8 ago. 2016

El día en que Jairo Varela nos secuestró




Fuente: El Tiempo, Colombia. Por: Giovanni Agudelo Mancera

El próximo 8 de agosto se cumplen 4 años de la muerte del Maestro Jairo Varela, por esta razón quiero republicar esta curiosa anécdota, que viví al lado de él, como un millón de otras más, y la cual recuerdo con nostalgia, pues con Niche Studios pasé los mejores años de mi vida. Esta historia hace parte de mi libro ‘Historias de Pacotilla’ que saldrá al público en abril del próximo año.

Era diciembre de 1991, en plena feria de Cali, cuando Jairo nos cerró con llave la puerta de Niche Studios, y con voz firme e imperativa nos dijo, “Óscar, Bruno y Giovanni, de acá no salen hasta que me entreguen el video terminado. Ahí hay comida, cerveza y Whisky de sobra”.

Se refería al video de la canción ‘Marihuana’ del grupo Niche, obra musical compuesta por Jairo Varela, como casi todas las canciones de este grupo, vetada en Colombia, pero de gran éxito en el exterior, sobre todo en México.

Yo trabajaba con el Maestro en Cali, en sus estudios de la calle quinta con treinta y nueve, en Imbanaco, como editor conceptual y creativo, y los actores Bruno Díaz y Óscar Borda fueron contratados para participar en el video.

El ‘Fercho’ Durango, como se conocía en ese entonces a Bruno, era el realizador del video y también actuaba como el ejecutivo de la historia que caía en la droga, Óscar Borda encarnaba al chofer, que inducía a su jefe a ese vicio, y yo me encargaba del montaje y de la dirección conceptual.

Estábamos colgados con la entrega del video y el maestro Varela nos puso este ultimátum, “El video lo debo mandar a México a más tardar el 31 así que me avisan cuando esté listo para venir a abrirles y puedan pasar el fin de año en su casa”.

La demora en el montaje final era porque no nos poníamos de acuerdo en el corte. Bruno pensaba una cosa, Óscar opinaba otra cosa, el maestro Varela otra cosa, y yo, por supuesto otra cosa.

Cuando el maestro cerró abruptamente la puerta, y nos dejó encerrados con llave, era 28 de diciembre en la noche, y pensamos en un principio que Varela nos hacía una inocentada, pero el pasar del tiempo nos confirmó que estábamos ‘secuestrados’ en el estudio y que la única forma de salir era terminar poniéndonos de acuerdo en el montaje.

Ya Jairo se había ido a casa y era una opinión menos. Bruno y yo hicimos, en silencio y sin mediar palabra, un acuerdo tácito para avanzar en el corte con un criterio negociado, pero ¿cómo sacar a Óscar de la sala de edición?  Sencillo, triplicarle la dosis de whisky y nosotros llevarla a la mitad.

Mi esposa Saira Lucía me llamaba continuamente al estudio, (por ese entonces no había celulares), para preguntarme a qué hora acababa para ir a los eventos de la feria. Resignado le contesté, “nena, como veo las cosas, el 31 a mediodía. Ve con Wilson, tú sabes que tienes entrada a todo lado con los pases que te di de Niche”. Ella triste me respondió, “¿Pero yo ir a bailar con mi hermano?” Apurado le contesté, “es eso o nada. Te llamo cuando salga libre”.

Ya era la mañana del 30 de diciembre, y gracias a la tregua conceptual que habíamos pactado con Bruno, la edición fluía de buena forma. Óscar Borda había dejado de refunfuñar en contra del maestro Varela y lucía adormilado o pasmado gracias al ‘Old Parr’. Como teníamos comida y bebida de sobra, y más baños que en un centro comercial, solo nos molestaba llevar la misma ropa desde el 28, día en que el Maestro nos dejó encerrados.

No contestábamos el teléfono a nadie para no distraer nuestra atención y ya estábamos en el proceso de pulir detalles.

A Jairo Varela lo conocí en el año 86, cuando yo trabajaba en la recién montada Olímpica Stereo en Bogotá, allá en la casa vieja de la calle 32 con carrera 15. Por ese entonces, él y Alexis Lozano, ya cada uno con su grupo, luego de separarse, pues los dos fueron fundadores de Niche, me buscaban en la emisora para que les hiciera sonar sus temas. De eso tengo tantas anécdotas como acetatos en mi casa, las cuales se las contaré en otros artículos mis amigos lectores, pero les adelanto una, el tema ‘Juana Blandón’ de Guayacán no estaba en los planes de la disquera para ser sonado y yo, como se dice en el argot de la radio, ‘lo pegué’, gracias a que Alexis me llamaba tres veces en la madrugada para que lo pusiera. César Jaimes, el programador de la emisora, un día me preguntó, “Giovanni, ese tema de Guayacán yo nunca lo programo, ¿por qué suena tanto y además por qué lo metés en las 20 latinas?”. Con mucha seguridad le contesté “César, es que lo piden mucho”. Igual pasaba con Niche, Jairo me llamaba toda la noche y al amanecer para que le ‘radiara’ sus temas y yo con gusto le ayudaba.

Volviendo a la anécdota que nos ocupa, ya era la mañana del 31 de diciembre, el video estaba listo, con Bruno lo habíamos revisado una y otra vez en la sala de edición, de máquinas ¾ sp, que habíamos traído de las Vegas con Jairo Varela, de la feria NAB de la televisión, donde el maestro compraba equipos por docenas y yo tenía que aterrizarlo y decirle “Jairo, no necesitamos todo eso, dejame a mí yo te digo que comprás”. Él, resignado, me hacía caso.

Antes del mediodía Bruno y yo despertamos a Óscar y llamamos al maestro Varela a la casa, en coro le dijimos por el altavoz, “Jairo está listo el video”. Con voz adormilada nos respondió, “ya voy para allá”.

Tardó en llegar 15 minutos de su casa de Ciudad Jardín, abrió los cerrojos de la puerta que conducía a los sótanos, donde estaban los estudios de audio y video, y entró apurado a la sala de edición. “Mostrame vé”, me dijo a mí luego de darme una palmada en la espalda y a Bruno saludarlo con la mano cerrada en forma de puño. Cuando vio a Óscar casi despierto preguntó, “¿y a este qué le pasó?”. Ni el ‘Fercho Durango’ ni yo le contestamos, y en silencio le di play a la máquina.

Nadie habló mientras rodaba el video y Jairo solo se cercioraba que mi corte fuera al compás de la clave como siempre me recalcaba.

Al terminar de verlo el maestro ordenó: “Saquen una copia en tres cuartos, otra en betamax HI-FI y los espero afuera para pagarles”.





Luego de hacer las copias respectivas Jairo nos entregó en la puerta del edificio nuestros honorarios. A Bruno millón y medio de pesos, a Óscar un millón y a mi quinientos mil pesos, todo en efectivo y metidos en bolsas de pan (esos quinientos mil serían hoy unos cinco millones).

Bruno y Óscar salieron apurados y yo me quedé con el maestro quien me mostraba orgulloso el Mazda Miata importado que le había comprado a su hija Yanila para sus cumpleaños.

“¿Cuánto te costó Jairo?”, le pregunté. Él sin rodeos me contestó, “50 mil dólares Giova”.

En ese momento, mediodía en punto del 31 de diciembre, mi esposa llegó a la puerta de Niche Studios, se alegró de verme libre, me abrazó como si acabara de llegar del Sinaí luego de un año de haber estado en el Ejército y le preguntó a Jairo, amablemente pero dejando ver su molestia por el ‘secuestro’ que me hizo, “¿ya me lo puedo llevar Don Jairo?”. Él amable respondió, “sí Doña Saira, llevátelo y ahí él tiene lo suficiente para que se vayan a pasear con la familia un mes”.

Buenaventura, La Bocana, Bahía Málaga, Isla Cangrejo, Juanchaco, Ladrilleros, La Barra, fueron algunos de nuestros destinos y nos sobró plata, gracias a la ‘Marihuana’ de Niche, (me refiero a la canción) y a la generosidad de Jairo, algo que siempre lo caracterizó.

El maestro además de mi jefe, amigo, cómplice y confidente de doble vía, fue mi ídolo, nunca dejó de serlo, y mi mayor frustración fue no hacerle la entrevista que tenía pensada justo el mes en que murió.

Lo visité en sus días de cárcel y en la comodidad de su casa y siempre fue el mismo conmigo.

Solo talento, poesía y humildad respiraba Jairo. Su temperamento fuerte y su alto nivel de exigencia para unos lo hacían un mal ser, para mí, ¡EL MÁS GRANDE!

¡Nunca te olvidaré Maestro!