23 oct. 2015

Exhuberante noche de Latin Jazz con Eddie Palmieri y Chucho Valdés



Fuente: Los Angeles Hoy. Por: Sergio Burstein

El concierto del martes pasado en el Disney Hall del Centro de Los Ángeles tuvo como acto central a Eddie Palmieri, un pianista excepcional que hizo lo suyo con el nivel que se esperaba; pero, en realidad, todos los conocedores sabían de antemano que el atractivo mayor por aquí era la presentación de quien lo antecedió en la tarima: el también pianista Chucho Valdés.

Y es que Valdés, quien ha desarrollado una provechosa carrera como solista desde los años ‘60 y visita frecuentemente nuestra ciudad, estaba presente para servir un platillo particularmente suculento: un tributo a Irakere, la banda fundamental del latin jazz cubano que él mismo fundó en 1973 y que estuvo activa de un modo u otro hasta hace menos de una década. Claro que esto no era una reunión de Irakere; en realidad, aparte de él, tenemos los impresión de que ninguno de los músicos incluidos pertenecía a la agrupación, ni siquiera en su versión final.

Tampoco estaban allí, por supuesto, el saxofonista Paquito D’Rivera y el trompetista Arturo Sandoval, piezas esenciales del grupo que abandonaron Cuba para radicarse en los Estados Unidos en los ’80 y los ’90, respectivamente, por lo que sería imposible hablar de un reencuentro; pero lo que se escuchó fue absolutamente formidable, no solo porque Valdés sigue haciendo lo que mejor sabe hacer de manera notable a los 74 años de edad, sino también porque los instrumentistas que lo acompañaron -y que pertenecen en su mayoría a su banda actual, los Afro-Cuban Messengers- no dejaron nunca de brindar muestras de sus increíbles habilidades.

Por ese lado, uno de los más impresionantes fue Dreiser Durruthy Bombalé, un residente de La Habana que, además de interpretar los batás con una agilidad pasmosa, fue el vocalista principal, entonando muchas veces las melodías que le tocaban en yoruba, como ocurrió durante el corte de apertura, “Juana 1600”, que le fue dando poco a poco oportunidades de solos a todos los presentes (el del saxofonista, tan potente como ácido, fue realmente emocionante). El tema concluyó con un Valdés que daba evidentes pruebas de un estilo que puede pasar sin problema alguno de la elegancia de la música clásica a la más encendida clave sonera.

Curiosamente, pese a que en una entrevista reciente el pianista nos aseguró que no iban a faltar en el repertorio ni “Misa Negra” ni “Bacalao con pan”, los temas más conocidos de Irakere, ambos brillaron por su ausencia, debido probablemente a que, a diferencia de otras presentaciones de la gira, su set no fue del todo completo, ya que se extendió únicamente por una hora; pero ese tiempo fue suficiente para la interpretación de la pieza bailable “Estela va a estallar”, la muy sentimental “Contradanza” -que es de su cosecha personal-, la excelente “Tango” -con toques adicionales de música clásica- y la trepidante “Comanche” -donde se lució el baterista-.

Más allá de dar cuenta de la escuela jazzística a la que pertenecen, los músicos se enfrascaron en varios ‘jammins’ de tendencia progresiva y vanguardista; y aunque la mayoría de ellos son muy jóvenes, Valdés les siguió el paso sin problema alguno, incluso cuando recorría las teclas con velocidad pasmosa.


Seguir este memorable segmento hubiera resultado difícil para cualquier artista, pero Palmieri estuvo a la altura de las circunstancias, no solo porque es una eminencia por cuenta propia, sino también porque su estilo es distinto al de Valdés, debido a que se forjó en las calles de Nueva York durante la formación de la salsa original. De ese modo, aunque su propuesta tiene un sabor mucho más tradicional que la de Irakere, posee ritmos de otras procedencias, y él mismo se esmeró en animar los trámites con gritos espontáneos y enérgicos movimientos dirigidos a sus compañeros, como suele hacerlo.

En ese sentido, la agrupación de Palmieri lució por lo general un aspecto mucho mayor que la de Valdés, aunque eso no fue un obstáculo para el derroche individual de toda clase de virtuosismos, incluso cuando estaba claro que, a diferencia del acto anterior, el foco estaba centrado en el maestro ‘nuoyorican’ de 78 años, quien se sobrepuso a un breve problema de sonido para brindar un sólido repertorio iniciado con “Life”, una encantadora composición dedicada a su esposa fallecida.

Debido a que era un día de semana, y como la mayoría de la audiencia se veía como si hubiera estado pintando canas desde hace buen tiempo, la sala empezó a vaciarse antes de que el concierto terminara. Mala suerte para los que se fueron, porque los dos últimos cortes de Palmieri fueron los más vibrantes, empezando por “La libertad”, donde la salsa dura estalló en todo su esplendor, y siguiendo con “Comparsa”, una suerte de muestrario del talento del pianista que concluyó con una poderosa descarga.

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