2 ago. 2009

Willie Colon en Ecuador: Un malo de buen corazón

Una muy interesante entrevista a Willie Colon, realizada durante su reciente visita a Ecuador y publicda hoy en la prensa ecuatoriana. Se las recomiendo




Fuente: El Telégrafo (Septimo Día), Ecuador. Por: Fabián Darío Mosquera

Un malo de buen corazón
Anida en su palabra la sabiduría inapelable de la esquina de barrio, el sabor a guaguancó y a rumba, la esencia más festiva de Latinoamérica

Ya no es el flaquito quinceañero que, en los sesenta, alcanzó prestigio empuñando un trombón más grande que él. Sentado cual buda hispano, con los ojos a la vez fulgentes y negrísimos, como de brea, trajeado impecablementee, aguarda por la primera pregunta.

Sonríe, apenas, rumiando aquel gesto socarrón y malicioso que exhibe en las portadas de los varios discos que grabó con Héctor Lavoe. Alrededor de la sonrisa se cierra un candado de canas prolijamente recortadas.

En un discreto salón del hotel Howard Johnson, de Guayaquil, comienza la rueda de prensa, y un enjambre de reporteras de la farándula local aletea alrededor del tótem salsero (varios críticos lo mencionan, incluso, como uno de los mismísimos inventores del género, o, como él prefiere decir, del concepto). Algunas le piden que les cante “esa que dice: no tiene talento pero es muy buenamoza” (¡!)... William Anthony Colón vuelve a sonreír, accede a la petición, bebe un sorbo de agua y se acomoda sobre la silla, a sus anchas, como sobre la leyenda.

Es el segundo año consecutivo en que la Gobernación de Guayas lo invita a celebrar las fiestas julianas, con un concierto a la usanza de las más exuberantes tardes de la salsa setentera: en la calle, con una tarima sobre la calzada, entre bailadores febriles, barrumbada de cerveza y parrillas sobre las que se aliñan, de a poco, trenzas de carne. Bien podría esta ser la descripción de una estampa del Bronx del documental Nuestra cosa latina (1971), o de las “descargas” que se armaban en los barrios caraqueños, pero se trata de Guayaquil, que nada tiene que envidiarle a ninguna ciudad a la hora de preciarse de plaza rumbera. Willie lo sabe y lo comenta: “Aquí la gente conoce bien el asunto”.

Después de la breve rueda de prensa, se sienta sobre un mueble, casi al filo. La mayoría de las reporteras se ha marchado, solo queda un puñado que conversa amenamente en una esquina. De repente, con esa famosa voz de metal brillante y limpio acento borinqueño, el trombonista y cantante pregunta: “Bueno pues, ¿cómo es la cosa?”.

Quisiera que precise el impacto que tuvo en su sensibilidad como artista, como cronista de la cultura popular latinoamericana, una persona: Antonia Pintor.
WAC: ¡Ahhh!, para mí ella fue la encarnación de Puerto Rico: el sonido, la comida, las pronunciaciones, los cuentos… Mi abuela fue mi conexión directa con el espíritu puertorriqueño, incluso más que mis padres… ¡Yo hablo más español que mis padres! Nacidos y criados ambos en Manhattan, tenían que salir a trabajar y le dejaban mi crianza a esta inmigrante que nunca habló inglés; entonces yo no tenía otra alternativa que aprender su lengua… creo que mi abuela Toña fue una puerta por la cual ingresar a la esencia latinoamericana.

… Pero considerando la juventud de sus padres, ya que su madre, (Aracelys), tenía apenas 16 años cuando usted nació, se podría pensar que también tuvo una relación estrecha con ellos…
WAC:(Calla un momento, extraviada la mirada de ópalo)… No, no; en verdad no tuve mucha relación con mis padres. Mi abuela fue todo.

Alguna vez leí, por allí, una observación periodística que planteaba que le había tomado cariño tan fácilmente al Flaco Lavoe porque encontraba en él rasgos de su abuela: era un jíbaro, un campesino puertorriqueño inmigrante, lo mismo que Doña Toña, ¿qué opinión le merece un juicio como ese?
WAC: Es cierto, es cierto… La escuela de Antonia Pintor me preparó para poder bregar con Héctor, poder entenderlo; sus rabietas, su sentido del humor, de dónde venía… Fue algo como predestinado… Algunos de verdad no entienden lo brillante que era. Yo diría, incluso, que era un intelectual de la broma y el refraneo: tenía un sentido del humor muy abstracto. A veces uno decía: “eso no tiene gracia”, y luego de un rato te ponías a pensar y soltabas: “coño, esto sí está del carajo”. Además, era un camaleón, estudiaba a la gente… podíamos ir a Veracruz, a Cali, a cualquier plaza salsera de las bravas, se tomaba un par de minutos hablando con algunas personas, las leía, y ya sabía qué las hacía sonreír… Estaba al tanto, siempre, gracias a su capacidad de observación cultural, de cómo crear un ambiente poderoso e íntimo durante el show, porque sabía qué fibras tocar.

Hace meses expresó, como rasgo esencial de su relación con él, el hecho de que los dos eran niños en pleno aprendizaje, y dijo, precisamente, que sus viajes por Latinoamérica les descubrieron sus raíces. ¿Qué aprendieron de su propia identidad en Panamá, Veracruz, Caracas, Cali, Guayaquil o el Callao, que Nueva York – a pesar de su “latinidad”- no les proporcionó?
WAC: Comprender que pertenecíamos, sin reparos, a ese universo de sensaciones comunes que conforman lo latino... Después de viajar lo suficiente, uno va entendiendo que las fronteras, las barreras, en verdad son arbitrarias. Que somos casi la misma vaina. Era común que si pasábamos tiempo suficiente en algún lugar, empezáramos a tener ese sentido de familia que es tan latino; y para alguien del Bronx como yo, o para un tipo como Héctor, que no había ido a ningún lado tampoco, esto constituía una revelación importante. Ese sentido de familia siempre termina por imponerse sobre otro de nuestros rasgos característicos: el machismo nacionalista.

Quisiera saber si es cierto aquel mito urbano de que usted era muy bueno peleando y Héctor no, y siempre se metía en líos de los que usted tenía que sacarlo…
WAC: Sí, yo era su policía, su guardaespaldas… A Héctor le gustaba provocar, o como decimos nosotros, “pegar el vellón”, y muchas veces le querían dar duro. Entonces tenía que meterme para calmar la cosa…

Del inmenso universo de la música tradicional caribeña y afro-antillana, ¿cuáles considera sus influencias fundamentales?
WAC: Bueno, no se puede negar que la raíz cubana es muy importante en la salsa; aunque la base puertorriqueña, específicamente para la música que yo hago, es igual de imprescindible. Pero más allá de eso, de los antecedentes, creo que la fuerza de lo que he hecho consiste, como he asegurado ya, en haber propiciado una reconciliación musical entre pulsos culturales; y sobre todo en producir una obra que pueda ser entendida y disfrutada por una mayoría de gente no muy complicada, ya que aunque ciertas letras pueden ser algo complejas, musicalmente apunto el dardo al corazón, siempre allí.

El cliché dice que la salsa es un género alegre, y por lo general lo es. Pero usted ha tenido la habilidad para imprimirle un registro reflexivo (su adaptación de Chico Buarque, Oh qué será); angustiante (Barrunto) e, incluso, melancólico (Sin poderte hablar). ¿De qué tipo de lecturas, experiencias de vida e investigaciones culturales y musicales extrae esos tonos diferentes?
WAC: (Titubea un poco, luego afloja una espaciosa exhalación)… Mi vida ha oscilado entre acentos negros y grises. Ha sido dura, la verdad. Eso siempre lo llevo conmigo, esa melancolía. Siento que, por lo menos un poco, me identifica. Además, fui criado en una casa donde solo vivían mujeres; lo cual implica que tenga una sensibilidad, una relación especial con el mundo y, por supuesto, con ellas. Casi todo lo que compongo proviene de cosas que he vivido, muy pocas veces he escrito a partir del análisis o la lectura… Recuerdo ahora, por decir algo, Toma mis manos, que compuse a partir de la muerte de mi hermana…
Ese, el de la muerte, es otro de los temas que me mueve, con mucha frecuencia, a hacer música. Pienso que se trata de intentar mi respuesta contra ese golpe final del misterio.

Después de cantarles a los personajes y espacios marginales (Juana Peña, Bacalao, Calle luna calle sol), como forma de reconocimiento de nuestro argot, la salsa asumió un registro político. Eso ocurrió cuando Colón se juntó con Blades. Más allá de su relación personal de hoy, ¿qué lectura hace de la propuesta estética y social que construyeron juntos?
WAC: Cuando comenzamos, teníamos enfrente la enorme muralla de lo convencional y del prejuicio. La salsa era una música chusma. Había emisoras a las que llamaban “clase A”, de temas en español, que no la tocaban para nada, por considerarla una expresión de gángsters. Antes de Rubén, empecé a endulzarla, tratando de cambiar la fórmula: letras más largas, meterle violines, como hice con Periódico de ayer. Con eso se volvió un poquito más aceptable para aquellas emisoras consagradas a Julio Iglesias y demás. Pero el golpe que tumbó la muralla fue el que propinaron las letras de Rubén. Él tenía unas letras que, tú sabes, llegaban al meollo de muchos asuntos, escritas de una manera elocuente y con harto corazón. Levantaba temas que otra gente no se atrevía o no se molestaba en mencionar; porque había algunos que decían: “¿Para qué voy a hablar de eso si lo nuestro es bailar chá chá chá y tocar el tambor?”; no entendían la necesidad de una propuesta de otra naturaleza.

Blades llegó a grabar un disco con Lou Reed y Elvis Costello. Usted mismo tiene un LP (Honra y cultura, 1991) que, según algunos críticos, muestra influjos de Sting. ¿Cuáles considera, de entre la música anglo, sus influencias primordiales?
WAC: Son muchas, pero yo tengo un gusto tan ecléctico que te sorprenderías. Escucho desde Brahms hasta música brasileña… Por cierto, viví en Brasil un año, solo para estudiar su música. Al final ya hasta hablaba portugués. Siempre ando a la caza de nuevas influencias; y en relación con tu pregunta, debo mencionar a Los Beatles como una de las fuentes más importantes de las que he bebido…

… A propósito de eso, le dijo al periodista caraqueño Andrés Schmucke que usted era el Lennon para el MCcartney de Blades, ¿por qué esa repartición de roles?
WAC: Pues Rubén era muy prolífico en sus composiciones y tenía una personalidad más abierta, como MCcartney… en cambio yo era un poco más reservado, como Lennon… La importancia de esta influencia es que de Los Beatles surgieron, por ejemplo, Blood, Sweat and Tears o Chicago, bandas que hacían rock con vientos, lo cual me interesó muchísimo...

... Hay que recordar que, en América Latina, ocurrió también el fenómeno contrario: el dúo Colón-Blades influyó en algunas bandas de rock, como los Rabanes panameños, o grupos del sur del continente que se interesaron en la percusión africana del candombe. Los Fabulosos Cadillacs, por ejemplo, invitaron a Blades a grabar el álbum Fabulosos Calavera, y a Celia Cruz, el tema Vasos vacíos...
WAC: ... Es fantástico que la música permita ese tipo de diálogo... El rock significó para mí una escuela más; la curiosidad por los artistas que te mencionaba, por su manejo de los vientos, me llevó luego a gente como Herb Albert y su Tijuana Brass o, a pesar de que no es estrictamente un rockero, Sergio Mendes. De ellos obtuve nociones de cómo usar el brass un poco más comercialmente... También me influenció la época disco, los Bee Gees y otros, los arreglos de cuerdas con que revestían sus canciones.

Otro de sus intereses conocidos es el del activismo político, especialmente a favor de los derechos de los puertorriqueños... De George Bush, según una entrevista con el diario mexicano La Jornada, opinó que “sólo es el títere de su papá y sus secuaces, que pertenecen a una máquina que va explotando al mundo entero”… ¿Cómo ve “el cambio”, ahora, con los demócratas de Obama en el poder?
WAC: No sé si las cosas van a cambiar mucho. Veo, por ejemplo, que seguimos dándole dinero a la gente que nos arrasó. Hay que esperar, Obama aún merece confianza, pero, para mí, algunas de las cosas que se están haciendo no tienen sentido… Me está dando la impresión de que se intenta establecer, en el Gobierno, la dinámica del doble discurso. Esa vaina del policía malo y el policía bueno… ¡igual uno termina jodido con cualquiera de los dos!

A la salsa de hoy, afirmó alguna vez, le falta calle, pueblo, esquina de barrio y maña. ¿Cómo recuperar eso? ¿Por qué son, aquellos, valores ineludibles para la autenticidad del concepto salsa?
WAC: Porque, desde sus principios, la salsa tuvo éxito debido a que se hacía, como tú dijiste hace un rato, desde el margen, con gente genuina y certera. La música nos sirvió como un imán para reunirnos; los bailes eran, en el fondo, mítines. Ya se ha dicho con anterioridad: cada grupo era como un taller, un espacio en algo parecido a la desobediencia civil. Y cada uno trataba de hacer algo distinto: Joe Cuba con los “vibes”; Eddie Palmieri con los trombones, Ricardo Ray con las trompetas; cada uno trataba de enriquecer el concepto: yo voy a usar jazz, éste, música clásica, el de allá quiere hacer bomba y plena… Pero el asunto empezó a palidecer cuando las corporaciones se dieron cuenta de lo rentable que era el fenómeno, y empezaron a intentar controlarlo todo. Aquello de que a la salsa le falta, hoy en día, esquina de barrio y maña, lo dije en una conversación con la BBC, hace un par de años. En ese momento describí un panorama que me produce no poca desazón: las grandes empresas compraron los sellos pequeños, y cuando tienes un establo con tantos caballos, pues no los vas a poner a correr uno contra otro. Allí no hay competencia, todo está dictado por las corporaciones, ellas deciden quién pega y quién no, y muchas veces no lo deciden basando su juicio en el talento, sino en quién es el más chupamedias o el más alcahuete… Ya son otros criterios. Por fortuna, la tecnología - y esto lo digo y lo digo, muy convencido, porque tengo fe en esas posibilidades- le ha dado vuelta al panorama. Ya no necesitas un estudio de tres millones de dólares para sacar adelante una producción, con una buena computadora grabas en tu living room y listo. Eso y el Internet ayudarán a que las guerrillas regresen, ojalá con fuerza.

Ahora que se puso guerrillero: se lo conoce como “el malo del Bronx”, pero debe tener su corazoncito… ¿Qué lo hace llorar?
WAC: Hummm… Muchas cosas… La injusticia, sobre todo.

¿Cuándo fue la última vez que vio a Héctor Lavoe?
WAC: Creo que fue en Brooklyn, en el hospital Woodhull, hace no sé cuántos años… A ver (levanta los ojos, en cálculo mental), si son dieciséis desde que murió, hace dieciocho…

¿Qué aprendió de Celia Cruz?
WAC: Que se puede ser grande y humilde de verdad, no solamente ante las cámaras.

De todos los países latinos que ha visitado, ¿dónde se encuentra la mejor comida?
WAC: (Vuelve la sonrisa maliciosa)… Yo siempre encuentro algo bueno, pero tiene que llevar, eso sí, arroz con habichuelas (criollamente: arroz con menestra).

Como la canción del Gran Combo. ¿Y las mujeres más hermosas?
WAC: ¡Ay! (la sonrisa se amplifica hasta la carcajada. Un grupo de reporteras, de las que quedan, lo azuza: “¡Tiene que decir en Ecuadoooor!”)… Sin comentarios, mejor, para no comprometerme…

Físicamente, ¿qué es lo primero que le ve a una?
WAC: Los ojos, es muy importante cómo te mira…

¿Qué tiene la latina que no tenga la gringa?
WAC: Chispa.

¿Y viceversa?
WAC: Paciencia.

¿Qué profesión, aparte de la suya, le hubiera gustado ejercer?
WAC: Médico.

¿Y cuál nunca le hubiera gustado ejercer?
WAC: Maestro de matemáticas.

¿Qué lo enciende intelectual, emocional y espiritualmente?
WAC: El mar.

¿Qué lo desanima de la misma manera?
WAC: La política.

¿Cuál es el sonido o ruido que más le gusta?
WAC: El del viento entre los árboles.

¿Y cuál es el que menos le gusta?
WAC: Gente hablando muy duro por el celular.

¿Cuál es su mala palabra más usual, más frecuente?
WAC: ¡Carajo, ¿cuál será?!... (Observa a Ernesto Hernández, su mánager, que le sopla la respuesta: coño)… Sí, sí, sí, coño.

Algunas cosas que ha dicho, e incluso una canción de su último disco, pueden sugerir respuesta para esto, pero quisiera que la abrevie en pocas palabras: ¿Cómo se imagina la vida después de la muerte?
WAC: Ah brother, no creo que exista.

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