17 jun. 2011

Gran reaparición de Chucho Valdés en Argentina


Fuente: Agencia Telam, Argentina. Por: Pedro Fernández Mouján

En su vuelta a la Argentina después de cuatro años de ausencia, el pianista cubano Chucho Valdés ofreció un extraordinario concierto al frente de su banda, los AfroCuban Messengers, en el que vino a mostrar "Chucho`s Steps", última placa discográfica de su autoría, premiada con el Grammy 2011 como Mejor Album de Jazz Latino.

Al frente de un septeto de excepción, el pianista desplegó a lo largo de más de dos horas un jazz rico, variado y versátil, que es una nueva propuesta estilística de quien fuera líder de los Irakere y que, redoblando la apuesta del latin jazz, propone ahora una música de cruces donde resaltan los compases, rítmicas y texturas afrocubanas.

Un tema de Chucho puede durar 20 minutos y en ese tránsito la banda recorre distintos paisajes sonoros, cruza tradiciones que pueden ir del piano contemporáneo al canto afroamericano, de la rítmica enrevesada de los tambores a la pesada dulzura de la trompeta.

Todo puede sonar, en la banda de Chucho, con una clave propia y todo puede, al mismo tiempo, sonar junto, en un grupo que, como las mismas estructuras musicales de las composiciones que ensaya, se arma y se desarma a velocidad del relámpago a lo largo de un mismo tema cuando el pianista da la señal convenida.

Lo que arranca como un septeto se puede transformar, de pronto, en un trío de piano, bajo y trompeta o en un quinteto de congas, batería, contrabajo y piano o tener también un extenso set solista de canto y tambores.

A los 70 años y en una pletórica madurez creativa, Chucho logra una música donde caben todos los recorridos de más de 50 años de trayectoria y que puede evocar al mismo tiempo una transitada avenida de Nueva York o el canto antiguo de una lavandera en el río.

Se sabe que el mejor jazz en castellano se hace y se hizo siempre en Cuba y los Messengers de Chucho son un punto alto de esta tradición que se hizo tanto dentro como fuera de la isla y que siempre tuvo la marca de un jazz combativo, potente, incendiario, con una preciosa reverencia por la melodía y, al mismo tiempo, una furiosa adhesión a los tambores.

El concierto de ayer, que concluyó pasada la medianoche y con el teatro de pie ovacionando a los músicos, arrancó pasadas las 22 con "Misa negra", un antiguo tema de Irakere que Chucho reformula para esta agrupación y que, con su inclusión de canto con tambores, es una llave para entender todo lo que vendrá después.

Le sigue un sabrosísimo "Danzón", donde el grupo se desarma y rearma varias veces, con una bella trompeta a cargo de Reinaldo Melián, que es la que pone la mayor carga de la tradición jazzística de sótanos y bares humeantes.

El tema da espacio también para un piano magnífico que, siempre a ritmo, vuelva, atraviesa espacios y sonidos, vuelve a la melodía, se vuelve a perder y retorna, mientras una base estupenda de batería, bajo y percusión sostiene con solidez indestructible la marcha de este tren de la música.

Dedicado a Joe Zawinull, quien fuera líder de Weather Report junto a Wayne Shorter y a quien Vadés definió como uno de los grandes pianistas de la nueva música, llega "Zawinul`s mambo", tercer tema del concierto y el primero del nuevo disco, que pone en primer plano por un momento a Lázaro Rivero.

Se trata de un bajista eléctrico y contrabajista similar a Ray Sugar Leonard, no sólo por el parecido físico que se adivina desde la platea sino también por una cierta manera danzística, como un bailoteo, de estar a tierra y en el aire al mismo tiempo y establecer la conexión profunda de la banda.

Versatilidad y consistencia son algunas de las manifiestas virtudes que exhiben los AfroCuban Messengers, un grupo musical casi de excepción que, además de los citados, conforman un increíble Yaroldy Robles en las congras, Dreiser Bombalé en bata y voz, el notable baterista Juan Carlos Rojas Castro y el saxo tenor Carlos Miyares, y que están a la altura de la tradición musical a la que pertenecen.

Chucho, que ayer por la tarde y antes del concierto fue declarado Huésped de Honor de la ciudad y que hoy completa sus presentaciones en el país con un concierto en Córdoba, dio continuidad a la velada musical con un repertorio que incluyó "Being to be good", quizás el tema jazzísticamente más clásico, el afro "Yansá, con tambores y canto, un set de dos canciones con la participación de la cantante Mayra Caridad Valdés abierto con un bolero y luego los finales de "Chucho`s Steps" y "Ponte la clave" del nuevo disco y la nueva propuesta.

Se trató de una noche de excepción, de fiesta, al mismo tiempo de reencuentro y de novedad, con una música en permanente estado de exaltación, belleza y sorpresa.





La creación no tiene edad ni se pone vieja. Por Jorge Belaunzarán

Entrevista a Chucho Valdés. En los 70 cambió la música cubana con Irakere. Pero como desde joven sintió que si el disco que hacía era igual al anterior sólo debería dedicarse a enseñar, entonces cambió. Y así llegó el gran chucho’s steps. Dueño de una intepretación encantadora, dice que hay muchos haciendo muy buena música hoy pero no se produce un salto. Él, mientras, de vez en cuando se sube a su nube. Y viaja.

Hay un niño por ahí que tiene que dejar su lugar para que su padre, Chucho Valdés, se ponga delante de la computadora y responda las preguntas que le hacen desde Buenos Aires, donde se presenta el jueves 16 de junio en el Gran Rex. Lo mandan a la cama, al niño. No a acostarse, menos en penitencia, ¡qué va! Si el chico, se sospecha, gusta de seguir a su padre a sol y sombra. O mejor: a la luz de su música, a la penumbra de la introspección que ensimisma y permite descubrirse. Porque más allá de la voluntad, a menudo los padres funcionan apenas como un cable de transmisión: de generación en generación, reproducen un pasado. En el caso de Chucho Valdés, el que tuvo la fortuna de tener con su padre: se dice que, con tres años, Chucho miraba (a veces espiaba, según la leyenda) cómo tocaba la banda de su papá. Su hijo tiene cuatro.

"Exactamente. Dicen que la historia se repite".

-¿Su hijo ya está puesto al piano o a algún instrumento?

-Está indeciso entre el piano y la percusión. Está definido como que por lo menos va a ser músico. Pero desde los dos ya se veía, y a los tres más y ahora ya.

-¿Alguna vez lo encontró tocando solo?

-Bueno él a veces me sorprende, porque le enseño las escalas de dos, y no las hace. Entonces en un momento en que ya no estoy en eso, me dice: ¿mira lo que hago?; entonces las hace. No la hacía porque no quería. Va a ser músico, seguro.

-Para Chucho’s Steps, su nuevo disco, dijo que encontraron un nuevo sonido. ¿Podría definirlo?

-En general nuevas estructuras. Y algunos cambios de sonido también. Combinación de la percusión, de los güatas y las congas, combinaciones rítmicas de la base. Encontramos un lenguaje diferente, haciendo cambio de compases. Porque lo típico en la música afrocubana son los compases simples, que es 6 x 8, o 12, que es igual; o 3, 6, 12. Pero bueh, los compases irregulares son más complicados, porque cambian todo el sentido de la rítmica, que es la clave: cuando hay un compás asimétrico como el 5, 7, 9, 11 o 13 ya cambia el sentido; el tumbado de piano, las combinaciones en bajo, inclusive la misma canción.

-¿Estos cambios aparecieron a partir de una búsqueda concreta en un sentido o surgió a partir de algún error que le llamó la atención y se puso a buscar por ahí?

-Estábamos buscando cómo cambiar y empezamos a experimentar. Por supuesto dentro de la experimentación hay cosas que no se hacen bien. Entonces empezamos a escoger, a separar esto funciona, esto no. Fue mucho tiempo de ensayo y de buscar soluciones y estructuras hasta que llegamos a un consenso final donde aparece Chucho’s Steps.

-¿Es demasiado innovador para escuchar?

-No sé si demasiado. Lo que pasa es que las cosas que son nuevas, a veces, tienen su proceso de asimilación. Pero mira que tuvimos tremenda suerte, porque el disco ganó un premio en Francia, en los conciertos hubo tremendo éxito, de la prensa, y ganamos el Grammy, entonces vamos viendo que sí, que la cosa justificaba.

-Dicen que hay método Chucho para grabar. ¿Cuál sería?

-Sigo con el concepto de grabar todos los músicos juntos. Para este género musical no es saludable hacer las bases y después ponerle el timbal, y después los solos. En este tipo de música así se pierde la espontaneidad. Hacemos todo juntos, y entonces estamos como retroalimentándonos uno con otro, como si estuviéramos en vivo.

-¿No hacen retomas?

-Trato de no hacer eso. De que no sea una música que luego la arreglas con el protools y vamos a retocar. Es como si fuera en vivo. No sé si es más antiguo, o será más moderno. Pero es el sistema más espontáneo para improvisar. Estás ahí en caliente y estamos ahí todos tocando.

-Siempre dice que el disco siguiente que hace sea mejor que el anterior...

-Que sea diferente.

-¿Teme que en algún momento no le salga?

-El día que no me ocurra esto lo paro, y no sigo. Simplemente hasta ahí llegaste entonces. Me dedico a dar clases, o tocar conciertos solo de piano, cosas así. Pero realmente, para qué vamos a empezar a repetirnos, todo el mundo se va a dar cuenta cuando eso suceda, si sucede.

-Algunos músicos piensan entre las décadas del 40 y el 70 del siglo XXI la música tuvo un cambio revolucionario. Y que actualmente, más que cambios importantes, hay pequeñas variaciones sobre lo conocido. ¿Acuerda con esta idea?

-Eso es relativo. En todas las artes hay épocas y tiempos dorados. Las década del 40 y 50 fue un década musicalmente luminosa. Después ha habido baches, pero recuerda que son problemas cíclicos. Después de un Dizzy Gillespie, Charly Parker, o un Miles Davis hubo un pequeño bache pero después surgió un John Coltrane, Bobby Hackett. Es como el telón: sube y baja. En este momento hay alguna gente que está haciendo cosas, que no es un momento de una gran explosión. Pero en general falta ahora otro Coltrane, Parker, otro Gillespie, alguien que revolucione otra vez y abra el camino. Eso tiene sus períodos.

-¿Cree que esos cambios se producen espontáneamente?

-Esto surge espontáneamente. El bebop salió espontáneamente. Fue una reunión de Parker, Gillespie y Thelonious Monk. Y fue una generación. Que revolucionó, actualizó lo anterior e hicieron un concepto nuevo y triunfó. Y estas mismas cosas se repiten cíclicamente. Al final de los 50 Bill Evans abrió un nuevo camino al piano junto a McCoy Tyner. Ellos cambiaron a Bud Powell, que siempre sera Bud Powell; pensaron de otra forma. McCoy pensó un camino que nadie había pensado. Y es un camino que todavía está ahí. Y Evans también. Fue otro momento grande, y así vienen por épocas; eso es cíclico. Es igual que Irakere. Irakere. Porque hay cosas que suceden en su momento, y hoy no se podría hacer un Irakere como aquel. Fue un momento que estaba Arturo Sandoval, Paquito D’Rivera, Carlos Emilio (Morales), una serie de músicos que éramos muy jóvenes, que queríamos y no nos interesaba nada más que hacer buena música. Y nos reunimos y lo hicimos y cambió el panorama de la música cubana, el mismo sistema de la música bailable. Cambiamos todo para bien. Como fue Piazzolla en su momento en Argentina, que cambió el concepto del tango. Y siempre que pasan estas cosas tenemos los detractores: ¡no, eso no es la pura música cubana! En fin, pero siempre pasa. ¿Viste que la tradición se rompe pero cuesta trabajo? Y Piazzolla la rompió.

-Todos los músicos que nombró hicieron el cambio cuando eran jóvenes. ¿Es una característica del cambio o puede suceder con músicos que vienen con años de carrera?

-El arte no tiene edad. Y la creación no tiene edad ni se pone vieja nunca. Eso está en la mente. A los ochenta y pico de años Pablo Casal tocaba el violín increíblemente, y Picasso hacía maravillas; Miles Davis, siendo un hombre de 65 años, dio los pasos más modernos en el jazz porque metió la electrónica e hizo maravillas. Eso me lo dijeron cuando era joven, y ahora te digo que es una gran mentira: el arte no tiene edad, y el desarrollo depende de la mentalidad y el talento, que tampoco lo tiene. Piazzolla dio lo más alto de su carrera y hubiera seguido haciendo más cosas.

-Usted dijo una vez que sus alumnos, cuando tocan una nota, tenían que saber cuál es la relación y la historia de cada nota. ¿Les explica la historia y el contexto en el que surgieron?

-He tratado que no se toque por tocar. O sin tener un sentido con lo que tú estás haciendo. Entre cada intervalo sí hay una historia, una relación, inclusive anécdotas. Estudié magisterio, independientemente de la música, y un poco de pedagogía. Y eso me sirvió mucho para enseñarles a los muchachos. Este pasaje es del estilo de Gillespie, les digo, por ejemplo; lo hizo en 1947. A cada frase les buscamos diferentes variantes, y también la raíz, de dónde vienen, en qué época, quién. Para que tengan un conocimiento de lo que están haciendo. No tocar un pasaje sin saber de dónde viene. Eso es súper importante, porque la música es música, pero mucho tiene que ver con la historia, los tiempos. Y abre la cabeza con la misma historia de la música.

-Cuando creció en Cuba su país dependía mucho de Estados Unidos…

-Sí, pero no sólo de Estados Unidos, aunque si haces jazz adónde vas a mirar si no es a Estados Unidos. Y el jazz es música afro americana, y nosotros hacemos música afrocubana, entonces tienen mucha relación, por eso se pudieron fusionar de esa forma, por una raíz común. Pero también si tú no tienes los conocimientos de la técnica europea, del clasicismo y esas cosas estás a medias. Tuve la suerte de tener profesores europeos: rusos, alemanes, etc. Y esa técnica la pusimos en función de la mezcla de la música africana y el jazz.

-¿Y luego de la Revolución Cuba, cuando estuvo bloqueada por Estados Unidos, tuvieron muchas dificultades para el mantenimiento de los instrumentos y la producción de música?

-Es que los músicos somos una familia. Y nosotros realmente sabemos que existe la política, pero la amistad, el cariño, el respeto entre los músico a nivel mundial es muy grande. Y hubo mucha ayuda, mucho intercambio; nos mandaban sus instrumentos, mandaban sus discos, sus casetes, y siempre entre los músicos había una relación de encontrarnos en los festivales y seguir el intercambio por encima de los otros problemas.

-Además de formar parte de un club, dice que los músicos viven en una nube. ¿Se tuvo que bajar alguna vez de esa nube?

-¡Muchacho, corriendo! Jajaja.

-¿Por qué?

-Cosas de la vida jaja. No somos gente anormal ni nada, sino que a veces te inspiras y te vas. Es como el duende ese que sin darte cuenta te saca. Pero a veces suceden cosas que te vuelven a bombear al planeta jaja.

-Y cuando se fue por ahí, ¿alguna vez se asustó?

-Sí. Si tú estás improvisando, a veces se te ocurren cosas que nunca habías pensado. Y eso me pasa mucho a menudo. Pero trato de recordarlo porque después no te das cuenta más. Son cosas que te vienen, sigues tocando y se te van. Tienes que grabarlos y ves lo que hiciste. Pero a cualquiera de nosotros se nos ocurren cosas que jamás habíamos pensado. Y es la sorpresa, que tú mismo te asustas y sorprendes. Es buenísimo, es lo más lindo que tiene la improvisación.

-¿Siente una ilusión especial cada vez que se sube a un escenario?

-Cuando tenía 19 años era el pianista de la orquesta del teatro Martí. Era de los músicos que tocábamos en los fosos. Los domingos el teatro tenía doble función. La primera de cuatro a seis y media; y luego había dos horas para comer y a las ocho y media volvíamos. En esas dos horas con el baterista de la orquesta salíamos corriendo para los jam session, y regresábamos a las ocho y media sin haber comido. Entonces los músicos viejos nos decían: ustedes hacen esto porque son jóvenes, cuando tengan la edad nuestra, no lo van a hacer más; y se reían. Y a mí eso me daba mucho miedo. ¿Será real que uno le puede perder el amor a la música con el tiempo o porque esté más viejo? No podía creerlo. Hoy te puedo decir que era mentira. Cuando voy a subir al escenario sigo sintiendo la misma emoción, el mismo miedo, la misma cosa que cuando empecé. Y me voy a tocar a cualquier lugar y vuelvo de madrugada, sin dormir, porque uno disfruta. Ese es tu mundo.


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