27 sept. 2015

Eddie Palmieri: "Si hoy en día vas a bailar Salsa, lleva almohada, te vas a dormir"


Fuente: El País, Colombia. Por: Ossiel Villada Trejos

Corría 1975. Donald Trump aún no aparecía por el vecindario, pero la semilla de su discurso discriminatorio contra los hijos del Sur  ya estaba sembrada en el  ‘American Way Of Life’. Y el arte no escapaba a aquella tiranía. Aunque ya para la fecha los inmigrantes de todo el Caribe ajustaban casi cinco décadas de  aporte a la historia musical estadounidense, en el prestigioso Premio Grammy no existía ni una sola categoría para reconocer el talento latino.

Algunos músicos influyentes, como el  pianista judío Larry Harlow, empujaban de tiempo atrás la idea de crear ese premio. Y el objetivo se alcanzó a finales de 1974. Pocos meses después, el 2 de marzo del año siguiente, en el Uris Theatre de Nueva York, se anunció al primer ganador de la categoría de Mejor Grabación de la Música Latina.

Un pianista salsero de origen neoyorquino, apellido italiano y ascendencia boricua  -- barbudo, un poco gordo, medio loco y absolutamente genial --, subió a reclamarlo. A sus 39 años de edad, Eduardo Palmieri Maldonado escribía su nombre en una página de oro de la música latinoamericana.

40 años después ese mismo pianista  interrumpe una sesión en su casa de Manhattan para atender mi llamada desde Cali. El diálogo será breve porque se alista para salir al estudio de grabación. Y a mí, la verdad, más que escribir un artículo, lo que me atrae es averiguar un poco más de ese extraño disco con que ganó el primer Grammy para un latino.

‘The Sun Of The Latin Music’ es considerado por muchos eruditos como el mejor disco que se haya grabado en toda la historia de la Salsa. Y por eso mismo es uno de esos discos de culto que no resultan fáciles de escuchar ni de digerir.

La primera vez que me atreví a poner en las sesiones rumberas de mi barrio el emblemático tema ‘Un día bonito’, absolutamente fascinado por algo que ni yo mismo entendía,  estuve a punto de ser linchado, con plena justificación.

Claro, para mis amigos no era fácil pasar de un estribillo como “… la temperatura sube, sube; sube la temperatura” , a un tema denso y magistral que abre  con un interludio de piano de seis minutos bajo las influencias del neoclasicismo de Stravinsky y la vanguardia del Jazz, para después dar paso a una serie de efectos electroacústicos, que luego conectan con una comparsa cubana y desembocan finalmente en un poderoso guaguancó. Demasiada dureza para una esquina dura.

Todo eso sin contar la sorpresa que el oyente  se lleva al saber que semejante transatlántico instrumental le da paso a un cantante que solo contaba 16 años en el momento en que se hizo la grabación:
un adolescente con una voz casi sobrenatural, capaz de alcanzar registros altísimos con la claridad de una  mañana soleada.

La historia cuenta que después de ese disco se le calificó como la mejor voz de la Salsa. Y también cuenta que, después de su corto paso por la banda de Palmieri, todo ese talento apenas si alcanzó para un superfluo pero millonario éxito de la salsa erótica  titulado ‘Ven, devórame otra vez’.  Ubaldo ‘Lalo’  Rodríguez hoy está por los 56 y aún goza la fama de aquel premio.

Cuando le pregunto por el asunto, Palmieri se ríe y me contesta que casualmente cuando entró mi llamada estaba escuchando ese tema como preparación para su nuevo disco. Hoy, el Dios de los melómanos es generoso conmigo.

Maestro Eddie. ¿Qué  pasaba por su cabeza cuando creó algo tan extraño  como ‘Un día bonito’?

Lo que yo he hecho toda mi vida es arte. Y el arte nace a partir de observaciones de uno mismo e influencias de otros. Yo tuve grandes maestros que me enseñaron a tocar música clásica desde los 11 años, y de ellos aprendí el gusto por  las variaciones y las extensiones de la música  clásica. Y todo eso, más lo que aprendí de los grandes maestros de la música cubana,  está ahí, en el ‘Día bonito’.

‘Lalo’ Rodríguez tenía 16 años y recién lo habíamos traído a La Perfecta. Antes de eso habíamos ido de gira a California y un día, entrando al hotel, el bajista le dijo al conserje: “Qué día más bonito el de hoy”. Y el señor le contestó: “Aquí siempre son días bonitos en California…”

Yo me quedé con la frase en la cabeza y después escribí la letra y trabajé los arreglos con mi amigo, el gran trombonista Barry Rogers, y nos dimos la libertad de sacar todo lo que teníamos en la cabeza. Para poder dar calidad en el arte yo siempre he escogido los mejores músicos, y Barry era el mejor;  un músico con tremenda formación  que después de mi orquesta se fue al Jazz, porque  estaba preparado para hacer música mundial. Y así nos ganamos el primer Grammy después de 17 años de espera.

¿Y no cree que tal vez también tuvo un poco de suerte…?

Eso no existe. La suerte es cuando la oportunidad se encuentra con la preparación. Y eso es lo que yo le aconsejo a la juventud: la preparación para poder buscar su propia personalidad a la hora de tocar. Eso solo se logra con el estudio. Y después, ya vendrá la oportunidad.

Eddie Palmieri sabe exactamente a qué se refiere cuando pone tanto énfasis en la palabra preparación. Descendiente de inmigrantes italianos que cruzaron el océano  para llegar a Ponce, Puerto Rico, fue influenciado desde sus primeros años por el ambiente musical de la familia, donde guitarra y bajo eran una constante. A los 5 ya cantaba boleros de Daniel Santos y tocaba las maracas, mientras su hermano mayor, Carlos Manuel – Charlie Palmieri – ya era un genio del teclado.

A los 11 años empieza sus clases de piano clásico, en agotadoras jornadas que le enseñan todos los secretos de la técnica purista y la grandeza de la música universal.  Pero, en medio de los rincones del South Bronx, es el ritmo frenético de la calle el que se instala en su oído y su corazón.

Gracias a la influencia de su hermano Charlie, reconocido ya como una autoridad en el ambiente musical neoyorquino, Eddie logra iniciar desde antes de los 20 años una rápida  carrera que le permite conocer a fondo  las complejas facetas de la música cubana, y particularmente los secretos de la clave, esa célula básica sobre la que está cimentado todo el edificio de los ritmos afrocaribeños.

Pasa por la banda del bajista Johnny Seguí,  después integra la orquesta de Vicentico Valdés y de allí salta a una breve estadía en la formación del vibrafonista Pete Terrace. Por último, antes de volar como solista, Palmieri permanece dos años junto a la expresión máxima de la cadencia y la elegancia: el gran Tito Rodríguez.

Lo absorbe todo: desde las disonancias de Thelonius Monk, hasta las diferencias entre el guaguancó, la columbia y el yambú. Y en 1961 todo está ordenado en su cabeza para crear la mítica orquesta que sentaría las bases de lo que harían después todas las bandas que desarrollaron el concepto conocido comercialmente como ‘Salsa’, incluida la ampulosa Fania All Stars.

En un ambiente que había fluctuado durante largo tiempo entre la armonía portentosa de las big bands y la elegancia sabrosa de las charangas, Palmieri  desarrolló un nuevo sonido que reflejaba la dureza del barrio,  la agresividad de la calle, la lucha cotidiana del inmigrante.

Fue una verdadera revolución sonora. La Perfecta, integrada por  una docena de músicos, compite ferozmente en el mítico salón de baile ‘Palladium’ con bandas legendarias de la época como las de Machito, Tito Puente y Tito Rodríguez.

¿Por qué bautiza a su banda ‘ La Perfecta’?

Porque así sonaba. Cuando salió La Perfecta nadie había visto una orquesta así: dos trombones al frente, acompañados con flauta. Desde el  punto de vista de la estructura parecía una charanga, pero en vez de violines tenía trombones. Por eso mi hermano la bautizó como una ‘Trombanga’.  Y después de La Perfecta salieron orquestas con trombones por todo lado. Pero La Perfecta sorprendió a todo el mundo y por eso era única.

¿Y cómo logró ese sonido particular que estaba a medio camino entre la agresividad y la sabrosura?

Gracias a músicos como el gran Barry Rogers y el gran José Rodriguez, que llevaron el trombón a un registro y a una expresión única. Barry tenía una forma muy particular de hacer sus solos. Era único, nadie ha podido llegar a eso. Pero además, La Perfecta  también tenía una sección rítmica con los mejores músicos. El ritmo en la orquesta de Vicentico Valdés eran Manny Oquendo, Tommy López y Mike Collazos, y después los tres tocaron  conmigo en La Perfecta.  Yo siempre he escogido a los mejores músicos.

Cualquier melómano que medianamente haya escuchado y estudiado la evolución de los géneros agrupados bajo la etiqueta ‘Salsa’ sabe que frente a Eddie Palmieri no caben las comparaciones. No aplica aquello de que “suena parecido a …”

En su largo recorrido  entre los géneros afrocaribeños puros, el Jazz y la música clásica, su música siempre ha sonado distinta a la de todos y distinta incluso, de sí misma.  No es gratuito que en los círculos académicos se hable de  un ‘Sonido Palmeriano’, explosivo, inconforme, ardiente, por momentos etéreo.

Palmieri nunca siguió el rebaño. Jamás pensó sus obras en la línea tradicional que siguieron músicos de su misma época, como todos los del sello Fania.

En los arreglos palmerianos  los trombones suenan como una jauría de lobos hambrientos, las trompetas se alzan hirientes hasta las nubes, los timbales son casi tambor de guerra. El mismo Palmieri ataca el piano como si fuera una conga –no es gratuito que le bautizaran el ‘rompeteclas’–, mientras mueve los ojos desorbitados, gesticula y emite sonidos guturales.  Con Palmieri siempre hay sorpresas.

¿Qué es la Salsa para Eddie Palmieri?

La salsa no tiene significación para mí. La Salsa, como dijo Tito Puente, es solo para los spaghettis. Lo que importa para mí es la música bailable que viene de la raíz de África y después se encuentra en el Caribe y pone al mundo a bailar. Esa es la que sigo estudiando y trabajando.

¿Por qué la música afrocaribeña ya no suena como  La Perfecta?

Porque se graba más pensando en vender discos que en hacer arte. Todo artista, naturalmente, quiere que su disco sea de éxito y quiere vender. Pero hoy eso es lo único que prevalece. Y en esos discos ya no se hacen ‘solos’. Y por eso mismo es que si hoy en día tú te vas a bailar con una pareja, yo les recomiendo que lleven un par de almohaditas, porque se van a quedar dormidos bailando.

Eso pasa porque a la Salsa le quitaron la tensión y la resistencia que tiene que haber para poder llegar a un climax musical máximo. Y a eso se llega después de un solo de piano con un solo de bongó o conga.
Y eso va creando  más tensión y resistencia hasta que se llega al mambo. Eso ya no existe. Y eso es lo que va a tener este disco que estoy grabando.

 ¿Cómo va a ser ese disco?

Es un disco dedicado a mi señora, se llama ‘Mi luz mayor’ y estará sonando en febrero próximo.  Ahora mismo estamos grabando con 20 músicos. Cinco temas los va a cantar Gilberto Santa Rosa, incluido el que le escribí  a mi esposa.


Y los otros cinco los hará Herman Olivera, el sonero al que yo bauticé como ‘La voz del Caribe’. Entre ellos estará un tema que grabó el gran Tito Rodríguez, llamado ‘Abarriba cumbiaremos’ y que es dedicado a Colombia. También voy a tener Carlos Santana tocando el tema ‘Mi Congo’, que se lo cambié para rock.

Van a salir primero dos clásicos – ‘Pa la ocha tambó’ y ‘Vamonos pal monte’ –  con nuevos arreglos hechos por José Madera para una orquesta de 20 músicos. Y también estoy trabajando en ese disco con el gran arreglista Ray Santos, que tocaba saxo tenor con Machito, Tito Rodríguez y Tito Puente;  el único arreglista que queda vivo de esa época.

En mi nuevo disco vas a oir un solo de bongó, un solo de timbal, uno de conga, uno de bajo, de trompeta, trombón.  Te puedo asegurar que ‘Mi luz mayor’ va a ser la mejor grabación de música latina de todo el siglo 21.  Ese disco se los dejaré a los estudiantes jóvenes y cuando escuchen ese trabajo se van a asustar. Viene con potencia concentrada.

Mientras lo escucho hablar, pienso que tal vez la música de Palmieri tiene algo que detiene el paso del tiempo, revitaliza la energía y desafía a la muerte.

No hay otra razón para explicar porqué, solo meses después del fallecimiento de doña Iraida González, su eterna compañera de vida, y con casi 80 diciembres a cuestas, este hombre suena alegre, desafiante, prometedor, más vivo que nunca.

¿Por qué bautizó ese disco así, maestro?

Porque mi suegra me dijo una vez a mí que mi señora era mi luz mayor. Entonces yo le escribí un número para ella y le pedí a Gilberto que lo cantara en este nuevo disco.

 ¿Y cómo es seguir viviendo sin ella?

Hay un vacío muy grande en mi alma. Porque ella era mi guía espiritual. Y eran 60 años casados, más dos de novios. Y falleció de cáncer. Pero antes de morir ella escuchó todas las canciones de este trabajo, y por eso decidí grabarlo en su honor con los mejores músicos del mundo.

Maestro, ¿ya terminó de conocer el piano?

El piano no se termina de conocer nunca. Ahora mismo yo estoy buscando una maestra porque Estoy preparándome para tocar dentro de un año y medio mi música con una orquesta sinfónica que estará acompañada de tambores batá. La vamos a presentar en el Carnegie Hall y necesito un maestro que me ayude en la preparación de ciertas composiciones mías en música clásica.

Al otro lado de la línea, en Manhattan,  ya acosan a Palmieri. Pero antes de despedirse me confiesa: “Es un honor tocar en Cali, porque es la Capital Mundial de la Salsa, y allá ustedes bailan muy bien. Estoy loco por poder hacerlo”.

Colgamos. La ventana no miente: en la Sucursal del Cielo, como casi siempre, el de hoy también es ‘Un día bonito’.

Comments (0)