena Marisol García se lamentaba de ciertos usos actuales del legado de la artista como “comodín para la ambientación de espacios amables, de quieta invitación al consumo; en cafés de diseño y bandas sonoras para historias sin tropiezos, pálidas, casi contrapuestas a la aspereza y el rigor que definieron su propia vida”.

Quizás esto tenga explicación en la banalización con que los mecanismos de la industria hegemónica del entretenimiento suelen asimilar y neutralizar los valores de la cultura popular. También la propia Ella, en su afán de legitimar el título de Lady of the Song, se excedió en empeños de mero valor comercial, lo cual ha dado pie a comparaciones con el legado de Sarah Vaughan y Billie Holiday.

El arte no es una carrera de velocidad —¿quién se atreve a definir entre iguales un orden de llegada?— sino de fondo, y a la Fitzgerald le sobra aliento para conmovernos cuando canta un tema de Cole Porter, o el estremecedor Summertime, de Gershwin, o el chispeante Cheek to cheek, de Irving Berlin, o cifra el fabuloso scat al comienzo de Blues skies.

Sí, Ella sigue siendo esa gran dama que nos hace sentir y ayuda a vivir. En la celebración global del Día Internacional del Jazz, que tiene lugar esta vez en La Habana, convendría recordar a su mentor Mario Bauzá y no olvidar lo que significó esa mujer negra para el género.

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