9 may. 2010

La trompeta peruana sigue de duelo: falleció Betto Villena

Luis Perico Ortiz con Betto Villena (Lima, Agosto 2009)

Siguen las noticias tristes alrededor del movimiento musical peruano. Hace poco más de dos semanas se fue el gran trompetista peruano Tito Chicoma. A las 9:00 am de hoy, víctima de una insuficiencia renal crónica, otro grande de la trompeta nacional partió: se trata del maestro Betto Villena, natural de Pacasmayo, La Libertad, y protagonista del movimiento salsero del Perú desde los 70s.

Beto se encontraba muy delicado de salud, e incluso recientemente se realizaron algunas actividades en su beneficio. La última vez que lo vimos en persona fue en Agosto del 2009, con motivo de una actividad de Luis Perico Ortiz en el Jazz Zone, durante su visita para el Chimpun Callao. Un mes atrás había sido condecorado por la APDAYC por su gran contribucion y difusion de la musica latina.

Villena fue un director musical y trompetista de gran trayectoria que llegó a alternar en nuestro medio con Richie Ray y Bobby Cruz, La Sonora Matancera, Los Hermanos Lebrón y Alquimia. Al frente de su orquesta acompañó a salseros como Marvin Santiago, Andy Montañez, Viti Ruiz, Paquito Guzmán, Ray Sepúlveda, Ismael Miranda, Adalberto Santiago, Junior Gonzales, Tony Vega, Tito Nieves, entre otros.

Salsódromos como Los Mundialistas, El Durísimo, El Bertolotto o La Máquina del Sabor fueron escenarios de sus grandes performances, lo mismo que el Festival Chimpun Callao, donde fue invitado en más de una ocasión. A través de su trayectoria, dio oportunidad a muchos músicos y cantantes nacionales como Pacho Hurtado, Laura Mau y Antonio Cartagena.

Desde los 90s, Villena abrazó la religión, sin abandonar la actividad musical.

Betto Villena con Carlos Orozco, ambos músicos salseros peruanos

Nuestras condolencias a su familia (algunos de sus hijos también son músicos) y nuestro respeto a esta gran figura de la Salsa en el Perú

A continuación reproducimos un texto del escritor Eduardo González Viaña donde Betto Villena es protagonista. Esto es tomado del blog El Correo de Salem


Mi debut con la Sonora

Ochenta y seis años tiene la “Sonora Matancera,». Fundada en Matanzas, al sur de La Habana, la famosa orquesta tropical ha cambiado varias veces de sede pero nunca ha dejado de ser el corazón de ese espíritu al que se suele llamar “cultura latinoamericana”.

El “Negrito del Batey” , Leo Marini y Nelson Pinedo son algunas de sus voces fantasmas. A uno tras otro de sus más conocidos integrantes los devoró el olvido o la muerte, y a veces también la vida, y muchos empezaron a creer que la Sonora tenía sus días contados, pero súbitamente ocurre todo lo contrario.

La sorpresa es que un peruano es ahora quien tiene sobre sus hombros la responsabilidad tremenda de mover la batuta. Beto Villena, el “Rey de la Salsa”, recibió el encargo de parte del legendario Rogelio Martínez y hace ya rato que la siempre nueva y antigua “Sonora Matancera” ha vuelto a cabalgar los caminos polvorientos y mágicos de nuestra América.

En uno de esos caminos, Beto y yo nos encontramos y, como decía Marlon Brando en El Padrino, la “Sonora Matancera” me ha hecho “una propuesta que usted no podrá resistir”. Y, para qué les voy a mentir, no la he podido resistir.

Pero vamos por partes.
Primero tienen ustedes que decirme que recuerdan a Beto Villena… de otra forma, no sigo. Claro que sí. Es el mismo que en los setenta, introdujo en el Perú un ritmo que nunca ha cesado de sonar, y que en cierta forma expresa un estado del alma nacional, la salsa, que ha borrado las tradicionales diferencias de antaño e invadido los espacios más irreductibles.

Pocos saben que, antes de eso, Beto hizo estudios completos de música en el Conservatorio Nacional y que luego, en Bogotá, se haría Licenciado en Ciencias de la Comunicación, y que su pasión por la música lo llevaría a estudiar varios años en la Escuela Experimental de Folklore de La Habana. En Colombia, habría de comenzar su carrera artística nada menos que como “Rey de la Salsa” y, muy poco tiempo después, brillaría en Nueva York al lado de luminarias como Celia Cruz, Eddie Palmieri o Willie Colón.

A Lima llegó en 1972, como si su misión fuera introducir la salsa en el Perú y él se la hubiera tomado muy en serio, pues así lo hizo en establecimientos que fundó exclusivamente para ello como “Los Mundialistas”, “El Durísimo” o el “,Bertolotto”.
En 1990 diría adiós a la salsa, y cerraría incluso las “máquinas del sabor”, que también había creado.

¿Qué pasó con él entonces?… Le sucedió lo mismo que los evangelios cuentan que le ocurrió a Saulo. Me cuenta que un día cualquiera, el día más diferente de su vida, sintió el llamado del Señor y supo que su tarea consistía en divulgar la Palabra. En varios países de la América Central, predicar ha sido desde entonces el sentido de su vida.

Pero ello no choca en verdad con la música. Claro que no. Ni mucho menos con la “Sonora”. Lo ha sabido Villena desde que el viejo cubano Rogelio Martínez le diera el honroso encargo, y debe ser por eso que, hace diez años, lo primero que escuché a los “matanceros” fue aquel filosófico, pero también cadencioso, bolero según el cual “en el juego de la vida, nada te vale la suerte, porque al fin de la partida, gana el albur de la muerte”.

¿Diez años atrás? ¿Y dónde? No fue en Nueva York, ni en Los Ángeles; tampoco fue en Miami, ni en alguna ciudad europea. Fue en el Perú, pero los “matanceros” pasaron por Lima tan sólo porque tiene aeropuerto internacional, y de allí fueron directamente a Pacasmayo, de donde es originario Beto Villena, y se le había ocurrido llegar a su pueblo con este regalo de fiestas patrias.

Por supuesto que no había teatro que fuera suficiente para las 10 mil personas que los escucharon en un estadio de la ciudad, y que alternativamente bailaban, suspiraban o guardaban un largo y religioso silencio cuando, por ejemplo, el ya mitológico Alberto Cortez de Cuba cantaba: “¡Qué saben de la vida/ los que nunca han vivido/ los que nunca han sufrido/ una pena de amor…!”

Ternos negros y fosforescentes corbatas michi, color concho de vino, allí cantaban también Rubén de Alvarado, del Perú, y el colombiano Yayo La Mar, mientras el maestro de Cali, Augusto Ramos, se sentaba al piano. “Contigo/ se fue toda ilusión/ la angustia/ llenó mi corazon”. “Dos almas que en el mundo/ había unido Dios./ Dos almas que se amaban/ eso éramos tú y yo.” Les juro que no es invento retórico, pero la Luna, esa noche, estaba de verdad en cuarto creciente y rielaba entre algunas pocas nubes hasta que, por fin, a eso de la medianoche, se metió a dormir en alguno de los veleros de la bahía, y se perdió en el horizonte hasta nunca más, hasta morir.

Ahora ustedes me preguntarán por el título de esta carta y por qué hablo de “mi debut con la Sonora”. Y les responderé que ello tampoco es retórico ni metafórico. Como Beto Villena, soy también de ese puerto del norte del Perú, al que había llegado de vacaciones para alimentar aún más la nostalgia que después me devoraría en el norte de los Estados Unidos, donde vivo todo el año.

“¿Qué te parece si hacemos una canción a Pacasmayo?” –me propuso Beto, y ésa fue la propuesta que me pareció imposible de resistir. No sé si Beto ha hecho la letra y yo he puesto la música, o si las cosas han sido al revés, pero todo puede ser y todo puede ocurrir en este lugar del corazón que se llama la nostalgia.

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