8 may. 2012

Los tres tiempos de Maelo: tempo primo


Fuente: Claridad, Puerto Rico. Por: Irvin García


Son alrededor de las 5:30 de la tarde de un sábado de abril en “Guaynabo City”. Me encuentro en uno de los cuartos de transmisión de una de las emisoras pioneras en la radio puertorriqueña, doble u ka a cúuuu, WKAQ. Esta tarde, entre 5 y 8 pe eme, la emisora deja de identificarse como ¡WKAQ cinnnnnco ochenta! La primera en noticias, para cada 15 o 20 minutos sonar el antiguo “jingle”: Doble u ka a cúuuu, Rafy Torres. Al instante me transporto décadas atrás cuando esta emisora era el principal medio para difundir la música grabada del momento. Era el tiempo en que se medía el éxito de una canción por las peticiones de los radioescuchas, –”Aló, me podría complacer”–. El “jingle” a voces que terminaba, Rafy Torres, identificaba el locutor de turno que tenía que hacer de todo entonces, hablar con propiedad al “aire”, manejar la consola y poner y quitar los discos de 45 revoluciones por minuto requeridos por la audiencia. Hoy el mambo es uno muy distinto. Lo técnico va separado del talento que conduce el programa. En un lado está un hombre o una mujer, anónimos, invisibles e inaudibles para la audiencia, manejando botones y computadoras, y al otro lado, separado por una ventana de doble cristal, está un tipo como Rafy Torres haciendo su magia.

Me encuentro en el programa Noches de Bohemia, que en los13 años que lleva de transmisión ha construido una audiencia de casi un millón de puertorriqueños y puertorriqueñas. Recibo la impresión de que ese casi millón de personas que escuchan el programa son amigos de Rafy. El teléfono no para de sonar y el hombre contesta todas las llamadas, reconoce con nombre y apellido a quien llama, y la mayoría de las veces tiene las canciones que la gente le pide. Observo fascinado la maestría con que Rafy maneja su oficio, siento la pasión y el cariño que les pone a sus ejecutorias. Y se siente bien estar a su lado. Rafy Torres es uno de los tipos que más sabe sobre la música popular puertorriqueña, sobre los músicos que poblaron ese campo, amén de anécdotas tragicómicas de los protagonistas de esa historia musical. Mientras le observo trato de anotar mentalmente todas las preguntas que se me ocurre hacerle, pero me pica a’lante, me saca del eslembamiento tocándome un brazo y diciendo al aire: –Óiganse ésta, especial para mis panas de Puerta e’ Tierra–.

Suenan las primeras notas de la canción cuando se vira hacia mí preguntándome por la identidad del sonido de aquella orquesta de saxos, trompetas y violines. Viene a mi mente Moneró, pero el hombre me salva de meter la pata contestando su propia pregunta: –Es la Panamericana con violines–. Nunca la hubiera identificado. Mientras suena la Panamericana con violines comentamos sobre la figura de Lito Peña en una foto de un artículo fotocopiado del periódico El Mundo, fechado a mediados de los años 50 del siglo pasado. Acompañan a Lito, en primer y segundo plano, miembros de la orquesta, pero en una esquinita, en un tercer o cuarto plano, hay un tipo engabanado y encorbatado, mirando de lado hacia la cámara, más asustado que una cucaracha en un baile de gallinas. –”Ése es Ismael Rivera, cuando todavía era albañil”–, me dice Rafy Torres.

Observo bien la figura, los hombros parecen caídos, me pregunto si es parte de su lenguaje corporal o es que el gabán es prestado y le queda un poco grande. Hay una juventud limpia de las marcas que da la vida en la expresión de su cara lampiña. Su mirada a la cámara me habla, …aquí estoy, medio asustao’ pero dispuesto a ponerme a prueba, a bregar con lo que sea…  Entonces vienen a mi mente la calle Calma, la playa del Último Trolley y su pana Rafa Cortijo. Maelo cantando bomba en la playa, Maelo cantando boleros a la salida de la escuela como lo retrata Jaime Córdova en su libro Partiré Canturreando. Cortijo guiando a su pana Maelo hacia la visión que los tambores le revelaron un día. Cortijo codeándose en la parada 21 con músicos del nivel de Lito Peña. Cortijo recomendando a Maelo para una grabación de la Panamericana de Lito. (¿Porqué no sabemos más de Cortijo?, asignación pendiente) Me pregunto si fuera del marco de la foto estaba Rafa Cortijo haciéndole señas a su pana para que pusiera buena cara, se parase derecho o se arreglara la corbata.

Me pregunto si Ismael Rivera todavía tenía cemento entre las uñas cuando grabó El Charlatán con la Orquesta Panamericana dirigida por Lito Peña. Sin duda alguna, aquel tipo medio asustado en la foto es el mismo que va a defender el honor de Lola ante los abusos de aquel charlatán con cuchilla. El albañil va dispuesto a acabar con el abuso. Dice que lleva pistola pero no la muestra, no amenaza de muerte, es sólo persuasión. Obviamente, Maelo no va solo al encuentro, tiene toda la orquesta tras de sí haciéndole coro: Dale ahora, kun páh kun kun, dale ahora, kun páh kunnnn… El charlatán no dijo ni jí, se acabó el abuso.

–Aquí no tiene la imagen de jodedor que tendrá más tarde– me murmura Rafy al oído, como en secreto, sacándome del paseo imaginario por el territorio de San Mateo de Cangrejos de los años 50 de los mil novecientos. Mi pana Rafy me deja saber que tiene anécdotas de conversaciones con Ismael, como quien tienta a un niño con su dulce favorito pero luego lo esconde, me confiesa su intención de escribirlas. Termina la canción de la Panamericana con violines, hablándoles al millón de escuchas, con una calidad de voz inimitable, le dice al micrófono que tiene de frente, –Y ahora amigos, nos vamos a una pausa, pero cuando regresemos, vamos a conversar con el amigo Irvin García quien nos tiene una interesante invitación–.

Acá entre usted y yo, también tendremos que hacer una pausa hasta la semana que viene para los otros dos tiempos de Maelo. ¿Qué me dice?

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