6 feb. 2016

Eloy Jaúregui y Umberto Valverde escriben sobre "El Jefe" Daniel Santos


A la altura del personaje. Comparto con ustedes dos crónicas dedicadas a "El Inquieto Anacobero" Daniel Santos.

La primera escrita por el peruano Eloy Jaúregui, tomada de su libro "Sabor a Mí" y la segunda del colombiano Umberto Valverde, tomada del libro "Memoria de la Sonora Matancera" incluyendo también una entrevista de Umberto a Luis Rafael Sánchez, autor del libro "La Importancia de Llamarse Daniel Santos"

Léanlas con música....

Daniel Santos con la Sonora Matancera, La Habana 1951


Daniel Santos: Un Siglo de Ternura y Pendejadas
Por: Eloy Jaúregui

Un día como hoy, hace 100 años, nacía en Santurce, Puerto Rico, el más descomunal cantante latinoamericano, Daniel Santos. Antes que Bruce Springsteen, a él le decían “El Jefe”. Su vida tiene de leyenda, cierto, pero más tiene de grandeza por ser junto a Carlos Gardel o Pedro Infante, uno de los más grandes de nuestro canto que incluso García Márquez dijo que si no hubiese sido escritor hubiera sido bolerista, como Daniel. Cierto, el único santo que trabajaba de diablo.

Para Fernando Tuesta Soldevilla

1.

Aunque Daniel Santos en tono de Van Gogh –la otra oreja imparangonable–, siga oyendo que los artistas, aún los felices, están moldeados en la pura materia de la desdicha, la vida es y será el santiamén del gozo y sin rebozo. Así, en el ahora tapiado hotel Crillón de la avenida Nicolás de Piérola en el Centro de Lima, el ingreso es gansteril y burdelero y sólo vale los reojos. Daniel entra y sale. Un zambo artero lo cuida cual Sancho perverso y entre carajos. Pero Daniel es un Oliver Hardy, casi un don Quijote adiposo, acaso un Tomás de Aquino depravado. Ahora está más tranquilo, sentado en el bar del hotel, oculto por la penumbra de una lámpara oriental, más que con los ojos, con su mirada, me explica que a sus años, veía todas las cosas en sus esencias e incluso esas que los otros no podíamos ver. «Dios te vendaga», me dice.

En aquel invierno de 1986 lo miré por última vez. Digo miré porque hoy lo sigo escuchando al viejo Daniel. Esa vez pocos lo podían creer. Daniel Santos caminaba por las calles del Centro de Lima. El viejo Daniel con el pelo completamente blanco. Albo y felino sobre la tarima del salsodromo “Corso Latin Show”. Ensayando con todas las erres preñadas y esos «aaooo…» de león arrecho en cada verso. Era otro debut  en Lima. Y el “Anacobero” –como a él le gustaba que lo nombren–, con ese mismo timbre que amotina a esos que lo oyeron en la mismísima Agua Dulce y en el Tíbiri Tábara y El Pingüino. Esta vez lo seguí, lo espié, lo asistí con un ron intramuscular y el maestro Daniel confirmó que el mito existía en los pliegues de su garganta. Entonces habitó entre nosotros.

Ahora, el viejo de los bigotes blancos sobre el escenario del Corso gime como esos que saben que su eternidad es una provocación: «Oye, Daniel, ¿has visto a Linda? ¿Linda? Yo no he visto a Linda…» Y el segundo piso es un semicielo en pura púrpura pitagórica con luces de un vatio maligno y Juan José Vílchez, el propietario, alega que además de pagarle y muy bien a este venerable caballero, el viejo cuando canta lo hace llorar. Es que Daniel se mueve alborotado. 72 años y una barrigaza, 72 años y la pragmática del ladino, 72 años y una garganta sacrílega como cuando acompañaba al maestro Pedro Flores –o Flórez como contaba su madre–: «Vive como yo vivo si quieres ser bohemio, de barra en barra, de trago en trago, en el Tíbira Tábara. ¡Qué cosas tiene la vida caballero!»

Y el doctor Esquerre lo celebra y lo abraza: «¿Te acuerdas esa vez en Singapur cuando lo arrugaste a Oscar D’León?». Daniel asiente, «Dios te vendaga», responde y atrapa su vaso de whisky aferrado a su témpano de hielo; sorbe, mira para adentro, hace pucheros, se adoba en vida porque su oído siempre atento registra los tonos que emergen de las piedras del inicio fragoso donde se emulsiona el mundo: «Estoy tranquilo, he dejado la billetera en el hotel», dice y su pluma japonesa –las cuentas de la vida—se yergue del bolsillo de su camisa madreselvas que le sobresale del saco chino. El ensayo culminó de agujas, con jijunas y retruécanos y después de tres horas. Daniel se quiere comer un búfalo con su hambre rabeliano. Tiene apetitos de existencia y de probar ese pescado fresco y crudo que le prepararon aquella vez en El Callao; aunque ande jodido con la tripa gorda, los recordamientos y los esfínteres. Como le contó a su primer biógrafo, el afinado finado Salvador Garmendia. Daniel le dijo que su secreto era ser apenas auténtico, que su música lo era mucho más y que por eso no se podía morir como cualquier cojudo.



2.

Daniel es único aunque en el juego de la vida el gozo es binario. En la isla, Robinson Crusoe es lo que fue gracias al oleaginoso Viernes. En la Mancha, el Quijote es proteico con la grasa de Sancho. En los cielos, la era espacial se inicia con Gagarin pero se hace huella en el polvo lunar de Amstrong. En las letras, García Márquez llega a ser el Colón de lo real maravilloso porque Alejo Carpentier, en otra isla, resulta su Américo Vespucio. Pero donde los duetos no existen es en la isla del encanto con el canto de Daniel Santos, un bucanero que inventó el amor épico, vicario y corporativo. Su extremoso corpus sonoro de antro, bohemia y materia prostibularia es patriota en el sentido de padre patrón y es matrono bisensual en el plano del sexo amachado desgarrando el canon de lo bajo social o pélvico, lo uterino maldito, lo estético perverso, en summa, la metáfora transgénica de los esfínteres.

«Yo grabé el Tíbiri Tábara en 1939, después entré y salí de la Sonora». Y fue popular más que conocido como ‘El Inquieto Anacobero’ porque ‘anacobero’ significa en habanero del eros ñañigo  –según Cabrera Infante—: diablillo, bohemio o parrandero. De su debut, sus biógrafos aseguran que fue en la emisora RHC Cadena Azul de La Habana y que fue el primer cantante-autor, honorario y de firma de la  Sonora que administraba Manolo Fernández antes de Rogelio Martínez aunque el mismo Daniel se niegue a darle fe a su memoria. Alguna vez le contó a Gabriel García Márquez, que llegó a La Habana huyendo de unos gitanos malandros de Cartagena y que hasta se pinto el cabello y se disfrazó de pachuco al mejor estilo de Tin Tan.

Cierto, viejo Daniel. Confundía esa experiencia en la Cuba de finales del 1946, cuando Bobby Capó lo presentó al «Guajiro» Amado Trinidad y éste lo contrató para trabajar durante ocho días en el programa «Bodas de Plata, Portagás» donde se ganaba muy bien y sólo cantaban y tocaban los buenos. Lo cierto es que Daniel viajó entre Cuba y Nueva York durante unos 15 años hasta que escuchó que un tal Fidel Castro venía reclutando jóvenes para adiestrarlos en la milicia.

En algún momento pensó irse al monte con los barbudos pero las mujeres y las boites de La Habana no le daban tregua a sus verijas. No obstante, entre guerrilla y rumberas, compuso más de un centenar de temas. El chongo o la revolución, ese era su dilema. Así la historia lo absolvió con «El columpio de la vida» o «Obsesión». Daniel fue el autor de la canción «Sierra Maestra», aquel himno del Movimiento 26 de Julio, con la cual Castro iniciaba la transmisión de Radio Rebelde desde sus comadrejas en la Sierra Maestra en tiempos de Batista.

3.

Uno guarda como pieza de colección invalorable ese long play que Daniel Santos grabó en Colombia en 1983 como un homenaje a Gabriel García Márquez. “Gabo”, desde jovencito, fue “hincha” de Daniel quien en ese tiempo vivía en Barranquilla y que había generado una suerte de mito en torno de su existencia. “Daniel era una explosión de sabiduría y de gozo por la vida”, decía el escritor anteponiendo a Daniel con otro cantante que era también de leyenda, Bienvenido Granda que residía también en Barranquilla. Daniel incluso le escribía frecuentemente a “Gabo” pidiéndole que lo apoye con una idea de libro donde quería contar su vida. García Márquez se negó siempre y tenía razón, Daniel Santos no era para los libros, era para ser oído como quien se escucha una voz desde los cielos, o de los infiernos, que para él era igual.

Es jueves y ha empezado la tarde. Daniel apoltronado y con una toalla de boxeador en un vestuario del Corso. La noche lo espera y él funge ahora de Bernstein con un tabaco como una batuta humeante. Los bigotes albos le barren las frases y suelta por joder su «Panamá le tombe…», aquellos que lo oímos gritamos: «Puta, que está igualito». ¿Y Nueva York? Que llegó a los 12 años con su papá Rosendo de los Santos, que fue carpintero y con su mamá María Betancur, esteta de alta costura. Era fregado, llegaban de Santurce con sus tres hermanas: Sara, Rosalilia y Lucy. Les habían prometido un Nueva York como el cielo, pero con la miseria, los parados, sólo la sobrevivencia se parecía menos al infierno. «…el que vive tan cerquita a la candela, si no vive con cautela quemará».

No había cumplido los 15 años cuando se largó a vivir solo. Sus bolsillos ya sabían del abrigo de los pesos. Una tarde tocaron a su puerta. Daniel, corsario, navega en su tina, un océano de emoción lo ahogaba, el único bolero que sabía de memoria lo hacía naufragar a gritos: «Te quiero dijiste» de María Grever. El que lo buscaba era Ignacio Vargas, uno del Trío Lírico, un conjunto musical que amenizaba bailes, bautizos y velorios. Esa noche, todavía empapado de escarcha, debutó cobrando un dólar por canción. Dos sábados más tarde ya estaba cantando con el Conjunto Yumurí en el Borinquen Social Club del Barrio Latino hasta el verano de 1938; el año de su encuentro cataclísmico con el compositor Pedro Flores, cuando lo oyó con su bolero «Amor perdido» y lo invitó a Manhattan para unirse al Cuarteto Flores. Daniel, entre regaños logró acoplarse al grupo y empezó a hacer dúo con Chencho Moraza.

Así, otra fue su vida, algunos dicen que desde esa vez comenzó a morirse. Y entre el jaleo, la soledad de la abundancia, la pobreza erótica, y el virus de la indiferencia amorosa; su tiempo brilló intermitente entre la nostalgia de los paraísos perdidos y las amistades entrañables –llámese hembras de genios arrecíficos– tragadas asas por el tiempo. Eso y mucho más habitaban en la variedad temática que se desprendía de su humanismo radical y de su compasión.

Daniel es tormentoso y no para de hablar. Ora como un príncipe taíno, ora como un gánster del Bronx. Dice para sí, en sus laberintos de esa identidad que paseara por las burdeles, puertos y villorrios. Los más bravos de las ciudades carnívoras que tiene tatuadas en la femoral. Y Saavedra, su empresario cubano, grita que Daniel estará viejo pero no jodan con eso que no es perfeccionista. ¿Y las mujeres, Daniel? «Nos llegó el crack, yo era pandillero, peleador, estuve preso por mujeres y los vicios. Bueno, uno era hombre y para tener una hembra había que cargar arma».  Y cierto que lo apuñalaron, que casi lo matan y una era un muerto honorario en los fastos del barrio. “…El hospital o la cárcel, la iglesia o el cementerio».

Otro sorbo de aquel hombre honorario de resacas y carcajadas. ¿Cómo un hombre borracho, pendenciero y jugador tiene tantos admiradores? Que es un hombre multidimensional que trabaja con el espíritu del canto. Sus 50 años en ese swing, que tuvo de las malas y de las buenas. Y 12 hijos –ninguno cantante– cada cual con su mamá, que ha sufrido pero el gozo es lo suyo. Soy amigo del amigo y muy derecho. Que hoy toma menos, fuma menos pero que no se puede jubilar y como es sencillo ¡Coño! la gente lo quiere. Y ahora suelta un suspiro cuya sonoridad cunde un silencio como un hiato en la serena arquitectura de la tarde. «Perdón, vida de vida, perdón si es que te he engañado».



4.

Y llega Lucho Delgado Aparicio y advierte que es una maravilla, que son apenas 50 años de existencia volcánica y ojo, que Daniel grabó también con Julio Jaramillo. Y Daniel es también «El Jefe» –«The Boss» mucho antes de que Bruce Springsteen siquiera naciera–, y en Guayaquil se radicó un tiempo y lo metieron en la cárcel por bochinchero y truhán y  ahí compuso 2 boleros que luego los grabó con Jaramilo dentro de una cantina y la guitarra del peruano Carlos Hayre, el que fue marido de Alicia Maguiña. Y Lucho advierte que Daniel es el prohombre del macho latinoamericano que rinde culto a la mujer desde las glándulas del bolero macho. Y que grabó también el vals «El tísico» y mejor que el mismo Rómulo Varillas. Daniel asiente con esa virtud que tienen los mitos vivos, dialéctico de esa esquina entre la calle Drama y el jirón Amor a unas puertas del solar de la muerte.

Daniel tiene el micro en la izquierda y lleva el compás con los dedos de la derecha: ¿Qué pacto tiene con el tiempo? ¿Y qué estilo es ese? ¿Logrero? ¿Obsceno? ¿Impío? Y ahora reviso una vez más el LP «Los jefes». Qué muchachitos lucen Orlando Contreras y Daniel genéticos de los desamores. Y cómo suena «Mujer» de Agustín Lara o «Celos» de Rafael Hernández. Daniel, pida otro trago, pida no más. «Yo no quería ir a una guerra que no era de Puerto Rico, ¿sabe?, soy independentista ¿Comunista? Jamás, yo admiro por ejemplo, al pueblo cubano pero no estoy de acuerdo con Castro. En EE.UU. decían que yo era pro Fidel. ¿Sabe una cosa?, Fidel es mi pana como García Márquez y como lo fue Torrijos, pero hablamos de mujeres, de comidas y tragos, jamás de política». ¡Salud, Daniel!

Esa mañana en el Corso es imborrable. Ahora una guarachita que aumenta aritméticamente la sed. «El Jefe» no suelta el micro, y su «Virgen de la medianoche» luce en su voz con los labios carmín y en baby doll. ¿Y el Benny, maestro? Y Daniel jura que era extraordinario, que cuando destapaban una botella de Matusalén, ese ron jurásico, llamaban a la Cruz Roja, a los bomberos, y que terminaban cantando en el baño. ¿Y Héctor Lavoe? Que es un gran muchacho pero con la cabeza loca, que hace unos años hicieron un disco y que le recuerda cuando él era joven y qué será de su vida… ¿Y qué le dice Lima? Que hace una punta de años que no venía. Que la última vez no lo dejaban viajar y que lo secuestraron en el mismo aeropuerto. Que se quedaría a vivir El Callao o La Victoria.

Y en La Colmena la gente lo reconoce. Luego en el viejo bar Queirolo de la esquina de Camaná con Quilca, Daniel sigue hablando para adentro y pide otro ‘palo’ y para sorpresa del gordo Óscar Queriolo Que él canta para sus amigos y sus madamas. Y se va Daniel antes de las idolatrías, se va con el sol cuando acaba la tarde y quiere una siesta que es una muerte cortita y sin dolor. «¿Y coño, que tu sabes que tengo más de 72 años, mi hijo?».


5.

Y ha pasado el tiempo y no hay dudas, su lírica no hizo otra cosa que sublevar a los derrotados del ADN y los montepíos. Cantó contento, a bolerazos celebró el amor e hizo de su timbre hojalatero un carnaval del pobre. Sin quererlo vio su vida pasar de barra en barra, acaso un suicida cantor o un prestidigitar de amores punzocortantes. Trágico contumaz, fue el resplandor sonoro de una erótica que iluminó los callejones y los quinto patios. Rebelde, se refugió en el trópico lascivo de la dignidad. Luego, asistiría sin falta a su ocaso.

Cuenta Agustín Pérez Aldave que Daniel se marchó de este mundo coronando una muerte que nadie quisiera recordar. Dicen que deliraba y en sus últimas horas estaba atado a la cama en un tumbao falaz. El escritor caleño, Umberto Valverde, autor de «Reina Rumba», confesaba apesadumbrado que Daniel, habiendo sido el macho, el amante insaciable y habiendo cantado tantos temas descomunales, al final, cuando se presentó en Cali, subía y bajaba del escenario acompañado por Nelson Pinedo dando pena porque ya no podía aguantar la orina. Si Ismael Rivera fecundó su muerte trágica cómo cantante y fue patético al darse cuenta que no podía evitar ir perdiendo la voz. Daniel, que logró fama por ese trino singular que le nacía desde el pene, fue testigo de cómo su vida incontinente se le escurría gota a gota por su mismo falo alucinado.

En la loza de su tumba, entre los abrojos de las demandas de los inmortales, los helechos machos dejan leer parte de la letra de su tema «La despedida» y el brillo de sus restos reposan insolentes en el Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis del Viejo San Juan, ahí cerca del mausoleo del maestro Pedro Albizu Campos y de don Pedro Flores, su maestro. Y dice así: «Daniel Doroteo Santos Betancur. Santurce, P.Rico: 5 de febrero de 1916. Ocala, Florida: 27 de noviembre de 1992». No dice más. Y lo digo yo, que lo conocí como a mi padre.



EL JEFE”: DANIEL SANTOS. Por: Uumberto Valverde

Este texto acerca del maestro Daniel Santos hace parte de mi libro MEMORIA DE LA SONORA MATANCERA, es mi testimonio de Daniel, viéndolo en el año de 1989 en la ciudad de Nueva York para el concierto de la Sonora. Poco después, en el año de 1991 en Cali, ya muy enfermo, en casa del Sr. Pardo Llada. Además de una larga conversación con el escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez sobre su libro: La importancia de llamarse Daniel Santos.


La ovación más estruendosa como saludo de bienvenida la recibió Daniel Santos en la celebración de los sesenta y cinco años en el Carnegie Hall.
- No voy a cantar hasta que no me traigan una botella de ron.
¿Cualquiera dice que soy borracho?

En los últimos años Daniel Santos se acostumbró a hablar mucho antes de cantar. Era su manera de comunicarse con el público. La encantaba decir que tenía menos edad.

- Yo tengo treinta y cuatro años. Digan algo. ¿No me creen?
Después anunciaba la canción.

- En el año de 1951 grabé esta canción para todos ustedes: El preso.

En esa oportunidad, la primera noche que se encontraron en el hotel Wellington, “El Jefe” se tomó unas copas de más en el bar y se cagó en el pasillo. Nadie sabe si esto lo hizo como una expresión de lo duro de su carácter o por el anuncio de los derrames cerebrales que sufriría después y que lo trajeron a Cali, en julio de 1991, cantando sentado, sobre una pequeña mesa, abriendo la segunda parte de la presentación.

La primera noche inició con Esperanza inútil y prosiguió con Panamá le tombe. Cuando llegaba el turno de cantar Linda, zapateaba para tomar impulso y marcar el arranque para los músicos.

La segunda noche en el teatro Municipal se vivió un momento dramático. Cuando se abrió el telón, Daniel Santos no pudo hablar. Cada segundo que pasaba presagiaba lo peor y el público no sabía qué hacer. Había un silencio de muerte. A los tres minutos habló. Habló del desorden de su vida, que esto era el resultado de los excesos, y se refugió con Dios. Tomó fuerzas y volvió a zapatear para cantar Linda y la gente estalló en aplausos.

Nelson Pinedo no lo dejó un solo instante durante este viaje. En el hotel Intercontinental, en el programa de Pardo Llada, le recordaba viejas anécdotas para que él pudiera agregar alguna frase. Después, al lado de su última esposa puertorriqueña, lo llevaba hasta su habitación. En la segunda o tercera noche, no pudo controlar los esfínteres y se orinó en los pantalones.
- Nelson, la vida está jodida.

Ya no podía ni con su cuerpo y el esfuerzo por estar en el escenario era supremo.

Daniel Santos, Mirta Silva y Bobby Capó


En el programa de José Pardo Llada, en Mirador, había dicho lo siguiente:

-No soy millonario, fui pobre y soy pobre, hay algo más grande que el dinero que es la felicidad y ahora la busco todo el tiempo, quiero tener amistades, yo fui un tipo de la calle, un bohemio, hasta que conocí a esta señora. Sólo dejaré de cantar cuando me claven en la caja y me metan para abajo. Le tengo miedo a la muerte. Un hijo mío se suicidó y yo lo quería con el alma. He pasado días muy tristes, pero la vida es buena. Yo le pediría a Dios que me dé más vida.
Nada soy
porque al fin nada ya tengo
nadie sabrá
de mis íntimas penas
cuando estuve rico
era de abolengo
hoy en cambio
voy sufriendo mis penas
cuántas amarguras
siempre yo he sufrido
cuántos desengaños
en mi soledad
hoy que el destino
me trajo el olvido
comprendo qué triste
es la realidad.

En 1971 Daniel Santos conoció en la caseta Matecaña a una adolescente que tenía trece años y se llama Luz Dary Padredín.

Henry Holguín, en la revista Antena, logró rescatar la versión de esta caleña que se crió a punta de Bemba Colorá y los boleros del “Jefe”.

Luz Dary se arrimó a la tarima. Aplaudía y gritaba rabiosamente. Descubrió que la miraba.

“Descubrí que me había mirado durante todo el tiempo que estuve allí. Hice un esfuerzo y como pude trepé a la tarima”.

- Don Daniel —le dije — quiero tomarme una foto con usted.
- Las que quiera, negra linda.

Y yo sentí algo raro en el corazón. Tomaron la foto, y yo sentí por primera vez la presión de la mano de Daniel, cálida y suave en mi cintura. Bajé de la tarima con la seguridad de que no lo volvería a ver nunca más”.

Al otro día, Daniel Santos la mandó a buscar con una nota que decía:

«Le ruego el favor de llamarme hoy a las ocho de la noche, con el fin de que tomemos una copa y charlemos. Su amigo, Daniel Santos».

Luz Dary tenía trece y aparentaba dieciocho. Siempre había jugado a salir con personas mayores y le gustaba la rumba. Pero ese mensaje era más que una evidencia para darse cuenta de que la cacería había empezado.

“Y hasta me divertía un poquito. ¿Qué había pensado ese cantante canoso y de tantos millones? ¿Que Luz Dary Padredín iba a salir con él sólo porque desde los ocho años le gustó Despedida”?

Aunque su madre le dijo que no lo llamara, aunque ella se resistía a la idea, lo llamó y fue a la cita: “No sabía que en realidad este encuentro iba a cambiar mi destino con un matrimonio, seis años al lado de Daniel Santos y estos dos hijos que usted ve, tan parecidos a él”.

Ellos dos, Danilú y Daniel Albizu llevan la sangre del cantante que cambió la historia de La Sonora Matancera, como lo confiesa a Josean Ramos en el libro Vengo a decirle adiós a los muchachos:

“Hay quienes sostienen que yo hice a La Sonora Matancera, y otros dicen que La Sonora me hizo. Creo que nos beneficiamos mutuamente porque La Sonora era un conjunto musical del coño’e su madre con un estilo distinto, pero le faltaba un cantante que encajara con su música. Unimos nuestros talentos y enseguida nos acoplamos en un estilo único que empezó a traer la atención de las multitudes”.

Daniel Santos era “El Jefe” desde que nosotros éramos niños, cuando lo escuchábamos en todas las casas del barrio Obrero en los años cincuenta. Desde que lo veíamos en las películas mexicanas, flaco y con su bigote negro. Eran los tiempos de vive como yo vivo si quieres ser bohemio, de barra en barra, de trago en trago, en el Tíbiri Tábara, qué cosas tiene la vida, caballero.

Tanto fue la adoración por Daniel Santos que por esa época surgió un cantante con su mismo metal de voz: Tito Cortés, que llegó a tener el honor de compartir con él muchas noches de espectáculo, en el teatro Imperio, y le compuso una guaracha sobre las carreras de caballos llamada Cinco y seis.

Cuando Daniel Santos venía a Cali frecuentemente sin buen acompañamiento se llegó a decir, en tono de burla, que “El Jefe” ya no estaba en nada y parecía que imitaba a Tito Cortés.

Al respecto, Tito Cortés era supremamente respetuoso y aclaraba:

“Yo estoy canso de explicar a las personas que no saben catar los estilos. Charlie Figueroa, Raúl López, Pepe Merino, Daniel y yo tenemos el mismo metal de voz, pero los cinco somos diferentes. Nadie imita a nadie. Nuestros estilos son distintos. Y Daniel Santos es Daniel Santos así salgan veinte mil tipos con el mismo metal de voz. Daniel es Daniel. “El Jefe” es “El Jefe”.
Adiós muchachos
compañeros de mi vida
barra querida
de aquellos tiempos
me toca a mí hoy
emprender la retirada.

Daniel Santos, como bien lo anota Nelson Pinedo, es uno de los más grandes fenómenos musicales del siglo XX, quizás con más grabaciones que Carlos Gardel.

Antes y después de La Sonora Matancera, cantó y grabó con una lista innumerable de agrupaciones y orquestas. El primer escritor que se acercó a él para intentar registrar su personalidad fue Salvador Garmendia y posteriormente se escribieron tres libros. En la perspectiva literaria el más trascendental ha sido La importancia de llamarse Daniel Santos, de Luis Rafael Sánchez, con quien hicimos una conversación en el Caribe, durante la realización de un festival de cine de Cartagena.

“Daniel Santos fue el cantante del pueblo, que es, como se lo confesó a Garmendia, ante todo, auténtico. Mi música también lo es. Por eso no podrá morir”.

Daniel Santos debutó como cantante el 14 de septiembre de 1930 en el Borinquen Social Club en Colombia St. de Nueva York con el trío Lírico por un dólar. Hasta que se encontró con su maestro, Pedro Flores, a quien le agradecía todo su talento.
- “El me enseñó a cantar como lo hago, en forma de picado”.

De ahí en adelante recorrió todos los vericuetos de la vida, desde chulo hasta cantante estrella de La Sonora Matancera, hasta el 27 de noviembre de 1992 cuando la muerte llegó para acabar con tanto padecimiento.

Licor maldito
en que se va la vida.

Luis Rafael Sánchez ha construido una obra con base en dos textos que son conocidos en nuestro continente: La Guaracha del Macho Camacho y La Importancia de llamarse Daniel Santos.

- ¿Qué concomitancias sustanciales encuentras en estos libros?.
- En primer lugar La Guaracha es una suerte de reflexión discursiva acerca de este ritmo cubano y La Importancia de llamarse Daniel Santos es una reflexión discursiva sobre el bolero. A través de cada una de ellas se organiza la trama y la construcción interna de ambos textos, de cómo se precipitan sus pasiones y de cómo se expresan los resortes emotivos de estos ritmos latinoamericanos.

- ¿Bajo qué impulsos y propósitos nace el libro La importancia de llamarse Daniel Santos?
- Había publicado La Guaracha del Macho Camacho y mientras empezaba a trabajar en una novela corta, me invitaron al Festival Mundial de Teatro en Caracas, en 1979. La noche de la representación de una obra llamaba El Candidato, de Levi Rossel, un dramaturgo venezolano, el segundo acto se inicia con una escena totalmente a oscuras, en donde un hombre con facha de gansgter, echa una moneda en una bellonera, como se le denomina en Puerto Rico a los traganíqueles. De repente estalla Linda. El aplauso extraordinario con el que el público recibió esta canción, me orientó hacia la necesidad de trabajar a Daniel Santos como mito para todo el continente.
No quise conocer nunca a Daniel Santos. En una ocasión en Puerto Rico asistí a uno de sus últimos conciertos en el Centro de Bellas Artes y me lo encontré. El sabía que yo estaba trabajando en el libro, entonces me dijo: “¿Cómo es eso que estás trabajando en un libro si tú y yo no nos conocemos?". Le respondí que solamente lo estaba utilizando como un personaje. No creo que lo haya entendido. Después, en México, cuando se presentó La Importancia de Llamarse Daniel Santos, él se encontraba en el Salón Margoth y posteriormente nos juntaron y me dí cuenta de que estaba emocionado. Meses más tarde, me llamó a Puerto Rico a preguntarme sobre quién pudiera hacer una biografía sobre él, que si yo podía hacerla, le dije que no.
Nunca quise denominar este texto como una novela ni como un ensayo. Le dí el nombre de fabulación para buscarme una etiqueta que cubriera todo lo que quería hacer. A su vez, dejaba al lector en entera libertad de asumirlo como quisiera.



- ¿Si no hiciste ningún contacto con Daniel Santos, de qué forma estableciste la relación con su música?
- Yo conocía su música a través de los traganíqueles, de la misma forma como la conoce cualquier puertorriqueño, tanto como conocía a Felipe Rodríguez, otro ídolo de bellonera, aunque menos difundido en el resto del continente. En Daniel Santos hay una diferencia: la persona remite a una historia que excede la canción. Es como una suerte de novela paralela en donde se ofrece el mito de su propia vida.

- ¿Qué hiciste primero?
- Oí toda su música. Me fui a Berlín y me llevé treinta elepés. Cuando se supo que estaba escribiendo el libro, muchas personas me enviaron anécdotas acerca de Daniel Santos. Me acuerdo que recibí de Luis Echeverría, de José Antonio Torres Martinov y de Cristóbal Díaz Ayala, un cubano radicado en Puerto Rico y gran coleccionista. De verdad no me importaba demasiado el anecdotario. Me inclinaba más por el anecdotario apócrifo, porque hay historias que se mudan de país en país. Hay algo que te cuenta un dominicano y te jura que ocurrió allí y ese mismo relato lo puedes oír en boca de un ecuatoriano o un colombiano.

- ¿Cómo viste el final de mito?.
- Yo quería que el libro le dijera algo a la gente de hoy, porque sino podía convertirse en una descarga nostálgica y no estaba interesado en eso. Por esa razón dividí el libro en tres grandes cuerpos: dos de introducción y uno de despedida. En la introducción se encuentra la propuesta de la lectura del texto. Es un libro pensado para leer en voz alta, porque se trata de textos que la gente va repitiendo. No hay nada escrito, es casi un texto de juglaría. En el segundo cuerpo, traté de meterme en el mito como tal, y en el tercero proyecté el mito hacia la concreción de las vidas, es decir, cómo se vive ese mito, se rastrea. Quise que terminara con una apoteosis de la juventud que baila desnuda, que ama y se entusiasma con un fondo de Daniel Santos, es decir, quise que la herencia de Daniel Santos fuera la trasgresión, la libertad en el amor, la celebración del cuerpo sin ningún tipo de ataduras.

- ¿Entregas la imagen de Daniel Santos como el macho latinoamericano?
- Está visto así. Mucha gente se ha mortificado con el libro por eso. He leído una reseña feminista ofendida. Naturalmente la perspectiva del texto es del machismo sobrecogedor que vivía Daniel Santos. 

- ¿No crees que inclinar la balanza sobre este aspecto deshumaniza el libro?
- No lo creo en lo más mínimo. Por el contrario, le da una dimensión continental. Es un testimonio lleno de humanidad y fuerza.

- ¿Tuviste en cuenta lo que se había escrito sobre Daniel Santos?
- Conocía el relato de Salvador Garmendia. Sin embargo era más una larga conversación con él y mi propósito era hacer ficción.

- ¿Cómo te planteaste el reto de hacer ficción a partir de la música y cómo incorporaste la música en la literatura?.
- Ese fue uno de los problemas que tuve. Tengo siempre la obsesión de trabajar con una armonía muy precisa en mi literatura. Me gusta que el lector lo sienta como un texto redondo. No me llaman la atención las formas deshilachadas. Me ilusiona la idea que se pueda llegar a ver como una forma física, como un objeto bien hecho. Fue entonces donde yo dí con lo que podría ser la clave que me sirvió para todo el libro. No quería que el libro quedara en tres cuerpos separados. Necesitaba un hilo que condujera el relato a través de sus cinco partes y la clave la encontré en la fragmentación de sus boleros y en convertir el libro en una suerte de cancionero. Retomé veintiuno de sus boleros iconográficos y los utilicé como un diálogo entre los versos de sus canciones y mi prosa. Así fue como incorporé las canciones dentro del texto.

- ¿Crees que tu obra es un punto en esa literatura del continente nacida en los años 60 y 70, que tiene como contextualización la música y los mitos urbanos?.
- Sí, yo prefiero hablar de mitos urbanos. Tengo cuatro o cinco textos de reflexión sobre la cultura popular. Tengo uno titualdo Una poética de lo soez, donde reflexiono sobre la novela, sobre el cine melodramático. El segundo se llama María Félix en el Cine Luna, donde registro mi alimentación adolescente por la vía del cine mexicano. El tercero está titulado Iris Chacón, oferta de una erótica nacional, es la interpretación de cómo los caribeños hacemos una lectura distinta del cuerpo de la mujer. El cuarto se titula Que Viva la Música Popular, en donde analizo cómo la nueva novela del continente se transforma en un cancionero de los años 50, de quienes utilizan la música como contrapunto: Manuel Puig, Osvaldo Soriano, David Sánchez Juliao, Oscar Collazos, Eduardo Rodríguez J, Umberto Valverde, Andrés Caicedo, Ángeles Mastreta, entre los que voy examinando. La música es el único elemento realmente vinculatorio en nuestro continente, aunque haya diferencias históricas y de actitud ante la vida. Daniel Santos, a diferencia de Juan Luis Guerra, que gustó en todo el continente, no fue bien acogido en el cono sur, porque se le tenía como un hombre chabacano, dicharachero y poco profundo.

- ¿Es posible hoy en día plantearse un texto narrativo sin visualizarlo como una novela?
- Todavía hay quienes buscan en la novela la norma, la etiqueta. Hay muchos lectores que se sienten engañados si no se les advierte qué van a leer. La aventura de la pura lectura y el que uno le imponga un género, todavía es minoritaria. La gente dice, pero no es novela. El lector quiere sentir que se trata de una historia cerrada, con personajes que tienen un destino. Sea abierta o cerrada, le siguen pidiendo al escritor una manera decimonónica a la novela. Pío Baroja decía: "Novela es un saco en el que cabe cualquier cosa". Camilo José Cela, para ser más transgresor, sostiene que "Novela es todo lo que se publica bajo el título de novela". Estamos asintiendo a la descomposición del género. Cuando Truman Capote publicó A Sangre Fría, hubo una inútil discusión sobre si era o no una novela. El se previno y le colocó a su libro: novela sin ficción. Norman Mailer siguió el camino con La Canción del Verdugo. El problema sigue siendo que la gente quiere leer novela, quiere leer invenciones, no quiere leer reflexiones sobre la realidad. A cada rato uno se encuentra intelectuales o colegas de universidades que me dicen: “Tengo la ilusión de que algún día escribas una novela como sólo tu puedes hacerla”. El elogio tiene su trampa detrás. Lo que quieren decir es que: “Me gustaría que tú escribieras una novela donde describas a la heroína subiendo por una escalera y se vean los peldaños”. Quieren, a toda costa, que uno escriba novela decimonónica.

- ¿Más allá del interés literario, había un interés afectivo y pasional por Daniel Santos, o simplemente lo tomas como mito?
- Existía el interés de sacar adelante submundos nuestros, mundos malditos de poco prestigio social, pero de gran resonancia literaria. Tenía esa ilusión porque siempre he creído que en esas vidas hay unos colores oscuros que me apasiona defender y conocer. Yo me formé en la mediocridad de mi época: La radionovela cubana de Félix B. Caignet; el cine mexicano de nosotros los pobres y ustedes los ricos de Pedro Infante y de Marga López; el bolero popular de Ruth Fernández, Daniel Santos, Bobby Capó, Felipe Rodríguez y Mirta Silva.

- ¿Daniel Santos llegó a ser considerado más cubano que puertorriqueño?
- Los cubanos siempre han echado a rodar esa bola. Lo que pasa es que el momento de su eclusión como artista transcurre en Cuba, porque La Habana era el gran escenario, de la misma manera como Mirta Silva se reconoce cuando canta con La Sonora Matancera. Pero Daniel Santos tiene canciones en donde deja muy en claro su identidad como puertorriqueño. Uno de los aspectos que siempre se le celebró a Daniel Santos fue su militancia dentro del movimiento del independentismo puertorriqueño. La vez que fui al concierto en que lo conocí, hablaba en voz baja y dijo al comenzar: "Dios me ha dado todos los regalos, menos la independencia de Puerto Rico.

- ¿Cuál es el disco que más te llama la atención?
- Linda. Siempre he creído que en ese tema hay una película. El otro día me encontré con un texto de una señora diciendo que ella era Linda y por qué dejó a Daniel Santos, un hombre abusador, un canalla. Una actriz puertorriqueña radicada en Nueva York, Iraida Polanco, me llamó donde Julio Rafael Sánchez y me dijo: “Yo conozco a Linda, vive en el Bronx, cuando usted la quiera conocer me avisa". Intenté buscarla pero la actriz referida me invitó a almorzar a su casa y me dijo: “Linda desapareció de donde estaba”. Siempre he creído que Linda es dominicana porque al final de la canción habla de la virgen de Altagracia. Otros dicen que era una novia dominicana de don Pedro Flores, y por eso él habla de Oh Virgen de Altagracia que quizás algún día se acuerde mí.

- ¿Se mira más en Puerto Rico el Daniel Santos de Pedro Flores, que el mismo Daniel de La Sonora Matancera?
- Sí, definitivamente. Se mira al Daniel solo, como figura individual, como un mito excepcional. A mí me asombró la emotividad que se suscitó en Puerto Rico con motivo de la muerte de Daniel Santos. La oficialización absoluta de él. Hoy en día es un mito oficializado.

- ¿Cómo fue el entierro?
- Murió en la Florida, y se le trajo directamente a Puerto Rico. Hubo un largo velatorio en una de las mejores funerarias de San Juan. Por allí desfilaron miles de personas. Se le enterró en el cementerio histórico de la vieja ciudad, donde ya ni siquiera se venden ni se consiguen panteones. El gobierno consiguió uno. Yo fui a ese cementerio dos semanas después a un acto en honor de don Pedro Salinas y me emocioné al ver las flores en la tumba de Daniel. Había una bandera puertorriqueña en su tumba. Me pareció un gran homenaje para Daniel Santos

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