30 ago. 2010

Miguel Zenon hijo de la fusión

Fuente: El Nuevo Día, Puerto Rico. Por Ana Teresa Toro

Fue un asunto de minutos y relojes. “Cuando entré a la Escuela Libre de Música debía escoger un instrumento. Fui con la mentalidad de tocar el piano pero llegué un poco tarde y todos los puestos estaba ocupados. Entonces, sin pensarlo mucho, escogí el saxofón”, revela Miguel Zenón, un orgullo puertorriqueño del jazz internacional y cuya anécdota es un ejemplo vivo de que, a veces, confiar un poco en el destino y simplemente dejarse llevar puede ser una decisión acertada.

“Yo tengo este saxofón hace 13 años y he decidido sacar de este instrumento todo lo que puede darme. Sé lo mucho que me costó conseguirlo porque en ese momento no había dinero. Así que en vez de ir cambiando a otros saxofones más caros o nuevos, he explorado y buscado todo lo que puede salir de aquí”, dice mirando su saxofón que no brilla como juguete nuevo, más bien es como una mujer en sus 40, con algunas señales sutiles del paso del tiempo pero bien puestas en un cuerpo que ahora se conoce bien y sabe cómo manejarse.

El músico estuvo recientemente de visita en la Isla pues fue uno de los ponentes puertorriqueños que participaron en la última vista de la “National Museum of the American Latino Commission” que se llevó a cabo el pasado 11 de agosto en el Museo de Arte de Puerto Rico. Allí, Zenón abogó a favor de la inclusión de los grandes de la música del patio que han aportado tanto a la cultura musical del País como en el plano internacional.

“Cuando me llamaron para mí era obvio que la situación de Puerto Rico era distinta a la de cualquier otro lugar en Estados Unidos. Y así fue, con opiniones a favor y en contra pero sentí que mi responsabilidad tenía que ver con que se pensara sobre la cultura y la música puertorriqueña fuera de los parámetros de lo que significa ser o no puertorriqueño”, opinó sobre su participación en el panel en el que dejó claro que en asuntos de cultura -o en cualquier otro plano- no tiene problemas de identidad.

“Hablar de los de aquí y los de allá; ese debate siempre existe pero en el caso de la música hay que decir que es de todos, viene de la misma raíz y en ese sentido no hay mucho que debatir. No tengo ninguna duda sobre mi identidad. Soy puertorriqueño, me fui a Estados Unidos porque lo que quería hacer no podía hacerlo en Puerto Rico. No estaba y me fui a buscarlo allá”, añade Zenón quien lleva más de 14 años fuera del País, los últimos 12 en Nueva York.

“Me encontré a mi mismo buscando la música y la cultura de Puerto Rico. Así fue como llegué a mi identidad como compositor y músico, estudiando la música de mi País”, afirma Zenón quien pertenece a una familia numerosa, de esas llenas de primos que hacen verdaderos jolgorios.

Curiosamente no hay músicos en su familia. “Sólo un tío que tocaba el bajo y llegó a tocar con Cortijo”, dice con la formalidad de niño bien criado que le caracteriza al hablar con un extraño. De primera impresión tiene pinta de estrella. No abandona las gafas, y habla poco sin dejar a un lado su celular. Pero cuando se las quita, se nota que los lentes ocultan una mirada más bien tímida y una conciencia de que las entrevistas son parte del trabajo, algo así como un mal necesario, un paréntesis dentro del espacio donde verdaderamente se mueve en libertad: aquel donde esté su música y su público.

El saxofón de Villa Palmeras

Criado hasta los doce años en el residencial Luis Lloréns Torres, el Miguel de entonces era un niño curioso que vivía una niñez feliz. Le gustaba la música y un señor de unos 80 años llamado don Ernesto Vigoreaux iba todos los días al residencial a enseñarles música, gratuitamente, a los muchachos y muchachas de Lloréns.

“Vivíamos con mi abuela y la verdad no te puedo decir que tuve una niñez mala, ni violenta. Fui bien privilegiado en muchos aspectos. Nunca me faltó nada y estando en un ambiente un poco hostil nunca sentí esas cosas, ni que era menos que nadie. En la escuela teníamos un grupito de los que nos gustaba la música. Eran los tiempos de la flauta dulce”, narra el artista que aprendió a descifrar las partituras de la mano de ese señor que fue su primer maestro y que tenía planes de hacer una banda de marcha en el residencial.

“No era que quisiera ser músico, en la escuela me gustaba mucho las ciencias y las matemáticas y había pensado en una carrera en esa línea. Al entrar en la Escuela Libre de Música, donde estudié desde los 11 a los 17, no pude pertenecer a la banda por asuntos de horario pero empecé a enfocarme más en el instrumento”, cuenta Zenón quien para entonces se mudó con su familia a Villa Palmeras. Por esas calles, donde tanto sonaban los soneos de Ismael Rivera, Zenón de cuando en vez llenaba el ambiente con el sonido de su, aún no domesticado, saxofón.

Después, estimulado por maestros que creían en él, pues lo veían no sólo practicar afanosamente sino pertenecer a distintos grupos musicales, tomó la decisión aventurera de intentar desarrollar una carrera musical con todo lo que conlleva.

“Era la decisión más riesgosa. Estaba aceptado para estudiar ingeniería en Mayagüez pero decidí intentarlo. No me fue bien inmediatamente, me tomó un tiempo. Estuve como un año ahorrando hasta que me pude ir a estudiar”, recuerda.

Así fue como finalmente se fue a dominar el instrumento en Berklee School of Music en Boston. Tras graduarse, pasó a la también prestigiosa escuela Manhattan School of Music, camino que le llevó a obtener en el 2001 una maestría en interpretación del saxofón. Maestros como Ángel Marrero, Leslie López, Rafael Martínez, Danilo Pérez, Dick Oatts, Dave Liebman, George Garzone y Bill Pierce fueron importantes en ese periodo.

Durante su recorrido educativo, tampoco abandonó la calle. Tocó en grupos pequeños de música popular “o de lo que fuera porque había que pagar la renta”, dice. Sin embargo, siempre estuvo claro que el jazz era su lenguaje.

“Admiraba a David Sánchez, Danilo Pérez y utilizando su música como norte con un toque latinoamericano más balanceado y moderno me fui encontrando”, detalla. Eventualmente, cuenta, se fue enfocando más en la música puertorriqueña y comenzó a estudiarla tanto en su historia como en sus influencias. De ese proceso surgieron algunas producciones.

“Toda la música que escribo tiene de algún modo u otro la influencia de la música caribeña. Mi enfoque es tratar de introducir esa influencia en el jazz para crear unos balances en la música”, menciona.

El cielo del jazz

Esta década a punto de terminar ha sido una escalera ascendente para Zenón. En el 2004 se convirtió en uno de los fundadores del SFJAZZ Collective con quienes ha viajado por Estados Unidos, Canada, Asia y Europa y ha grabado seis producciones en vivo que han contado con el favor de la crítica. Dos nominaciones al premio Grammy y el haber sido receptor de las prestigiosas becas Guggenheim y MacArthur fueron momentos cruciales en esta década de éxitos.

“El reconocimiento siempre es una cosa bien positiva, uno se siente bien cuando destacan tu trabajo y tu esfuerzo, sobre todo, por lo mucho que uno ha sudado. Pero la mayor satisfacción es saber que uno puede traer felicidad a las personas”, detalla Zenón quien por otro lado no tiene los premios como algo principal dentro de su lista de prioridades. “Sólo quiero ser mejor músico, mejor compositor”, añade.

En el cielo del jazz también se pasa hambre y esto ha sido evidente durante los pasados años con todos los cambios que ha atravesado la industria musical y las nuevas maneras de acceder al trabajo de los artistas.

“Tiene que ver con la cantidad de personas que puedan acceder a tu trabajo. Es más accesible, el consumidor hace su propio juicio, ahora tiene más poder. Todo es más fácil de adquirir que ya no hay la necesidad de comprar un cd, aunque siempre habrá quien lo prefiera. Yo no dependo de ventas, dependo más de tocar porque así es el mundo del jazz”, abunda quien opina que “lo que se espera que suceda es que cualquier forma física de documentar la música va a desaparecer y hay que prepararse para eso”, apunta Zenón quien ha encontrado en el formato del cd algo así como una carta de presentación en los conciertos más no una fuente central de ingresos.

Eso y su labor como profesor y tallerista en distintas instituciones musicales, ocupan su tiempo. “Cuando enseñas algo tienes la oportunidad de organizar tus pensamientos y cuando haces eso es como si te lo enseñaras a ti mismo. Aprendo mucho cuando enseño”, dice.

Cortázar, cancionero y futuro
Los próximos dos años están cargados de proyectos donde la universalidad de la música quedará más que probada. Para estas fechas debe haber comenzado la grabación de un proyecto basado en la novela “Rayuela” de Julio Cortázar que ha sido posible gracias a una beca de la Chamber Music Society que busca interacción entre museos de Estados Unidos y Francia.

“La música se basa en los personajes y pasajes del libro”, adelanta.

Luego se dedicará a un proyecto en el que hará una relectura de la música de importantes compositores puertorriqueños. Silvia Rexach, Rafael Hernández, Boby Capó y don Tite Curet son algunos de los nombres que integrarán el cancionero.

“Quiero adaptar eso a una visión más moderna del jazz. Luego un arreglista lo pondrá para un grupo más grande de flautas, clarinetes y tromba francesa”, detalla.

A eso añadirá una colaboración con el proyecto Revive la Música que tituló “Caravaba Cultural”. Se trata de seis conciertos en distintos lugares del País donde por lo regular no hay opciones para escuchar este tipo de música. Aún queda ultimar detalles pero debe comenzar en febrero próximo.

La Isla la recorrerá con su saxofón, con ese inseparable con quien sostiene una relación con muchos matices.

“Es muy cercana porque paso mucho tiempo con el instrumento, lo protejo como un hijo. Me da mucho placer pasar el tiempo tocando, practicando, buscándole la vuelta pero también es mi instrumento de trabajo y lo tomo muy en serio”, finaliza y no miente. Hay que ver cómo lo sostiene, como una adhesión de sus dedos, como un traductor perfecto de emociones.

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