23 feb. 2016

Alfredo de la Fé, el violinista con sonido salsero



Fuente: El Espectador, Colombia

Esta es la segunda vez que se presenta en el Festival de Música Colombiana. En el pasado tocó salsa y este año tiene el reto de hacer un homenaje a Lucho Bermúdez. Dentro de la gran obra del maestro, ¿qué canciones han elegido?, y, ¿cuál será su aporte?

Tocaré junto al Dueto Nocturnal de Bogotá. Hemos escogido canciones célebres como Carmen de Bolívar, Tolú y Fiesta de negritos, con arreglos un poco más estilizados. Contaremos con el tiple, el piano, el bajo, un par de instrumentos de percusión y dos voces maravillosas. Vamos a mezclar zona Andina con la Costa Caribe.

¿Cómo es la relación que tiene con la música colombiana?

Me identifico mucho con la andina, porque mi padre, quien fue tenor de ópera, me hizo escuchar bambucos, guabinas y torbellinos desde muy niño, todo ello gracias a Disco 78, en los años 60. Cuando se habla de la música colombiana se piensa en la andina, que tiene una magia para combinar las raíces de los instrumentos. Para mí tocar La gata golosa o Las juanas es algo maravilloso, a pesar de que Colombia ha sido para los salseros la mejor plaza del mundo, porque si no fuera por este país la salsa se hubiese muerto hace mucho tiempo.

Llegó al país en los años 80 y se quedó.

Sí, vine a tocar a Cali en el año 82 a Juanchito y me quedé 14 años. Mi adicción la paré en Medellín en el 1986, cuando me iba a presentar en la visita del papa Juan Pablo II. Haber incumplido esa cita con Su Santidad me hizo tocar fondo. Cuando llegué a Colombia había terminado de hacer mi primer disco, en el cual hay un tema que se llama Somos los reyes del mundo, del que no me he podido liberar, porque lo debo tocar en todas mis presentaciones. En este país me volví solista, ya no era un violinista acompañante y eso se lo debo al público colombiano.

Pero una de las razones de su llegada a Colombia fue porque en Estados Unidos lo estaban acusando de narcotraficante.

Eso me sucedió por rumbero. Estaba en una casa de rumba y cuando llegó la Policía me detuvo. Finalmente pude demostrar mi inocencia, pero quedé con un sabor amargo con la justicia de Estados Unidos, porque me estaban acusando de expendedor de droga, entonces eso me hizo cambiar de ambiente. Creo que si no hubiera venido a Colombia, nunca me hubiera rehabilitado.

Héctor Lavoe, su gran amigo, intentó hacer lo mismo, llegó a Cali con la esperanza de que aquí iba a dejar su adicción.

Héctor venía huyendo de su adicción a la heroína, buscando desintoxicarse, pero las rumbas eran iguales, mi casa era la casa del ritmo. Recuerdo que una vez Héctor me desbarató el apartamento buscando a un hombrecito de 10 centímetros con una metralleta, porque decía que lo que iba a matar. Para esa época él estaba escribiendo “Triste y vacía” y “Juanito Alimaña”. Con él tuve una gran amistad, las primeras rumbas las empezamos cuando yo tenía 12 años en Nueva York. Trabajé con él, hice los violines de “Periódico de ayer”.

Siente que su misión, al haber pasado por estas circunstancias, es llevar un mensaje de esperanza a quienes están en esta situación similar?

Sí. La vida me dio esa oportunidad de no morir, así que debo dar testimonio de ello. Pero también de las cosas buenas que han pasado por mi vida. Sólo alguien que ha estado atrapado por el vicio sabe que no es fácil enfrentar esa enfermedad de la que nunca te curas, porque si mañana empiezo a consumir de nuevo voy a terminar peor. Ese monstruo se puede poner a dormir.

Comenzó su carrera a los 12. ¿Cómo es la vida de un músico profesional a esa edad?

Fue pasar de jugar con carritos a una vida nocturna, una vida de drogas, porque a esa edad conocí la droga que casi me mata y que afortunadamente hace 30 años la dejé. También hice mi primera gira por Europa y ese tipo de situaciones me hicieron madurar biche, pero no me arrepiento de nada, porque mi destino es llevar la música.

Pero, ¿cuándo determinó que esa pasión se debía profesionalizar?

A los 12 años empezó a llegar el trabajo, tuve la oportunidad de estar al lado de un gran músico como José Antonio Fajardo, el mago de la música cubana y la flauta, quien me enseñó las raíces de mi música y siempre conté con esa suerte de que lo que yo hacía le gustaba a la gente, así que me llamaron de diferentes agrupaciones.

Pero no siempre fue así, a usted lo bajaron en una oportunidad del escenario, cuando se presentó al lado de la Orquesta de Broadway, en Nueva York.

Era la primera vez que tocaba con una orquesta. Me dijeron que nunca iba a servir para la salsa, para la música cubana, que siguiera con lo clásico, pero eso fue como un empujón, me dio el coraje de seguir adelante y demostrar todo lo contrario. Años después esa misma orquesta que me bajó del escenario me llamó para que participara en uno de sus discos.

¿Cómo definiría el sonido de aquel violín que lo acompañó en sus primeros años de músico?

Recuerdo que ese primer violín llegó a mi casa, porque mi papá lo encontró en la basura y no tenía cuerdas. Las primeras cuerdas y el arco me los dio Celia Cruz, mi madrina de bautizo, con el compromiso de que llevara la música y el legado de Cuba al mundo. Luego inicié mis estudios en el Conservatorio Amadeo Roldán de La Habana. Recuerdo que la primera vez que llegué allí había guardado el violín en una funda de almohada y todos se burlaron, pero dos años más tarde gané una beca para estudiar en Polonia. Desafortunadamente ese violín se quedó en Cuba, cuando nos fuimos a Estados Unidos.

¿Y ahora qué violines tiene?

Tengo uno de 1823, que compré a los 15 años con la venta de las joyas que mi papá me había regalado al graduarme de la escuela. También tengo un acústico y dos violines eléctricos. Siempre trato de innovar, por eso he pasado de un violín de 5 cuerdas a uno de 7.

Mirando hacia atrás, ¿cree que fue necesario estudiar el instrumento fuera, en Varsovia, durante seis meses?

Sí, creo que las cosas no se dan por casualidad. La mejor escuela fue el Conservatorio de Cuba, pero el haber tenido ese roce cultural a los 11 años con un país europeo es difícil de olvidar, porque salí de la comodidad de mi casa a estudiar en un país donde no se hablaba español, en donde estudiábamos de seis de la mañana a once de la noche, lo que se tornaba en un ambiente muy frío.

Su papá tenía un gusto por la música clásica, fue cantante de ópera. ¿Cree que él quería continuar el sueño en usted?

Él también fue precursor de la salsa en Cuba. Nunca me impuso nada, él dejo que yo siguiera mi camino, así que no tengo ninguna culpabilidad de no haber seguido la música clásica. Son muy pocos los que hacen salsa con un violín y creo que eso me dio la oportunidad de ser único en algo, de viajar por todo el mundo.

Además de ser ahijado de Celia Cruz, trabajó con ella durante 5 años. ¿Cómo recuerda la última vez que la vio?

Fue en su lecho de muerte en Fort Lee, New Jersey. De hecho, ese día estaba de aniversario, pero ya estaba en coma y Pedro Knight la tomo de la mano y le dijo: “Negra, hoy estamos cumpliendo años de casados, te amo”, y ella le apretó la mano. Luego, cuando yo estaba en Manhattan, me enteré de la noticia y con una tristeza muy grande grabé una canción en honor a ella. No he borrado su número de teléfono, lo conservo.

¿Qué aprendió de ella?

De Celia aprendí la puntualidad, ella llegaba tres horas antes a un aeropuerto. Pero no sólo me enseñó de puntualidad, también lo hizo Tito Puente. Una vez no me sonó la alarma en Francia y me quedé dormido, cuando bajé, diez minutos después se habían ido, no me dejaron dinero ni pasajes. Cuando llegué a Fráncfort, donde íbamos a tocar, me encontré con él y me dijo: “La próxima vez no vengas, vete” y yo era el director. Me enseñó disciplina.

Este año cumple medio siglo de carrera artística. ¿Cómo recibe ese aniversario? ¿A qué más está dedicado?

A pintar. Hice unos violines que en el mes de agosto expondré en el Museo de Arte Moderno de Cartagena para celebrar mis 50 años de vida artística. Parte de lo que se recaude irá a una fundación que tenga que ver con música, con jóvenes con talento artístico.

¿Y en cuanto a la música?

Voy a lanzar mi disco. Allí estarán Iván Villazón, Poncho Zuleta, Alvarito Meza, Gonzalo el Cocha Molina y otros artistas. En el año 85 estuve en una rumba y llegué con mi violín, y había un señor tocando acordeón. Después de unas horas me acerqué y le dije que si podíamos tocar juntos y me miró como un zapato. Ese hombre era Colacho Mendoza, uno de los grandes del vallenato, que me llevó a amar ese estilo musical. También voy a tocar con los bravos de la Fania, que somos los que quedamos de las Estrellas de la Fania en el mes de abril.

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