20 feb. 2013

Falleció el Gran Fellove




Fuente: La Jornada, Mexico. Por: Juan José Olivares

“Yo scateo las guarachas y rumbeo el jazz”, decía, ya que introdujo la improvisación vocal como un instrumento más en el son y la salsa

Mango mangué, grabado por Celia Cruz; Dos caminos, que hizo popular Olga Guillot, y No me agites más, son algunos de sus temas emblemáticos

"Mucha gente cree que yo no soy yo. Que ya me morí... Y es que llegar a esta edad está de mambo. Para andar en esta rumba hay que cuidarse, y yo me cuido. Soy organizado, como bien, duermo mis horas, ya no vacilo de noche, tomo vitaminas, de la A a la Z, y me checo con el médico casi diario", dijo alguna vez en estas páginas el cantante Francisco Fellove, precursor del movimiento del filin cubano, compositor y crooner, quien cubrió una época importante del desarrollo de los géneros bailables y a quien se debe la introducción del scat jazzístico en el son y la salsa, así como la popularidad de innumerables piezas de la música de la isla.

El llamado Gran Fellove murió este fin de semana en un hospital de la ciudad de México a los 89 años.

Nacido el 17 de octubre de 1923 en el barrio Colón de La Habana y naturalizado mexicano, Francisco Fellove es un personaje imprescindible al momento de hablar de música afrocaribeña. Su alegría y desparpajo, aunados a una forma interpretativa en la que ligaba sonidos onomatopéyicos con frases rítmicas, fueron sus signos de identidad artística.

Joyero de profesión, ingresó al medio musical gracias al ambiente de rumba y son que permeaba en el barrio habanero de Colón, sitio en el que convivió desde niño con tamboreros de la talla del gran Chano Pozo; su primo Patato Valdés; el tresero Niño Rivera, quien le acompañó en sus primeras composiciones, y el pianista Bebo Valdés, con quien participó como voz de su orquesta y contribuyó a la creación del ritmo batanga, hasta llegar al grupo bohemio de los Muchachos del Filin, con quienes contribuyó al desarrollo de ese estilo de hacer y cantar el bolero cubano.

A los 16 años compuso su clásico Mango mangué, que le grabó Celia Cruz; el bolero Dos caminos, que hizo popular Olga Guillot, y No me agites más, grabado en 1948 por Machito y sus Afrocubanos.

Desplegó su actividad de intérprete y compositor en La Habana hasta que su amigo José Antonio Méndez lo convenció de venir a la capital mexicana. Desde 1955 radicaba en el Distrito Federal, donde conoció a su esposa Melba, con quien tuvo a su hija, Toñita, y donde hizo muchos de amigos y concretó su carrera musical.

"Estoy muy agradecido de mi México lindo y querido, de su gente tan bonita que me dio su apoyo. Quién sabe qué hubiera pasado de no haber llegado a México", aseguraba Fellove, intérprete singular de rumba, guaracha y son, quien precisaba que en México su música empezó a evolucionar, y presumía que entre otros aportes incluyó el scat jazzístico (conocido entre nosotros como chúa) al canto sonero. “Yo scateo las guarachas y rumbeo el jazz”, decía.

Fellove confesaba que le gustaba estar con la juventud, "acercarme por medio de la música. No creo que a los chavos les disguste lo que hago, es que no saben. Si te acercas y cantas lo que es tuyo, la juventud atiende. Tiene cerebro y mente fresca, y si le dan buena música, se educa".

Cantaba lo mismo Walking on the moon, de Sting, que scateaba con Iraida Noriega o rapeaba sobre la base de un loop electrónico, acentuando un discurso afrocubano. No se arredraba. "Canto jazz, blues, filin, son, guaracha, guaguancó, bolero, ranchera y lo que me pidan. Yo soy un vacilón, chico."

Pero en ninguna antología musical afrocaribeña que se precie de seria puede faltar la cita de este singular caballero.

Tuvo una participación pionera en las cuban jazz sessions de la Panart, con su hermanito Cachao, las interpretaciones más filinescas del repertorio cubano de que se tenga memoria, como En nosotros, de Tania Castellanos, y Decídete, de su amigo José Antonio Méndez.

Fue precisamente El King quien al traerlo a Méxio lo llevó ante Mario Rivera Conde, director artístico del sello RCA, donde grabó sus primeras composiciones: el mencionado Mango mangüe y Sea como sea. Un disco de 45 rpm que de inmediato lo lanzó a la fama.

Por aquel entonces, a finales de la década de los 50 y toda la de los 60, participó en teatros de revista, salones de baile y elegantes cabarets. "Representa lo verdaderamente afrocubano", destacaba un crítico de la época. Sus apariciones constantes en la televisión hicieron que un público masivo lo conociera y otros escenarios lo reclamaran. Viajó por muchos países de Centroamérica y el Caribe hasta llegar al Paladium de Nueva York, donde alternó con Tito Puente, Tito Rodríguez y Machito.

Incansable, siempre ha estado en los mejores rumbones y descargas, como aquella del Madison Square Garden, en la que participó con Chucho Valdés (disponible en Youtube), o aquel festival Toros y Salsa, de Dax, Francia, donde reunió a cerca de 8 mil personas.

Su forma de cantar lo llevó a la creación de un fraseo sonero llamado chúa. La discusión, un tanto bizantina, por cierto, de si el estilo de marras es de él o no, ya fue aclarada por el propio Fellove en muchas ocasiones, la más reciente ante las cámaras de Canal 22 y el programa Salsajazzeando, de Deborah Holtz: “El creador del chúa-chúa soy yo… Yo soy el padre de la criatura”.



Fuente: Milenio, Mexico. Por: Xavier Quirarte

Su encanto por la música y por la vida se ha extinguido, informó un escueto correo electrónico de Rocío Montes; murió el viernes 15 en un hospital de la Ciudad de México.

Su destino estaba en nuestro país, adonde llegó en 1955 incitado por su gran amigo José Antonio Méndez.

México • El barrio Colón, uno de los más populares en La Habana, vio nacer a Francisco Fellove, mejor conocido como El Gran Fellove. Y es uno de los más famosos, nos dijo en ocasión de su octogésimo aniversario el cantante y compositor, “porque ahí salía una comparsa que siempre se llevaba los premios en los carnavales. El barrio agarró un auge tremendo y la gente lo consideró como uno de los mejores de Cuba”.

Pero la pasión de Fellove por la música y por la vida se ha agotado, informa un escueto correo electrónico de Rocío Montes; murió el viernes en un hospital de la Ciudad de México. Gracias a Rocío, más que su representante su gran amiga, el artista cubano que tantos años radicó en México volvió a los escenarios y, en una época en que otros viven en el retiro, contagiaba al público con su ritmo. Recuperamos, en su memoria, algunos fragmentos de aquella entrevista.

El camino de la música estaba en sus genes, le vino como marca de nacimiento. Sonriente, parodia la canción “Cómo fue”, que forma parte del repertorio de uno de los precursores del filin cubano: “Yo mismo no sé decirte ni cómo fue, pero veía un tambor y lo tocaba, agarraba una clave y la tocaba. Yo era muy aventado y eso me valió para que la gente me catalogara: ‘Lo que haces está bien hecho, no tienes problemas con respecto a la música. Fui creciendo, y como tenía que trabajar en algo, me dediqué al oficio de la joyería”.

Pero la tentación por la música era grande y grandes los intérpretes que lo impulsaban a seguir los pasos de las musas, así que un buen día dejó las piedras preciosas para mejor bruñir las notas del pentagrama. Muy jovencito, a los 16 años, escribió “Mango mangüé”, canción que salió de observar a un vendedor de mangos en la calle. La pieza fue grabada por Miguelito Valdés, quien luego la llevaría a su espectáculo en el Club Tropicana. En la isla se fue corriendo la voz del talento de Fellove y pronto Arsenio Rodríguez y los integrantes del Conjunto Casino lo invitaban a sus programas de televisión.

Época de esplendor

El destino de Fellove estaba en México, adonde llegó en 1955 incitado por su gran amigo José Antonio Méndez, quien solía decirle: “Fellove, quiero que conozcas México. Te vas a sentir increíble, vas a ver un país de maravilla”. Tan hondo calaron sus palabras, que noches soñaba con el país que su amigo le había descrito. “Llegué y de inmediato me encontré con el productor Mariano Rivera Conde, a quien José Antonio le había hablado mucho de mí. A don Mariano le gustó mi timbre de voz y me grabó varias canciones. Aquí inventé el ritmo que llamé chúa chúa, en donde hacía instrumentaciones con la voz. Ese ritmo se hizo muy popular y caminamos como no te puedes imaginar”.

En la sangre de Fellove corre la savia del jazz, ritmo que vivió muy de cerca cuando radicó en Nueva York, sobre todo con los músicos latinos. “Trabajé en el Palladium, el salón de baile más famoso de Estados Unidos, y alterné con Tito Rodríguez, Tito Puente, Machito y toda esa gente. Aquello se ponía tremendo, pero desafortunadamente quitaron el salón”.

Durante varios años Fellove grabó para RCA, sello entonces reservado a los grandes artistas. Más adelante cambió a Mussart y Discos Gas. Desafortunadamente la situación en el ambiente artístico y las disqueras sufrió severos cambios que privilegiaron a los artistas de probeta. “Se acabó el mercado y se acabó la gente de talento en la producción, como don Mariano. Se fue la gente de genio para la música, los verdaderos directores artísticos, y llegó una pila de improvisadores. Ahí fue donde México se vino para abajo, porque en las compañías no había gente con talento para grabar”.

A ESTE PAÍS “LO ADORO”, SOLÍA DECIR

Durante una de nuestras charlas, Fellove reflexionaba sobre el hecho de que su vida habría cambiado si hubiera aceptado alguno de los ofrecimientos que le hicieron para quedarse a vivir en Estados Unidos. ¿Se arrepentía? “¡No! —fue su respuesta inmediata—. A México lo adoro, cómo puedo arrepentirme si me ha dado todo. Le agradezco que soy un hombre muy feliz, que me siento bien, que tengo amigos y que la música me da satisfacción”.

Si algo lo distinguía era el alborozo que contagiaba a quien se exponía a su música, donde quiera que fuera. Ante todo mantenía un ferviente respeto a su trabajo y a la gente que lo escuchaba. “Yo no doy psicología ni nada, yo doy algo para que la gente se divierta. Me paro en el escenario y la música es mi alimento. El que trabaja en un cabaret va a divertirse, no a pelearse con la gente. Nunca he tenido malas noches, puedo jactarme de eso. He encontrado borrachitos que me gritan: ‘¡Oye, Fellove, cántame una canción diferente!’ Y yo respondo: ‘Mira, te voy a cantar algo para que te sientas cómodo. Te voy a cantar “La gloria eres tú’. El borrachito se pone feliz y ya es amigo mío”.

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