26 jun. 2017 0 comentarios

La vieja y la nueva guardia en el Tercer aniversario de la Salsa


Fuente: Primera Hora, Puerto Rico. Por: Brenda Peña López

Ponce. El músico estadounidense de raíces judías Larry Harlow y el vocalista puertorriqueño Ismael Miranda probaron anoche que la potencia de su combinación está bien presente en la memoria colectiva de los salseros de la mata y de aquellos que heredaron la admiración hacia su trabajo musical. 

El evento alternó los inicios del género con una buena dosis de sangre nueva.

El binomio, considerado uno de los más importantes y fuertes en la historia del género, puso a bailar a los más de 16 mil cocolos que se dieron cita ayer en el Estadio Paquito Montaner, en Ponce, en el cierre de la tercera de edición del Aniversario de la Salsa. 

El festival musical organizado por la radioemisora SalSoul 99.1 propició el junte nostálgico en que la popular pareja desempolvó éxitos como Abran paso, Sin ti, Arsenio, Venceré, Señor Sereno, Malecón, Se casa la rumba y Vengo virao.

El comentario común entre los asistentes que se encontraban cerca de la tarima fue la intensidad vocal del llamado “Niño bonito de la salsa”. 

“Su voz está intacta”, “Suena igual que en los 70”, fueron algunos comentarios que se escucharon entre la multitud. 

Harlow no se quedó atrás. A sus 78 años, el “Judío Maravilloso” demostró que la energía de sus manos es a prueba del tiempo. La dupla, que comenzó su relación a finales de la década de 1960, pareció divertirse en tarima durante la actuación del evento, que de hecho, fue dedicado a Miranda. 

 “Espero que esta sea una noche que podamos cerrar con broche de oro este gran evento y espero que la estén pasando chévere. Gracias por llegar, gracias por estar con nosotros, gracias por ser tan gentiles, tan amables. Los queremos... yo no sé qué más decir. ¡Los amamos!”, exclamó. 

En un aparte con los medios luego de su presentación, expresó su alegría por haber participado en las tres primeras ediciones del evento. 

“Ha sido un viaje brutal”, manifestó el boricua. 

Acorde con el tono melancólico de la producción, los salseros Víctor Manuelle y Gilberto Santa Rosa rindieron un homenaje en su casa al fenecido Cheo Feliciano. 

Anacaona, En los entierros, El ratón, Canta y Niña fueron los temas entonados por los vocalistas que formaron el repertorio de su presentación. 


 “Es una tarde tan especial para nosotros, no solamente como salseros, sino como amigos y fanáticos del maestro Cheo Feliciano, a quien le rendimos homenaje”, señaló el “Caballero de la salsa”. 

“Para nosotros, aparte de motivo de celebración, es un privilegio rendirle homenaje al cantante que nosotros consideramos el más importante que ha dado nuestro género y nosotros nos sentimos bien orgullosos porque es de aquí, es de Ponce. Qué bueno que se haya dado este homenaje porque es uno de muchos que se merece”, comentó por su parte, el “Sonero de la juventud”. 

 Uno de los momentos más bonitos de la velada fue cuando la viuda de Feliciano, Socorro “Cocó” Prieto, subió a la tarima de la mano de Santa Rosa a bailar Anacaona. 

 La eterna “amada” de Feliciano observó junto a sus hijos y nietos un emotivo vídeo en el que se repasó la vida de quien fuera su esposo. Emocionada, agradeció al público por no dejar morir las canciones de Feliciano y lo llamó “familia, como les decía Cheo”. 

 El evento congregó más de 16 mil personas que sudaron la gota gorda bailando a una temperatura de 85 grados.

El festín salsero incluyó las presentaciones de artistas de la nueva generación de salseros como Rolf Sánchez, Willito Otero, NG2, N’Klave, Chiquito Team Band, y Pirulo y la Tribu, así como los veteranos Rey Ruiz, la orquesta Típica 73 con las voces de Tito Allen y Adalberto Santiago y la Orquesta Esencia, de Ponce. 
24 jun. 2017 0 comentarios

Omara Portuondo, la novia del sentimiento



Fuente: El Comercio, Perú. Por: Dante Trujillo

Entre otras cosas, la sabiduría popular es buenísima poniendo apodos y antonomasias certeros y casi siempre imperecederos. Desde antes de la revolución, en Cuba a Omara Portuondo la llaman “la novia del filin”. Y no solo por el sentimiento que le pone a la música y a la vida, que en su caso vienen a ser lo mismo; sino por ser la máxima intérprete de ese ritmo isleño mezcla de jazz, de son, de bolero, de bossa nova y de blues que se baila pegadito desde que los trovadores isleños lo pasearan de casa en casa, de barrio en barrio a cambio de nada más que un público entusiasta, quizá algo de comer, un vasito de ron, durante la primera mitad del siglo pasado.

“Eran solo notas musicales, sabes, las mismas de siempre, más el aporte de sensibilidad que le dábamos. Yo ya cantaba y andaba con ellos, por eso lo de ‘la novia’. Me tenían cariño porque era la más jovencita de ese grupo de muchachos. Imagínese que era mucho más joven que ahora”. Y se carcajea. Durante toda la charla, desde su sillón favorito en un piso doce del barrio de Vedado, en La Habana, Omara Portuondo, la única mujer de ese dream team conocido como Buena Vista Social Club no para de reírse, de canturrear, de irse por las ramas, de hacer repreguntas. Responde lo que le da la gana con una dulzura que desarma, que fulmina el cinismo. Solo queda seguir su ritmo y tratar de no desentonar.

Es el solsticio de verano: 32 grados y el Caribe reverbera infinito tras las ventanas de su departamento.

—El encanto de la isla—

Aunque muchos la conocieran recién tras aparecer al lado de Ibrahim Ferrer interpretando “Silencio” en el célebre documental de Wim Wenders, Omara Portuondo canta desde que puede recordar. Hija de una mujer de origen español y acomodado y un negro beisbolista, en su casa la música era como los frijoles y la caña: alimento. Sus padres habían contravenido todo por su pasión, y la expresaban cantando. La pequeña Omara vincula la felicidad con el ritmo y el amor cuando se ve a sí misma haciéndole la segunda voz a su padre en “La bayamesa”.

Primero quiso ser bailarina de ballet clásico, pero “simplemente era imposible que una mulata lo practicase”. Empezó entonces en el coro del colegio, pero tampoco es que dejara de bailar. De hecho, a los 15 años comenzó a hacerlo al lado de su hermana Haydée en el Tropicana, cuando le tocó reemplazar a una chica accidentada. De ahí, vista y escuchada la gracia, la llamaron a corear en la orquesta Anacaona y poco después, en 1952, junto a su hermana y otras dos muchachas, empezó en un grupo que dirigía la pianista Aída Diestro. Fueron años agitados, de gloria y de revueltas políticas. De este último tema no le gusta hablar mucho, o se hace la que no escucha. Sin embargo, no niega su admiración por Fidel Castro (“Uy, tenía una linda voz”) y relata que hacía gustosa trabajo comunitario, llevando su voz a la zafra.

Portuondo recuerda con emoción sus 15 años con el Cuarteto D’Aída: las giras por distintos países, el cariño del público, el compartir escenario con pares un poco mayores como Olga Guillot y Celia Cruz. Comienza entonces un popurrí de compositores, músicos, grandes nombres como Bola de Nieve, Pedro Vargas, Rita Montaner, Benny Moré, Edith Piaf (“tenía temperamento. Todos lo tenemos, pero ella más”), aunque claramente un santo sobresale en su altar sonoro: “es que usted no sabe lo que era Nat King Cole”. Y cuenta cuando se presentaba en el Tropicana, y las chicas del cuarteto, que lo teloneaban, bajaban de inmediato para apreciarlo. “Era lindo de ver, con cuánto amor y generosidad hacía lo suyo, tan caballero. Un tipo normal, y a la vez excepcional. Y recuerde que aquí en Cuba grabó sus canciones en español”. Y se manda a cantar los primeros versos de “El bodeguero”.

En 1958 lanzó su primer álbum solista, “Magia negra”, donde combinaba composiciones versionadas de Duke Ellington con música cubana. Y filin, claro. Con este disco se dio un hecho insólito: Portuondo volvió a grabarlo 56 años después, en el 2014, esta vez acompañada por músicos contemporáneos, como su nieta Rossio Jiménez Blanco.

En 1967 el cuarteto se separó, y la diva siguió su carrera con éxito, cantando —de hecho, en 1972 vino por primera vez al Perú para participar en el Festival de la Canción de Agua Dulce—, publicando discos, haciendo películas. Viviendo a su ritmo, que no es poco. Y así hubiera seguido si no fuera porque en 1997 una serendipia le cambió el compás.


—La dama de las gardenias—

El guitarrista y productor con alma de antropólogo Ry Cooder había llegado a La Habana para grabar a unos músicos cubanos y africanos, pero estos últimos no llegaron a la cita, y Cooder se quedó tirando cintura. Y sin querer una cosa fue llamando a la otra, un músico viejo al de más allá, y nació el mito de Buena Vista Social Club.

Nació, que no resucitó. Contra lo que muchos pudieran suponer, el Buena Vista no fue un cabaret sofisticado, ni siquiera se trató de una sala de espectáculos propiamente dicha: “Era un centro social, deportivo, donde se juntaba la gente de ese barrio. Un sitio popular, donde los fines de semana se bailaba danzón, en familia”. Sin embargo, algunos de los tigres de la orquesta que formó Cooder, como Compay Segundo, Pío Leyva, Rubén González o Cachaíto López, sí que tocaron ahí. ¿Y también Ibrahim Ferrer? “Fíjate que no. Jamás hasta entonces pasó de hacer la segunda voz. Y cuando llegó lo del disco estaba en la ruina: ¡lustraba zapatos!”. Por eso, por haber sacado del olvido o de la pobreza —o ambas— a una serie de viejos talentos, Omara Portuondo le estará siempre agradecida a Cooder, primero, y a Wim Wenders después, por el documental que terminó de mundializar su fama.

Se asombra cuando cae en la cuenta de que ya pasaron veinte años desde entonces. “A mí me iba bien, pero la verdad es que no me imaginaba lo que iba a ser eso, el éxito. Pero pienso que no tenía por qué no tenerlo, tampoco. Tenía, teníamos, mucha calidad”. De inmediato cambia de humor, y la voz se le ensombrece al recordar a los compañeros caídos, la mayoría. Y vuelta a alegrarse, y canturrea una vieja canción de Benny Moré. Luego dice: “Fue una sorpresita linda de esas que a veces le da a uno la vida, ¿tú me entiendes?”.

Omara con Diego El Cigala

***

Ha grabado tantos discos que ya ni recuerda cuántos, colaborado con todo tipo de artistas, de Alejandro Sanz a Orishas, Julio Iglesias y María Bethania, y su nuevo “novio”, el Cigala. Prepara dos nuevas placas, sale de gira. Ha visitado casi todo el mundo, pero siempre espera volver a su casa, porque “soy sana, sabrosa y cubana”.

Habla de Chabuca Granda, de Susana Baca, de Perú Negro. Dice que le emociona volver al Perú, y habrá que creerle. El 15 de julio podremos verla en el escenario del María Angola con su clásico turbante y agitando alguna túnica colorida, llenándolo todo de su voz, su preciosa voz, su sentimiento.

Omara Portuondo tiene casi 87 años, un hijo, una nieta que adora, sus canciones, el recuerdo de quienes no están más, el amor de su pueblo. Y mucha vida por delante
23 jun. 2017 0 comentarios

Sun of Latin Music, el Primer Grammy de la Salsa




Uno de las piezas más valiosas que se vienen exhibiendo en la muestra “Ritmo y Poder: Salsa en New York”, que se presenta hasta noviembre próximo en el Museo de la Ciudad de “La Gran Manzana” es el Primer Grammy en la historia de la música latina que en 1976 se otorgara a Eddie Palmieri por su disco Sun of Latin Music (El Sol de la Música Latina).

En lo personal es la primera vez que puedo ver aquel gramófono, lo que me sirve de pretexto para recordar aquel momento especial en la carrera del gran pianista.

El NARAS (la Academia Nacional de las Ciencias y Artes de la Grabación) estableció en 1958 un reconocimiento a los mejores de la música en los Estados Unidos. De esta forma nacieron los Premios Grammy que con el paso de los años fueron ganando reputación entre los artistas y productores dedicados a la música.

A partir de los 70s, cuando la Fania estaba en su apogeo, una serie de personalidades latinas (entre ellos Larry Harlow e Izzy Sanabria) ingresaron como miembros del NARAS y empezaron a “cabildear” con el objetivo de que la música latina participara en la competencia.

Por ejemplo, Harlow sustentaba la petición indicando que por entonces la música latina superaba en venta de discos al jazz, la música clásica y a los discos “spoken word”, géneros que ya tenían categorías en la competencia anual.

Adicionalmente las nuevas tendencias y el incremento de la población latina en los Estados Unidos eran prueba de que la música en español ganaría en popularidad.

Por su parte, la postura de Sanabria apuntaba a que la música latina tuviera un lugar propio en vez de ser estereotipada como “música étnica”. Desde su puesto como editor de la Revista Latin New York pedía la unión de los artistas latinos y urgía a sus lectores a que enviaran cartas a los diarios o que llamasen a las emisoras radiales en apoyo a la iniciativa.

Carátula del número 36 de la revista Latin New York (Abril 1976) donde aparece Eddie Palmieri y su Grammy por Sun of Latin Music, el primero en la historia de la Salsa


Los resultados fueron positivos y en 1975 la Academia incluyó por primera vez dentro de sus 49 categorías a la música latina. Bajo el rubro Best Latin Recording o Mejor Grabación Latina se anunciaron a siete candidatos:
Barretto - Ray Barretto
The Good, the Bad and the Ugly - Willie Colon
Fania All-Stars Live at Yankee Stadium, Vol. 1 - Fania All-Stars
Sun of Latin Music - Eddie Palmieri
Paunetto's Point - Bobby Paunetto
Afro-Indio - Mongo Santamaria
"Quieres Ser Mi Amante" - Camilo Sesto

Como pueden notar, cuatro de los candidatos eran discos de Fania Records (incluyendo el Afro-Indio editado en Vaya Records) mientras que solo uno de los artistas (el español Camilo Sesto) no tenía nada que ver con el género afro-caribeño.

La noche del 28 de Febrero de 1976 el pianista Chick Corea fue el encargado de anunciar al disco ganador en esta nueva categoría: se trataba de otro pianista, Palmieri, quien “contra todos los pronósticos” se impuso a los candidatos de Fania con su LP grabado en una pequeña disquera, Coco Records con la cual, curiosamente, se encontraba en medio de un litigio por el lanzamiento de una nueva producción (Unfinished Masterpiece) con la cual Eddie no se encontraba conforme, incluso negándose a terminarla.

Ironías de la vida, Unfinished Masterpiece ganó el Grammy del año siguiente a pesar de la disconformidad de Eddie respecto a esta grabación.

Volviendo a su primer Grammy, Palmieri recuerda: “eso fue un momento especial porque se grabó en una compañía nueva que acababa de empezar. Para ese tiempo la compañía Fania estaba bien potente y me dieron el Grammy a mi después de diecisiete años que nunca nos pusieron en ninguna categoría. La música latina en ese entonces no había llegado a ser reconocida. Sólo dieron un Grammy nada más para todos los géneros y es increíble pero cierto que yo me lo gané. Recuerdo que competíamos siete en la categoría, cuatro por la Fania, entre ellos Johnny Pacheco, Larry Harlow, Ray Barretto y Mongo Santamaría”



Algunos de sus colegas reconocieron que se trataba de un resultado merecido. Ray Barretto (“ha sido una correcta decisión, una buena decisión”), Ricardo Marrero (“Eddie era el tipo correcto para ganarlo”), Louie Ramírez (“no fue ninguna sorpresa en lo abosluto”) y Carlos D’León (“¿qué otro álbum del 74 o 75 puede igualar su influencia?”), entre otros felicitaron al ganador, quien obtuvo un logro más dentro de su reconocida carrera.

Desde entonces Maestro Eddie Palmieri ha recibido un total de ocho Grammys americanos (de un total de catorce nominaciones), sin contar los Latin Grammys. Muchos reconocen que su discografía está repleta de éxitos fundamentales en la historia de nuestra música. Sun of Latin Music tiene su lugar especial ya que no solo se trata de una muestra valiente y vanguardista de lo mejor del ritmo latino, potente y experimental sino que, además, ha pasado a la historia como el Primer Grammy de la Salsa. No solo hay que recordarlo, hay que escucharlo.
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Andy Montañez celebra 55 años de trayectoria


Cincuenta y cinco años se dice fácil, pero haber sobrevivido en la música por más de medio siglo y mantenerse vigente abrazado por su público es algo que Andy Montañez celebrará en grande. 

El encuentro será el 23 de septiembre en el Coliseo de Puerto Rico, donde se incluirá una pista de baile en la parte de arena para quienes deseen bailar a gusto. 

“Cincuenta y cinco de trayectoria y todavía quiero seguir cantando. Estamos motivados con este evento recordando las cosas bellas que han pasado en ese tiempo. Hay canciones que han sido emblemáticas en mi carrera en todo ese tiempo y tengo que cantarlas porque la gente las pide”, comentó el artista quien acaba de venir de presentarse en Orlando y Chicago, y en estos días ser presenta en Colombia.

El llamado “Niño de Trastalleres” inició su carrera con El Gran Combo de Puerto Rico, orquesta con la que trabajó por 15 años, antes de integrarse a Dimensión Latina en Venezuela y tras la que se lanzó como solista.

Lo acompañarán colegas del género tropical, locales e internacionales. 

“Estarán los que se puedan invitar. Va a ser una manera de recordar esa época. Pudiera ser Don Perignon, que fue director de mi orquesta cuando llegué de Venezuela; y me gustaría que pudiera estar Oscar D’León, a quien sustituí en la Dimensión Latina; además de Charlie Aponte, que debe estar porque fueron muchos años trabajando juntos con El Gran Combo, y hasta pudiera bailar con Roberto Roena, aunque no creo porque él baila demasiado de rápido. Pienso que van a haber unos cuantos compañeros. La idea es hacer un concierto que la gente baile. Va a ser un evento, primero satisfactorio para mí, y en que el público se lo va a gozar”.

Andy no asistió al evento que se celebró recientemente con motivo del 55 aniversario de El Gran Combo de Puerto Rico, pero aseguró no fue porque no lo invitaron como se comentó. 

“Me invitaron, pero yo tenía un compromiso en Perú que ya estaba firmado y no pude cancelar. Me hubiese gustado estar ahí. Con El Gran Combo nunca hubo enemistad. Después que me fui estuvimos juntos en una gira por Japón y hemos trabajado juntos en Colombia, así como un concierto que presentamos en Guaynabo. No hay tiraera con El Gran Combo. Ojalá y en uno de los números pudiera estar conmigo el compadre Ithier tocando el piano”.

Extraña a Pellín

Confiesa el bolerista que si pudiera rescatar algún momento importante de su vida sería las vivencias que tuvo junto a su amigo, el desaparecido cantante Pellín Rodríguez.

“Añoro la compañía de Pellín, había una comunicación musical entre él y yo de hermanos. Gracias a Dios estoy todavía saludable y puedo cantar. Me hubiese gustado que Pellín estuviera conmigo aquí, pero va a estar presente en algunas canciones que grabamos juntos y que voy a incluir en el repertorio”. 

En cambio, lo que no le gustaría recordar es el accidente que sufrió en una guagua en Colombia en abril del 2012.

“Estuve a pasitos de perder el pie derecho, me lo iban a amputar, pero gracias a Dios estoy bien y bailando”. 

Sostuvo que él es de los cantantes que “no me gusta estar en la tarima todo el tiempo y siempre rompo las normas, así que los veo allá abajo (en la pista de baile)”. 
22 jun. 2017 0 comentarios

Paquito Guzmán regresa a Lima




Paquito Guzmán regresará a Lima para ofrecer un concierto el próximo 29 de junio. El veterano cantante se hizo conocido durante su estadía en la orquesta de Tommy Olivencia (la cual comenzó en la década del 60 y se prolongó por casi dos décadas) cuando formó parte del frente vocal al lado del recordado Chamaco Ramírez.

Sin embargo Paquito ganó renombre internacional como solista desde mediados de los 80s, cuando se convirtió en uno de los referentes de la salsa romántica grabando una serie de discos en la disquera Top Hits (TH) llevando populares baladas al ritmo bailable.

Guzmán se presentará el próximo jueves 29 en el Barley Bar (Calle Antonio Polo 756, Pueblo Libre). Las entradas están disponibles en Teleticket de Wong y Metro.
21 jun. 2017 0 comentarios

Larry Harlow repasa su trayectoria



Fuente: El Nuevo Día, Puerto Rico. Por: Brenda Peña Lopez

Su nombre sitúa sus raíces en cualquier país de habla inglesa, pero su alma está más que arraigada a la cultura que sedujo su oído desde que apenas era un jovencito.

Larry Harlow, uno de los precursores del sonido de la salsa y el primer músico en ser firmado por el sello disquero Fania, es un latino “honoris causa” porque aun cuando la sangre no lo une a esa cultura, él eligió ser parte de ella.

“Yo soy latino en mi corazón, completamente”, expresó con firmeza a El Nuevo Día en entrevista telefónica desde Nueva York, ciudad donde nació y conoció los ritmos que lo fascinaron desde pequeño.

Ese amor hacia la cultura latina se apreció incluso, cuando prefirió conversar en un español interrumpido por frases en inglés, muy a pesar de reconocer entre risas que “uf (suspira), yo no sé mucho español”.

Lawrence Ira Kahn-Sherman, nombre real del músico, nació el 30 de marzo de 1939 en el seno de una familia judía. La música la lleva en las venas.

Su madre, Rose Sherman, nacida en Ucrania, era cantante de ópera. Su padre, Nathan “Buddy” Kahn, de raíces austriacas, fue un saxofonista que tuvo que cambiar al bajo luego de sufrir un accidente en el que perdió un pulmón. Su progenitor cambió su apellido en agradecimiento al médico que lo atendió, el doctor Harlow, y tanto el director, compositor e ingeniero de sonido de 78 años, como su hermano, el también músico Andy Harlow, en el futuro hicieron lo propio.

Con la empresa disquera Fania Records produjo más de 250 álbumes, y más de 50 como director de orquesta, entre ellos la pieza “Raza latina: A Salsa Suite”, nominada a los premios Grammy en 1978.

No obstante, la pieza que más orgullo le produce al llamado “Judío maravilloso” -quien está casado con una boricua, María de Carmen Díaz- es “Hommy”, la primera ópera salsera, estrenada en el Carnegie Hall en 1973, que reunió a importantes talentos del pentagrama latino como Cheo Feliciano, Adalberto Santiago, Justo Betancourt, Pete “El Conde” Rodríguez, Genaro “Heny” Álvarez , Junior González y Celia Cruz.



EL NUEVO DIA: Hábleme de la importancia, para usted, de ese trabajo

LARRY HARLOW: Es el más importante para mí. Yo tenía la idea de grabar un elepé con un concierto, un disco en concierto. Tenía un amigo puertorriqueño que tenía una orquesta; se llamaba Hommy Sanz. Se murió hace muchos años atrás. De él tomé el nombre. Traje a Heny Álvarez para que trabajara conmigo porque era un compositor muy famoso. Le expliqué la idea, las canciones y lo que quería y Henny le puso las letras. Hice un elepé con una orquesta sinfónica de 60 músicos. La presenté en el Carnegie Hall en dos funciones totalmente vendidas, y después en Puerto Rico, en San Juan y en Ponce. Muchos éxitos salieron de “Hommy” y puso a la Orquesta Harlow en el mapa.

END: Vayamos un poquito más atrás. Cuénteme de su niñez, de cómo lo impactaron las influencias musicales que recibió de sus papás mientras asimilaba los ritmos, entonces novedosos, que sonaban entre la comunidad latina de Nueva York.

LH: Mi mamá tocaba el piano y cantaba música clásica. Mi papá cantaba en muchas lenguas, pero no sabía español. Cantaba fonéticamente (ríe, como lo hizo al responder casi todas las preguntas). Él cantaba música continental. Trabajaba en un lugar muy famoso en Nueva York, que se llama Tavern on the Green, en el medio de Central Park. Cantaba en español, italiano, inglés, francés también.

Estudié música en una escuela bien famosa en Nueva York (High School Music and Art, en Manhattan). Mi escuela era en el medio del barrio latino, en el medio del Harlem hispano. Había muchos músicos muy buenos allí. Pero la influencia mía era mi padre porque mi padre cantaba “El compadre Pedro Juan”, “Vacilón, que rico vacilón”, números alegres y bien fáciles, y de Miami Beach rumba, pero cantaba en español.

En el medio de este vecindario (había muchas tiendas de discos y bodegas con bocinas en las que sonaba la música popular de aquel momento: Machito, Tito Puente, Noro Morales, Joe Valle y su orquesta, y yo escuchaba esa música. Me fascinó ese ritmo caliente, y dije: “lo quiero aprender”.

END: ¿Y cómo comenzó a experimentar con estos ritmos?

LH: Había allí un negrito americano que se llamaba Hugo Dickens, que tenía una orquesta grande. Él necesitaba un pianista, y me preguntó “¿tú lees música”. Yo le dije que sí, y me dijo que pasara por el primer ensayo. La música que tocaban era música cubana, números viejos, como el “Mambo #1” , “Mambo #5” (tararea la melodía). Yo en la música leo que decía “tu chin, tun tun, chin tun tun” (marca el ritmo del piano), y el jefe de la orquesta me dice: “oye, tú tocas mal; no conoces la clave, no conoces el guajeo del piano”. Me puse muy triste.

Entonces me fui para una tienda y compro muchos discos y me aprendí de memoria un solo de Noro Morales, un solo de Xavier Cugat, de Javier Curbelo, de otros pianistas como yo y me aparecí en los ensayos y yo los maté con esos solos. Me aceptaron en la orquesta. Empecé con ese grupo de afroamericanos.

END: Eso fue para 1955. Pero un año después usted viajó a Cuba y pudo tener una perspectiva más amplia de todos esos ritmos que lo habían fascinado.

LH: Tenía 17 años cuando fui a La Habana. Fue como descubrir el paraíso. Ya me había enamorado del cha cha chá, del mambó, y en Cuba, antes de Fidel había música en todas las esquinas, en cada restaurante, en cada club nocturno, en la radio sonaba todos los días, en la televisión también. Esa música afrocubana me encantó. Yo estuve en Cuba 10 días, regresé a Nueva York, y después de graduarme de la escuela, me fui a Cuba a la universidad durante un año y medio. Cuando entró Fidel en el gobierno, me fui a Miami. Pero aprendí mucho allá porque los músicos allá son lo máximo.

END: ¿Mucha gente dice que los “gringos” no tienen ritmo, y usted además ser uno de los pioneros en la salsa, aprendió a bailarla?

LH: Fue muy fácil para mí porque yo tengo el ritmo en mi corazón. Yo tenía un amigo que me enseñó la clave. Eso fue bien importante porque toda la música está en clave, los instrumentos están en clave, el baile está en clave. Por eso era muy importante para mí también aprender los ritmos africanos porque África tenía la clave.

No hay música mejor que la latina por el ritmo. Tú no te puedes sentar, tienes que pararte a bailar. En el principal salón de baile latino en Nueva York, el Palladium, si tú no sabías bailar, no tenías las mujeres. Yo aprendí a bailar primero y también a hablar español. Lo estudié en la escuela superior, no fue mucho, pero aprendí algo. Fue un año bello, aprendí mucho, tuve una novia hispana y poco a poco me fui metiendo en el mundo latino. Esa ha sido mi vida. Yo quiero esto por sobre todo.

END: Al volver a Nueva York, después de trabajar con otros grupos, decide organizar su Orquesta Harlow, y poco tiempo después el empresario Jerry Masucci lo firmó en Fania. Ustedes son los ídolos no solo de una generación, sino de quienes han seguido sus pasos en la salsa. ¿Tenían idea entonces del impacto que causarían y de que estaban construyendo una historia nueva en la música?

LH: No, al principio no. Nosotros empezamos cada uno con nuestros proyectos musicales para divertirnos. Cuando se nos comienzan a abrir las puertas de países extranjeros y vamos a Japón, África, Tokio, todos los países en Europa y también Suramérica es que nosotros empezamos a darnos cuenta de que éramos como los Beatles latinos. Tampoco ganábamos mucho dinero en esa época, pero era un vacilón. Fue una experiencia musicalmente inolvidable. I can’t never forget los tiempos buenos con mis compadres.

END: ¿Y con tanto genio musical en un mismo escenario, cómo manejaban los egos?

LH: (Ríe) No era fácil. Había muchos egos en el grupo, pero esas noches son inolvidables. Todo el mundo quería tocar; era una familia de músicos, todos tocaban muy bien. Además, yo era el único gringo en el grupo, así que eso causaba mucha envidia también. Johnny Pacheco era un catalizador de todos esos egos para que todo lo que se trabajara resultara tan bonito y original. No fue fácil. Pero yo seguí con mi carrera, escribí mucha música, he sido productor de muchos artistas buenos, produje más de 300 discos para Fania. Y no he parado. Tengo 78 años ahora, seguí adelante con mi propio grupo, las Leyendas Latinas, trabajo a nivel mundial y soy muy feliz con mi vida.

END: Ismael Miranda fue uno de los vocalistas de su orquesta. Y usted mismo ha dicho que ha sido como un hijo y hasta como un matrimonio.

LH: Estuve en la primera boda de Ismael Miranda, jovencito, jovencito. Ese día se celebraba el primer Super Bowl y como no me lo quería perder, me traje un televisor para la iglesia. Cuando ganaron los New York Jets, en medio de la ceremonia, yo empecé a gritar de alegría en la iglesia. Así que yo tengo muchas experiencias con Ismael. Soy su fanático también.


END: ¿Cuál diría que fue la principal aportación de Ismael Miranda a su orquesta?

LH: Ismael le dio un aura de juventud a mi orquesta. Yo tenía 10 u 11 músicos en ese tiempo, todos bonitos, todos guapos. Cuando tú tienes todos estos hombres bonitos en tu orquesta, tienes 300 mujeres en la fila. Cuando tú tienes 300 mujeres en la fila, tienes mil hombres más. Así que en todos los sitios que tú tocaras iba a estar lleno, lleno, lleno. Además, Ismael siempre tuvo ese buen trato con la gente. Poco a poco, fue desarrollándose mejor, estudiando a muchos músicos cubanos. Tiene una trayectoria muy buena y ha sido mi amigo por más de 50 años.

END: Con Ismael tiene un junte en Puerto Rico en el Aniversario de la Salsa, el próximo 25 de junio. ¿Qué están preparando para ese día?

LH: Yo fui íntimo amigo de Cheo Feliciano por muchos años y le quiero dedicar este concierto a él. Ismael y yo queremos hacer los temas “Abran paso”, “Arsenio” , “Señor sereno” , todos los éxitos nuestros. Esa combinación con Ismael fue muy rica. Yo tengo una trayectoria muy grande con Ismael, con Junior González, con Néstor Sánchez. Uf, yo tengo suerte.

END: Otro puertorriqueño a quien usted quiso mucho fue al cuatrista Yomo Toro. ¿Cómo lo recuerda?

LH: Yomo Toro (hace una pausa). Me encantaba Yomo. Me encanta el cuatro puertorriqueño, el sonido. Me encanta (yo canto) la música típica también. Para mí, Yomo era único. Fue un íntimo amigo. Es muy triste, muy triste (que haya fallecido). I miss Yomo so much.

END: Son muchos los amigos de esos tiempos que ya no están. ¿Cómo ha manejado esas pérdidas?

LH: No muy bien. Los extraño a todos porque me encantaba tocar con ellos, y músicos de esa categoría la humanidad no va a volver a ver.

END: Un aspecto suyo que llama la atención es el hecho de que habiendo sido criado bajo las costumbres judías, haya entrado en la religión yoruba. ¿Qué encontró en esa religión y cómo su familia lo tomó?

LH: Yo era un judío en un mundo latino. Necesitaba un poquito de protección en este negocio. Ismael (Miranda) me presentó a mis primeros padrinos en Puerto Rico, un cubano que vivía en Puerto Rico para 1971. Me hice el santo; tengo más de 44 años como hijo de Oshún. Tengo mis ahijados también y ofrendo muchos ritos de santería porque para mí la santería trabaja más fuerte que la religión judía. Eso resultó para mí porque cuando estaba con los gigantes de la salsa, necesitaba la protección de los padrinos míos.

Mi papá y mi mamá eran judíos, pero eran unos hippies un poquito progresivos. No hubo problemas por eso. Mi hermano Andy, que vive en Miami, se hizo el santo también.


END: Vayamos al presente y futuro de la salsa. ¿Cómo ve el género?

LH: La salsa es salsa, eso no va a cambiar. Hay dos o tres jóvenes muy buenos, pero necesitan tener más conciertos, hacer más discos, más radio, más televisión.

END: Pero son muy pocos los salseros de las últimas generaciones que están teniendo un éxito como el que tenían ustedes.

LH: Hay muchas razones para eso: la radio, el negocio de discos, la forma de promocionar, el costo de hacer un disco, todo eso cambió; la calidad de los discos de ahora, también. Mira, cuando yo grabo, yo grabo con $75,000 para un disco, con 25 músicos y máquinas nuevas y todo eso. Ahora todo el mundo trabaja con una consola digital en casa. Posiblemente se inventen una cosa nueva en los próximos años y nadie sabe lo que pueda pasar.

END: Usted ha dicho que no le gusta el reguetón. ¿Tampoco aprueba las fusiones entre ese género y la salsa o considera que es una forma de hacerla evolucionar?

LH: No soy fanático del reguetón, hip hop o esos géneros. Yo soy salsero, puro salsero y a mí me gusta bailar y vacilar con la salsa pura. Me gusta Calle 13, hay muchas estrellas excelentes. Pero yo prefiero trabajar con un Adalberto (Santiago), Gilberto (Santa Rosa), Cheo Feliciano, Roberto Roena, yo soy “old school”. La salsa es una cosa pura y creo que debe quedarse de esa forma. Le tengo mucho respeto a la gente creativa que se pasan inventando cosas nuevas todo el tiempo. Por mí, que sigan adelante. La música buena es música buena, y la música mierda es música mierda.
20 jun. 2017 0 comentarios

El Museo de New York cuenta la historia de la salsa en "La Gran Manzana"




Fuente: Agencia EFE, New York

El Museo de la Ciudad de Nueva York inauguró el pasado martes 13 "Ritmo y poder: salsa en Nueva York", su primera exhibición sobre la historia de este género musical que nació en los barrios latinos de la Gran Manzana, en medio del activismo social y político de los sesenta, y se convirtió en un fenómeno mundial.

Fotos de músicos y bailarines, documentos audiovisuales, libros e instrumentos de reconocidos artistas presentan la salsa como un movimiento social que dio voz a comunidades latinas, en su mayoría puertorriqueñas y cubanas, que desarrollaron el género y lo llevaron de las calles a los clubes de Nueva York y al mundo.

"La salsa no es solo sobre la inmigración o los pobres. Es alegría, es orgullo latino, es ritmo y poder. Cuenta otras historias que no vemos en la televisión", dijo a Efe el comisario Derrick León Washington.

"Ritmo y poder: salsa en Nueva York", que se exhibirá hasta el 26 de noviembre, va acompañada de charlas y otros eventos que exploran además el papel de las discográficas que elevaron este creciente movimiento hacia una empresa multifacética muy lucrativa.

El comisario explicó que el ritmo "es el poder de la música, el de los cuerpos, el poder es la comunidad unida, nuestro idioma, el activismo del Partido de los Young Lords".


Nacido en Chicago a finales de los 60, este partido integrado por puertorriqueños se movió a Nueva York, donde lucharon por una mejores condiciones en educación, vivienda, trabajos y salarios.

"Poder es cuando la comunidad gritó por sus derechos humanos, pero la música con sus trompetas y trombones también fue muy poderosa, y una industria que dejó mucho dinero", agregó León, quien recordó que los Young Lords promocionaban sus eventos con el pianista Eddie Palmieri y el percusionista Ray Barretto.

La exhibición destaca que en la década de 1970, la creatividad se topó con negocios, medios de comunicación y discográficas lideradas por la Fania Records, que popularizó el nombre "salsa" como un término generalizado para cubrir varios géneros musicales relacionados pero a la vez muy distintos.


Destaca además que "con su inteligencia callejera", Fania Records propulsó a la fama a sus talentosos músicos basados en Nueva York, con campañas publicitarias dirigidas por los fundadores de la discográfica, el abogado Jerry Masucci y el músico Johnny Pacheco.

Ralph Mercado, un prolífico promotor, ayudó a difundir "el evangelio de la salsa", y los creativos diseños de las carátulas de Izzy Sanabria reflejaron la sensibilidadcultural cambiante de aquellos tiempos.

La exhibición está dividida por temas, comenzando por la época del mambo en el famoso y ya desaparecido salón de baile Palladium (1940-1960). También está la sección dedicada a la "salsa y activismo: la voz de la gente" que, a través de fotos y vídeo, acerca al público las luchas por derechos de los sesenta.

Recuerda también el "inquebrantable" comentario social en sus composiciones del músico y cantante Willie Colón, las propuestas de Ray Barretto a grupos de activistas y las "elocuentes" críticas de Rubén Blades sobre las injusticias en las Américas.

Una sección dedicada al baile homenajea a Eddie Torres, uno de los que marcó el estilo de la salsa neoyorquina, y otra repasa el papel de la salsa como fuente de ingresos económicos para los dueños de los clubes y las discográficas.

El público, que hace el recorrido mientras escucha a los artistas de la Fania u otras estrellas del género, también encontrará en la exhibición tesoros del género musical.

Entre ellos destacan timbales, zapatos y chaquetas que pertenecieron a Tito Puente; un vestido y zapatos de Celia Cruz, la "reina de la salsa"; el primer Grammy por el mejor disco que ganó Eddie Palmieri en 1975 por "The Sun of Latin Music" o el trombón de Jimmy Bosch.

Los zapatos que utilizó Celia Cruz en el show "Celia And Friends" de PBS TV año 2000


‘Rhythm & Power’: A Little Bling, a Little Politics, a Lot of Salsa
By JON PARELES, The New York Times

Music and dance are inseparable — as they should be — at “Rhythm & Power: Salsa in New York,” the exhibition that opened this week at the Museum of the City of New York. It is the museum’s first fully bilingual exhibition.

“Rhythm & Power” celebrates the Latin music that was forged in New York City from diverse Caribbean, Pan-American, African and European styles, and savvily marketed under the catchall term salsa. Musicians initially disliked the word; they preferred more specific designations like rumba or bolero. But using “salsa” could “put everything under one roof,” said the Dominican musician Johnny Pacheco, who was the chief executive and creative director of Fania Records, which popularized the term. Calling the music salsa blurred specific national origins, drawing a broader audience in the New York City melting pot.

Salsa in its heyday — from the 1960s into the 1980s — was simultaneously an outlet for immigrant traditions, an experiment, an evolving art form, a cultural bulwark, a commercial product and, at its most idealistic, a voice for social change. It was also purposefully irresistible dance music: movement for a movement. “Rhythm & Power” touches on all of those roles.

Like so much art of the African diaspora, salsa is made not for typical museum-style contemplation, but for motion and participation. Entering the compact but copious exhibition, visitors are greeted by a video projection displaying dance steps, perhaps to carry them through the rest of the show, which has salsa playing unobtrusively through speakers. Around the room, artifacts from musicians — instruments, album covers, stage wear, sheet music — are displayed, pointedly, alongside photographs of dancing audiences and memorabilia from dancers.

Salsa was never short on bling. The exhibition includes Celia Cruz’s gold platform shoes, Marc Anthony’s microphone stand (with a big silvery crucifix built in) and Tito Puente’s red sequined tailcoat and his multicolored timbales, looking like psychedelic stained-glass windows. Other objects commemorate salsa milestones, like Eddie Palmieri’s Grammy Award for “The Sun of Latin Music,” the album that inaugurated the Grammy category for Latin music in 1975, and a 1973 poster for an all-star Carnegie Hall performance of Larry Harlow’s “Hommy,” salsa’s answer to the Who’s “Tommy.”

Shoes from Eddie Torres, who danced with Puente’s band before systematizing his knowledge and becoming a leading Latin dance instructor, have his name embroidered into their soft leather sides and holes worn into them, one syncopated step at a time. An instructional 1990s videocassette from Mr. Torres plays on a screen and through headphones, detailing steps and hip twists. Elsewhere in the exhibition, the music is analyzed, too, in an interactive video display by Stephen C. Phillips that lets visitors hear and combine the components of a Latin percussion section.

Underfoot in the exhibition’s main room is a gallery-length map of salsa’s global sources, traced back to rhythms and dances from Cuba, Puerto Rico, Spain, Togo and Ghana, and connected to the jazz and R&B that would give salsa its New York City brawniness. Like the exhibition, it packs broad historical ambition into its limited space.

The show concentrates on salsa’s past and on its New York City home turf; the music’s worldwide repercussions are beyond its scope. “Rhythm & Power” glances back to salsa’s New York City predecessor: the mambo craze of the 1950s, driven by an influx of Afro-Cuban musicians and ideas in the years before the embargo on Cuba. Salsa’s emergence was catalyzed by new migration — primarily the surge of Puerto Ricans to New York in the 1950s — and by the ferment of the 1960s, as well as by the cross-cultural encounters with neighbors that New York City makes inevitable.

For a shining moment, during the 1960s and the 1970s, salsa songs addressed all that their primary listeners faced: discrimination, inequality, crime. (R&B songwriters like Marvin Gaye, Stevie Wonder, Sly Stone and Curtis Mayfield were making similar choices.) A wall of the exhibition is devoted to salsa in the early 1970s, when songwriters moved far beyond love ballads and party tunes. Musicians like Willie Colón, Rubén Blades and Ray Barretto linked their music to Latin pride and Latin struggles, both in the United States and across the Americas.

The exhibition includes the album cover of “The Big Break — La Gran Fuga,” a 1970 album by Mr. Colón, a bandleader whose songs have reached into politics for decades, with the singer Hector Lavoe. Mocking stereotypes, it’s a parody of an F.B.I. wanted poster, warning that “Willie Colón and Hector Lavoe have been known to kill people without provocation with their exciting rhythm.”

Although Mr. Colón, Mr. Blades and others have persisted with politically aware songwriting, in recent years hip-hop and reggaeton have largely seized the mantle of urban realism. Salsa has survived commercially as Latin pop: in the form of love songs called salsa romántica. But, as the exhibition shows with its images of mass salsa gatherings in the 21st century, people are still dancing to it.

Wisely, “Rhythm & Power” reaches beyond the museum. Free concerts presented with SummerStage will feature music by the longtime salsa performers Joe Bataan (July 21 at Thompson Park in Staten Island), Frankie Negrón (July 29 at St. Mary’s Park in the Bronx) and Andy Montañez (Aug. 11 at East River Park in Manhattan), with dance workshops before each show.

Rhythm & Power: Salsa in New York
Through Nov. 26 at the Museum of the City of New York, Manhattan; mcny.org.
19 jun. 2017 0 comentarios

Ismael Miranda goza su cosecha



Fuente: Primera Hora, Puerto Rico. Por: Rosalina Marrero-Rodríguez

Caguas. Hay un solo lugar en el mundo –y ha visitado muchos países junto a las Estrellas de Fania y como solista- donde Ismael Miranda es plenamente feliz: en su patria, Puerto Rico.

Dos momentos, en sus 67 años de vida, que dan muestra de su amor por esta tierra caribeña los tiene frescos en su memoria e indudablemente en su corazón. Su voz cambia y hasta se le corta cuando los recuerda.

El primero lo remonta a su infancia. Tenía cuatro años cuando sus padres tomaron la decisión de dejar su casita en Aguada para probar suerte en la ciudad de Nueva York. Fue una “primera vez” para muchos cambios en la vida del conocido “Niño bonito”.

“Cuando a mí me sacaron de aquí, eso fue como arrancarme tres cuartas partes de mi corazón, porque yo vivía en Aguada, en una casita de madera y allí teníamos un palo de pana, uno de mangó, había una quebradita al lado de mi casa, mi abuelo tenía un caballo negro brutal, yo vivía en ese ambiente. Vivía descalzo, con mi pantaloncito cortito, mi camisetita, ese era mi estilo de vida”, recordó desde su escritorio en la oficina que aún decora con fotografías, premios y honores recibidos en su excelsa carrera.
“Me llevaron a un lugar en Long Island, y la gente era bien buena, y me comencé a sentir más cómodo, pero en la noche tuvimos que ir a un sótano a dormir y por la mañana -que eso a mí nunca se me va a olvidar-, me trepé en un banquito y cuando miré por la ventana, todo estaba blanco y los palos estaban secos. A mí eso jamás se me va a olvidar, y desde ese momento empecé a extrañar a Puerto Rico”, compartió con la voz quebrada.

Desde entonces regresaba a la Isla todas las navidades y veranos, y a partir de los ocho años, cuando comenzó a trabajar limpiando zapatos, aportaba económicamente para su viaje. “Así de heavy es el amor que le tengo a mi patria”.

La otra memoria lo ubica convertido en una de las Estrellas de Fania. Estaba viviendo toda la vorágine de la fama, desde lo positivo hasta lo no tan positivo. Fue un cambio de vida tan abrupto, tan dramático, que todavía reconoce que no lo podía manejar.
“Yo no tenía escuela, un octavo grado. Me crié en un barrio que era, si tú me pegas, yo te pego para atrás, y cuando me veo con tanto artista en ese grupo, digo: ‘Wow’. Pero cuando uno es joven, y está rodeado del dinero, de la fama, de todo el glamour, de todo lo que pasa cuando uno es un artista que está bien arriba, pues todas esas cosas me pasaron a mí. Lo único malo de todo eso era que yo no tenía cabeza. No podía bregar con eso. El principio para mí fue bien difícil, porque me dejaba llevar por otros compañeros que no estaban donde estaba yo y me arrastraban para todas partes y yo me iba”, rememoró el artista, a quien este domingo se le dedicada el Aniversario de la Salsa, de Salsoul, en el estadio Paquito Montaner en Ponce.


Era el año 1972 e Ismael había contraído matrimonio por primera vez, y veía la obligación de cambiar, pero la ilusión la sembró en su mente Aníbal Vázquez, un bailarín, tío de Roberto Roena.
Se encontró con este señor después del éxito del concierto de La Fania en el icónico Yankee Stadium en Nueva York.

“‘Ismael, tú estás tan pegao en Puerto Rico. En Nueva York estás aguantando frío. Nunca te vas a ganar lo que te ganarías en Puerto Rico’”, fueron las palabras que marcaron otra etapa.
En el mismo 1973, acabando de estrenar una casa familiar que le regaló Jerry Masucci -uno de los gestores de Fania-, le pidió a su esposa que le preparara una maleta con dos o tres cambios de ropa para viajar a la Isla. “Estuve tres años sin salir de Puerto Rico. Me llamaba Jerry Masucci para ir a Cuba, a Venezuela con Las Estrellas de Fania, y yo de aquí no voy a salir, le decía. Esos fueron los años fuertes. Ahí grabé En fa menor, Este es Ismael Miranda, hasta el 80, que hice No me digas que es muy tarde ya. Estuve un montón de años que no paraba. Yo no sé cómo yo balanceaba, yo lo que sé es que me lo disfruté. Nacieron mis hijos, empezamos a disfrutar y fue una cosa bien bonita, y déjame decirte que todavía no se me ha quita’o. Yo no me voy de aquí. Yo salgo de aquí cuando el Señor me venga a buscar”, afirmó el padre de cinco hijos, abuelo de 12 nietos y bisabuelo de dos biznietos.

- ¿Visualizó que tendría una carrera tan extensa?
- Para empezar yo le había hecho una promesa a mi mamá, porque a mí me botaron de la escuela a los 15 años, y a mí no me gustaba la escuela. Le pedí que me diera un año para tratar convertirme en cantante, en artista, o en un músico (percusionista), porque eso era lo que yo quería y ella a regañadientes me dijo que sí porque ya me habían botado de la escuela. Pero a los cinco meses, yo estaba cantando en un lugar con el hermano de Larry Harlow, Andy Harlow, y vino un señor y me abordó: ‘Eres un muchacho joven, hoy en día está pasando esto en la música y hay un lugar donde te puedo poner para que empieces a convertirte en un profesional’, y grabé mi primer disco con Joey Pastrana.

Los padres estaban en la faena de hacer pasteles cuando él los sorprendió con su álbum debut, Let's Ball (1967).

“Le digo: ‘Yo no sé quién canta ahí’. ‘Pues déjame ver la carátula’, porque él era un fanático de la música, y cuando miró la parte de atrás, ahí estaba yo y ese hombre ha pegado un grito y empezó a decir: ‘Mira Ana, mira a Junior, mira a Junior’. Y mi mamá: ‘Pero qué es esto’. Y yo: ‘Mami, yo te dije a ti que me dieras un año, pero Dios me puso ahí en cuatro meses’ (ríe). Le dije de hoy en adelante el mundo es mío”.

Y lo ha sido. A Larry Harlow le agradece las enseñanzas, el haberlo convertido en una voz privilegiada para la música afroantillana. Igualmente vive agradecido de Jerry Masucci, de Johnny Pacheco, y de sus amigos dentro de lo que popularmente se llama salsa.

“En mis comienzos me relacioné mucho con Héctor; Héctor y yo éramos hermanos e íbamos a los bailes juntos, salíamos de los bailes y nos íbamos a pasear por todo Nueva York, a divertirnos. Luego cuando me mudé a Puerto Rico tuve oportunidad de compartir con Santitos Colón que se convirtió en mi compadre, y Cheo (Feliciano), que toda la vida estuvo a mi lado. A Pacheco no lo puedo dejar afuera porque fue uno de mis mentores. Tuve otros amigos como Ismael Rivera, que tuve oportunidad de conocerlo y estar con él muchas veces. Ismael y yo éramos grandes amigos”, relató, a veces recurriendo a un documento donde tiene detallada toda su discografía.

Lo próximo que aparecerá allí es una recopilación de éxitos, grabada para cedé y devedé, en un club en Medellín, Colombia. Será el proyecto de celebración de sus cinco décadas de trayectoria y estará disponible en agosto.

- ¿Le golpeó duro la muerte de Héctor Lavoe?
- Todos los problemas que tuvo Héctor Lavoe fueron duros porque siempre Puchi me llamaba para que de una manera u otra la ayudara. Puchi fue mi hermana y fue amiga mía desde niña, íbamos a la escuela juntos y estábamos en la misma clase. Héctor era mi hermano, yo tuve que despedir el duelo. Eso a mí me dio duro. Héctor era para todavía estar aquí cantando, con el talento que tenía, lo que pasa es que le pasó lo que me pasó a mí cuando comencé, no pudo separarse de ciertas personas. Yo pude parar, pero para poder hacer eso, tuve que venir para acá.

Hace 23 años que Ismael vive en una área de campo de la ciudad criolla. Posee una finca de más de 10 cuerdas de terreno, donde además de su hogar, tiene espacio para darse gusto con sus otras dos pasiones: la siembra y los caballos.

Tiene árboles frutales, medicinales, otros ornamentales. Su fascinación por los equinos se aprecia desde el portón de entrada donde dos bustos de caballos dan la bienvenida.


La Niña Bonita, La Guarachera y El Profeta del Rey son tres de los caballos y yeguas de paso fino que ocupan el establo que mantiene en su finca. Tan pronto se acercó a uno de ellos parecía estar jugando como niño con juguete nuevo. Su amor por estos animales lo heredó de uno de sus abuelos.
 “Me gozo aquí con mis caballos, aquí en la finca sembrando, comiendo de lo que siembro y pasándola bien en este cantito. Yo no necesito más nada”, comentó observando y cortando hojas para respirar el aroma.

La aceptación del Señor fue otro aparte en la vida de este amante del buen vestir.

El ritmo, desde entonces, cambió. “Yo siempre pongo a Dios por delante. Desde que lo conocí, él es primero, segundo, tercero, yo cuento con él para todo”, afirmó el esposo de Janice Batlle, con quien colabora en su ministerio.

Ismael se proyecta en el escenario hasta que Dios también lo quiera. Lo que sí ha decidido es dedicarse más tiempo a sí mismo y a su familia.

“En la música me ha ido bien, no puedo quejarme. Como en todo, algunas veces trabajo mucho, otras veces se trabaja poco, pero como quiera, me ha ido bien. No me puedo quejar. Así que ahora que tengo 67 años, me toca organizar el resto de lo que me queda, y en eso estamos”, concluyó.
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Omara Portuondo viene a Lima



Fuente: La República, Perú. Por: Renzo Gómez

Tesoro de la música cubana, novia del feeling y diva del mítico Buena Vista Social Club, Omara Portuondo conversó con Domingo sobre su concierto en Lima el 15 de julio. Su principal certeza camino a los noventa: “hacer lo que a una le provoque”. En su caso, musicalizar la vida.
   
Omara Portuondo no habla, susurra.

En el privilegiado reino de las voces cubanas, el sonido que brota de su garganta dista del huracán Celia Cruz, el volcán Olga Guillot o los gemidos de La Lupe.

La voz de Omara toca, revuelve y agrieta como ellas, pero acaricia. Es una brisa que inquieta.

Bésame, bésame mucho
como si fuera esta noche
la última vez...

Canta Omara desde La Habana, dejando en claro que los siguientes quince minutos no serán una entrevista sino más bien una conversación cantada.

Este lunes nublado no puede ser más cálido. Pregunta Omara por el clima con insistencia. Lima le suena a Chabuca Granda y a cielos que no lloran. Pero no mucho más.

Los recuerdos se enredan en un cuerpo de 86 años que sube y baja de aviones como si se tratara de autobuses.

La cubana nos visitó en febrero de 1972 en el Festival de la Canción de Agua Dulce. Constancia de ello es 'Cuento para un niño', tema que grabara para un elepé del evento junto a Los compadres, Isabel Parra y Perú Negro.

Omara no era Omara por aquellos días, aunque ya había sido bailarina de Tropicana, 'Mulata de fuego', corista de Nat King Cole y una de las voces del Cuarteto D'Aida.

El bloqueo de la isla ocultó brillantes. Y Omara, castrista miliciana, fue uno de ellos.

Resonó en las orejas del mundo cerca a los setenta, 25 años después, cuando un productor 'gringo' (Ry Cooder) grabó un álbum inspirado en un viejo club social de La Habana.

A diferencia del vocalista Ibrahim Ferrer que lustraba zapatos, o Rubén González, un pianista que sufría de artrosis y luego de Alzheimer, Omara Portuondo no salió del retiro.

La anécdota cuenta –sin una pizca de aderezo– que Omara se encontraba grabando un disco, cuando en el mismo estudio del EGREM coincidió con Compay Segundo y su séquito.

La casualidad hizo su parte: le pidieron que entonara 'Veinte años', el bolero con el que sus padres –un santiaguero hijo de esclava y una habanera hija de españoles– pronosticaron su gloria musical en su niñez.

Omara tocó fibras con su susurro, y comenzó el inusual tour de la fama en la curva descendente de la vida.

El mes pasado se cumplió el primer año del adiós definitivo de Buena Vista Social Club. Un adiós que tardó tres años, y cruzó continentes.

El tiempo y el espacio de nosotros muchas veces lo dictan quienes no cantan en los discos. Lo que nosotros deseamos pasa a un segundo plano. Eso fue lindo. Ojalá siga divirtiéndole al planeta entero.


- Si hubiera sido por usted, ¿habría continuado?
- Por supuesto.

- Hace unas semanas, precisamente, se estrenó la secuela de 'Buena Vista Social Club'. ¿Ya fue a verla?
- ¿Ah, sí? Ni enterada. Eso le corresponde a los señores que por esa vía ganan un dinero que no nos llega a nosotros. Pero descuide: si me llega algo le aviso.

Ocurrente incluso en el reclamo. Así es Omara. Si alguna pregunta le incomoda, le sobreviene una pícara sordera o, en todo caso, hace gala de su cubanía.

- ¿En dónde se siente tan cómoda y libre como en un escenario?
- Ahora mismo que estoy recostada en mi cama (risas).

- ¿Es cierto que vive sola?
- ¿Usted no querrá acompañarme? (risas).

Solo queda reír del otro lado.

Lo que le queda por vivir
Compay Segundo acostumbraba bromear con el secreto de su longevidad. Fallecido a los 95 años en el 2003, el intérprete de 'Chan Chan' decía que su truco consistía en comer la mitad de su almuerzo para conservar las ganas de completar su ración al día siguiente. El discurso se repetía con una variante: ron o mujeres por comida.

Omara tiene su teoría.

- Hacer lo que a una le provoque. Mi mayor ejercicio es viajar y seguir cantando. La música es como el amor: si sale bien, adelante. Si sale mal, pa' fuera. Pa' la calle. Historia.

- ¿Qué le provoca ahora?
- Estar con ustedes y cantarles.

Provocadora y vital, Omara. Su calendario es el de una treintañera en apogeo.
Acaba de estrenar duetos con Julio Iglesias en su última producción México & Amigos y con Natalia Lafourcade en Musa. La versión de 'Tú me acostumbraste' con la mexicana estremece.
Estremece tanto que Lafourcade la besa, primero, en el cachete y luego en la frente al final del videoclip.

En mayo una fundación mexicana le entregó un Doctor Honoris Causa. En abril la nombraron hija ilustre de Holguín y, además, participó en la sexta edición del Día Mundial del Jazz, acompañada del virtuosismo del pianista 'Chucho' Valdés.


Hace dos años, 'Onur' (Halit Ergenc), el pelado galán de las telenovelas turcas, bailó 'Candela' con Omara durante un show, en clara demostración de entusiasmo.
El año pasado se marchó de gira con Diego el Cigala. Hace una semana llenó un festival en la Gran Canaria. En estos días calibra los últimos ajustes de Omara siempre, su producción más reciente.

Dependerá del público. La música no se impone. Ella sola camina y revolotea. Es una cosa que corresponde a la naturaleza.

- ¿Qué le resulta tan fatal como no cantar?
- No me hables de eso, por favor. La música es en mí cielo, tierra, mar y sol... alegría y razón (canta).

- ¿Se siente ya una inmortal?
- Me siento una niñita (risas). Quizá yo tenga esa dicha de que la gente me recuerde cuando pasen los años. Adonde voy se emocionan con 'Bésame mucho' y 'Guantanamera'.

- ¿Qué pendientes le tiene la vida todavía?
- Nunca aprendí a tocar piano. Tampoco a pintar. Pero soy muy feliz con lo que me tocó. Nunca me ha faltado el amor ni la música. El arroz con leche más sabroso (risas).

Desde una torre de El Vedado frente al malecón y un mar turquesa, Omara Portuondo rememora los años duros de la infancia. Las galletas con agua y azúcar prieta que le fiaba el bodeguero, la ropa remendada, el piano que no llegó en ninguna Navidad.

- ¿A quién ve cuando se mira en el espejo, Omara?
- A mis paños (turbantes). Soy todo colores, como mi hermoso país.

El susurro se aleja. Nos visitará en un mes. A disfrutar lo que nos quede por vivir.
28 may. 2017 0 comentarios

El Gran Combo celebra sus 55 años por todo lo alto



Fuente: Fundación Nacional para la Cultura Popular. Por: Jaime Torres Torres

Nunca se bailó en el Choliseo como anoche, durante la celebración del concierto “This is it!” (“Eso es todo”) de El Gran Combo de Puerto Rico.

El título de la producción de José Rafael Dueño y Rafo Muñiz quizás entraña el entrelínea de una despedida… Y aunque don Rafael Ithier tendría 95 años cuando corresponda celebrar el 60 aniversario de El Gran Combo, lo relevante es el impacto del espectáculo que movilizó a la entusiasta grey que abarrotó el Coliseo de Puerto Rico José Miguel Agrelot.

Fanaticada que, dejando a un lado la lucha de clases y las discrepancias ideológicas que polarizan a sectores de la sociedad, durante poco más de tres horas tarareó y bailó los éxitos de la legendaria orquesta conocida como la Universidad de la Salsa.

Anoche, a pesar del alto volumen y las dificultades en la mezcla de algunos de instrumentos, El Gran Combo dictó cátedra de lo que es tocar sabroso para el bailador.

La producción, simple y llanamente, fue espectacular. Los adelantos digitales en la tecnología de iluminación fueron capitalizados al máximo.

Los recursos audiovisuales también. Los testimonios de los músicos; la analogía de la popularidad y longevidad de El Gran Combo con la conquista del Universo; los dibujos animados inspirados con humor en su experiencia en una gira internacional; las coreografías de Tito Ortos y el desfile de animadores invitados, como la ex estrella de las Grandes Ligas, Carlos Delgado; el veterano locutor Alfred D. Herger; el ex campeón mundial de boxeo Félix ‘Tito” Trinidad, la ex Miss Universo, Denisse Quiñones; el productor Luisito Vigoreaux y el ex Menudo, Johnny Lozada, impartieron dinamismo e ingenio a una producción que descansó en un libreto articulado e hilvanado con coherencia, cuyo objetivo fue resaltar la brillante trayectoria de Los Mulatos del Sabor.

La participación de Gilbertito con Los Mulatos del Sabor marcó uno de los puntos culminantes del concierto


Musicalmente, el repertorio fue bastante parecido al del concierto del 40 aniversario, celebrado el 27 y 28 de abril en el Coliseo Rubén Rodríguez de Bayamón. Entonces, la producción de Tony Mojena fue documentada en un compacto doble que, 15 años después, es considerado uno de los clásicos discográficos de la salsa en vivo.

En “This is it!” fue evidente que El Gran Combo es Pueblo. Ithier y Los Mulatos del Sabor lograron lo que no ha sido posible para los políticos: unir a un país polarizado en una de sus peores encrucijadas sociopolíticas de su historia reciente.

El Gran Combo, fenómeno producto de la exposición de su talento en la radio y la televisión de la década de 1960 y 1970, es la representación perfecta de la personalidad afrocaribeña. Es alegría, fatiga, lucha y optimismo. Pero también es eco de contradicciones y convencionalismos culturales, como el aspecto del machismo latente en canciones que promueven la intolerancia y violencia de género [“Se me fue” (“deja ese diablo por allá/que nunca regrese”) y “Así son” (“así son/así son las mujeres/así son/así son cuando se quieren”)].

Aunque se grabaron y en su momento se convirtieron en éxitos, necesariamente no se tienen que interpretar en tiempos en que se promueve el respeto a la mujer como ser, a quien se le deben garantizar los mismos derechos del hombre en una sociedad que aun es machista y patriarcal.

De hecho, el popurrí titulado “Medley a la mujer” es recordado como uno de los grandes aciertos del concierto del 40 aniversario de 2002 porque exalta al sexo femenino mediante las canciones “Nido de amor”, “Ámame”, “Mujer boricua”, “Compañera mía” y “La reina” [incluida anoche al final], interpretadas entonces por Jerry Rivas y Charlie Aponte, cuya ausencia de seguro no pocos sintieron anoche y no es de extrañar pues durante 42 años fue parte fundamental de la historia de cinco décadas y media celebradas anoche.

Mas, la verdad es que Jerry, Papo Rosario y el joven Anthony García se entregaron en cada interpretación. Jerry, aunque un poco afónico [y no es para menos porque el País lleva dos semanas cubierto por una nube de polvo del Sahara] improvisó a sus anchas en “Aniversario”, “Ojos chinos”, “Sube, nene, sube”; “La muerte” y “Ponme el alcoholado, Juana” que transportaron a muchos a la década de 1970, que incluso fue evocada con la participación de Roberto Roena en rutinas de baile.

Don Rafael Ithier toco los clásicos “Acángana”, “Julia” y “La loma del tamarindo”


Anthony, por su parte, es un gran improvisador y un cantante de un registro poderoso, pero en sus soneos aun le resta superar las repeticiones de la misma entonación y melodía. El soberano, sin embargo, validó su llegada a El Gran Combo con sus aplausos en “Acángana”, “Julia” y “La loma del tamarindo”, donde don Rafa tocó el piano, articulando la sonoridad distintiva de la orquesta que, desde que Willie Sotelo lo sustituye en las blancas y las negras y en la dirección en las presentaciones en vivo, se ha visto un tanto alterada.

Anoche Papo Rosario, el sustituto de Mike Ramos en las coreografías y coros de El Gran Combo, interpretó “Acángana” y “Carbonerito”.

India, uno de los artistas invitados, apareció junto a Jerry en “Guaguancó de El Gran Combo” y continuó con “Un verano en Nueva York”, en la que desplegó su inalcanzable registro durante la proyección de pietaje del Desfile Puertorriqueño que se dedicó a Los Mulatos, aunque en los soneos no fue muy coherente ni musical, salvando su intervención el novel Anthony García.

En el Choliseo nunca se bailó, repetimos, como anoche. Jerry, a pesar de los quebrantos en su voz, rindió al público a sus pies con “El menú”, “Y no hago más na” y “La fiesta de Pilito” del disco navideño “Nuestra música” de 1985.
Del nuevo cedé “Alunizando”, que justifica el concepto de la apertura, Jerry cantó “Mi Isla”, que en medio de la presente ola migratoria promueve permanecer en el País y trabajar por su reconstrucción, pero la respuesta del auditorio fue conservadora.

El concierto “This Is It!” alcanzó su punto culminante casi a la medianoche, cuando Gilbertito Santa Rosa entró a cantar “Goyito Sabater”, el clásico “Hojas blancas” de Roberto Angleró y “La clave”, deleitando a la concurrencia con su virtuosismo como improvisador.

El cierre con “Timbalero” y la descarga de Cuqui Santos con los juveniles David Antonio Rosado y Francisco ‘Wito’ Morales fue de ensueño.

Ojo: no se debe pasar la página de “This Is It!” Es un concierto que merece reposición en este u otro escenario, incluso digno de otros mercados.

En la historia de El Gran Combo; en el binomio de Pellín & Andy; en el de Charlie & Jerry; en la simpática humildad de Martín Quiñones; en la lealtad de La Bala y en el compromiso del trompetista Víctor “Cano” Rodríguez, fallecido recientemente, palpita el sentimiento de Puerto Rico.


Y en su repertorio, la crónica popular de cinco décadas y media de sabor que han trascendido a los cinco continentes y a prácticamente todas las latitudes del mundo. ¡Eso es todo!

Roberto Roena, invitado especial en la celebración


Fuente: El Nuevo Día, Puerto Rico. Por: Rafael Vega Curry

Una explosión de salsa en su expresión más pura, feliz y desbordante, a cargo de una orquesta que indudablemente se encuentra en uno de sus mejores momentos de su larga trayectoria, fue lo que ocurrió anoche en el concierto “This Is It”, con el que El Gran Combo de Puerto Rico celebró su 55 aniversario.

Si la expresión “This Is It” se traduce como “ahora es que es”, o algo así como “el momento de la verdad”, entonces hay que decir que El Gran Combo le hizo honor a ese título.

A lo largo de poco más de tres horas, enardeció al público reunido en el Coliseo de Puerto Rico José Miguel Agrelot con un tema memorable tras otro, enfocándose más bien en su repertorio clásico y no tanto en sus éxitos más recientes.

No faltó prácticamente nada de ese repertorio que, en muchas ocasiones, ha estado vinculado a momentos de la historia de Puerto Rico y que se ha vuelto histórico por sus propios méritos: “Acángana”, “Ojos chinos”, “El caballo pelotero”, “Julia”, “Vagabundo”, “Un verano en Nueva York”, “Don Goyo”, “El menú”, “Y no hago más na’”, “No hay cama pa’ tanta gente”, “Goyito Sabater”, “Las hojas blancas”, “La clave”, “La reina”… hablar de lo mejor que ha dado El Gran Combo es lo mismo que hablar de lo mejor que ha dado la salsa en toda su historia.


El Gran Combo celebra sus 55 años



Las sorpresas de la noche, curiosamente, no vinieron gracias a cantantes o músicos estrellas citados para la ocasión, sino por el agradable gesto de invitar a varios querendones del público puertorriqueño a presentar algunas de las canciones.

Los “presentadores sorpresa” fueron Alfred D. Herger, Carlos Delgado y Tito Trinidad –quienes arrancaron fuertes aplausos- el ex Menudo Johnny Lozada, Luisito Vigoreaux y Denisse Quiñones, ataviada en un deslumbrante vestido negro transparente.

Los dos cantantes invitados, La India y Gilberto Santa Rosa, deleitaron a los presentes en “Un verano en Nueva York” y “Guaguancó de El Gran Combo” (La India) y “Goyito Sabater”, “Las hojas blancas” y “La clave” (Santa Rosa, quien una vez más dio cátedra de buen soneo).

Por su parte, los cantantes del Combo demostraron que son piezas claves dentro de esta mítica formación. El relativamente recién llegado Anthony García se mostró perfectamente integrado a la orquesta.

Papo Rosario dio lo mejor de sí en “Carbonerito”. Y Jerry Rivas, el más veterano de los tres, tuvo una gran noche, con una combinación de soneos y dominio escénico que lo califican como uno de los grandes soneros de la salsa por derecho propio.

Uno de los rasgos que distinguen a las mejores orquestas, como El Gran Combo, es que suenan en vivo exactamente igual que en sus grabaciones –y en ocasiones hasta mejor.

Así sucedió en este concierto, por dos razones. La primera es que contó, en términos generales, con un buen sonido que permitía apreciar con bastante claridad el bajo y los instrumentos de percusión.

En segundo lugar, porque, para las presentaciones en vivo las orquestas de salsa suelen agregar una segunda “moña” o “mambo” (parte instrumental) que eleva aún más los niveles de excitación y alegría del oyente; puede decirse que en esos momentos es que las orquestas de salsa alcanzan su mayor esplendor. Esto se dio varias veces en el concierto, especialmente en “El caballo pelotero”, “El menú” y “La clave”.

La noche concluyó con una espectacular “Timbalero”, en la que no solo se lució Domingo “Cuqui” Santos, el timbalero del Combo, sino también otros dos jóvenes intérpretes del instrumento, quienes no fueron identificados pero que entregaron poderosas descargas, inicialmente en una tarima colocada en medio de la sección de Arena y luego en el escenario junto a Santos.

Fue una noche de memorable gozo salsero, que demostró una vez más que El Gran Combo es una propuesta única e irrepetible en el vasto panorama de la salsa.