9 de ago. de 2011

La Salsa de Ayer en el Perú de Hoy


Por Anthony Lazaro

La salsa de ayer…

La llamada salsa de ayer es, en sentido personal, aquella que se originó mucho antes de mi nacimiento, incluyendo precisamente la que literalmente sonó ‘ayer’. Aquella que penetró con facilidad y sin permiso el Norte y la región latina de América, Asia, Europa y cuanto rincón registra la historia, desde el más simple y puro sonido del tambor africano exportado al Caribe e influenciado luego por quienes los historiadores han sabido concluir.

El eco de esta treintañera fiebre musical se viene disipando lentamente en muchos lugares donde el común eran nutridas fiestas interminables llenas de rumba, así como una seguidilla de nuevas producciones musicales por todo lugar donde se le transpirara, y por qué no el maratónico circuito musical en el que Fania All Stars arrasara donde el otrora magnate de apellido italiano pusiera el ojo. Esta es la música sobre la que muchos nos resistimos a ser testigos de su actual paso lento.

Hoy, ojeamos el horizonte y la realidad es distinta en cada esquina, los ritmos emergentes no han desplazado con la misma intensidad aquella salsa que adorna el titulo. Por ello, sería ligero entrar en detalles e intentar analizar a profundidad la realidad de otros países. Es aquí donde deslindo las generalidades precedentes y entro al baile apretando a la negra.

Salsero es aquel que le gusta la música latina llamada salsa, cualquier salsa, sin rótulos. De la
década que sea. Entonces, la salsa ha muerto?, no! Tiene menos seguidores?, si!

No es que la salsa haya muerto. Tampoco agoniza. Hablemos, para ser precisos, sobre la salsa de ayer pero en el Perú de hoy, como reza el pretexto que nos reúne.


…en el Perú de hoy.

Alguna vez hubo… Cerca de una decena de locales en los que en simultáneo se presentaba la crema y nata de la salsa de moda cada fin de semana que empezaba jueves y terminaba domingo. Una variedad de orquestas nacionales de alta calidad que no solo hacían bailar a la multitud sino que además componían, arreglaban y grababan temas propios, disco tras disco.

Artistas foráneos que venían a competir de igual a igual con los nacionales. Prolijos programas radiales que educaban a los oyentes y se esforzaban en traer la última o la más rara. Concursos de baile en los que se fajaban en ritmo los más puros y bravos bailadores de esquina. Disqueras que hoy serían verdaderos museos musicales.

Coleccionistas que sufrían para conseguir el mejor disco, mucho antes de la aparición del clic y la copia barata. Bailes populares que mantenían esta música en su hábitat natural, el barrio. Multitudinarios conciertos jamás repetidos. Y sobre todo: había público que asistía, parte del cual también consumía.

No se trataba de una realidad exclusiva, al contrario, se repetía en Nueva York, Colombia, Venezuela, Puerto Rico, Panamá y tantos otros importantes lugares.

En Perú, como en el resto de países, de pronto, empezó a llegar otra salsa que poco a poco fue capturando primero al público femenino, el mismo que arrastró –a lo Eva con manzana en mano- a varones en fila. La llamada salsa sensual irrumpió en la escena dura, captó el interés y cambió el gusto del bailador con letra tan erótica como incitante. Pero no todo fue malo. También m
ucha otra gente se enganchó gracias a que primero oyó la sensualidad en salsa; no es necesario escudriñar tanto para reconocerlo. Muchos, una vez atrapados, se dedicaron a buscar más allá… la raíz, la madre, el gen, la esencia, quedando asilados en este palacio del sabor. Es pues este, desde mi punto de vista, el inicio del cambio. Aunque no el único, pero sí el principal.

Lo sensual se fue imponiendo porque tenía consumidores, se volvía comercial. Así, muchos músicos, compositores e intérpretes decidieron cambiar el ritmo por el canto estilizado, en ocasiones fabricado, acartonado, sin inspiración, con un sabor distinto.

Un sensual que dejó huella imborrable fue Frankie Ruiz, quizá el más importante en su género por su condición híbrida musicalmente hablando, porque a pesar que sus letras pregonaban desnudos, cobardías, ruedas, camioneros, curas y hasta su libertad, le imponía un estilo que difícilmente se ha repetido en su vereda salsera. Estilo que impuso también en Perú.

Además, nuevas corrientes musicales, nueva generación, desinterés de las radios comerciales, falta de eventos públicos, menor inversión empresarial, menor poder adquisitivo de los salseros peruanos, cierre de locales, desaparición de orquestas, migración de músicos e intérpretes, cambio de oficios por otros más rentables, han hecho que la salsa que nos gusta se escuche cada vez menos. Sin dejar de mirar, además, la coyuntura social de las últimas tres décadas.

Estos y otros factores hicieron que, poco a poco y sin darnos cuenta, el escenario cambie para nunca regresar. Sí, para nunca regresar. Hoy en día, para escuchar la llamada salsa gorda, nos queda recurrir a reuniones casi clandestinas, en las que aislados puñados de salseros duros mantienen su inquebrantable gusto musical a tesón de titán, a punta de Lavoe y Maelo, con palos de Kako y Puente, trompetas de Chocolate y Perico, pianos de Bebo Valdés y los hermanos Palmieri, congas de Barreto y Mongo, sin descuidar ese sabor y sentimiento que llegan con los recuerdos de ‘esa’, ‘la de ayer’.

Es así que se mantienen vigentes iniciativas como las Descargas y Rumbas, que siguen convocando multitudes tras ese sonido del tambor que tango gusta, en los que no solo se escucha música de antaño sino también aquella que hoy se produce pero con la misma esencia. Una breve mirada a la masiva concurrencia nos hace reflexionar sobre el trillado son llamado ‘la salsa es del barrio’. Si no lo fuera, cómo se explica este fenómeno? Lo curioso es que eso es todo, después de estos y otros pocos esfuerzos no hay nada más. Se cierra el telón y volvemos a nuestra realidad, no hay dónde más disfrutarla fuera de nuestras cuatro paredes.


Descarga en el Barrio

De lejos vemos cómo las grandes orquestas, grupos, cantantes y músicos pasean su arte por países vecinos, preguntándonos: ¿Por qué no vienen a Perú?, ¿por qué los empresarios no los traen?, ¿por qué no hay conciertos gratuitos si la salsa es del pueblo? La respuesta es una sola. Porque el empresario, como tal, busca ganar dinero y la salsa de ayer no es rentable. Tan simple
como eso. Por ello, los artistas que contratan deben atraer público, deben ser comerciales.
Porque ese es su negocio y no está mal que así sea. Cualquiera de nosotros, haría lo mismo si invirtiera no pocos billetes.

Sin embargo, aun en estos tiempos hay una fuerte trinchera que se quedó en el pasado y se aferra al concepto más puro: ‘la salsa es del barrio’. Y con esa bandera esperan inactivos que regresen los conciertos gratuitos en cada esquina, ‘porque así era en los setentas’, sostienen. Al punto de tildar de elitista a quien no haga las cosas gratis y pretenda no botar su dinero. Es esta, quizá, la principal voz acerca de nuestra realidad y por qué no –al mismo tiempo- parte del problema.

En lo personal, a pesar que no hay casi nada decente que disfrutar en este patio y cada vez menos artista bueno que nos visite, la realidad me obliga a llevar la insignia de la clandestinidad, así tenga que ser parte de grupos de cuatro, así seamos cada vez menos y más aislados, así los festivales populares sean parte del recuerdo, así no compitamos con un festi-algo de prestigio que nos ponga en la mira, así los artistas que nos gustan no llenen estadios. Porque en este patio no se oye el eco del tambor.

En el Perú de hoy, la salsa de ayer no suena como ayer. Me atrevo a decir que jamás volverá a sonar así, debemos aceptarlo. Ya está en cada uno mantener el gusto. Está en cada uno vivir del ayer, si lo desea, musicalmente hablando.


Perú, ¿la capital de la salsa?

No es suficiente que artistas de talla vengan una vez al año al Festival del Callao. Tampoco que arriesgados nuevos empresarios organicen eventos sin continuidad en el tiempo, debido al primer balance negativo. Menos aun que gritemos a viva voz que lo somos.

Disculpe si esto le suena incómodo, pero nosotros mismos nos hemos hecho daño esforzándonos en querer demostrar una realidad que no existe cuando no se hace salsa peruana de calidad hace bastante tiempo, cuando la asistencia es cada vez menor, cuando seguimos pidiendo entradas de cortesía, cuando exigimos conciertos gratuitos, cuando no hay locales de exclusiva difusión salsera, con músicos que no quieren ensayar, con empresarios que pesetean al músico nacional, cuando las excepciones a lo anterior son tan raras como vistas de reojo por quien sigue sentado
criticando que es culpa de otro cuando su inacción va de la mano con su envidia. “No critiques compañero, sin mirarte tu primero”.

Disculpe si se siente aludido, disculpe si no pasé franela. Y eso que solo me refiero a Lima y Callao, sin mirar otras ciudades importantes del país, donde los grupos son más reducidos aun, quijotescos también.

Desde hace varios años, internet ha sido el mejor aliado para estar informados, para encontrar ese tema perdido, para mirar por otras ventanas y darnos cuenta que sin él estaríamos peor aun.
Sin páginas especializadas, sin radios virtuales, sin descargas e información en línea, no quiero imaginar qué estaríamos escuchando ahora.

No hay discusión que la inquebrantable afición del salsero peruano mantendrá el género vivo, así sea solo en nuestros corazones, porque la salsa es –sobre todo- un sentimiento, un estado de
ánimo.


Liliana y Luis, de Perú Tropical Dance, poseídos por el ritmo.