26 jul. 2011

Barranquilla y Colombia rinden honores a Joe Arroyo


Con música, Barranquilla brinda un espontáneo homenaje al artista

Las canciones del Joe se escuchan en las esquinas y en los taxis de la ciudad.

"Dale gracias a Dios, dale gracias a él por tener lo que tienes por vivir donde vives por tener una familia..por tener un buen hogar". Ese estribillo de la canción 'Dale gracias Dios' y los de muchas otras de Joe Arroyo comenzaron a escucharse por los alrededores de la clínica La Asunción, en el norte de Barranquilla, apenas se confirmó la muerte del cantante, en la mañana de este martes.

La calle 71 con carrera 41D dejó de ser una de las más apacibles, ideal para los médicos tratar a sus pacientes en el centro de salud, para convertirse en la más transitada de la ciudad. Caras de tristeza sobresalen entre los presentes y algunos todavía preguntan si es cierta la noticia como queriendo que se trate de una de las tantas cadenas de mensajes a través de las redes sociales que dieron por muerto al artista en los 30 días que estuvo en la Unidad de Cuidados Intensivos de La Asunción.

"¿Qué pasó?, ¿qué es tanto alboroto?", preguntaba desprevenida Alba Arteaga, quien estaba en la clínica acompañando a su hija por el nacimiento de su nieto. La cara de trasnocho de la ama de casa cambió por una de impotencia al saber que la romería se debía a la partida de uno de los artistas más queridos de Colombia y especialmente de Barranquilla y la Costa Caribe.

Cientos de personas a pie, en taxis, en sus vehículos particulares querían darle un Adiós desde las afueras de La Asunción a su artista favorito. Uno de ellos fue el humorista 'Joselo', quien a pesar de no haber compartido nunca con Joe Arroyo, no se aguantó las ganas de cerciorarse del fallecimiento de uno de sus ídolos.

"Es una pérdida intangible. Es un ejemplo para todos, pero lo importante es el legado que nos deja y una obra que jamás será olvidada", dijo el cómico.

A esta hora sigue el revuelo a las afueras de La Asunción. Con el pasar de los minutos llegan más y más personas que están dispuestos a acompañar a su ídolo desde la acera del frente del sitio donde pasó sus últimos 30 días de existencia. "Es como para brindarle nuestra energía. Igual, no lo podemos creer. Escucho sus canciones y me parece un mal sueño", dijo Carlos Esquivel, comerciante que decidió no ir a trabajar para poder asimilar la muerte de Arroyo.

Un representante de Sayco dijo a los medios que el cuerpo de Joe Arroyo será enviado este martes a la Catedral de Barranquilla, donde será velado. Sobre el sepelio informó que será este miércoles a las 4:00 p.m. en los Jardines de la Eternidad, información que no fue confirmada por ninguno de los familiares del fallecido artista.






El artista murió hoy martes en la Clínica La Asunción, de Barranquilla, a las 7:45 de la mañana.

'El Joe', uno de los artistas más importantes del género tropical en el país y famoso por temas como Tania, Rebelión, La noche y Echao pa'lante, estaba recluido desde hace 29 días en la unidad de cuidados intensivos de ese centro hospitalario de la capital de Atlántico.

El músico padecía un cuadro clínico complicado, que incluía afecciones pulmonares, renales, cardiacas, sumadas a problemas de hipertensión y diabetes, lo que se cataloga como una falla multiorgánica.

De hecho, Arroyo pasó gran parte de convalecencia sedado, con un respirador artificial y sometido a constantes diálisis producto de una insuficiencia renal que también le aquejaba.

La historia de los males del cantante comenzó a las 7:30 de la noche del pasado 27 de mayo cuando tuvo que ser trasladado a la Clínica La Asunción, ante el registro de síntomas de paro cardiorrespiratorio que ameritó reanimación urgente.

"El Joe llegó muerto", dijo en ese entonces un trabajador del centro de salud que pidió reserva de su identidad. La Clínica confirmó el hecho a través de comunicados de prensa y los médicos que lo atendían. Finalmente fue dado de alta el 29 de mayo.

Pero en la madrugada del lunes 27 de junio, Arroyo volvió a cuidados intensivos debido a problemas de respiratorios, producidos por un edema pulmonar; y afecciones en sus riñones

Álvaro José Arroyo González, el gran Joe, nació en el barrio Nariño, en una loma de Cartagena, el primero de noviembre de 1955. Allá se forjó el mito del niño tocado por Dios en la garganta, quien, más adelante, en la pubertad, se convirtió en la voz de los prostíbulos de La Heroica.

A los 15 años, Arroyo fue el cantante del Súper Combo Los Diamantes, en Sincelejo; a los 16, de La Protesta, en Barranquilla; a los 17, de Fruko y sus Tesos, en el país entero; y desde 1981, a los 24, de La Verdad, en los grandes escenarios del planeta.

Al momento de su muerte, la carrera de Joe Arroyo vivía una nueva época de oro, tanto que él y su orquesta tenían maletas listas para cumplir con varias presentaciones en el país y en Estados Unidos.

Además, una novela basada en su vida se emite actualmente con gran éxito de audiencia desde hace un mes, por televisión nacional.

El 18 de junio, en la que sería su última aparición en un escenario, El Joe fue homenajeado por todo lo alto en un concierto en el que estuvieron presentes Fruko y sus Tesos, Checo Acosta (famoso por sus Checumbias), el vallenato Diomedes Díaz, Wilson Manyoma, leyenda viva de la salsa caleña, famoso por su interpretación de El preso; Hánsel Camacho, el salsero Gustavo Rodríguez y Carlos Guerrero, ex cantante de Niche.

Pero no sólo eso. El gran cantante nacido en Cartagena iba a recibir el Premio Especial de la Academia del Grammy Latino a su trayectoria en noviembre, y los homenajes que se le hacen al intérprete de entre otros.

Dolor entre sus amigos

Marco Barraza, amigo del Joe, dijo que desde hace 20 años está escribiendo el libro sobre la vida del cantante cartagenero y que siempre que lo iba a publicar "salía algo y lo aplazaba".

Se mostró muy adolorido por el fallecimiento de su compañero y afirmó que "se está violando el derecho a la privacidad y buen nombre" a través de una novela que está rodando actualmente en un canal nacional.

El manager del Joe, Luis Ojeda, afirmó en la W Radio que el cantante "venía en un proceso de recuperación muy paulatina, segura...pero desafortunadamente desde el jueves comenzaron a presentarse algunos baches que han originado que el estado de salud sea sumamente débil", dijo Ojeda.

El pianista de Joe, 'Chelito de Castro', se declaró "muy triste" por la muerte de Arroyo. En entrevista a 'la W', se mostró agradecido con su 'compadre'.

"Compartimos cosas lindas, me permitió ser su pianista cuando yo era un niño", y recordó cuando se grabó 'Rebelión', y ese solo de piano que destaca las habilidades de Castro. "Todavía esta canción esta vigente en el corazón de la gente".




El Joe que Yo Conocí. Por: Ernesto McCausland Sojo

A lo largo de mi carrera periodística tuve la oportunidad de conocer y tratar a muchos Joes. Al primero lo conocí en 1984, en el llamado castillo de Rebollé, barrio Abajo de Barranquilla. El músico acababa de pasar por uno de esos momentos que sólo eran posibles en su vida, un instante en que parecía haber bajado a los infiernos y de un momento había terminado bañado en gloria.

Ya se ha contado lo suficiente de la primera parte del episodio, que había ocurrido entre el día de las brujas de 1983 y este carnaval de 1984. Joe Arroyo —como si su marca de nacimiento fuera la supervivencia— había escapado a las volandas de una gravísima crisis de salud, en el Hospital Universitario de Cartagena, para reemplazar a Oscar de León en una caseta de Barranquilla. De aquellos momentos había surgido una de sus más vibrantes composiciones, Tumbatecho, que el artista llevó a su presentación del Festival de Orquestas. Tan delgado que se hacía irreconocible, muy distinto a aquel mulato corpulento Joe Arroyo corpulento que había adquirido celebridad con Fruko y sus Tesos, cantó con su voz intacta, logrando llevar al público a un estado de paroxismo sin precedentes en la historia del evento. Joe era en ese instante un canario lastimado, enjuto, que lograba sacar de adentro el trino majestuoso de siempre. Eso le valió el primero de muchos congos de oro y del trofeo que habían creado especialmente para él, el Supercongo.

Al día siguiente, por la tarde, todavía en pleno carnaval, salí a buscarlo por una Barranquilla que ya comenzaba a aplacar su frenesí carnavalero. No recuerdo cómo fui a dar al famoso castillo, que en realidad era una casa muy vieja y destartalada, en la que no había un solo mueble. Alguien debió decirme que Joe vivía allí. El artista, proclive a la reclusión, salió y me atendió. Firmó un autógrafo para los lectores de EL HERALDO y dijo sentirse agradecido por el respaldo del público en el Coliseo Cubierto “Humberto Perea”. Luego lo vi caminar lentamente, con la majestad de un rey, a su ruinoso castillo.

Años más tarde, en una de muchas conversaciones que sostuvimos, ya en su cómodo caserón de la carrera 38, —su verdadero palacio de la vida real— Joe Arroyo me relataría un cuento fabuloso del castillo de Rebollé, su vivienda en los años difíciles y epicentro de rumbas memorables. Según Joe, en cierta ocasión transcurría allí un fiestón, con la presencia de grandes figuras de la música. Recuerdo que Joe citó varios nombres célebres que para la época ya debían estar fallecidos, incluyendo a Ismael Rivera. Pero Joe no era precisamente un dechado en rigor histórico. Su mente le daba para todo y lo esencial del cuento —pude comprobar después— era cierto. En lo mejor de la rumba, la cual transcurría en medio de una densa nube de sospechoso humo de color oscuro, alguien desde la ventana vio una patrulla de la policía parqueada y a un par de agentes que se acercaban caminando hacia la casa. El ‘campanero’ dio la alarma y todos los presentes salieron huyendo hacia el patio, volándose la paredilla y desapareciendo del lugar. Sólo quedó allí la dueña de la casa, quien desde la ventana atendió a los policías con expresión inocente y casi estalla en risas cuando los escuchó decirle:

—Doña, ¿nos regala una jarra con agua, que tenemos problemas con el radiador de la patrulla?

Joe contaba la historia con esa risa burlona que le era inherente, como si no se acostumbrara nunca a los extraordinarios sucesos de su propia vida: los tiempos en que durante el día era el niño prodigio que hacía solos en la coral de la Catedral de Cartagena, mientras que por la noche entonaba boleros y sones en los prostíbulos de Tesca, hasta que el profesor de química del colegio, conocido como “El meteorito”, acudió a uno de esos antros y lo sorprendió en el escenario; o —muchos años después— la grabación del video de “Homenaje a Irene Martínez”, ya después de tantos Congos y Supercongos, y el momento memorable en que el Joe se negó a ponerse unos lentes de contacto de ultratumba en los que Sony Music había gastado mucho dinero para que su caracterización de “Hombre lobo”. (“¡Uy, zona, esa vaina me puede dañar los ojos”, decía Joe mientras los productores del video intentaban convencerlo de que no desechara aquella costosa pieza de su maquillaje.)

Resumir la vida de Joe Arroyo en cualquier obra literaria o televisiva será siempre una tarea difícil. Quizá hay vidas más simples, más sintetizables, que no marquen tan categóricamente la diferencia entre lo que se puede y no se puede contar, entre la paradoja de aquellos humos densos y la franca devoción cristiana; entre la calidez en el trato de la amistad sincera y sus súbitos afanes de reclusión. Los 56 años que vivió Joe Arroyo, desde los tiempos en que hacía resonar su voz preciosa en el tanque con el que cargaba agua en el pozo comunal del barrio Nariño, hasta su misma muerte, que no fue sino una última triste verdad en medio de una ola de viejas falsas noticias, fueron intensos. Pero el desparpajo jamás lo perdió, ni siquiera cuando regresó a su casa después de una de sus últimas hospitalizaciones y se refirió a su falso fallecimiento, difundido en mensajes de Blackberry:

—Cuando me muera les pongo un pin—, le dijo a Rafael Sarmiento.

De allí que es plenamente posible que —desde donde nos observa llorarlo— Joe mantenga su silenciosa risa sarcástica.

En mi memoria quedan muchos Joes: el que ensayaba desafiante con la insólita decisión que había tomado, de hacer un “cover” de la balada “Bella sin alma”, de Ricardo Cocciante ; el que lloraba con sollozos de niño luego del horrendo atraco a que fue sometido en su propia casa, junto con su familia; el que hacía equilibrio en una canoa del Río Magdalena, mientras cantaba su chandé jubiloso “Llanto ven, llanto va”; el que escribía canciones con letra de colegial, en una libreta rayada, alternando con pequeños tragos de vino, a la hora de la madrugada en que el resto del mundo dormía.

Era su versatilidad, la misma que conocimos en su música, esa que lo llevaba a componer igual un cumbión de alabanza que una salsa de insurrección de negritudes. Eran las múltiples maneras de expresarse de un solo ser integral: un ser grandioso, de esos que sólo nacen una vez. Un hombre que, al irse ahora de verdad, y sin que todavía nos haya puesto aquel pin, parece estar más vivo que nunca.

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