4 jun. 2016

Los Ecos de Muhammad Ali: Música y Boxeo en Kinshasa




Anoche falleció el más grande boxeador de todos los tiempos: Muhammad Ali. Hay un capítulo que une la biografía de esta leyenda del deporte con la música (y la Salsa) y es su combate con George Foreman en 1974, realizada en Kinshasa, Zaire, que estuvo precedida por un festival musical que tuvo como atracción principal a Jame Brown y que incluyó también a Fania All Stars.

Fruto de su actuación en ficho Festival, que unió la música y el boxeo en un espectáculo denominado Rumble in the Jungle, fue la serie de discos y videos de Fania All Stars en Africa.

A continuación un texto tomado de la obra Los Ecos de Muhammad Ali, donde se recuerda aquel evento en Africa, la Rumble in the Jungle


Música y boxeo en Kinshasa

Suenan las primeras notas de The Payback. James Brown aparece en el escenario con un traje escandalosamente setentero. Hace una reverencia. Comienza el espectáculo. Es septiembre de 1974 en la República de Zaire y en el estadio 20 de Mai de Kinshasa hay casi 80.000 personas. Es el festival de música Zaire’74, que se organizó alrededor del Rumble in the jungle, la pelea entre George Foreman y Muhammad Ali por el título mundial de los pesos pesados. Lo que pasó esos días en el corazón de África trascendió del deporte y de la música.

¿Por qué en Kinshasa?

Don King, un visionario, dueño solamente de su propia dialéctica, antiguo rey de las apuestas ilegales de Cleveland, marcado por un pasado de cuatro años en prisión por haber matado a un hombre, tuvo una idea maravillosa. Logró la firma de Foreman y Ali en un contrato que le garantizaría 5 millones de dólares a cada uno  si se enfrentaban en un duelo que sería monumental, pese a que él no disponía ni siquiera de un dólar. De ahí la perspicaz resolución de buscar los 10 millones en los cofres del dictador Mobutu. Éste decidió abrir su cartera atraído por el tamaño del evento. Además, la ocasión representaba la oportunidad de meter de nuevo a su país en el mapa del mundo.

Fue ahí cuando al trompetista sudafricano Hugh Masekela y al productor estadounidense Stewart Levine se les ocurrió aprovechar este evento para crear un festival que diese a conocer la música afroamericana. Cuando se lo hicieron saber a Mobutu, el dictador dijo que daba la autorización para llevarlo a cabo en su país pero no estaba dispuesto a desembolsar ni un dólar.

Así que los dos organizadores tuvieron que recurrir a un grupo de inversores liberianos para lograr la financiación. Entonces iniciaron la búsqueda de los mejores cantantes afroamericanos de soul, jazz, rhythm and blues y salsa. El resultado fue la crème de la crème del black power musical estadounidense y lo mejor de la música africana de entonces. El rey del soul James Brown, el gran guitarrista B.B. King, el artista de blues Bill Withers, el percusionista afrobeat Big Black, el grupo soul de Detroit The Spinners, y el grupo funky de Houston The Crusaders. Por la parte africana la orquesta local OK Jazz dirigida por el guitarrista Franco, el cantante de rumba congoleña Tabú Ley Rochereau, el saxofonista camerunés Manu Dibango y la diva sudafricana Miriam Makeba. Y por la comunidad negra latinoamericana La Fania All Stars.

Sobre todo llama la atención el último conjunto: ‘La Fania’, que en este caso contó con la participación de la reina de la salsa Celia Cruz. Esto sirvió para demostrar que la música afroamericana no era solo blues y jazz sino que había un lugar en medio del mar Caribe llamado Cuba donde también había gente de raza negra haciendo buena música.




Los preparativos, tanto en Nueva York como en Kinshasa, fueron difíciles. Éstos iluminaron las complejidades y contradicciones de organizar un espectáculo moderno en un país del tercer mundo. No hay que olvidar que en la década de los 70’ Zaire era –y sigue siendo– un país muy pobre, debido principalmente a “la cleptocracia de Mobutu”, dice Jordi Turtós, periodista y crítico musical. Y añade que “era uno de los países más ricos desde el punto de vista musical, cultural e incluso de recursos”.

Pero una lesión durante un entrenamiento hizo que Foreman tuviese que posponer seis semanas el combate, separándolo así del festival y eliminando prácticamente la asistencia potencial de turistas internacionales. Levine tuvo que pensar en una sola noche si cancelaba el festival o seguía adelante. Pero los músicos ya habían cobrado sus honorarios. Así que aprovechando sus contactos de la cadena ABC, Levine habló con el periodista deportivo Howard Cosell para retener 24 horas la noticia de que el combate se posponía, para que los músicos no se echasen atrás.

El día del viaje, James Brown se presentó en el aeropuerto con 40.000 libras de equipaje adicional –ya que tenía pactados otros conciertos en África– y se negó a despegar sin ese material. A pesar de ser peligroso, se lo admitieron, no podía haber festival sin el Rey del Soul. Levine dijo en una ocasión que debido al exceso de peso en el avión cuando pasaron por Madrid tocaron los árboles. Fueron dos días y dos noches de viaje en las que se notó una confluencia de culturas y ritmos entre los músicos.

En una de las escenas más emblemáticas del documental Soul Power (Jeff Levy-Hinte, 2008), la reina de la salsa, Celia Cruz, baila y canta dentro del avión mientras que el resto de los músicos corean y tocan instrumentos improvisados, como una botella de cristal o un zapato.





Los problemas continuaron cuando llegaron a Zaire. La corriente era de 220 vatios en el país africano y no de 110 como el equipo que habían traído de Estados Unidos. Por suerte encontraron unos generadores de 110 vatios que habían sido donados a Zaire por la Agencia Internacional de Desarrollo de los Estados Unidos. El festival continuaba según lo planeado.


Muhammad Ali y James Brown pasean en coche por Kinshasa


Y finalmente, llegó el día. Todo estaba preparado. Las actuaciones fueron extraordinarias, para muchos, las mejores de los artistas. Según Jordi Turtós el hecho de que estuviesen en África actuando delante de un público que les “recibió con los brazos abiertos” fue clave para que los artistas diesen lo mejor de si. Tocaron canciones que han pasado a la historia como Hope she’ll be happier, Guantanamera o A man’s world en un entorno inmejorable. El pueblo congoleño se entregó completamente a un festival que, aunque no tuvo la repercusión que los organizadores creían, significó un antes y un después en la historia de la música en África.

Aquel concierto puso a Zaire en el punto de mira del mundo, lo colocó en el mapa y sobre todo subrayó su importancia como país. “La importancia que tenía como mina de recursos musicales y económicos aunque también ayudó a dar a conocer la rumba de allí”, afirma Jordi Turtós. Artistas como Franco o Tabu Ley Rochereau son dos ejemplos de los artistas más grandes de este género, y ambos actuaron en el festival. Este concierto supuso que muchos críticos musicales y periodistas se fijasen en el país africano, en su música, y eso hizo que luego se impulsasen las carreras de algunos zaireños.

Los días 22, 23 y 24 de septiembre en Zaire fueron una fiesta. El público recibió a los artistas como dioses aunque el concierto no tuvo la repercusión esperada por los organizadores. Quizás el motivo fue que no se celebró a la par que el combate.

A pesar de ello, para Jordi Turtós, el objetivo del festival –que era crear conciencia sobre la música negra– sí que se consiguió. “Ya desde 1965, con la lucha de los derechos raciales la música negra empezó a tener carta de naturaleza y funcionó muy bien”. La expresión musical afroamericana y cubana se entremezclaron, proporcionando material de investigación suficiente para un curso de etnomusicología.





Zaire’74 ayudó a expandir la música negra. Ese viaje a África es un momento de peso para el orgullo negro. Para los músicos, “viajar a África significó ir a encontrar sus orígenes”, afirma Turtós. “El negro norteamericano toma conciencia, pero también lo hace el mulato, el caribeño y el mestizo”, añade. Y esto fue en parte gracias a la actuación de La Fania All Stars, uno de los grupos que, según Bill Withers, más gustó.

Este festival fue de los primeros que ayudó a promocionar un evento deportivo. Un hecho que en la actualidad es muy común. Los grandes acontecimientos del deporte contemporáneo, como las Olimpiadas, los mundiales de fútbol y, en mayor medida, la Superbowl van acompañados de macroconciertos de los artistas más conocidos del momento. Algunos de los invitados a este partido de la NFL han sido Michael Jackson, Kiss, The Rolling Stones, U2, Madonna, Prince, Aerosmith o Paul McCartney entre otros. En sus comienzos el intermedio estaba protagonizado por las bandas de las universidades estadounidenses, pero la fama que alcanzó llamó a los cantantes y grupos más conocidos. Este tipo de contratos son satisfactorios para ambas partes, es una ayuda mutua. Los artistas tienen la oportunidad de actuar en un concierto donde la audiencia y la popularidad está asegurada y las empresas deportivas obtienen espectadores y fama. Todos ganan. Es en ese momento cuando un evento deportivo deja de ser solamente eso y se convierte también en un acto cultural, que une no solo a los amantes del deporte sino a un público más heterogéneo.

Sin duda, el estado de la música negra ha cambiado mucho desde 1974. Ahora está “muy de vanguardia”, como dice Turtós. Y no cabe duda de que parte de la música de los afroamericanos “acabará siendo música blanca dentro de algún tiempo, porque esta siempre se ha ido alimentando de la música negra”. Nos encontramos en un momento donde predominan dos tendencias: por una parte el hip hop, que está en un momento “bastante tranquilo, un poco inactivo”, y por otro lado las grandes estrellas de r’n’b como Beyoncé que han ido devorando el territorio más rebelde o de protesta, como fue el hip hop en sus inicios.



‘Ali Bumaye’

Seis semanas después, con Foreman completamente recuperado, la pelea se retomó. Los dos contrincantes no podían ser más diferentes. George Foreman era un negro sureño de Texas, conocido por su fuerza bruta y su seriedad. Simplemente machacaba a sus adversarios, los tumbaba con violencia sobre las lonas de los cuadriláteros de todo el mundo.

Foreman nunca quiso acercarse a la gente de África que, pese al hecho que fuese negro, lo veían como un hombre blanco, como un enemigo al que Ali debía derrotar. El grito “Ali bomaye” (Ali mátalo) se escuchaba en cada rincón de Kinshasa.

Ali era el hombre del pueblo. No fue a Vietnam porque “ningún Viet Cong me llamó negro”, razón por la cual fue multado y desposeído de su licencia para boxear durante tres años. Ali, que defendía los derechos de los negros a pesar de tener sangre blanca por parte de madre, se atrevió a decir: “Si gano voy a ser el Kissinger negro”, –como dice en el libro El Combate de Norman Mailer– haciendo referencia al secretario del Estado norteamericano reconocido por su habilidad diplomática. “Cada vez que visito un lugar, tengo que acudir a las escuelas y a los asilos de ancianos. No soy simplemente un boxeador, para esta gente soy una figura mundial”, concluyó.

Cuarenta años después Zaire ha vuelto a llamarse Congo y Mobutu ya no existe. No obstante, la gente que amaneció festejando aquellas tres noches junto a la llegada de los monzones otoñales, sigue viviendo en un país machacado por el egoísmo de sus propios gobernantes. En Estados Unidos George Foreman y Muhammad Ali se volvieron grandes amigos. Sin duda, ese concierto significó un momento de puro orgullo negro, para un país y una raza que aún hoy en día lucha por la igualdad.

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